LOS DÍAS FELICES.
Papá le había comprado una casa a mamá,
regalo que se lo hizo saber una mañana en donde los tres sentados a la mesa,
cenábamos un rico y suculento pollo que papá había conseguido en un puesto de
aves domésticas, ya horneado en la propia tienda de don Ramón.
Al oír de labios de mi padre afirmando
que le había conseguido una casa a mamá,
que en pocas horas la estaríamos ocupando no sé de dónde sacó ella el impulso increíble que jamás yo había visto
en los años que tengo conociéndola, se levantó
enseguida de la mesa y así pudo abrazar a papá.
Te
adoro Gilberto. Es la mejor noticia que me has podido dar en todos estos años.
La
necesitábamos, se la compré a un amigo mío.
¿Y
por qué la vendió?
Por
la sencilla razón que abandona el estado, y se marcha a los Estados Unidos,
además el pobre en este país se sentía solo, toda su familia está en el norte, es
por eso que me la vendió. ¿Satisfecha?
No
le quedó de otra.
Tal
parece que la noticia de la casa no te alegró mucho.
Ay Gilberto, claro que estoy contentísima.
Dijo acariciándole con una mano el rostro,- Claro que lo estoy y mucho. Además
un regalo como ese no se lo dan a una todo el tiempo, que yo sepa. Porque esta casa en donde estamos ahora no es
nuestra, no es como vivir en lo suyo, que sea todo correcto sin ningún
problema, con el documento a la mano en
donde consta que sea una la dueña y de
nadie más. Gracias querido.
Dejaron
de hablar optando por seguir cenando el
pollo asado. Ambos se miraban de continuo, como un par de enamorados que
momentos antes de sostener una plática se hicieron novios, en cada mirada una
sonrisa demás. Aquello no estaba mal. Para mí era superdivertido.
Mamá aquellos días estaba muy feliz,
derrochando alegría hasta por los poros,
por más que tratara de ocultar tanta dicha, el júbilo insinuante se le estaba
saliendo hasta por los orificios, los vecinos, dándose cuenta de todo aquello
que le acontecía no tardaron para satisfacer por completo su curiosidad en
preguntarle la causa de su complacencia.
Ella
a todas les respondía muy serena. A mí
nada me sucede, estoy igualita como siempre, saben una cosa amigas mías la vida
origina cambios, cambios que llegan para bien, y yo estoy andando en esa onda. A ellas esta respuesta
no le fue de mucha tranquilidad, por nada del mundo ese cuento usado varias
veces por ella y por muchas ya conocidas no se lo tragarían, algo estaba
pasando, aunque se reventaran por saberlo no iban a lograr de ella conociéndola
como yo la conozco, calmar su indagación acompañada de una gran ansiedad, mamá
no soltaba prenda tan fácilmente para que otros con cierto descaro pudieran
observarla como se les diera la gana. La familia es la única que cuenta, y en
las gratas sorpresas como Dios no las mandó la de ocupar una nueva casa. Solamente
a los tres nos interesaba. no a otros, como estos vecinos que se andan metiendo
en asuntos que no les corresponden. Como todo el mundo.
Los días transcurrían en aquella época oportuna
a cierta velocidad y todavía no nos habíamos mudado a la casa nueva, porque le
faltaba innovar algunas reparaciones, yo no sabía si esta tardanza me hacía
feliz o no, puesto que en este estado, tal como lo llama papá y otras amistades
entre ellos deben estar dos o tres padres de mis amigos que son también los
míos con los que juego.
Cuando
papá se iba a trabajar a otro distrito precisamente al sur por mucho tiempo como albañil, porque otra
cosa no sabía hacer, yo aprovechaba al máximo su ausencia, la diversión con mis
camaradas no paraba, perduraba hasta
tardes horas de la noche, lo que es bueno, todos vamos a la misma escuela
porque es la única que hay en este sector. Algunos estudian conmigo, los demás
en otros salones.
Papá había hablado con un vecino, lo conocíamos
desde hace años, se llamaba Felipe, tenía veinte años de edad, muy buena gente,
le gustaba hacer favores a cambio de nada,
diciéndole que nos acompañara las noches que fueran necesarias, las que él por
cuestiones de trabajo permanecería fuera
de casa, que después llegaría a un arreglo justo con él. Felipe a todo le decía
sí.
En
efecto nos acompañó el tiempo que fuera necesario. De esto hacía dos años y
medio.
Papá trabajaba día y noche cierta vez muy
cerca de aquí, mamá le llevaba las tres raciones todos los días. En la labor lo
ayudaba a parte de mamá dos compañeros suyos que eran sus viejos amigos, no lo abandonarían por nada del
mundo en este proyecto. Mis viejos amigos como decía él lo estimaban demasiado,
cualquier cosa que hacía falta era entregada al día siguiente en sus manos.
Con
esta ayuda desinteresada de por sí, vieron el sueño cumplido, la casa ya estaba
subsanada, lista para ser habitada.
Mañana
Dios mediante estrenaremos casa nueva.
Papá
y mamá se abrazaron. Los viejos amigos vitoreaban de buena manera la faena ya
cumplida. Contemplaban entusiasta la obra ya terminada.
Llegó el esperado y ansiado día de
marcharnos al nuevo hogar, allí permaneceríamos para toda la vida. Todas
nuestras pertenencias las habíamos empacado con anterioridad, para ahorrarnos
molestias, demoras en buscar cualquier cosa que nos faltara, no encontrando por
supuesto lo que anhelada mente pudiera nos acarrearnos grandes complicaciones y
más demoras de las que habíamos tenido. Pero no tuvimos ninguna complicación
todo fue rápido.
Nuestras
cosas fueron metidas en el camión de don Heriberto, otro vecino nuestro que le
gustaba colaborar con el prójimo, por lo visto dejaríamos aquí buenas personas
que gustaban hacer favores sin mediar dinero alguno porque para ellos la
amistad era lo más grandioso que se podía tener en la vida, a parte de la
familia.
Mis amigos también fueron imprescindibles en
aquellos momentos, por lo visto no los
vería más, también nos ayudaban en llevarlas a la camioneta, los enseres, el no poderlos ver me
llenaba de una insondable tristeza, toda una vida conociéndonos como nos
conocemos como yo los conozco más que la palma de mi mano, jugando béisbol, al
loco escondido, arrojando piedras a los despeñaderos, o a grandes distancia y aquel que la lanzara lo
más lejos posible resultaba ser el
ganador de la competencia, trepándonos a
las matas de naranjas, en haciendas que
nos prohibían según lo resaltaban los diferentes carteles que estaban plantados
en cada hacienda como la intromisión de extraños. Engañando a los perros
guardianes que custodiaban el lugar para luego salir victoriosos con el buen
resultado en nuestras manos, las mochilas todas llenas, luego nos las comíamos a gusto, muy tranquilos hablando de cualquier tontería que se nos
cruzara por nuestras mentes.
En
fin juegos que nunca olvidaré, porque siempre se conservaran en mi memoria,
esté donde esté, siempre estarán en mi mente. Es difícil despedirse de sus amistades,
a mí nunca me gustó el despedirme de alguien, ni mucho menos en la parada del autobús, cuando nuestros
familiares venían a visitarnos en épocas de vacaciones, papá y mamá eran quienes los llevaban a la
terminal, mis padres insistían que fuera yo quien los llevara, pero me negaba
rotundamente, al verlos que todos ya estaban metidos en la camioneta me
despedía con un saludo coordinado con mi brazo izquierdo, soy zurdo.
El
ser zurdo para mí fue una virtual tragedia ya que la maestra cuando estaba muy
entretenido copiando la clase del día se nos acercaba paseándose a nuestro lado
como un pavo real presumiendo altivamente su vistoso plumaje, observándonos
meticulosamente, al llegar a mi pupitre se detenía, me miraba con cierto
reproche e indulgencia como buscando algún detalle que pudiera a la larga
sentirme mal, o como si algo no le gustara de mí, me sorprendía mucho cuando la
tomaba conmigo, como en aquel momento cuando me sorprendió con una regla ancha
bien sólida propinándome dos golpes que después se formó en una notable
hinchazón.
Claro
que al llegar a casa les eché el cuento
a mis padres, ellos no dijeron nada dándome
como respuesta una mirada cargada de lastima ambos me acariciaron la cabeza,
para que no siguiera hablando. Yo no los entendí, aquella situación por incomoda que fuera no la entendía.
Pero
algo tenía que hacer, un invento que me proporcionara el buen resultado que yo
esperaba y se realizó, cuando la veía venir hacia mi yo simuladamente me
levantaba del pupitre yendo enseguida a la papelera, fingía que estaba
sacándole punta al lápiz, esta situación la repetí varias veces, todas las
posibles, para evitar cualquier regaño, o tropiezo, quería evitarme cualquier
molestia y esto por supuesto me servía de escudo. La muy tonta siempre se lo
creyó, impedí que siguiera golpeándome injustamente, solamente por su capricho,
el gusto malversado, que yo escribiera con la mano derecha y no con la
izquierda, aunque lo intentaba, no lo lograba, el escrito me salía torcido, ni
yo mismo entendía mi propia letra.
Cuando no encontré apoyo en mis padres ni mucho menos en la dirección
del plantel me daba por vencido y para desquitarme del peso que quería robarme
la santa paz de mi alma, jugaba con mis amigos, ya entretenido podía alejar el
mal rato que propiciaba la fulana
maestra todas las mañanas de lunes a viernes, siempre y cuando yo se lo
permitía.
¿Aldo
por qué siempre estás en la papelera sacándole
punta al lápiz? Me preguntó una vez cuando poco le faltaba para llegar a
mi pupitre.
Por
la sencilla razón: soy un pájaro carpintero que gusta comer la madera es su
único alimento. ¿Qué le parece señorita?, ¿qué le parece?
Todos
me miraron sorprendidísimos por la respuesta, yo no sentí miedo por si algo se
le ocurriera hacerme, me tenía harto, el
coraje puede vencer el miedo.
¿Cuál
fue mi sorpresa? Que la mujer comenzó a reír, reír y a carcajear. Luego todo el
salón estallaba de risa, y a mí no me quedó más remedio que reír también.
Ahora mis amigos me observaban ya dentro
del camión con todos los bártulos a mí
alrededor, les miraba a las caras de vez en vez, el camión estaba estancado
puesto que papá estaba conversando con un vecino.
Yo
nunca me había imaginado que ese momento
que de por sí era triste y muy incomodo. Quise saltar para estar con ellos,
para estar siempre con ellos, juntos muy juntos. Pero esto era imposible, ya
que en este lugar donde nací y crecí ya no era mío. Comencé a maldecir el
momento en que papá consiguió su nueva casa, porque estaré desde ahora en
adelante íngrimo y solo sin tener a alguien con quien conversar, solamente
tendría a mi propia sombra como aliada y esto por supuesto yo no lo quiero.
Papá
se montó en la camioneta, vi a mis amigos despidiéndome con sus gritos, con sus
manos en alto bien en alto agitándolas al viento como si pretendieran tocarlo o
acariciarlo, sus caras detrás de una polvareda que la originaba el mismo camión
con sus gritos fuertes como despidiendo al compañero que se va a la guerra que
quizá no volverían a ver, la tolvanera por más gigante que fuera no haría
callar sus labios, quizá porque todos
nosotros ya estábamos acostumbrados al polvo. Somos del polvo y en polvo nos
convertiremos.
Sus
caras ya nos las contemplo, se han perdido extraviándose de mi visión óptica. Quizá
ellos continuarían allí parados en el mismo sitio extrañándome como yo también los
extraños. Estarían Indecisos si entrar o no a sus hogares por si yo me
arrepiento y bajo del camión yendo a reunirme con ellos. Pero esto aunque
quisiera forjarlo no podría intentarlo debía seguir, estar al lado de mis
padres.
El
trayecto era largo y pedregoso, el camino tenía muchos baches, puesto que la
camioneta daba tumbos, comenzaba a sentirme molesto con estos movimientos que
en ocasiones me producían vértigos que jamás había sentido, la carretera estaba
serpenteada de arbustos de cactus. El sol estaba fuerte, el cielo despejado no
mostraba como en todas las ocasiones que se le quiere contemplar las nubes
blancas, esponjosas, viendo en ellas las figuras grotescas que tanto nos recrean,
sirviéndonos al mismo tiempo de distracción.
Comenzamos
nuestra ardua labor la de sacar del camión todos nuestros utensilios que eran
lo más sagrado que nosotros teníamos, para no decir lo único, ya introducidos
dentro de la casa, después que papá habló con el dueño del camión empezamos a
ordenarlos, colocándolos en los sitios que eran indispensables.
Tardamos
horas en hacerlo, pero la sala ya no era la de antes, la cocina, las dos
habitaciones, todo era diferente, una vivienda pulcra y bien ordenada. Ya
tendríamos tiempo para ordenar las plantas las cuales las manteníamos en
porrones, algunas necesitaban estar en tierra de eso se encargaría papá más
adelante o dejaría todo el trabajo para mí.
Papá
hablaba con mamá diciéndole que mañana saldría bien temprano a trabajar, que
gracias a Dios trabajo no le faltaba porque más adelante vendrían diversas construcciones que se implantarían en
diferentes complejos de la capital. Mi padre era un albañil profesional conocía
todo el arte de la cimentación, desde arreglar una cañería como la de pegar una
baldosa, y me insistía que yo debía estudiar para ser alguien en la vida, que a
él no le importaba para nada la profesión que yo escogiera cuando fuera grande,
que esa era su más inmensa ilusión, que todo padre más adelante desea que los
hijos en la vida sean, cuando estén ya grandes unos verdaderos profesionales, él
por nada del mundo crearía a un parasito que solo piensa en comer. Que Dios lo
libre de eso.
Sus
palabras, todo lo que decía estando en el vecindario cuando estábamos felices
en la otra casa ahora ya no lo recuerdo, lo escuchaba muy animado estando en el
patio, pero ya no repaso lo que yo en aquel momento estaba haciendo, a decir
verdad ese mensaje continuamente lo tuve
en mente.
Habíamos
cenado esa noche muy tarde quizá por estar distraídos en mover y quitar cosas.
Todo era distinto a como estaba. Verdaderamente vivíamos dentro de un hogar
autentico. Pensando que desde ahora en adelante seriamos una familia feliz como
hay muchas en diferentes lugares del mundo.
Fui inscrito inmediatamente, en esto no
se perdió ni el más mínimo tiempo mamá al inscribirme en un colegio que para mí
que estaba ya acostumbrado a los colegios pequeños, este para mí era demasiado
grande muy distinto al que yo procedo. Las aulas eran amplias, con sobrada
ventilación, los alumnos diferentes, no como mis amigos que eran más
divertidos, elocuentes, riendo a cada rato, estos no, estos eran medio serios, pero uno debe crear el
ambiente para no sentirse aburrido como dice papá. Como decía mi gran amigo, al
que comienzo extrañar, el gran Ricardo apodo que todos le inventamos.
Si…
uno debe crear el ambiente. Lo repetí varias veces, para conservarlo en mi
memoria para siempre.
Cursaba el sexto grado de primaria y la
maestra de grado cayó gravemente enferma, algunos afirmaban que tenía cáncer,
otros decían que el mal que padecía era pulmonía, que de estas dos enfermedades
la pobre no se escaparía. Las habladurías mal enfundadas que siempre reinan en
cualquier parte del mundo y curiosamente en este instituto, difícil de creer
porque aparte de que somos estudiantes, lo digo porque yo nunca me involucré en
este tipo de conversaciones siempre lo consideraba de mal tono, aparte de ser
vulgar de gentes mediocres que ignoran el tipo de personas que puedan tener a
su alrededor, a veces erramos cuando tratamos de herir a alguien. Lo cierto fue
que en varias ocasiones, las cuales fueron muchísimas, siempre oía hablar mal
de la maestra Lucrecia, yo no fui participe en ninguno de ellos ni tampoco
estaba o estuve de receptor escuchando atentamente lo que los demás profesores,
bedeles o mis propios compañeros de grado divulgaban a diestra y siniestra de
la pobre docente.
A la semana siguiente hizo acto de
presencia en nuestro salón la directora y un hombre joven, quizá tendría
veintisiete a veintiocho años de edad, usaba gafas, de tez blanca vestía
sencillamente un pantalón caqui, camisa verde color manzana, el color que a mi
muy particularmente siempre me ha gustado. De continuo nos sonreía y esto lo
hacía ser simpático y buena gente.
Sus
clases eran concisas, amenas y divertidas, nadie se quedaba dormido, todos
estábamos al pendiente del desarrollo de la clase, y más en historia veíamos los
sucesos como en una película narrada y proyectada en una pantalla gigante, tal cual como nos las contaba, la imagen del
precursor al cual hacía referencia, luchaba con frenesí para libertarnos de las
agresiones del oponente, imaginándonos con excelente detalle los lugares en
donde se desenvolvían los acontecimientos, esto por supuesto nos alimentaba la
imaginación extraordinariamente, no teníamos la necesidad digo yo, de estudiar
para prepararnos para un examen de historia, porque al solo recordar la
exposición ya era para nosotros un punto más en la materia, él no se enroscaba como hay otros profesores,
o como los tuve en tiempos anteriores, que exteriorizan y siguen exponiendo
para llegar al final al grano, de esta manera se pierde mucho tiempo, los temas ya vistos en años anteriores o son
nuevos por conocer, eran exposiciones cortas, directas pero se entendían. Todos
nosotros estábamos felices por ser él, el maestro a nuestro cargo, el
responsable de conducirnos al final de la meta y si ningún obstáculo. Siempre
nos repetía que su devoción era el preparar niños útiles a la patria, que su
vocación la supo bien escoger que hasta el momento no se sentía frustrado
porque en cada salón ningún alumno suyo pasaba por debajo de la mesa, siempre
saltaban encima de ella yendo a parar al siguiente nivel el que realmente le correspondía
por derecho y esfuerzo propio.
Este
maestro era particularmente encantador, oírlo hablar era como escuchar los
consejos del abuelo Alberto, decía mamá que el abuelo leía mucho hasta tardes
horas de la noche, a la mañana siguiente con el sol resplandeciente la luz
intensa le rasgaba la cara, ella le
sorprendía al estar dormitando encima de la mesilla de mimbre.
A
lo mejor este maestro es igual que mi abuelo, comerá muchos libros, por parte
de mi viejo quizá sea por la edad o por
la gordura que tiene, ha consumido muchísimos
de diferentes tamaños y grosor, si es por el maestro calculando su edad, yo diría que ha escudriñado muy pocos, los que
le faltan, pero no está obeso, pero de que lo va a lograr, caerán en sus manos
muchos libros como los que han caídos en las de mi abuelo, de seguro que lo
hará. Porque al hablar al igual que el viejo nos deja una moraleja, los libros nos
instruyen, despertando nuestra imaginación, desarrollando nuestro léxico. Se me
olvidó decirles que mi nuevo profesor se
llamaba Gualberto. Yo al igual que mis compañeros nos la llevamos súper bien.
Al mes supimos que vivía fuera de nuestro territorio sin embargo llegaba
temprano al instituto. Cuando faltaba por alguna razón ya sea de salud o un
imprevisto, nos daba la clase un interino, pero no era igual como el profesor
Gualberto, ya todos estábamos acostumbrados a él.
Cuando
nos aguardaba en el salón la alegría que todos experimentábamos para aquel
entonces, era demasiado grande, ya que había faltado una semana por motivos ajenos
a su voluntad.
Papá había conseguido trabajo fuera de
nuestro entorno, viajaría al día siguiente, esa noche mi madre afanosa le
arreglaba las maletas, al igual que unos panecillos con jamón y queso que
guardaría en un lugar seguro fuera del
alcance de algún roedor, que gustara merodear en la oscuridad sintiéndose libre
y a sus anchas, seguro al estar consciente de que nada ni nadie lo detendría al
andar atrapándolo a la muerte, yo hasta el momento no había visto ninguno.
Esa
noche los tres no dormimos, mi padre habló hasta por los codos, ni que fuera la
primera vez o la última que se iba a otro sitio a trabajar. Diciéndome que
cuidara de mamá, que no se me ocurriera otra cosa que hacer, si no el de
cuidarla. Yo le respondía que estuviera tranquilo que nada malo nos pasaría
estando él afuera.
El
me lo dejaba bien claro, en aquel momento lo entendí muy bien, ya no contábamos
con el vecino aquel que nos cuidaba siempre, cuando nos dejaba solos. Hasta el
momento ningún agravante nos ocurrirá, en la vida hay que ser positivos,
confiar en Dios primeramente y en la mente. Palabras ilustradas del maestro
Gualberto. Y yo teniendo apenas doce años confiaba en Dios y en mi mente.
Primeramente tener confianza en sí mismo para superar con estrategias los
obstáculos que el día nos pueda deparar.
Papá
con la duda por delante se intranquilizaba un poco, colocando en el camino
tropiezos por adelantado. Mamá aconsejándolo le decía: eso no es así, tenemos
que tener fe. Además el sol alumbra para todos. El tomaba el ejemplo por unos
momentos, mostrándose alegre como si alguien le dijo en la calle te ganaste la
lotería, ya en la tarde se presentaba un poquito amargado, mamá y yo ya
estábamos acostumbradísimos con su doble personalidad.
Ella
lo ignoraba, él no se daba cuenta que
mamá lo apartaba a un lado preguntándole otras cosas que yo al verlo en ese estado salía de su entorno
yendo a platicar o a jugar con mis
amigos que eran la segunda parte de mi vida. Eran ellos mi familia, mi amuleto
mi protección, con ellos compartí las noches desoladas cuando no quería ver la
luna asomándose por mi ventana, nunca lloré porque siempre que sentía las
lagrimas rasgándome las comisuras de mis ojos fingía ser el macho o mejor dicho
el villano de la película, las gotas que insistían salir las frenaba con mayor presión
que desaparecían para convertirse luego
en una sonrisa medio forzada.
Pero
en aquel momento sintiéndome íngrimo y solo, solamente con mis pensamientos,
mis recuerdos lloré…lloré. Deslizando poco a poco a mis pies el personaje que
quise tener, el de villano.
Mis
amigos anteriores los extrañaba cada día más, si yo hubiera sido adivino
hubiera permitido que el futuro, nuestro futuro el cobraría otro tinte, o le hubiera pedido a Diosito que papá encontrará
los obstáculos más difíciles que jamás ser humano hubiera encontrado siendo la primera vez en la
historia de la humanidad, que un hombre se atreve por más que luchara con los tropiezos que
eran de por sí embarazosos no permitiéndole vencer de ninguna forma la parte contraria. Finalmente el hombre está derrotado al no
haber logrado comprar la casa, su nueva casa, el hogar de su esposa la del hijo
y la de él. Si esto hubiera sucedido no estaríamos aquí, yo sería feliz.
A
estas alturas estaría en compañía de mis amigos, como los extraño.
Mis
pensamientos abarcaban todo terreno que gracias a Dios tocaron la imagen
palpable del maestro Gualberto, rápidamente como algo mágico el valor, el
entusiasmo de nuevo se presentaron a mi puerta, haciendo desaparecer la tristeza que quiso alcanzarme.
Fue muy lamentable la muerte de la
maestra Roberta, fueron decretados dos días de duelo, dos días sin tener
clases, papá se había marchado al sur a trabajar esa noche cuando los tres no
dormimos, estaba muy contento, recordando siempre que debía cuidar a mamá, que
yo era el hombrecito de la casa que me confería el derecho de estar atento a
todo lo que pudiera acontecer durante su ausencia.
Los días transcurrían muy lentamente, el
sol brillaba iluminando fuertemente todo lo que estaba a mi alrededor, haciendo
resplandecer más de lo habitual las cosas que solía ver siempre, como las hojas
de los árboles antes yo las distinguía más verdes de lo que eran realmente, el
pelo de mis compañeros anaranjado, o como la salsa de tomate, muy semejante a
la que prepara mamá, el salón de clase más iluminado que de costumbre. Me
friccioné los ojos y no sé cuál fue el motivo por el cual todo se transformó
tal como se ve objetivamente, al natural.
Me
hice amigo de dos compañeros, Fernando y Sebastián, desayunábamos juntos cerca
de la cantina, pasábamos el tiempo
jugando béisbol, en un terreno
abandonado que estaba cerca de la escuela, otros al vernos se habían unido al retozo
y todos alababan mi forma de jugar diciéndome que yo tenía estilo.
No
descuidaba a mamá como se lo prometí a papá,
mucho menos mis deberes escolares, estaba tan entusiasmado con mi estudio, a la
rutina, la cual sentía agradable más que nunca, no solamente esto ocurría
conmigo sino con todos, ya que el maestro era la sal que sazonaba la sopa
dándole ese gusto exquisito.
Algunos
compañeros decían que la maestra Roberta se les aparecía en los baños, en los
corredores, o en el salón, o en la pieza amplia en donde se guardaban los
trastos viejos. Un grupo de muchachos entre ellos las hembras también se les
veía agrupados mirando atentamente por
una ventana que tenía un vidrio roto en donde se podía ver con claridad el interior de la habitación, mostrando a la vista los cachivaches, pupitres rotos que
se podían muy bien reparar, envoltorios de mapas de todos los países, cuadros
de los precursores de la independencia con sus doradas monturas, sillas
destartaladas estas sí que no tenían reparación alguna, esferas, pizarrones y
pare de contar, en fin todos aguardaban ansiosos la aparición de la maestra
Roberta que de un momento a otro, según ellos debía aparecer.
Todavía
existen personas tontas. Pero en qué cabeza cabe que la persona después de
muerta en pleno siglo veintiuno resucita. Exclamó Raúl apostado a mi lado,
ambos estábamos recostados a un muro comiéndonos vorazmente cada uno un
emparedado de jamón y queso, estaban deliciosos, afirmando más a mi favor que
cuando lo termináramos me regalaría otro, él era mi mejor amigo hasta el momento, obeso cien por ciento, con una panza de padre
y señor mío, usaba gafas con montura de color negro, tenía la buena costumbre
de reír cuando hablaba de sus propias cosas.
Decidimos
abandonar el muro mientras comíamos la segunda ronda de emparedados, resolvimos
por ahora sentarnos en un amplio banco
de madera, al amparo de un roble muy frondoso que por cierto nos servía de
sombra ante la atrocidad del astro rey que había amanecido de mal humor.
¿Qué
piensas hacer cuando seas grande? Me preguntó muy curioso.
Pues
no sé…no me he puesto a pensar en eso.
Cuando
sea grande quiero ser un astronauta.
¿Astronauta?
Le pregunté muy incrédulo, como haciéndole ver el que no le había entendido muy
bien, simule en parte para que después no dijera o pensara que yo era un
ignorante más del montón, como esos quienes observaban la habitación, como si
estuvieran viendo una película en pantalla grande, o que no sé el significado
de ser astronauta no quería por nada del mundo aparentar o representar el papel
de ridículo que ignoraba todo lo que pudiera ocurrir en el mundo o en su
entorno.
Pienso
marcharme al Norte a estudiar, me ha llamado la atención los astros, las
constelaciones, los planetas quiero saber con detalles más profundos que hay
más allá del cielo.
Qué
cosa se te ocurren amigo. Yo por nada del mundo lo intentaría.
No
son cosas, no son ocurrencias, es un misterio que pienso develar. Dijo
mirándome directamente a los ojos con determinada decisión, por la cual sentí
una gran envidia. Yo quiero dejar una huella en el mundo, no para que me
aplaudan, firme autógrafos o rinda declaraciones a la prensa o lo que es
trivial como los personajes famosos, celebridades que son destacadas, que dan
entrevistas a la televisión…Yo particularmente no quiero eso, yo deseo cumplir mi único sueño en la vida, es mi
sueño, es para mí solo para mí, que sea mío y de nadie más no tengo porque compartirlo con el mundo
entero. Quiero esa satisfacción.
¿Te
marchas a los Estados Unidos?.
Si,
pienso terminar la secundaria, quiero por todos los cielos abandonar este sitio
que nunca me ha agradado.
Es
muy lamentable cuando se tiene amigos de
repente y por causa de la vida se
marchan a otras regiones a cumplir su sueño como bien dices, otros se
casan, olvidan el sitio en donde
nacieron, pero hay algunos que se quedan y recuerdan los espacios frecuentados,
agradables y tristes recuerdos, esos recuerdos juveniles difíciles de borrar.
Así
es mi muy querido amigo, nosotros jamás nos olvidaremos porque mantendremos
nuestra amistad que tanto ha significado a pesar de los pocos meses que tenemos
conociéndonos, nuestra amistad se basara a través de la correspondencia
epistolar. Nos escribiéremos mutuamente. Y quienquita que algún día te decidas
a irte, cuenta con mi ayuda.
Gracias
Raúl por tomarme en cuenta, sabes qué…es
la primera vez que un amigo me habla de la forma como tú lo estás haciendo,
gracias Raúl tomaré en consideración tu propuesta.
Terminamos
nuestros emparedados justo a tiempo en el momento que sonó la campanilla
llamando alternativamente a las respectivas aulas.
Papá había llegado del sur, estaba en la
cocina conversando con mamá que al verme se contento llamándome enseguida justo
cuando me disponía entrar a mi
habitación para cambiarme de ropa dejando los libros en la mesilla que estaba
al lado de mi cama, Al oírlo me entusiasmé que la mochila la tiré en el suelo,
me alargó los anchos brazos me abrazó, había extrañado yo ese estrujón que
tenía tiempo que no me bordeaba.
Venga
acá mi campeón… a ver ¿cómo te has comportado durante mi ausencia, bien o mal?
Mamá
respondió por mí.
Tu
hijo se comportó muy bien, asumió tu papel tal y cual se lo exigiste.
Te
traje un bonito regalo, ven para que lo veas, eso sí tienes que alimentarlo
como si tú fueras su madre, está muy pichón todavía.
Yo
estaba en parte angustiado y en otro temeroso, las sorpresas nunca me habían
gustado.
¿Qué
puede ser? me lo repetí dos veces. Al develar la sorpresa, o mejor dicho al
levantar un harapo de color azul oscuro mis ojos no creían ver lo que estaba
viendo era un loro, un pequeño loro con pocas plumas la cabeza la poseía como
condorito semejante al de la tiras cómicas.
A decir verdad, el regalo o la maravilla
recibida de manos de mi padre no me gustó, aunque no me complacía el detalle concedido
de buen agrado para él, porque supuestamente me miraba sórdida mente mostrando
los dientes más relucientes que nunca yo lo había tomado entre mis manos
viéndole los ojos que los abría y los cerraba lentamente. Hizo hincapié al
decirme que tenía que darle como alimento leche, si estaba renuente al no
querer tomársela tenía que obligarlo a tomarlo de una u otra forma, que todo el
progreso dependía de mí. Sea la forma cual fuera esto era precisamente un
obstáculo para mí, por lo visto esto me restaría ver a mis amigos, conversar
con ellos, y otras tantas cosas que se me pudieran de momento en adelante
ocurrir. Bendito seas pajarito por hacerme colmar la paciencia, pero por qué no
me regaló otra cosa, un libro por ejemplo, lápices, cuadernos, sino que se le
ocurrió traerme esto. Si en otros viajes me los ha traído. (Lo coloqué sobre la
cama) Un loro, una miniatura, ahora tendré que hacer el papel de madre, bonito
papel…en otro regreso del sur posiblemente me traerá una rata, una serpiente. (Enfadado)
o qué sé yo un oso. Quizá un oso, tal vez
un oso.
Un mes más tarde yo me estaba
encariñando con el pajarito, mamá le había puesto por nombre panchito por ser
pequeño súper divertido, al menos aunque otro no lo viera lo veía de esa
manera, lo que yo pensaba del animal era mi incumbencia, no importándome las
opiniones de los demás, como la de la vecina Carmen que al verlo ya pronostico
como astrologa que panchito no se iba a criar, mamá nada le respondió ni yo
tampoco, era su palabra con nuestra manera de pensar, allá nosotros si lo
dejábamos morir, cosa que nunca lo íbamos a permitir, además mamá proviene de
una de una familia de granjeros y
montañeses, colaboraba con los partos de las yeguas, ordeñaba las vacas, en fin
todas las labores que se desarrollan en
una granja.
Aldo
no te preocupes por panchito entre tú y yo lo seguiremos cuidando como lo hemos
venido haciendo. Yo sé que todo niño tiene derecho a jugar, a divertirse con
sus otros conocidos, sé cuidar muy bien de los animales, es como otra profesión para mí,
una más que he tenido en la vida. Ve a jugar con tus amigos para que se te quite esa cara de tristeza que
tienes.
Papá se había marchado nuevamente, esta
vez no pude despedirme de él porque me encontraba en la escuela, al llegar le
pregunté a mamá por él, informándome que se había caminado al sur esta vez
terminaría el trabajo que había dejado a medias por falta de materiales, al
mediodía lo llamo desde la puerta de la casa don Ramón el dueño del abasto
diciéndole que dentro de siete minutos lo llamarían del sur a papá, salió
corriendo detrás de don Ramón, atareada como estaba, atendiendo las labores de
la cocina metiendo las ropas que iba a llevarse al sur, corriendo como loca sin
saber qué hacer. Esto me lo contó cuando almorzaba una suculenta sopa, a mí me
encantaba la sopa que ella preparaba, con abundante verdura y una consabida
carne. A panchito también le gusto la sopa pellizcaba la sopa lentamente, lo más
gracioso que pude ver en él fue el hecho de mirarme mientras comía, sus ojos en
fracciones de segundo observaban mi rostro que estaba embebecido en el, luego
la depositaba en la carne, y así sucesivamente.
Sé
que me estoy encariñando con este noble y adorable pajarito, sé que el cariño
es reciproco porque a medida que avanzaban los días panchito creció de una
manera asombrosa, quizá este desarrollo respondía a las buenas atenciones que
mamá le brindaba, por supuesto que la mía también contaba, ya que estaba a la
par, ambas a la misma altura. Ni una más ni una menos.
En
donde yo estaba el también estaba, o debajo del mueble en donde estaba sentado,
cerca de mis pies cuando estaba echado en la cama descansando, el pájaro se
dejaba venir pavoneándose colocándose rápidamente en algún lado de mi axila, lo
acariciaba, lo cubría con la sabana siempre dejándole el pico hacia afuera para
que pudiera respirar. Cuando me sorprendía la mañana quedándome dormido me
mordía una oreja para que yo me levantara en el acto de la cama para no llegar
tarde al colegio.
Yo
no sé cómo pudo aprender tanto, yo no le
había enseñado absolutamente nada.
Lo
cierto que me despedía a la verja de la casa, mamá siempre estaba pendiente de
él no apartándole la mirada ni un segundo, al verme desaparecer de su vista
agarraba a panchito, ya estaba grande
colocándolo en la palma de una mano, poniéndolo en el espaldar de una silla de
madera pancho se quedaba quieto observando a mamá con las labores domésticas.
El
día estaba frio bien frio con una llovizna pertinaz que estaba dispuesta a
nunca acabar. Yo llegué empapado a casa, ella al verme corrió a mi habitación
trayéndome una toalla y frotándome el cuerpo con frenesí me obligó a meterme al
baño enseguida.
Al llegar del colegio panchito aguardaba
mi espera montado en un montículo que estaba casi cerca de la puerta la que
sirve de acceso a la verga, lo agarraba en una mano y paradito en mi dedo
índice como todo un general lo llevaba a la cocina poniéndolo encima de la
mesa, panchito comía de mi plato, mis padres nunca se oponían a esta
sinvergüenza costumbre, llamémosle así por parte de panchito. Creo que era un miembro más en nuestra familia, más que una
mascota, era por el momento mi mejor y gran amigo.
Una
vez lo llevé a clase metido en mi alforja siempre al pendiente de él y de la
mochila, cualquiera que me viera diría
que yo sufría de un tic nervioso. Raúl se había encariñado con el pidiéndome
casi a ruego que se lo regalara.
A
todas estas insistencias yo le respondía: no puedo papá me lo trajo del sur, si
quieres uno hablo con él, ya para cuando
vuelva tendrás uno igual a este. Toda la mañana Raúl junto con mis otros
compañeros jugaron con pancho sin que el maestro Gualberto se diera cuenta.
En
tres oportunidades viajo conmigo camino a la escuela, los días transcurrían sin
que yo me diera cuenta, en esos días me divertía con mis amigos jugando
béisbol, saltando la cuerda, jugando al loco escondido, a caminar por los
rieles del tren, parándonos en parajes a observar los sitios más hermosos que
jamás mis ojos habían visto, se veían a lo lejos los techos de las casas de las
personas pudientes, las fabricas cuyo penacho de humo era arrojado al aire por
la torres de cementos de las mismas los airones eran profundos y en gran
cantidad.
A
mí particularmente no me gustaría vivir en ese sitio mira las cantidades de
humo que arrojan esas fábricas, todas esas personas estarán enfermas de los
pulmones, allí deben vivir niños como en toda comunidad. Había dicho sin poder
creérmelo, o masticarlo de buena gana…¡Qué barbaridad!
Si
ellos nunca se han mortificado. Me respondió Raúl,- menos lo haremos nosotros,
ellos allá son felices, además tienen dinero hasta para lanzarlo a manos llenas
al aire. Nosotros somos los que nada tenemos.
Así
que andando dejen de hablar como mariquitas. Terció otro.
Caminamos
nuevamente por en medio de los rieles hasta llegar a unas minas cubiertas por
la misma tierra que con el tiempo se acumuló a las entradas de las mismas.
De
pronto escuchamos a lo lejos el silbido del tren que venía aproximándose a gran
velocidad, lo verificamos porque rápidamente nos agachábamos poniendo nuestras
orejas en los rieles.
Nos
estremecimos, es decir nos movimos rápidamente y enloquecidos como si alguien
nos echara el guante, ya que la locomotora pasó tan cerca de nosotros que todos
nos estremecimos, después de haber saboreado el trago agridulce de nuestras
vidas nos reíamos de nosotros mismos mirándonos
las caras.
Para
la próxima tendremos más cuidado al transitar por aquí, hoy tuvimos a punto de
perecer, y eso por los momentos no está, ni estará en nuestras mentes, bien
lejos con eso.
Todos
teníamos la vista puesta en el rostro de Raúl.
Nuestras
vidas valen más que este lugar… Será mejor que nos vayamos, pronto que va
anochecer, las bombillas alumbran deficiente mente, claro, si es que no queremos
tener problemas. Todos asentimos con la cabeza dándole la razón, que los
cuatros ya comenzábamos a caminar nuevamente pero en retroceso, por el centro
de los rieles Juan y Orlando nunca se tomaban las cosas en serio cuando se les
hablaba en serio, para ellos todo era una sana y santa diversión ya que detrás
de nosotros marchaban dando saltos haciendo todo tipo de juego que solo los dos
con sus burlas podían divertirse.
Llegué a casa cansado, nadie me dijo
nada, ni papá que había llegado, al verme me abrazó dándome tres libros. Los
tomé llevándomelos enseguida a mi habitación comencé a verlos, uno se llamaba
las Aventuras de Dick Turpin, el otro El Jorobado de Nuestra Señora de París.
En
las vacaciones tendré el tiempo suficiente para leer los tres.
Por
ahora ocuparé mi tiempo en pancho ya que en toda la tarde lo he tenido
olvidado. Además me inquietaba el no verlo en la cocina, que era su lugar
favorito, empecé a llamarlo, a buscarlo por todas partes de la habitación en la
cocina en la sala en la parte trasera de la casa, en el baño en fin ya no
encontraba área en donde hallarlo pero el alma volvió a estar en mi cuerpo
cuando papá venía a mi encuentro mostrándome con una sonrisa de oreja a oreja a
panchito bien plantado en la mano recalcándole: ten más cuidado con él un
descuido mas de tu parte y lo pierdes.
Me
lo entregó poniéndomelo en el índice de mi mano.
Gracias
papá tendré más cuidado.
Los
dos entramos a la casa.
Papá
volvió a marcharse al sur, aquella vez
si me había despedido de él, pero aquella fecha no me hizo ninguna advertencia,
esto hizo que yo lo extrañara muchísimo, pero no me importó tuve que asimilarlo
repetidas veces, en intervalos se nos olvidan las cosas de tanto repetirlas o
machacarlas todo el tiempo, hasta en esto debemos tener cuidado, el apuro
siempre trae consecuencias, la de dejar cualquier cosa que más adelante nos
puede hacer gran falta. Papá siempre fue impaciente, apurado y disconforme,
impaciente porque pretendía que las cosas iban a llegar rápidas en el mismo día,
no sabiendo que todo lleva su tiempo aunque uno no lo quiera, hay cosas que se
dan y hay otras que no lamentablemente. Apurado, siempre caminaba de un sitio a otro más
cuando en una ocasión recluyeron a mamá en el hospital, era tanto así que el médico
de turno al no verlo por ninguna parte hablaba de inmediato con la enfermera, esta
enseguida lo llamaba por su nombre y apellido, el susodicho según me contó en una
ocasión mamá, estaba sentado junto a la puerta principal del dispensario
leyendo el periódico. O cuando se marchaba al sur temblaba de los nervios
caminando de aquí para allá como si los autobuses dejaran de viajar cubriendo la ruta al sur
en el terminal de pasajeros. Sé
por boca de mamá que cuando se aproximaba la fecha de su partida, la
enfermedad de los nervios, él se la contagiaba. Disconforme quería tener más, más,
gastando en un tiempo malbaratando en aumento. El dinero es para gastarlo, para
eso es el dinero, pero no en cosas superfluas, hay que saber ahorrar porque
nunca se sabe que nos puede ocurrir al día siguiente, se nos presenta una
eventualidad funesta, Dios nos cuide y nos proteja, no podemos correr al vecino
que nos preste lo que nos hace falta. Claro que uno no debe conformarse con ver
la vida que pasa y pasa mirándonos a las
caras, sonreímos y volvemos hacer los mismos, hay que aspirar pero no
derrochar, porque hoy estamos arriba, ya mañana estamos abajo. Piénsalo viejo
yo todo lo que te estoy diciendo no es por hablar, ni mucho menos para que te
sientas mal es por tu bien por el mío, yo estoy conforme por lo poco que me has
dado, por tener un hijo tuyo y mío, esta casa que es muy cómoda está a mi
gusto, te lo digo de corazón, por tenerte a ti que es el regalo más preciado
que me ha dado Dios. Tendremos más cosas mucho más de lo que tenemos pero eso
sí, siempre y cuando dependamos de la voluntad de Dios, verdad que sí, verdad
que sí tesoro mío, aspirar es bueno, pero abarcar más de la cuenta no, eso no
está bien porque sin querer tropezamos cayendo en la avaricia. Y él que es
avaricioso en la vida nunca le puede ir bien, quizá al principio pero algo te
ha de ocurrir en el transitar del camino.
Mamá
abrazó a papá a medio cuerpo, él estaba sentado en una silla.
Claro
que sí mi viejita linda.
Logré
casi escucharlo, ya que su voz sobresalió por entre la blusa de mamá, su sonido era como un murmullo que se negaba a morir.
La noche había llegado sin previo aviso,
con ella un feroz invierno que hacía sus estragos allá afuera, los arboles
danzaban bajo el cobijo del aguacero logré ver el espectáculo a través de mi ventana.
Pancho
dormía conmigo estaba muy bien abrigado, a poca distancia de mi mano izquierda,
tenía mucho cuidado al moverme, no quería por nada del mundo hacerle daño, no
me lo perdonaría nunca.
El sol alumbraba la habitación por
completo, iluminando todos los espacios de la habitación que cualquier cosa que
pudiera muy bien esconderse de mi vista la vería sorprendiéndola en el acto. O en algún
rincón debajo de la mesa, o de los sillones,
eran dos los que yo poseía, uno estaba ubicado ante una mesilla la cual me
permitía el estar sentado cómodamente
estudiando la clase del día, la otra estaba puesta cerca del escaparate,
para buscar cualquier cosa que me haría falta, como los zapatos por
ejemplo que estaban ordenados encima del
aparador o cualquier otro objeto que con
urgencia necesitaba a la hora de utilizarlo.
Después
de haber cumplido con mi aseo personal tomé a panchito en mi dedo índice
llevándomelo a la cocina, enseguida lo
puse sobre el comedor y juntos comenzamos a desayunar, mamá también comía de su
plato mirándonos de vez en vez mostrando una sonrisa que para mí era un
exquisito deleite con solo contemplarla muy disimuladamente.
Cuídamelo
mamá.
A
ver hijo y…¿ qué otra persona hay después de mí en esta casa que me ayude a
cuidarlo?
De mi parte no se escuchó ni una sola palabra.
Y en son de juego.
Ves no me respondes en nada, eso quiere decir
que no hay ninguna otra persona viviendo con nosotros, tu padre está en el sur
trabajando, tú te vas a la escuela yo quedo en esta casa sola, así que hijo mío
solamente yo. Nadie más que yo para cuidarlo.
Y al verme un poco serio.
Me
estoy jugando contigo nada más, porque eres aparte de tu padre la única razón de mi vida y en algo tengo en
que divertirme, ¿o no? Para no pensar en
cosas malas más cuando tu padre no está…
anda,
camina, ve a vestirte que no quiero que llegues tarde a clase.
Salí corriendo a mi habitación, pensando
mucho en lo que acababa de afirmar, su comportamiento su manera de comportarse me resultaba incomodo,
el hecho que me presentara una
exposición ridícula por lo que dije.
Bueno
Aldo. (Hablé para sí mismo) apúrate o
llegaras por primera vez tarde al colegio. Lo que estas pensando es natural,
todos los padres del mundo se juegan con bromas, es más hasta con juegos más
pesados. ¿Qué te pasa Aldo, no parecen cosas tuyas?
A
decir verdad si mis padres lo llegan hacer conmigo me sentiría extraño, muy
extraño…no quiero que esto ocurra nunca, porque yo no sé sí llegue a
permitírselos.
El mediodía se nos había presentado muy
caluroso, el cielo no mostraba como el mes pasado ninguna nube que pudiera muy
bien observarse, el intenso azul me hacia trasportar al mar, viéndome también
echado sobre una planicie dormido, como drogado al no pensar en nada ni en
nadie, que hermoso es el cielo, nos distrae, nos hace sentir cómodos consigo
mismo, al menos así lo pienso yo.
Pero
nunca creí que ese mediodía me traería la peor desgracia de mi vida, llegando
casi cerca de la casa no veía a panchito por ninguna parte, ni en la verga, tan
tremenda fue mi desesperación que aligere el paso más de lo acostumbrado, al
entrar en la cocina veo a mamá a papá sentados ante el comedor con las manos
tomadas, sus miradas eran demasiadas afligidas, sus caras estaban totalmente
desencajadas.
¿Qué
les ocurre? ¿Por qué están tan tristes?
Dónde está pancho que no lo veo.
Comienzo
a buscarlo por todas partes, debajo de la mesa, iba a salir de la cocina para
dirigirme a mi habitación pero papá me
lo impidió levantándose de la silla tomándome por un hombro.
No
sigas buscándolo hijo pancho no está. Me dijo.
Cómo
qué no está. Respondí molesto,- en alguna parte debe estar, papá ayúdame a
encontrarlo.
No
hijo no insista no está.
Mamá
fue más directa que papá al decirme la verdad, evitando más evasivas por parte
de papá.
El
gato de la señora Silvia lo mató, el estaba como siempre paradito en el
montículo, el animal lo sorprendió por detrás, ya cuando me di cuenta no pude
hacer nada.
Mi
mente estaba en blanco, quedé mudo por
completo sintiendo un inmenso dolor que me entumecía todo el cuerpo. Salí de la cocina como un autómata echándole llave
a mi habitación.
Y
comencé a llorar como un estúpido, esa noche no pude dormir pensando en pancho,
cavilando en mi mejor amigo que había muerto, en el mejor amigo que tuve a los
doce años.
Era
la primera vez que en mi vida el rencor
me comía por dentro, empecé a rumiar una
venganza: pancho muerto fallecido gato. Juro que mañana asesino a ese animal.
Después de asearme entré en la cocina
más calmado, no tomando en cuenta lo que ocurrió ayer, pero aun me sentía desagradablemente
mal, más estando en la cocina, me parecía ver a pancho sobre el comedor
esperando al igual que yo el desayuno, papá ya estaba comiendo, mamá fritaba algo en
la sartén, el olor que despedía era agradable.
¿Cómo
dormiste? Preguntó papá remojando el pan en su taza de café, luego se lo llevó
a la boca masticándolo con infinito placer.
Bien.
Mentí, si no lo ha notado es porque no tengo ojeras, mucho mejor para mí. Así
que no tendría que dar explicación ninguna.
Mamá
se me acercó sacando de la sartén los huevos fritos con la tocineta cayendo sobre mi plato, me había acercado los
panes que estaban en una cestita plástica de color amarillo, luego el vaso con
leche, el vaso con leche de todos los días.
Mamá
se había sentado cerca de papá, supuse que ya desayunó puesto que no quitaba la
mirada sobre mí, sonreía al verme comer con sobradas ganas.
Las
explicaciones, lo que yo no pretendía no se hizo esperar por parte de mamá.
Anoche
te toque la puerta varias veces para que bajaras a cenar…o te hiciste el sordo
o te quedaste dormido.
Me
quede dormido. Mentí de nuevo. Aligeré mi desayuno tan rápido que ya no quedo nada en el plato.
Lo
de pancho…
La
interrumpí.
Perdóname
mamá pero debo irme enseguida luego hablamos.
Los
besé a los dos muy cariñosamente en la frente como lo hacía todas las veces que
iba a salir.
Nos
vemos luego.
Le
conté a Raúl y a otros lo que le aconteció al pobre pancho, estando todos de
acuerdo que se había de hacer justicia inmediatamente, que no debíamos dejar
esto para después convenimos que a la hora de la salida iríamos por el animal.
Yo
no podía concentrarme en la clase, el maestro Gualberto no me quitaba su
mirada, pensaba en la venganza, en que estaría mal si la llevara a cabo, ensañarse
con un animal agrediéndole con piedras era el estilo de un verdadero psicópata,
matar por placer, por sentirse a gusto, es como tomarse una píldora para luego
sentirse bien, y yo no soy así, mi educación no es esa. Yo no soy un vagabundo…No
me importa que Raúl y su patota me griten gallina, ¿pero quién carajo me dijo
que le dijera lo de pancho? Solamente a mí se me ocurrió, que imbécil he sido.
El
maestro se me acercó y con la punta de la regla me rozo el hombro.
Felipe
¿qué te pasa? Más atención a la clase sí… (A los demás) continuemos.
Tenía
por mi propio bien simular como buen
actor mi contrariedad, el hecho de darle muerte a un animal es un acto criminal
más en la manera como lo estaba ideando, matarlo a pedradas sin tener compasión
alguna, quemarlo o echarlo a un pozo séptico, me sentía desagradablemente mal
que para aliviar si es que podía lograrlo me cambiaba insistentemente de lugar,
es decir adoptaba las mil maneras de estar sentado cómodamente en mi pupitre
pero no lo concebía. Hasta que tuve una idea. Agarré mi mochila metiendo la
libreta el libro y los demás materiales dentro. Me levanté en el momento
preciso que finalizó.
Profesor
quiero irme a casa, no me siento bien…Me concede el permiso.
El
maestro no se me acercó para nada, gracias a Dios, desde el pizarrón me
comentó: está bien vete, no sé pero desde que entraste te has comportado de una
manera extraña, yo te veo mal, y sintiéndote así no puedes asimilar la clase,
vete, mañana estarás mejor.
La
idea resultó fantástica, mejor no pudo haber sido.
A
medida que me iba acercando a la puerta de salida se me había ocurrido mirar a
Raúl, él confundido me observaba como diciéndome: ¿qué te pasa, y ahora qué?… ¿vamos
a matar el gato?
Dejé
de darle una ojeada, apurando el paso salí del salón sin mirar atrás anhelando en aquel momento llegar a casa lo
más pronto que fuera, sin ser sorprendido por el timbre, dando la señal de la
salida a todos mis compañeros, y verle la cara a Raúl a sus tres compañeros
encarándose conmigo al reprocharme la razón del por qué no íbamos ya a linchar
al animal, que el hombre por ser hombre tiene que tener palabra, que el miedo
es propio de los cobardes y de las mujeres delicadas e indecisas, que ellos al
proponerle la idea quedaron de matar al felino, estuvieron encantados, pues no,
eso no puede ser no se va a ejecutar, yo desisto, no quiero hacerle daño, es
pecado, y no quiero tener cargos de conciencia de ninguna índole, me sentiría
mal, tanto de lo que estoy, además lo sentiría igual o peor al ver otros gatos
pasear a mi alrededor, recordándome insistentemente que yo maté a uno, siendo el verdadero el
causante de la defunción del gato de la
vecina.
Estando ya dentro de mi habitación me
quité los zapatos desprendiéndome de ellos los lancé no importándome para nada el sitio en donde
pudieron caer. El cansancio me dominaba por completo como si estuviera
anestesiado, me acosté cerrando los ojos enseguida.
Mamá
me contó que fue a la habitación, no me llamó, para no alarmarme pero me dijo
que estaba roncando con infinito placer, en realidad yo no sé cómo es eso,
porque nunca he dormido acompañado para darme cuenta como ronca el otro, jamás
he llamado a alguien que esté en la misma situación. Cuando me case si es que
me caso sabré en definitiva como es eso. Por lo tanto estaré de acuerdo con lo
que expresa mamá.
Ese día no fui a la escuela, ella no me
pidió explicación alguna, del por qué no quería ir.
Ese
día tampoco salí de mi habitación solo deseaba estar echado en la cama.
Cómo
extraño a pancho. Los animales en sí tienen el poder de distraer de alguna
manera a los seres humanos, su compañía es más confortable y agradable, sincera
hasta más que un amigo, el amigo nos da consejos, nos brinda confianza, en
algunos casos la ayuda incondicional, pero cuando sabemos de una segunda,
tercera o cuarta persona que nos ha traicionado nos sentimos dolidos o hasta
resentidos que nos prometemos no confiar en nadie más, repitiéndonos
concienzudamente que amigos no hay, que solamente existen los conocidos, en cambio
el animal está contigo siempre, sabe por instinto la hora que llegas a casa,
está en el lugar en donde tú estás, en todos los espacios, no te habla pero te
sirve de consuelo.
Como pancho, mi querido pancho, papá quiso
traerme de vuelta otro pájaro para reemplazarlo, me negué rotundamente
diciéndole que no quería ninguno ni que se pareciera, que no quería encariñarme
con ningún otro.
Quiero
estar solo es decir no persigo otra mascota así como estoy estaré bien de ahora
en adelante, a pancho lo olvidaré, no del todo, lo recordaré como cosa del
pasado. Cómo todas las cosas que se recuerdan y por alguna circunstancia se
pierde, pero no surten el efecto que antes originaron con en el dolor, el
sufrimiento queda sepultado con el tiempo.
Al salir de clase junto con tres
compañeros, Raúl venía silbando detrás de nosotros junto con sus acompañantes
que nunca lo abandonan ni a sol ni a la sombra como se dice vulgarmente. Me
llamó por mi nombre en voz alta cosa que me saca de quicio.
Yo
no le demostré ningún miedo, porque mis ex compañeros del barrio de donde
provengo me enseñaron a no tenerlo como no lo adquiero no lo demuestro ni mucho
menos lo recojo.
Al
acercárseme habló sobre lo del gato, le dije que eso ya estaba olvidado, que no
quería hacerlo porque no me daba la gana, no estaba acostumbrado a encarnizarme
con animales, pero si mi irritaba las personas que por alguna razón injusta me
molestan, y ahí sí que se me van los tiempos adiós Felipe que no te conozco, y actúo
como un monstruo llevándome a quien sea por delante. No importándome para nada
el problema que pueda acarrearme. Pero con un animal nunca, así que olvidemos
lo del animal y conversemos de otra cosa… ¿Te parece?
Raúl
sin decirme nada miró a sus tres compañeros, luego echaron los cuatro a andar
delante de nosotros.
Llegó rápidamente el mes que daba por sentado la culminación de nuestro
año escolar, yo particularmente estaba un poco triste porque ya no vería mis
compañeros, estábamos satisfechos con la buena labor del maestro Gualberto, que
jamás nuestras mentes lo abandonarían para recordarlo. Los momentos agradables
no son eternos.
La
primavera hizo resplandecer con más ahínco todos los contornos del condado, los
arboles estaban asombrosamente coloridos, el aire limpio fresco rozaba nuestras
caras con agradable deleite, las montañas mostraban su verdadera clorofila,
como si invitaran a los habitantes a acampar sobre ellas, o para deleitarse con
un rico picnic ya preparado de antemano.
El día jueves llegó y con él el gran día de nuestra graduación de los
tres salones de sexto grado en el salón múltiple, donde se dio inicio al acto protocolar, con la entrega de
diplomas junto con sus respectivos certificados, palabras dadas por parte del
director, todo era brillante con los colores de los diferentes adornos que se
disponían a todo lo largo del techo llamando la atención de parte nuestra, de los
visitantes, guirnaldas bien elaboradas por manos expertas de madres
representantes que colaboraban en cada evento que el plantel realizaba, (sin su
colaboración como supe después de labios de Cecilia compañera de grado), este
acto sería insípido, nunca llegaría a ser como lo estábamos viendo, un suceso
con categoría y mucho estilo. Las mesas estaban abarrotadas de emparedados,
frutas tropicales, panecillos ensaladas ya servidas en platos de cartón y con
sus respectivos cubiertos colocados a un lado de cada uno, tizana, refrescos un
pastel gigantesco nada más y nada menos que de seis pisos, el maestro junto con
el resto de los profesores sentados en sillas de hierro, bien pintadas por
cierto platicaban muy divertidamente, tomaban vino, tal parece que la
conversación giraba a nuestro entorno ya que no nos quitaban la vista de
encima. Al fondo se escuchaba la música de los Beatles y todos como si una
varita mágica nos controlara el cuerpo al comenzar a bailar al son de la
música. El maestro también se animó tomando a una colega suya, ambos danzaban
alegremente en el centro de la pista. El maestro rumbeaba extraordinariamente
bien. Mis padres junto con los demás se fueron después del acto de entrega de
los recaudos sosteniendo que la fiesta era para nosotros y por lo tanto
debíamos disfrutarla, además algunos eran granjeros, otros rancheros y debían
estar pendientes de lo suyo, los míos querían estar en casa, papá viendo
televisión con la cerveza a un lado, mamá en la cocina como siempre limpiando
la estufa, trapeando el piso y otras cosas que toda mujer de casa suele hacer.
Después de haber terminado la música
dando inicio a otra algunos continuaban bailando, otros exceptuándome a mí nos
acercábamos a la gran mesa a des gustar de
las exquisiteces que sorprendían nuestras miradas con verdadero placer, Raúl se
me había acercado dándome una cariñosa palmadita en uno de mis hombros.
Dentro de cuatro días me marcho a Oregón a
continuar mi secundaria alternándolo con la música. Dijo alegremente.
¿Vas
a estudiar música? Pregunté un poco sorprendido.
Si…O
mejor dicho el piano…Aldo si algún día decides irte de aquí hazlo, no te
detengas, en este pueblo nada se hace, mira a tu padre, viaja siempre al sur a
trabajar en la construcción, este villa es de granjeros…. Como buen amigo yo te
aconsejo que logres definir claramente tu futuro, porque para después es
demasiado tarde y no tendrás la oportunidad de escapar, piénsalo bien, tienes
el tiempo necesario para deliberar.
Quiero
ser periodista o escritor. Respondí tajantemente.
Un
rayo de alegría inundó la cara de Raúl.
Entonces
comienza desde ya a visualizar con todo tu empuje esos dos sueños…Mi tigre todo
en la vida se puede, lo único que se requiere es que le eches ganas.
Raúl
había sacado del bolsillo de su pantalón color mostaza una nota que enseguida
abriéndome la mano me la había colocado en la palma de mi mano.
Toma,
esta es mi dirección en donde voy a estar, si quieres salir de este lugar
abandonado a la buena de Dios, búscame y lábrate una profesión.
Hojee
la nota y llevándomela al bolsillo de mi pantalón le di las gracias.
Nos
abrazamos, comenzamos a bromear con los demás, a bailar la música, a comer y
otras cosas más.
Raúl
al día siguiente había venido a casa, mamá lo atendió de maravilla, esta naturaleza
quizá de parte de mis abuelos quienes siendo muy humildes, le inculcaron desde
pequeña, que debía ser cordial, respetuosa, tratando excelentemente a los demás caía muy bien con
sobrada franqueza no de manera superficial como una aureola en ella. Ganándose de inmediato el respeto el
cariño de quienes la conocían. Mi amigo quedó súper encantado con ella, más que
todo vino a despedirse porque mañana para venir para acá el tiempo se le
agotaría, insistió que le escribiera, que por nada del mundo se me fuera a
olvidar.
Yo
le prometí que lo iba hacer. También me
informó que había hablado con sus parientes en Oregón estos ya estaban de
acuerdo en aceptarme sí algún día estaba decidido en marcharme. Mamá había
escuchado toda la conversación, Raúl tenía de por sí una mala costumbre hablar
en alto volumen que todo el planeta se entera.
Ella
lo atendió muy bien, a Raúl le encantó las ricas galletas que mamá preparaba, y
se lamentó mucho el no habernos visitado antes, por las delicias que acababa de
comer, de haberlo sabido nos visitaría con mucha frecuencia, él se lo contó a
ella, mamá se reía diciéndole que las visitas eran por las galletas y no por
nosotros, Raúl se sonrojaba al escucharla.
No
le creas ni una palabra lo dice en son de juego.
Ya
para despedirse, porque hay que estar delante del tiempo y no detrás como lo
dice él, se despidió de mí y de mamá, al haber desaparecido de nuestra vista
cerramos la puerta.
Para irme a Oregón me faltan nada más y
nada menos que cinco años, mucho tiempo, en ese tiempo pueden ocurrir muchas
cosas, no quiero cambiar de opinión en cuanto a lo que me gusta, papá por nada
del mundo me permitiría ir a trabajar con él al sur, él desea lo mejor para mi,
una buena profesión. Él fue quien me sugestionó el amor a la lectura porque en
cada viaje que hacia me traía libros, enciclopedias, novelas juveniles, de
aventuras, cuentos de animales o de cualquier cosa, y esto por supuesto me hizo
desarrollar la imaginación, hasta tal punto que tengo escritos varios relatos
metidos en algún rincón del escaparate, esperando el tiempo para poder
publicarlos en alguna revista. Esperaré pacientemente que transcurran sin
ninguna intranquilidad para marcharme del condado.
De
mi parte ver llegar los cinco años que
me trasladaran al futuro, el futuro que ya comienzo a visualizar en mi mente.
El tiempo corrió velozmente, para ser
exacto era el año 1.970, tenía diecisiete años ya cumplidos, había culminado mi
secundaria satisfactoriamente, lo que más me causaba risa es el hecho de haber abrazado
a mi madre esa mañana varias veces, papá nada decía solamente estaba rumiando a mi entender algo en su pensamiento ya que la vista la disfrutaba en un helecho
que estaba creciendo al tiempo que fumaba de su pipa.
Ella y papá me rodearon con sus brazos
deseándome suerte en la carrera que iba a emprender desde ahora en adelante la
de ser periodista, luego vendría por añadidura la de escritor.
Les
escribiré muy a menudo, en vacaciones estaré
de vuelta se los prometo. Como también prometí escribir un relato dedicado a
pancho, mi querido y fiel amigo. Jamás te olvidaré, siempre estarás vigente en
mi recuerdo.
Un
carro estaba a mi espera estacionado en la verja, después de tanto tiempo la misma
verja me hizo recordar a pancho cuando
se apostaba impaciente a la espera de mi regreso de la escuela.
Ya
sentado en el asiento trasero, inquieto y con un dejo de tristeza veo a mis padres agitando las manos a guisa de
saludo, yo también hago lo mismo al asomarme por la ventanilla donde una lágrima
me la borro el viento, comienzo agitar
mis manos ávidamente.
A
medida que avanza el carro por la
extensa y ancha carretera, vuelvo a mirar hacia atrás, la casa, la
empalizada recién pintada por papá.
Mis
padres habían desaparecido de mi vista.
Desde hoy comienza una nueva etapa en mi
vida. Estoy feliz, yo diría que mucho, porque voy a buscar mis sueños, un sueño
que haré convertir en una bonita realidad… y en otro país.