domingo, 30 de agosto de 2020

 

N

 

 

 

                                        

                                                       LA ALEGRÍA POR VIVIR.

 

       Zacarías camina lentamente por la ancha calle próxima a su residencia, son  muchos los años que posee, está muy saludable cosa que a él le ha costado mucho esfuerzo en la vida, la costumbre de caminar en la mañanas, como otros que también lo suelen hacer le consagra un rotundo y exquisito placer  .

Las tardes para él son las más gloriosas, y él no sabe hasta ahora cuál es la bendita razón que  esconde todo este placer que ha conservado por años, todavía siente ese gusto que nunca acabará. Feliz por esta razón sea la que sea me siento a gusto conmigo mismo, eso es lo agradable de la vida más cuando ya se está viejo, un viejo decrepito que no sabe que es lo que quiere, que nunca estuvo conforme. A él todo eso le ha importado un bledo.

La armonía acompañada con el color del crepúsculo, que a esta hora, como todas las horas, a la hora exacta, a la hora que sea, en el lugar exacto, el correcto, se deja asomar en el mismo sitio del cielo. El sol se ocultó, una agradable briza se hace sentir en el cuerpo, y  esto por su puesto hace más placentera las tertulias de todas las personas que están sentadas en los bancos de la plaza. O en cualquier otro sitio cerca o distante. Las hojas de los arboles se estremecen, pero el ánimo la circunspección siempre se ha mantenido en todo lo alto como cuando él se mira en el espejo acomodándose el sombrero, insistiéndole a su hija Julia cómo lo ve, guapo, o simplemente qué tal le parece, si le queda bien o mal, por Dios que le sea sincera. Sí está bien o mal acomodado en su cabeza el bendito casco. Te ves divino papá. Un señor guapo, agradable y seductor que puede conquistar si te lo propone a la mujer que muy bien podría servirle de compañera, no digo una, dos, tres o cuatro. Oye…No es porque seas mi papá pero el elogio lo tienes, todavía a tu edad te conservas.

Siempre fue como un loro que habla hasta por los codos.

A mí como que me hicieron mis padres en la cama hablando, creo que nunca estaban bien acomodados digo en el lecho cuando lo estaban haciendo, porque de seguro estaban hablan que te hablan, creo que nunca se ponían de acuerdo como en otras cosas, menos cuando estaban fajados haciendo la cosa más bella del mundo que Dios nos dejó  porque si no fuera por esa cosa este mundo no sería mundo. Además para ser exactos yo no existiría.  

Pero su vocabulario era rico muy florido cuyas frases eran como si fueran extraídas de un diccionario, muchos fueron de los que opinaban que el viejo gustaba de la lectura, que su habitación estaba atiborrada de libros por todos los rincones y hasta en el piso, que en esa habitación no se podía entrar, que era amantes de los libros desde cuando eran adolecentes, que no se los prestaban a nadie. Que hasta podría, si él se lo propusiera algún día ser el cronista de San Mateo.

Buen consejero, buen amigo, llevas la vida como Dios te la va dando, como se te abra al paso, con beneplácito, con paciencia y con mucho amor, regalándole una sonrisa a un extraño, a un conocido sin importarte para nada su condición, te enseñaron desde muy temprana edad a sonreír,  bravo Zacarías, ovaciones para ti, que sea rotundo y extendido para que dejes sordo a Pekín, sé que tienes como todo el mundo defectos, pero yo a simple vista no te los hecho de ver, ni te los menciono  si los tienes por decir algo, lo disimulas muy bien qué merito, para que nadie se dé cuenta, pero los tienes, pero  día tras día, nunca se te ve mala cara, un rostro descontagiado, libre de asperezas y de repugnancias que solo acarrea mal sin sabores, o precisamente la atracción de enemigos que a la larga pueden ser peligrosos, ni tampoco de tu boca arrojas sapos y culebras,  trata al mundo con una risita agradabilísima.

Ay Zacarías como te envidio, a pesar de los años, que son muchos por cierto, que se han alojado sabiamente en tu cuerpo, a tu espalda, hasta tu estilo de vida, de caminar, lo haces de una manera perfecta, siendo la envidia hasta de los adolescentes quienes atrapados te examinan por minutos viéndote caminar. Se nota a simple vista que gustas de circular al aire libre, o en la intimidad de tu hogar con el libro en la cabeza y te mantienes erguido derecho para que no se lance al piso en un descuido tuyo el bendito libro. Propio de un modelo profesional.

Sé que eres la envidia de todo el sector en donde vives, y aunque lo niegues y lo sigas negando rotundamente de que no es así, pero todo esto te hace sentir súper bien.  Te eleva, si te elevas, llevándote al espacio sideral, al infinito, bravo por ello, vuelvo a referirme a los aplausos, yo no entiendo porque a mí particularmente me gustan los aplausos, no me importa la edad de quien lo celebra, me gustan y punto,  un rotundo cumplido, un rimero de aplausos que no son detenidos por ninguna voz extraña, por ningún intento trata de arruinar el espectáculo, eso nunca te ocurrirá porque el mundo te respeta con admiración ciega, hasta se descubren por unos momentos el cráneo, al quitarse el sombrero cuando  pasas a un lado haciéndote el desapercibido como que no quieres la cosa.

Pero si he quedado sorprendido al verte la dentadura porque sin proponértelo has reído abiertamente, tienes la dentadura perfecta, no son prótesis, te has cuidado bien. Si hasta pareces un niño.

Cuéntame tu secreto. Me sonríes, pero no quieres decírmelo,  si no lo quieres hacer no te obligaré, miras al cielo como pretendiéndose distraer de la pregunta que deseo saber, sabes una cosa te lo pregunto porque quiero ser como tú, quiero llegar a tu edad, copiar tu estilo de vida que ya comienza agradarme, pero no me dices nada, te has callado por un largo momento que me parece injusto.

Lo único que sueles hacer es estirar las piernas y mirártelas, como gesticulando la respuesta que casi no escucho, pero me parece que la medio escucho: No sé de qué secreto me estás hablando, yo no lo conozco, muchacho cuál es.

Me has contado que te sientes bien, tanto como si fueras el roble que se mantiene verde y muy plantado detrás de la iglesia, que tus valores están perfectos, que nunca has sufrido de la tensión, que por las tardes tomas tu té de manzanilla, que llevas una vida tranquila sin preocupación alguna que no le das chance ni siquiera para meterse en el cuerpo, que no eres sedentario, que crees en Dios y que acudes regularmente a la iglesia.

Como te admiro Zacarías, cuando yo esté viejo quiero ser como tú  con tu mismo estilo de vida, con tu misma rutina, con todo lo que haces o dejes de hacer, tuviste tus hijos, ya tienes nietos. Sueñas y aun sigues soñando, es divertido. Sí divertidísimo.

Te sientes bien viviendo con tu hija y con su marido, y  tus tres nietos.

Qué más le puedes pedir a la vida, tener a cuatro seres que se preocupan de ti, que se esmeran y se desviven por ti, que están al pendiente de ti, siempre al pendiente de ti.

      Te levantas, estrechas mi mano con un fuerte apretón.

Y con tu andar armonioso semejante a las notas musicales de un afamado compositor, que escudriñando imperativamente su pentagrama, ha asimilado las notas musicales ya que pronto dará un concierto en un afamado teatro, comienzas a caminar apoyando tu brazo izquierdo en tu bastón, te veo alejarte de mí, sé que vas sonriendo.

Esa sonrisa siempre permanecerá en mi imaginación. Estará dirigida a Dios o al cielo. He aquí la incógnita, muchas veces se lo pregunté solamente me respondía con evasivas…He aquí el dilema. Difícil de responder y dar con el misterio por qué no conozco la respuesta. Nunca me concedió el placer de conocerla. Qué raro, sí que es raro este noble Zacarías, pero me conformo que algún día me dará a conocer la consabida respuesta.

 

viernes, 28 de agosto de 2020

 

 

 

PABLO EL MONAGUILLO.

 

 

       

      Sabes Rosenda, yo no te he contado lo que le pasó a la pobre maestra, aquella mujercita que era muy refinada, aquella que caminaba con tanto cuidado, con mucho primor, como si pretendiera con ello cuidar el calzado, o que temiera encontrar a su paso una piedra,  que la desnucara cayendo directa al suelo por no tener el debido cuidado que se requiere en estos casos, ella leía mucho, toda obra que cayera en sus manos, era devorada enseguida como un manjar delicioso que ella solamente devoraba …¿No te acuerdas de ella? Yo por más que hago memoria,  por más que lo intento con esfuerzo no me acuerdo, que memoria la mía, santo cielo, ay  Dios mío ¿cómo era su nombre? Usaba gafas, era muy delgada, la maestra que hasta parecía una aguja, tenía un jovencito que era el monaguillo del padre Rojas... Eulalia, si Eulalia, así  era como se llamaba la fulana maestra,  ella era muy divertida, solía saludar a todo aquel con quien a su paso se tropezara, recuerdo siempre por lo que atravesó esa pobre mujer. Su hijo, el único hijo que tuvo en la vida era quien tocaba las campanas de la iglesia,  el día de su muerte salió al templo lo más temprano que pudo. Pobre joven, según el comentario de la madre, el muchacho llegó de la escuela a toda prisa, no quería por nada de este mundo que el padre Rojas subiera los empinados escalones que eran muchos, los suficientes para lograr  llegar a las campanas. Y como todo chaval veloz como no hay ninguno en esta vida, corría más de lo sugerido, ya cuando el pobre con sus pisadas de suelas resbaladizas y malgastadas apuraba el paso por los escalones, dejando  atrás quince, el pobre al torcer a la derecha perdió el equilibrio cayó como una bola de nieve rodando y rodando, que la cabeza colisionó contra la pared. Te estoy echando el cuento y se me erizan los pelos. Las personas que estaban dentro de la iglesia orando al escuchar el estampido y los quejidos, con los oídos prestos en la parte lateral de la capilla, porque otra cosa no podían hacer y más estando en la iglesia que todo es paz y armonía y como el bendito silencio servía como telón de fondo, no siendo ninguno ignorante, sabiendo que alguien cayó y giró por las escaleras abandonaron sus asientos y las oraciones quedaron a mitad del camino, bendito sea Dios,  alguien llamó a la puerta del padre Rojas, este se hizo presente ante los pocos feligreses medio acomodándose la sotana porque ya era la hora de dar el servicio, otros curiosos se habían levantado de sus asientos corriendo detrás del párroco yendo hasta el sitio del fatídico hecho. Todos se santiguaron llorando la perdida de aquel joven quien siempre estaba activo por tocar las campanas de la iglesia.

Daba lástima ver a la pobre maestra llorar la pérdida de su hijo, y como maldecía la hora y el día, el de haberse quedado a vivir con su hijo en este pueblo, argumentando que si se fuera ido para otra tierra su hijo estaría con vida y no muerto, era el único hijo que tenia, Dios otro no se lo iba a regalar por estar vieja, la tristeza la mataría en vida, además se la pasaba con él calle arriba y calle abajo, en todas partes ella iba con él. Como se quisieron, y dígame usted Juliana quién madre no va adorar a sus críos, solamente una desalmada como Ester, que jugándosela con el marido lo abandonó y también a sus niños, Juliana tú te sabes ese cuento mejor que yo. Pero si hubieras visto a la pobre maestra llorar a mares cuando estaba en el cementerio el mismo día cuando estaban sepultando a su querido Pablito, como ella en vida lo llamaba, Pablito para allá Pablito para acá, Pablito siempre Pablito, hubieras llorado como yo también lloré, no quisiera recordarlo para no revivir ese triste recuerdo, pero como tú no estabas yo soy quien te está echando el cuento, no me queda de otra. La pobre se aferraba al montículo de tierra y no hallaban la manera de arrancarla de allí, alegando que ella no se iba a ninguna parte, que se mantendría allí con la única razón de su vida. Que con su partida se fueron todas sus esperanzas hasta sus ilusiones, que las razones para continuar con vida se escurrieron, que no quería vivir, que la dejaran en paz allí plantada como un árbol sobre el cadáver de su único hijo, que nadie tenía el derecho de prohibírselo porque era su madre, que si ella se secaba a nadie le importaría por el hecho de no tener ya a nadie más en el mundo, estaba íngrima y sola, sola como el viento. Estaba muy decidida la pobre a permanecer allí, mañana, tarde y noche. Todas las veces que fueran necesarias, aunque lloviera la lluvia tampoco le importaba, el sol la quemaría, achicharrándola en todos los aspectos posibles, Dios no le permitió tener más hijos porque así El lo dispuso, y lo que El dispone no es criticado ni mal versado, todo lo que El hace es bueno, La pobre sabía que Dios no castiga, que somos nosotros quienes nos castigamos por nuestros rencores, por nuestras maldades, ella nunca fue mala, siempre gustaba de hacer el bien no importándole de quien se trataba al que tenía delante pidiéndole cualquier cosa, si ella lo tenía lo regalaba, o lo recompensaba con algún dinero, aunque no fuera lo suficiente, algo era para ponerle fin al hambre, quedó gratamente satisfecha al ver la expresión de la cara de la otra persona su sonrisa al recibir de la maestra el bendito gesto.

He de estar aquí, sucia, desgreñada con sola la idea de mantenerme firme, sin derecho a pensar que volveré a casa, yo no quiero volver allí, verme rodeada de cuatro paredes, no quiero sentir la soledad, no quiero ver sus cosas, sus calcetines guardados pulcramente dentro de un cajón. Con el olor de su piel, no quiero ver ni sus camisas ni sus pantalones, solamente quiero estar aquí acompañándolo en este camposanto, nadie tiene derecho alguno en decirme algo, yo soy su madre tengo  que estar el tiempo suficiente  para estar a su lado, porque no hay ninguna ley en el mundo que me lo prohíba. Soy su madre y es más que suficiente.

      Todo el pueblo fue hasta el cementerio para hablar con ella, para que entrara en razón, haciéndole ver en todas las formas posibles que lo que estaba haciendo era perjudicial para su salud hasta para sus emociones. A lo cual respondía enfáticamente que eso a ella no la asustaba y mucho menos le importaba, que se metieran en sus asuntos y que la dejaran en paz. Hasta los alumnos del colegio le insistían que terminara con todo esto, ya que era una gran locura. Que ellos estarían dispuestos a colaborar con ella, entreteniéndola con sus chistes y sus correrías, hasta el vigilante del camposanto habló con ella, diciéndole que se fuera a su casa que todavía estaba a tiempo, el padre Rojas al saber la noticia de la maestra que estaba plantada sobre la tumba del monaguillo, se apersonó, hablándole como él sabe referirlo: Dios en su infinita misericordia lo tiene en un bendito lugar muy cerca de Él. Que nadie, absolutamente nadie debe oponerse a los designios del Padre, que ese fue su destino, que murió desempeñándose en un servicio que muchos no tienen las agallas ni la voluntad para realizarlo, que debería sentirse orgullosamente de Pablo, porque teniendo la edad que poseía era considerado un santo, vete mujer, te vas a enfermar si no me obedeces.

No me importa, si me enfermo puedo morir, esa sería la mejor oportunidad de ver y tener a Pablito a mi lado. Eso es lo que deseo plenamente en este momento, estar al lado suyo, lástima que nadie me pueda entender. El párroco no le quedó más remedio que marcharse.

       Esa misma noche, para la pobre maestra, y para desgracia suya un torrencial aguacero se desplomó estrepitosamente, arrojando al exterior relámpagos y centellas a diestra y siniestras acompañado de una tempestad descomunal.

A la mujer toda esta anormalidad de parte de la naturaleza no le producía ningún temor sino al contrario una extraordinaria fuerza y fortaleza operaba cada vez en ella, llegando al convencimiento que su hijo estaba con ella, no abandonándola ni siquiera por un momento, así como estaba empapada, pareciendo cada vez una piltrafa humana, o un espantapájaros en medio de la noche subordinada la pobre maestra se aferraba cada vez más a la cruz resistente plantada sobre la tumba de su primogénito.

Todas las luces provenientes de los hogares circunvecinos estaban encendidas, en la mayoría de las habitaciones los hombres junto con sus esposas e hijos oraban por la maestra, por su salud, pidiéndole además, a nuestro Señor Jesucristo que la protegiera de todos los sin sabores que la vida le pudiera ocasionar. Una prueba más de su gran popularidad ya que todos los habitantes de la zona habían pasado por sus manos, siendo ella la persona quien los educó, enseñándolos a leer y a escribir, a sumar y a restar, en fin todo el conocimiento que ellos poseían hasta ahora se lo debían a la humilde instructora, a quien además, ellos consideraban su segunda madre.

       El día amaneció acompañado con un sol radiante, cuya luz iluminaba los dorados valles, los techos de las casas resplandecían, el cielo estaba despejado mostrando un cielo azul intenso. Los pájaros con su alegre canto emocionaban la mañana, contagiando a sus pobladores a seguir adelante con la jornada que desempeñarían en el día de hoy. Se lamentaban mucho por lo que le ocurrió a la maestra.

      En el transcurso del día muchas mujeres excepto las madres de sus alumnos se acercaron al cementerio a llevarles frutas y comida a la mujer quien plantada sobre la tumba de su hijo se rehusaba aceptar cualquier obsequio de parte de ellas, la maestra estaba irreconocible dispuesta con la misión de morir, su tez estaba negra como el café, con su contextura más delgada que antes, con la ropa sucia y desteñida ya que el color se había perdido, el cabello pegajoso, envuelto con el polvo o la tierra que pudo habérselo venido encima, se hizo presente tanto en el filamento como en el cuerpo por el torrencial aguacero. Parecía otra mujer. Muchas de las que estaban allí se sorprendieron al verla. Sintiendo una gran lastima y una compasión insuperable, preguntándose a la vez cuánto tardaría esto en pasar.

 Pobre mujer en lo que se ha convertido en un ser extraño, o más bien en una piltrafa humana. Una mujer que no quiso entrar en razón, como muchos lo sostenían: ella está allí mirando momentáneamente el cielo como pidiéndole al Redentor que está allá en lo alto, que le devuelva a su hijo que tanta falta le hace, que de no verlo y no tenerlo a su lado le entraban las ganas de llorar, volvería rápidamente por el aro de la locura. Y ella no estaba loca, estaba demasiada cuerda.  

   Muchos se dieron por vencido, otros quisieron luchar hasta agotar las últimas fuerzas, pero en esta vida, lamentándolo mucho siempre no falta un facineroso entrometido, que valiéndose de cualquier artimaña posible hace que una se olvide de lo que antes se había propuesto, la idea ya la ponemos a un ladito para no tomarla más en cuenta. Aquellos que si no se dieron por vencidos tomando en cuenta cualquier maniobra que humildemente ellos  ejercerían sobre ella en vano resultaba, optaron ser desde ahora en adelante, sujeto del grupo de los vencidos,  irse ya  a sus hogares, estaban cansados, sin fuerzas, con un poco de mal humor, ya que los esfuerzos de nada le valieron. Todo se lo habían dejado al destino a la voluntad de Dios.

Si  ha de morir pues que se muera, plantada como un despojo, o como los mismos árboles, de esos que abundan por allí que no sirven para nada, ni como leños para avivar una buena hoguera, ni para calentar un hogar en la época de invierno,  y si no ha de comer pues que no coma, ella lo quiso y lo decidió así, manteniéndose  en pie por el resto de su vida, (cosa que no se daría, porque ningún humano que se llame individuo, no lo aguantaría, no hay en la historia ninguna persona que haya superado semejante situación.)  

  

jueves, 27 de agosto de 2020

                                        

                                    

 

                                       

 

   

                          LA MONJA MALÉVOLA

 

 

      Yo no hecho nada, se lo juro por Dios hermana Emilia. Fue Julio quien comenzó a molestarme con la bendita esterilla, es mi estera, y de nadie más, me la regaló mi tío que en paz descanse,  pregúntele a mis compañeros ellos le darán la misma versión que le estoy dando ahora.

De nada valió mi insistencia, la madre Emilia era más terca que una mula al empujarme con fuerza casi a rastra   a la habitación de castigo, era la primera vez  que estaba en este lugar, aunque siempre oí hablar a muchos quienes también estuvieron aquí, que en este sitio sufrieron las mil penurias y que nunca la habían  pasado bien.

Vamos a ver cómo me irá a mí.

Estarás aquí por una semana. Dijo categóricamente poseyendo demasiada intranquilidad, jugando con movimientos nerviosos con el manojo de llaves ya no sabía qué hacer con ellas, lo cierto fue que este movimiento me indisciplinada, dándome a la vez demasiada rabia por no saber qué hacer. Sus dedos larguiruchos me parecieron idénticos a la de una bruja malvada que entusiasmada revolvía un  suculento caldo en una enorme cazuela, ¿estaría yo metido en la sopa? No deseo por nada de este mundo servirle de sustento a la perversa mujer, devorándome por todos lados hasta hacerme desaparecer, ni mucho menos servirle  de postre.

Es mucho tiempo. Julio es quien debería estar aquí, y no yo. Claro como él  es un niño de papá y mamá, y él le cae a usted muy bien, y muy considerado por usted.

A ver Esteban qué quieres decir con eso, no le eches más leña al fuego que te puedes quemar,  cada cosa que me digas la usaré en tu contra.

¿Por qué me trata mal? Yo a usted no le hecho ningún daño, es usted una  déspota,  una falsa, con esto que desea hacerme, me  consta que se está burlando de Dios, no parece una verdadera religiosa devota, usted toma el nombre del Creador en vano señora. Es el propio Satanás en persona que quiere perjudicarme.

Insolente, cómo te atreves a insultarme de esta manera.  Gritó.

Me atrevo porque a las personas perversas como usted hay que ponerlas en su sitio y  en el acto, sin perder tiempo, y no dejar para después lo que se tenga decir, porque aceptarlo sería peor. Para qué esperar para después. 

Quiso levantarme la mano para abofetearme,  pero yo fui más veloz que ella  al apartarme de su alcance.

Ella gemía de la rabia.

Maldito y mil veces maldito, estarás encerrado dos semanas… Engendro del diablo.

 Dio la espalda cerrando la puerta, girando con furia la llave en la cerradura, dándole dos vueltas para percatarse que estaba bien afianzada y así yo no escaparía  del infierno que me esperaba en esta tétrica habitación, oscura, lúgubre, e insípida.

Ni que me fuera a  ir a esta hora, si no tengo salida, vieja de los mil demonios. Dije para mis adentros,- amargada eso es lo que eres, una vieja amargada y decrepita.

       Las horas iban avanzando despacio, aunque no sabía exactamente la duración hice un cálculo frío, las tres de la tarde, en efecto serían más o menos las tres de la tarde, porque don Ramón estaba en el jardín con su escoba y su bolsa de plástico lo podía ver perfectamente a través de la ventana de cristal que tengo a mi alcance, transparente y muy limpia, en donde podía verlo perfectamente allá afuera,  recogiendo las hojas secas de los árboles frondosos que se desparramaban en el patio delantero. Quienes lo sembraron, a lo mejor recibieron ordenes de la bruja, apuntándoles  que debían regarlos y cuidarlos todos los días que para eso estaban trabajando allí, y debían cumplir a toda cabalidad con el trabajo que les encomendó el ministerio, para ello recibían mensualmente a cabalidad su correspondiente pago mensualmente. ¿Pensará la monja malévola  que estarían haciendo algo provechoso para el disfrute de las personas que gustan sentarse a platicar,  o pasarla muy bien al permanecer debajo de ellos? en realidad a mi no me gusta la siembra de este tipo de setos porque arrojan cierta plaga que produce picazón y lo más lamentable es que yo sufro de urticaria. La piel se me pone roja y se me hincha la cara, para calmar la piquiña tengo que tomarme rápidamente un antialérgico. Además esos árboles por donde se miren,   de noche parecen fantasmas gigantes, que  con sus garras asustan  a quienes los miran por un rato. Fantasmas noctámbulos diría yo.

Mi vista aunque no lo pretenda, insiste en observar este tétrico lugar, las cuatro paredes están con cascaras que caen sin ser desprendidas por mano alguna al piso, quizá la humedad las tienen en mal estado, el olor a encierro es prolongado y perturbador esto me hace sentir mal, más deficiente de lo que puedo estar. Estornudando a cada momento.

En un rincón está  una mesa destartalada y sobre ella una ponchera que en años anteriores era de color blanco, ahora luce una coloración pálida, una jarra de cristal llena de agua, quizá estaría sucia y contaminada.  Otra ventana con un cristal traslucido, en donde podía apreciar perfectamente la parte trasera de este miserable recinto, a un lado la gran avenida, podía evaluar afinadamente el sonido vehicular a estas horas de la tarde.

Y a esta hora mi estomago comienza a arderme un poco, no he comido nada en todo la mañana, ni siquiera una galleta que generalmente nos dan a la primera hora del día con una taza de chocolate bien caliente. La vieja bruja y miserable no se ha dignado a traerme un plato de comida. Y como si Dios mismo acabara de escuchar  mi suplica, gesto que le agradezco, cosa que sé que es cierto porque a pesar de que tengo ocho años de edad soy un buen creyente, la mala mujer acaba de entrar a la habitación con una bandeja en  la mano, se agachó, colocándomela en donde yo estaba sentado, a un lado de mi pierna izquierda, como si yo fuera un miserable perro que produce lastima solo al verlo.

Ahí tienes, para que no digas después que soy mala. Se levantó mirándome fijamente a los ojos.

Yo no contesté, la ignoré por completo. Y esto por supuesto que le dolió mucho. Lo pude notar y sin mirarla.

Así como entró salió, con los dos movimientos perversos que ya conocía cerró la puerta,    que no quiero seguir recordando, con lo que me alcance por vivir.

Ya estando completamente solo, me dedique a comer, dos mulos de pollo, y bien horneado, arroz blanco muy suelto como a mí me gusta, así es como lo prepara mamá, la ensalada me supo a gloria,  un buen pedazo de pan, y un vaso con jugo de mora. No está demasiado mal. No importándome si tenía veneno o no. El hambre que tengo es demasiado perversa como para ponerme a dudar si lo ingiero.

Las voces altisonantes  de mis compañeros se escuchan con estruendo por el pasillo, ahora es  que me doy cuenta que ninguno de ellos  se ha acercado hasta ahora a mi puerta para decirme: Cómo me siento, si tengo calor, que broma Reynaldo tú no tuviste la culpa en nada, eres inocente, perdóname por no haber hablado, pero comprende la situación, yo no quiero perjudicarme.

Llegó lo que nunca quise que llegara, la noche la bendita o maldita noche.

Todo estaba a oscuras, accioné insistentemente con intentos fallidos el interruptor de la luz, y no había electricidad en la habitación, mientras que las otras aéreas del recinto estaban completamente iluminadas. La vieja bruja no asomó la cara durante la oscuridad, no me trajo ni siquiera una esterilla, una almohada, una cobija, como me hacían falta, no quiero pasar la noche sentado en este piso que estoy sintiendo húmedo. Ya me duelen las asentaderas, tengo que levantarme, yendo a la ventana comienzo a mirar la luna que me sonríe, y no sé cuál pudiera ser su motivo, quien majestuosa se siente la dueña y señora de la gran sombra, las nubes que están a su alrededor le rinden pleitesía, parecen burbujas espumantes muy parecidas al café con leche que don Pedro suele degustar en sus momentos de ocio, don Pedro era como mi papá, me quería mucho, yo era su adoración era el dueño de la casa en donde trabajaba mi mamá, él me llamaba el Perico, solía sentarme en sus piernas cuando veía muy entretenidamente un partido de béisbol.

El televisor era blanco y negro, su marca telefunken, un buen televisor por cierto, siempre cuando veíamos la tele, me daba a tomar de su cerveza y yo me bajaba de sus piernas  completamente mareado.

El Perico está borracho. Vengan para que lo vean. Decía desternillándose de la risa.

Que agradable recuerdo, al menos tengo una persona adorable que me quiere de verdad. Lástima que ya no esté con nosotros. Pero su recuerdo y su agradable compañía siempre estarán conmigo.

No puedo conciliar el sueño, en esta posición como estoy, dormir es imposible, resulta incómodo.

       Como a la una de la mañana una sombra entró en la habitación, al abrirse la puerta una corriente de aire traspasó mi cuerpo. Era el aire perturbador y escalofriante que Diciembre trae consigo.

 La sombra está a un lado de mí, comienza a golpearme por todas partes del cuerpo, más en la parte abdominal, comienzo a gritar,  a gemir para que alguien despierte y venga a ayudarme, Zacarías por Dios oye mis gritos, que alguien venga a auxiliarme,   pero nadie viene a socorrerme,  la sombra me toma en vilo y me arroja al piso, lanzo un grito atronador, la sombra sale corriendo de la habitación.

Por qué tiene que pasarme esto a mí, yo a nadie le hago mal para merecerme esto, como me duele el estómago, quiero vomitar.

       Los rayos del sol me despertaron, junto con el canto matinal de los pájaros que vuelan de rama en rama con gozo y entusiasmo que me produce cierta envidia.

       El cuerpo me dolía una barbaridad, sentía un malestar horrible en el cuello, los hombros, los huesos los sentía como si pasaran por una procesa dora y lo hubiesen convertido en polvo.

Pero quién pudo haber sido, la malvada o el ignominioso que no tiene perdón de Dios. Zacarías ven, te necesito amigo mío ven, ven.

       Al mediodía para gloria de Dios  se abre la puerta era Zacarías, me alegre tanto al verle que me puse de pie en el acto pero con el malestar haciendo de las suyas indespiadadamente.

Venía con la bandeja de plata y el almuerzo encima de ella, colocó la bandeja con sumo cuidado en la mesa, y no como la vieja hechicera que ayer me colocó la comida en el suelo, mi buen amigo  Zacarías, era más respetable, más humano y eso que no es religioso.

Zacarías me mira cuando comienzo a caminar con dificultad y más al arrugar la cara, él me saca la camisa con delicadeza. Y queda estupefacto, impresionado por los cardenales que tenía en las diferentes partes del cuerpo mucho más pronunciadas en las costillas.

Le conté lo que me había pasado mientras todo me lo devoraba rápidamente, sin dejar nada en el plato.

No te preocupes amigo, yo voy ayudarte. Me he ganado la confianza de la hermana Emilia, te voy a conseguir un cincel y un martillo.

Se acercó a la ventana, inspeccionándola  como todo un experto.

Alejándose ya de la ventana dándome la cara al fin…. Tendrás que trabajar arduamente Continuó, sin hacer el menos ruido posible lograrás estar fuera de este lugar siempre y cuando actúes con verdadera prudencia. Te veré después, cuídate.

Lloré hasta más no poder, todas mis pertenecías habían sido confiscada por la vieja hechicera.

Como lamento no tener mi diario. Lo único que quiero es salir, largarme de este lugar, verme lejos. Gracias a Dios que Zacarías va a ayudarme pronto estaré a cien millas de aquí. Que fue la hora en la que sentí el hambre como un taladro. Me acerqué a la ventana y veo a todos mis compañeros jugar en el patio. La vieja hechicera estaba hablando muy entusiasta con el jardinero de vez en cuando miraban a la ventana y ellos reían hasta más no poder. Sabía que estarían tramando algo nuevo en contra mía, esto por supuesto me hizo sentir muy mal. Que tuve que salir rápidamente de la ventana. Juro vengarme, por Dios que lo juro, algo tengo que hacer y pronto, no voy a permitir que se me siga humillando, tengo el suficiente coraje para luchar con la resistencia, como el hombre que riña con furia contra la nieve que persiste que no lo deja avanzar, se siente vencedor cuando planta con orgullo la bandera de su nación en el pináculo de la montaña. Sé que le costó gran esfuerzo conseguirlo, estrategias que alguna vez fueron fallidas, pero la fe coronó la batalla por hacer un segundo intento y fue acompañado por la gloria de Dios.

 Yo tengo que ser como ese hombre del montículo que venció todas las dificultades adversas. Que yo conserve ese ánimo. Amen, que así sea.

Pero el desanimó valientemente me ganó tomándome por sorpresa al ver a la vieja hechicera entrar con una bolsa plástica de color negro, la vació con furia y de ella salieron toda clase de insectos habidos y por haber. Sapos, ciempiés, hormigas, cucarachas, lagartijas, arácnidos, ratones, y pare de contar.

Dios, esto era lo que me faltaba, el jardinero y la vieja hechicera estaban en complicidad para hacerme todo esto.

Dios que yo aguante, debo soportarlo, de lo contrario estaré perdido.    

       Supe convivir felizmente con los animales, Zacarías desapareció por completo de mi vista, tengo cuatro días aproximadamente que no lo veo, tan fácil se olvido de mí.

 Me siento sumamente mal, no he tenido la dicha, el privilegio de estar debajo de la regadera ya llevo cuatro días sin ducharme, sin sentir la barra del jabón en mi cuerpo, el cabello lo siento duro, áspero y hediondo a sudor, el aseo personal es una regla fundamental en la vida de cualquier persona, que al descuidarnos lo suficiente acarrea enfermarnos, las manos las tengo sucias. Es horrible como me siento, creo que voy a parar en loco.

De nuevo otra noche más.

       La puerta se abre y la misma corriente de aire vuelve a penetrar dentro de la habitación, y con ella nuevamente la sombra, esta corre detrás de mí, yo la esquivo en varias oportunidades pero esta es más fuerte que yo más gigante, cerca de la ventana me toma de un brazo retorciéndomelo sin ninguna conmiseración, esto me hace perder el equilibrio que caigo de bruces en el suelo, vuelvo a gemir con lamentos muy pronunciados, y vuelve como la vez anterior a darme patadas por todo el cuerpo como si yo fuera un vulgar delincuente,  Me agarra con mucha fuerza  por los hombros haciéndome levantar, vuelve a tomarme en vilo, dándome vueltas y más vueltas, girando en redondo, para arrojarme nuevamente en el piso, sale corriendo cerrando la puerta, apenas escuché el tintinear de las llaves en la parte de afuera.

Ahora sí que me duele el cuerpo, más que la primera vez.

        El   sol resplandeciente  con su luminosidad vuelve aparecer ardiente y festivo bañando  con su claridad  imponente la habitación, el corretear de mis compañeros bien temprano  por el largo y espacioso pasillo me hizo recordar la alegría, el espíritu festivo de la navidad hoy se respira en este maldito recinto lleno de crueldad, inespiadado de una madre perversa y malévola que se hace llamar Emilia la felicidad, la maldita felicidad para mí, ella para mí dejó de ser la buena madre superiora, aquella que me inspiraba respeto, el modelo de persona a seguir, ahora la detesto y la maldigo por ser mala y calculadora. Jamás pensé que una monja se comportara de una manera incorrecta, que en el día era la santa sor Emilia digna de ser elogiada por ser abnegada y milagrosa, y en las noches la vieja bruja que con su depravación comete las aberraciones insólitas que persona alguna pudiera ejecutar.

Oigo los villancicos, el afinar del cuatro, y la voz altisonante de mi amigo Zacarías, que por alguna razón adversa a su voluntad, yo lo pienso así, se olvidó para siempre de mí, algo le pasa a mi amigo, o a lo mejor no ha podido conseguirme el martillo y el cincel como me lo había prometido.

Escucho la canción de los Beatles, luego la de los Hollies no es una carga es mi hermano, ese es Zacarías quien tiene la radio a millón, menos mal que se la lleva muy bien con la vieja hechicera, pero yo continuo entretenido jugando con mis nuevos amigos.

La vieja bruja acaba de entrar yo la ignoro por completo, los ángeles vestidos de demonios no se toman en cuenta para nada. Se extrañó al máximo, y  esto me contentó al verme jugar con los insectos riendo hasta más no poder cuando las arañas peludas trepaban como camiones por todo el brazo, dos ranas alborotadas estaban en mi regazo, con las bocas abiertas.

Acaso no te dan miedo.

Como no oye ninguna respuesta de mi parte sino que prosigo jugando con mis animales. Continúa hablando hasta por los codos.

 Maldita mujer como te odio.

Te debería dar miedo jugar con esos bichos feos.

No le respondo absolutamente nada, la ignorancia está ganando el terreno que me merezco, que ella misma se ha ganado, tanto así que no le dio otra salida que marcharse.

Como a las nueve de la mañana se abre la puerta, y la alegría vuelve a visitar mi corazón, Zacarías me trajo el desayuno en la misma bandeja, colocándola nuevamente en la mesa destartalada, al verme jugar con esos bichos feos como lo acaba de afirmar la vieja bruja.

De dónde sacaste todos esos animales raros. No te dan miedo ¡qué asco!.

Me levanté gritando por los dolores que mi movimiento brusco me originó.

Me los trajo como obsequio de navidad la vieja hechicera.

No puedo creerte. Gesticuló incrédulo.

Pues fíjate que si, aunque no lo creas ella me los trajo en una bolsa oscura. Además cuándo y cómo salgo de esta habitación, encerrado como puedes apreciar, para estar afuera, encontrarlos, tomarlos y traerlos tenerlos aquí como me estás viendo, por favor Sebastián no parecen cosas tuyas.  Yo no sé qué hacer, si continuo  de esta manera o no sin poder hacer nada al respecto,  voy a parar en un manicomio.

Pues no vas a ir a un manicomio ni de visita, ni de asomado porque tú no estás loco. Este más cuerdo que yo. Nunca me imagine que sor Emilia fuera mala, ¡qué perversidad, por Dios qué perversidad!

Saca en aquel instante lo que yo anhelaba fervientemente. El martillo, un gran martillo y muy pesado por cierto. Y el cincel.

Lo abracé, esto me produjo más dolor.

Gracias Zacarías, esto no tendré como pagártelo

Con un rico y suculento almuerzo, claro cuando estés en casa. Un pavo doradito recién sacado del horno no estaría mal y más en esta fecha, la más deliciosa del año. Me voy, no puedo estar más tiempo aquí dentro, no quiero perder la confianza que me tiene la vieja hechicera como tú la llamas, le encaja bien con su manera de ser.

Lo abracé fuertemente.

De nuevo mil gracias, ay amigo si no fuera por ti… El dolor se hizo más perpetuo.

Esto te pasa por estar con la abrazadera, estate quieto.

Pon la música de los Beatles para mí, solo exclusivamente para mí, pero eso si a todo volumen, que se oiga hasta Pekín. Esto hay que celebrarlo.

Dalo por hecho.

Salió y me cumplió, la música de los Beatles se dejaba escuchar a toda fuerza, llegaba hasta aquí con claridad muy nítida mente, me parece mentira que aquel momento fuera para mí de dicha y felicidad tal como se lo había dicho a mi amigo Zacarías.

       Llegó de nuevo la noche, la luna majestuosa con su claridad dorada iluminaba perfectamente la habitación, que todo lo veo con la claridad posible,  la constelación de estrellas en lo alto nos hacia recordar que estábamos en Diciembre el mes más feliz de muchos cristianos en el mundo.

La sombra de nuevo acaba de entrar. Esta vez no harás conmigo lo que se te pueda antojar, juro que te declararé la guerra, esta oportunidad no la voy a despreciar, solo esperaré pacientemente que te acerques, te atacaré con el martillo, ya lo tenía a la mano, desde hacia tiempo, esperando ansiosamente el momento para salir al exterior, libre como el viento, solamente rogaba a Dios que la puerta se mantuviera abierta como otras veces, con lo que se me acaba de imaginar, estoy hecho.

La sombra se viene acercando, me toma por un brazo y es aquí donde yo actuó golpeándolo a diestra y siniestra con el martillo. Estaba como loco, haciéndole pagar con la misma crueldad como me la hizo restregar sin culpa alguna en todo mi lacerado cuerpo, y recordando los malos momentos la amargura tomó terreno apoderándose de mí, convirtiéndome en un animal feroz difícil de domesticar.  Al fin pude derribarlo, al fin soy el dueño absoluto de la situación. De esta bendita situación.     

Y  sin perder más tiempo viéndolo como se agarraba el estomago, dándole patadas y más patadas por el pecho y por donde cayera, y con el dolor a cuesta salgo como un condenado al exterior, cerrando la puerta con llave, la vieja hechicera lloraba, gritaba pidiendo auxilio, pero yo corría desesperadamente gimiendo de dolor por el esfuerzo al cual me he sometido, por el largo y espacioso pasillo, repitiéndome una y mil veces. Tengo que salir de aquí, tengo que ganar tiempo, el suficiente para estar lejos de aquí, para encontrarme fuera, lejos bien lejos de aquí   antes que todos despierten, y la buena situación reinante estaba a mi favor había que aprovecharla al máximo, no quiero estar de nuevo en esa maldita y abominable habitación. Primero muerto antes que volver. Prometo que saldré airoso de esta situación. Soy el hombre de la montaña que venció la nieve  .

       Abro con mucho esfuerzo la puerta de hierro, una mano me toma por un hombro, desesperado reacciono con el martillo golpeándolo directamente a la cabeza, el jardinero cae al suelo.

Rata cobarde te voy a matar, y comienzo a golpearlo por todo el cuerpo, dos manos me toman por los hombros arrebatándome el martillo.

Era Zacarías quien me consolaba.

Ya no aguanto este lugar, me va a volver loco.  

Te voy ayudar a escapar por aquí.

Abrió la puerta de salida.

Estando fuera los dos, solamente los dos nos abrazamos.

Suerte. Cerró la puerta, y a medida que avanzaba despacio ya que un movimiento brusco me hacia estremecer. Veía cada vez más lejos, más distante el maldito y asesino recinto.

      Ya estoy viendo mi casa, con adornos navideños, luces de diferentes matices proliferan en el frente, por la orilla del techo, en las ventanas, en los cuatro pilares, y a un lado el resplandeciente y hermoso árbol de navidad, muy gigantesco por cierto, mi papá que es un experto en estos menesteres se votó con galanura.

Toco el timbre de la puerta insistentemente.

Y al verme mis padres me desplomo.

       Los rayos del sol tocaron mi cara y estos lograron despertarme. En ese preciso momento mis padres entraron sigilosamente a mi habitación.

Que delicioso y agradable es ver tu habitación, produce esa sensación de bienestar y de paz espiritual, verse rodeado de sus propios libros, de los aviones, de los helicópteros que cuelgan del techo, todo limpio, pulcro, las sabanas oliendo a detergente armonizado, con un olor a fresa muy agradable, almohadas bien centradas, que justamente te hacen sentir muy cómodo al colocar tu cabeza, los afiches de los Beatles. Cada uno pareciera que me estuviera saludando con una sonrisa dándome el saludo que corresponde al individuo que no veían en años.

Ahora jovencito quiero que me expliques qué ocurre, ¿qué significa esos moretones que tienes en el cuerpo?. Papá le acercó una silla a mamá, esta se sentó enseguida cerca de mi lecho. El tomó una y se sentó rápidamente al lado de mamá.

Habla hijo, ¿cuéntanos?. ¿Qué pasa?

Le conté con pelos y señales todo lo que me sucedió en ese maldito lugar, a medida que narraba mi historia los rostros de mis padres cada vez se alteraban más de lo debido.

Esto hay que denunciarlo de inmediato.

Yo llamaré al doctor Ferrer, para que te examine, me dijo mi madre acariciándome el cabello.

El doctor llegó más rápido de lo pensado, me auscultó con su consabido estetoscopio pidiéndome que tomara y botara el aire. Me tocó el estomago dándome golpecitos suaves, esto me hacía producir más dolor en todo el cuerpo, y al ver los moretones se sorprendió tanto que verdaderamente sintió lastima de mí.

       En horas de la tarde llegaron las autoridades al instituto llevándose detenida a la vieja bruja, y al jardinero, según papá le echarían ocho años de prisión, los titulares de los periódicos referían el hecho que hasta parecía mi nombre.

La justicia de Dios es perfecta a veces llega rápido, a veces es lenta pero de que llega, llega, haciéndose presente en el tiempo perfecto, el que Él juzga conveniente.

       Esa misma tarde llegó Zacarías. Papá y mamá lo recibieron con todos los honores que se merece, colmándolo de atenciones por lo bien que se había portado conmigo, un agradecimiento que jamás podré borrarlo, ni ellos tampoco, si no fuera por Zacarías tal vez estaría dentro de esa maldita habitación, con la vieja hechicera disfrazándose en las noches para continuar metiéndome miedo y haciendo de las suyas inventando estrategias, para verme parar en demente y así borrar todo lo acontecido en el instinto en donde ella fungía como directora, para verse libre de sospechas,  alegando que las monjas eran servidoras de Dios y de la humanidad entera, que su habito la hacía más piadosa y humilde, que ella si tenía vocación para ser la novia de Dios.

Al no recordar nada, se sentiría libre de pecado, de remordimientos de conciencia.

 Miserable mujer, la justicia de este país te echó el guante, junto con tu compañero. Son unos demonios. Hijos de Lucifer.

      Papá, mamá y yo cenábamos el pavo navideño. Zacarías  estaba feliz  echándole diente a un buen pedazo, yo estaba muy contento al tenerlo en casa, más al ver un sorprendente pastel de manzana  justo en el centro de la mesa, mis padres lo consideraban un héroe.

      Ya en la tarde en el jardín escuchábamos con todo el volumen posible que manaba de la radio portátil,  uno de los temas más famosos de los Beatles… Mi favorito.

Papá le insistió a mi amigo que se quedará el tiempo que considerara prudente, que era calificado como un miembro más de la familia, y que su compañía era agradable, además de haber hecho lo que valientemente hizo por mí, no había en el mundo la recompensa, el obsequio que él pudiera darle para compensar ese mérito, que tanto mamá y él consideraban,  Zacarías agradeció de buena manera el gesto, alegando que no era para tanto lo que  hizo por mí, que éramos amigos inseparables, que juntos habíamos formado una alianza, poco común en hermanos,  que él daba la vida por mí, porque me consideraba mi consanguíneo, a todas estas, Zacarías      asintió con una sonrisa de oreja a oreja  la proposición de papá. Pero por nada del mundo dejaba la carne de pavo en paz, se veía  que estaba famélico,  echándole más diente del necesario, y esto por supuesto me producía una risa interna que  no podía disimular al máximo. 

                                                                 

lunes, 24 de agosto de 2020

 

 

 

 

                                

                                       PAZ PARA EL ALMA.

                                                                

 

      Sentado en el mismo banco dentro de esta plaza, la misma que suelo frecuentar todos los santos días a esta hora de la tarde, en la que suelo también no importando la circunstancia que pueda enaltecerse, estoy cómodamente a  todas horas, disfrutándolas si se quiere al máximo, todas sí todas las que me sean necesarias hasta ahora, espero que sean muchas o las únicas, las que son, las que me hacen rechinar de alegría el corazón, inflando mi estado de ánimo, elevándolo más allá llegando a las alturas del cielo…

Puedo contar con las tardes infinidades de veces, las que quiero, las  que procuro querer, a la hora que quiero y en el momento que lo deseo.

       El tiempo se  hace adorable y muy sugestivo, tal como se toma un batido de fresa, el que siempre me ha gustado, y por qué no decirlo, me trae momentos gratos de ensoñación, los cuales se pueden experimentar una sola vez en la vida, o un humeante café, rico y estimulante, mis hijas lo preparan con demasiado fervor, yo diría con demasiada delicia, en eso se parece a mi esposa, mi difunta esposa que en paz descanse, la infusión me alivia las asperezas de un mal rato que se asomó diligentemente en el transcurso del día, si no existieran toda la humanidad sería feliz, todos sonreiríamos.

El paladar, el suyo o el mío, que se encuentra  abanicando el estómago de los malos sabores que alguna comida nos hizo producir la ansiedad, que es la causante de un malestar huraño, que nos creó un mal momento.

      Estar aquí es como estar en un santuario, es lo máximo, la  gloria perfecta, el paraíso por decir algo, y con el aire fresco.

 Sin asumir ninguna preocupación me siento a mis anchas, reduciéndome el estrés.

 Por decir algo le pongo a mí ser el pestillo cerrando la tranquilidad, no le permito que salga así me esté sintiendo mal, esto lo hago para no darle paso alguno a  esas impaciencias malsanas que solo logran preocupar y malgastar el cerebro, poniéndote la vida de cuadritos en un cubierto, que no pretendes por nada del mundo ni siquiera acercarlo a la boca, porque sabes que te puede hacer daño, pero tienes que hacerlo, es la ley de la vida, la que es justa a  los ojos de Dios y del mundo entero, la que te enseñaron en casa tus padres, los maestros en el colegio o la misma sociedad, o la aprendiste por costumbre, o aquellas las que te hacen sentir súper mal provocándote terribles jaquecas, las cuales no te permiten de alguna manera, ni  conciliar ese sueño deparador que tanto anhelas, originándote molestias en el cuerpo. A veces, sin que me quede nada por dentro aunque no lo quiera dejo salir la tranquilidad de lo más profundo de mi alma. Soy un ser humano como cualquiera. Válgame Dios qué contradicción. Nos equivocamos así de simple, y aquel que no lo haya hecho hasta el momento que arroje la piedra, yo no estoy al tanto en donde pueda caer, simplemente estoy diciendo que la arroje.  

Cansado, agotado, porque sometes a  tu organismo diariamente a la rutina, a  la prolongación continua malsana de las labores a las que estamos burdamente sometidos, las que más tarde serán convertidas en simples rutinas, porque si no trabajas no comes, cuando se tiene a una familia hay que cumplir, como si estuviéramos pagando el servicio militar, obedecer a todas las reglas impuestas por el estado, las responsabilidades incesantes que no tiene control de cómo parar por un momento siquiera, nos conformamos con decir: es la Ley de la vida y nada más. Somos todos los responsables al escoger nuestro propio estilo de vida.

 También  utilizo este espacio de la plaza, un buen logro alcanzado que yo mismo busqué siendo para mí, para todo aquel que le sirve de esparcimiento un gran privilegio, también  para todos aquellos que vivimos cerca, para  menoscabar los pensamientos, rasgándolos hasta lo más profundo de nuestras espíritu,  esto me hace sentir contento. Feliz es la palabra que se puede utilizar.

      Porque antes de hacer las cosas lo primordial es observar minuciosamente el lugar en donde uno se encuentra, tal como me lo decían mis profesores, cuando estudiaba bachillerato,  el poder sentarse con todo el placer del mundo, no quitando para nada el ojo a  todas aquellas veces que sean viables, no importándote la frecuencia con que lo hagas, debemos observarlo todo, como si fuéramos el lente de la cámara, con esto te das cuenta si hay a tu alrededor personas nuevas o no, que por primera vez comienzan a visitar este precioso rincón. Sea el lugar que sea.

      Echo una mirada de vez en cuando al cielo despejado, con estas nubes que me hacen recordar momentos agradables de mi vida cuando estaba en Valencia, cuando tuve mi primer hijo, cuando escuché por vez primera de sus labios el susurro dulce llamándome    papá, cuando coloqué junto con mi esposa el árbol de navidad en la sala adornándolo de escarchas, bambalinas, hermoseándolo  de diversas figuras, no quedando conforme con lo que deseábamos, o cuando montado en el techo, mi mujer aterrada me gritaba llena de pánico pensando perpleja  que me iba a caer de nalgas al suelo, advirtiéndome que tuviera cuidado cuando pretendiera fijar una teja que estaba suelta,  la cual nos producía malestares y  sin sabores cuando llovía torrencialmente, inundándonos precisamente la sala, cuando tuvimos nuestro segundo hijo todo fue una gran fiesta, una algarabía exorbitante que duró meses, después vino la tercera, muy tranquila la niña, que no protesta, todo lo ve bien, muy fundamentosa, hasta ahora ya con sus veinte años de edad, no le conozco pretendiente alguno, y si lo tiene, lo tendrá bien oculto, porque nada sabemos al respecto, el cuarto, que ahora está viviendo en suelo norteamericano es el que me da dolores de cabeza.

 O como ahora que veo  a esas dos señoras que hilvanando a mano un suéter  como si castañetearan sus dedos, las dos dejando su labor a un lado, me saludan gustosamente, tal vez me conocen de  en alguna parte, pero lo que es lamentable que a ellas no las recuerdo haberles visto en alguna parte , luego emprenden   la labor que tanto placer les causa.

Otras carcajean por cualquier menudencia  que ahora refieren,  que tal vez vieron o escucharon de alguien,   o  ellas mismas hicieron la invención la cual les produce diversión.

       Otros señores bien plantados  como yo y bien vestidos acordes con la moda, escuchan la radio atentamente, la radio que yo también oigo en la comodidad de mi hogar, cuando no tengo nada que hacer,  no en la plaza, bueno eso en nada me gusta… Bueno cada quien con su gusto, además  no le hacen daño a nadie,  pero se notan que se divierten a lo grande,  aguzando el oído para estar al tanto de las noticias más resaltantes ocurridas en el país, y en el mundo entero.

Más allá, en la grama, veo a un par de jóvenes acostados, con las miradas embelesadas al cielo, como si le estuvieran pidiendo consejos a papa Dios.

       Todo está tranquilo, y por esta quietud, por esta calma, por  este equilibrio perfecto  lleno de una abundante firmeza, un  sosiego divino, por esta paz espectacular,  infinita que no tiene ninguna comparación siento que recorre mi cuerpo entero embalsamándolo, yo bendigo a la Divina providencia por haberme permitido la atracción de  conocer este bendito lugar.

      Las hojas de los árboles están en profunda calma, no hay una corriente de aire, una brisa que las haga temblar, o que las haga desprenderse de su gran lecho donde se sienten confortables en donde se fundamentan también a sus anchas, evitando de esta forma ir a parar al suelo para quedar  tristes  e indefensas, pisoteadas, y lanzadas al cesto de la basura, todo me parece hermoso con las tonalidades que puedan percibirse en los  matices de los invariables colores, ensalzo este momento y todos los tiempos que he de pasar aquí, no importándome si estoy acompañado de un amigo conocido o no, que con su compañía triste o cálida  me haga sentir agradable, impaciente o también triste,  prefiero una y mil veces esta soledad emotiva. Este banco que ya considero mi amigo.

      Porque conozco de sobra  este lugar,  ya que vivo cerca, que  es por esta sencillísima razón y no hay  otra, las que deseo habitar todas las tardes solicitando  a  Dios que sean las suficientes las que puedan complementar  mi vida,  las que me sean concebiblemente  permitidas para estar como ahora, sentado en este mismo banco, o en otro similar, siempre y cuando sea dentro de esta plaza, ( con la cual me identifico, como el carnet de filiación,  con el mismo ambiente, con la misma gente, con su raza, con su religión, con sus manías, con su estilo de vida, con su orientación sexual, con sus diferentes puntos de vista) he ahí mi anhelo el de estar todas las veces que quiero, venir hasta acá  a la hora del día, la que más me conviene, las  que yo quiero en el momento que quiero, el  estar justamente  sentado en este mismo lugar para estar a la mira de todo lo que hermosamente se traslada ante mis ojos llevándome mágicamente a otros tiempos a otros mundos,  quiero continuar evocándolos  para no salir nunca de ellos.