viernes, 28 de agosto de 2020

 

 

 

PABLO EL MONAGUILLO.

 

 

       

      Sabes Rosenda, yo no te he contado lo que le pasó a la pobre maestra, aquella mujercita que era muy refinada, aquella que caminaba con tanto cuidado, con mucho primor, como si pretendiera con ello cuidar el calzado, o que temiera encontrar a su paso una piedra,  que la desnucara cayendo directa al suelo por no tener el debido cuidado que se requiere en estos casos, ella leía mucho, toda obra que cayera en sus manos, era devorada enseguida como un manjar delicioso que ella solamente devoraba …¿No te acuerdas de ella? Yo por más que hago memoria,  por más que lo intento con esfuerzo no me acuerdo, que memoria la mía, santo cielo, ay  Dios mío ¿cómo era su nombre? Usaba gafas, era muy delgada, la maestra que hasta parecía una aguja, tenía un jovencito que era el monaguillo del padre Rojas... Eulalia, si Eulalia, así  era como se llamaba la fulana maestra,  ella era muy divertida, solía saludar a todo aquel con quien a su paso se tropezara, recuerdo siempre por lo que atravesó esa pobre mujer. Su hijo, el único hijo que tuvo en la vida era quien tocaba las campanas de la iglesia,  el día de su muerte salió al templo lo más temprano que pudo. Pobre joven, según el comentario de la madre, el muchacho llegó de la escuela a toda prisa, no quería por nada de este mundo que el padre Rojas subiera los empinados escalones que eran muchos, los suficientes para lograr  llegar a las campanas. Y como todo chaval veloz como no hay ninguno en esta vida, corría más de lo sugerido, ya cuando el pobre con sus pisadas de suelas resbaladizas y malgastadas apuraba el paso por los escalones, dejando  atrás quince, el pobre al torcer a la derecha perdió el equilibrio cayó como una bola de nieve rodando y rodando, que la cabeza colisionó contra la pared. Te estoy echando el cuento y se me erizan los pelos. Las personas que estaban dentro de la iglesia orando al escuchar el estampido y los quejidos, con los oídos prestos en la parte lateral de la capilla, porque otra cosa no podían hacer y más estando en la iglesia que todo es paz y armonía y como el bendito silencio servía como telón de fondo, no siendo ninguno ignorante, sabiendo que alguien cayó y giró por las escaleras abandonaron sus asientos y las oraciones quedaron a mitad del camino, bendito sea Dios,  alguien llamó a la puerta del padre Rojas, este se hizo presente ante los pocos feligreses medio acomodándose la sotana porque ya era la hora de dar el servicio, otros curiosos se habían levantado de sus asientos corriendo detrás del párroco yendo hasta el sitio del fatídico hecho. Todos se santiguaron llorando la perdida de aquel joven quien siempre estaba activo por tocar las campanas de la iglesia.

Daba lástima ver a la pobre maestra llorar la pérdida de su hijo, y como maldecía la hora y el día, el de haberse quedado a vivir con su hijo en este pueblo, argumentando que si se fuera ido para otra tierra su hijo estaría con vida y no muerto, era el único hijo que tenia, Dios otro no se lo iba a regalar por estar vieja, la tristeza la mataría en vida, además se la pasaba con él calle arriba y calle abajo, en todas partes ella iba con él. Como se quisieron, y dígame usted Juliana quién madre no va adorar a sus críos, solamente una desalmada como Ester, que jugándosela con el marido lo abandonó y también a sus niños, Juliana tú te sabes ese cuento mejor que yo. Pero si hubieras visto a la pobre maestra llorar a mares cuando estaba en el cementerio el mismo día cuando estaban sepultando a su querido Pablito, como ella en vida lo llamaba, Pablito para allá Pablito para acá, Pablito siempre Pablito, hubieras llorado como yo también lloré, no quisiera recordarlo para no revivir ese triste recuerdo, pero como tú no estabas yo soy quien te está echando el cuento, no me queda de otra. La pobre se aferraba al montículo de tierra y no hallaban la manera de arrancarla de allí, alegando que ella no se iba a ninguna parte, que se mantendría allí con la única razón de su vida. Que con su partida se fueron todas sus esperanzas hasta sus ilusiones, que las razones para continuar con vida se escurrieron, que no quería vivir, que la dejaran en paz allí plantada como un árbol sobre el cadáver de su único hijo, que nadie tenía el derecho de prohibírselo porque era su madre, que si ella se secaba a nadie le importaría por el hecho de no tener ya a nadie más en el mundo, estaba íngrima y sola, sola como el viento. Estaba muy decidida la pobre a permanecer allí, mañana, tarde y noche. Todas las veces que fueran necesarias, aunque lloviera la lluvia tampoco le importaba, el sol la quemaría, achicharrándola en todos los aspectos posibles, Dios no le permitió tener más hijos porque así El lo dispuso, y lo que El dispone no es criticado ni mal versado, todo lo que El hace es bueno, La pobre sabía que Dios no castiga, que somos nosotros quienes nos castigamos por nuestros rencores, por nuestras maldades, ella nunca fue mala, siempre gustaba de hacer el bien no importándole de quien se trataba al que tenía delante pidiéndole cualquier cosa, si ella lo tenía lo regalaba, o lo recompensaba con algún dinero, aunque no fuera lo suficiente, algo era para ponerle fin al hambre, quedó gratamente satisfecha al ver la expresión de la cara de la otra persona su sonrisa al recibir de la maestra el bendito gesto.

He de estar aquí, sucia, desgreñada con sola la idea de mantenerme firme, sin derecho a pensar que volveré a casa, yo no quiero volver allí, verme rodeada de cuatro paredes, no quiero sentir la soledad, no quiero ver sus cosas, sus calcetines guardados pulcramente dentro de un cajón. Con el olor de su piel, no quiero ver ni sus camisas ni sus pantalones, solamente quiero estar aquí acompañándolo en este camposanto, nadie tiene derecho alguno en decirme algo, yo soy su madre tengo  que estar el tiempo suficiente  para estar a su lado, porque no hay ninguna ley en el mundo que me lo prohíba. Soy su madre y es más que suficiente.

      Todo el pueblo fue hasta el cementerio para hablar con ella, para que entrara en razón, haciéndole ver en todas las formas posibles que lo que estaba haciendo era perjudicial para su salud hasta para sus emociones. A lo cual respondía enfáticamente que eso a ella no la asustaba y mucho menos le importaba, que se metieran en sus asuntos y que la dejaran en paz. Hasta los alumnos del colegio le insistían que terminara con todo esto, ya que era una gran locura. Que ellos estarían dispuestos a colaborar con ella, entreteniéndola con sus chistes y sus correrías, hasta el vigilante del camposanto habló con ella, diciéndole que se fuera a su casa que todavía estaba a tiempo, el padre Rojas al saber la noticia de la maestra que estaba plantada sobre la tumba del monaguillo, se apersonó, hablándole como él sabe referirlo: Dios en su infinita misericordia lo tiene en un bendito lugar muy cerca de Él. Que nadie, absolutamente nadie debe oponerse a los designios del Padre, que ese fue su destino, que murió desempeñándose en un servicio que muchos no tienen las agallas ni la voluntad para realizarlo, que debería sentirse orgullosamente de Pablo, porque teniendo la edad que poseía era considerado un santo, vete mujer, te vas a enfermar si no me obedeces.

No me importa, si me enfermo puedo morir, esa sería la mejor oportunidad de ver y tener a Pablito a mi lado. Eso es lo que deseo plenamente en este momento, estar al lado suyo, lástima que nadie me pueda entender. El párroco no le quedó más remedio que marcharse.

       Esa misma noche, para la pobre maestra, y para desgracia suya un torrencial aguacero se desplomó estrepitosamente, arrojando al exterior relámpagos y centellas a diestra y siniestras acompañado de una tempestad descomunal.

A la mujer toda esta anormalidad de parte de la naturaleza no le producía ningún temor sino al contrario una extraordinaria fuerza y fortaleza operaba cada vez en ella, llegando al convencimiento que su hijo estaba con ella, no abandonándola ni siquiera por un momento, así como estaba empapada, pareciendo cada vez una piltrafa humana, o un espantapájaros en medio de la noche subordinada la pobre maestra se aferraba cada vez más a la cruz resistente plantada sobre la tumba de su primogénito.

Todas las luces provenientes de los hogares circunvecinos estaban encendidas, en la mayoría de las habitaciones los hombres junto con sus esposas e hijos oraban por la maestra, por su salud, pidiéndole además, a nuestro Señor Jesucristo que la protegiera de todos los sin sabores que la vida le pudiera ocasionar. Una prueba más de su gran popularidad ya que todos los habitantes de la zona habían pasado por sus manos, siendo ella la persona quien los educó, enseñándolos a leer y a escribir, a sumar y a restar, en fin todo el conocimiento que ellos poseían hasta ahora se lo debían a la humilde instructora, a quien además, ellos consideraban su segunda madre.

       El día amaneció acompañado con un sol radiante, cuya luz iluminaba los dorados valles, los techos de las casas resplandecían, el cielo estaba despejado mostrando un cielo azul intenso. Los pájaros con su alegre canto emocionaban la mañana, contagiando a sus pobladores a seguir adelante con la jornada que desempeñarían en el día de hoy. Se lamentaban mucho por lo que le ocurrió a la maestra.

      En el transcurso del día muchas mujeres excepto las madres de sus alumnos se acercaron al cementerio a llevarles frutas y comida a la mujer quien plantada sobre la tumba de su hijo se rehusaba aceptar cualquier obsequio de parte de ellas, la maestra estaba irreconocible dispuesta con la misión de morir, su tez estaba negra como el café, con su contextura más delgada que antes, con la ropa sucia y desteñida ya que el color se había perdido, el cabello pegajoso, envuelto con el polvo o la tierra que pudo habérselo venido encima, se hizo presente tanto en el filamento como en el cuerpo por el torrencial aguacero. Parecía otra mujer. Muchas de las que estaban allí se sorprendieron al verla. Sintiendo una gran lastima y una compasión insuperable, preguntándose a la vez cuánto tardaría esto en pasar.

 Pobre mujer en lo que se ha convertido en un ser extraño, o más bien en una piltrafa humana. Una mujer que no quiso entrar en razón, como muchos lo sostenían: ella está allí mirando momentáneamente el cielo como pidiéndole al Redentor que está allá en lo alto, que le devuelva a su hijo que tanta falta le hace, que de no verlo y no tenerlo a su lado le entraban las ganas de llorar, volvería rápidamente por el aro de la locura. Y ella no estaba loca, estaba demasiada cuerda.  

   Muchos se dieron por vencido, otros quisieron luchar hasta agotar las últimas fuerzas, pero en esta vida, lamentándolo mucho siempre no falta un facineroso entrometido, que valiéndose de cualquier artimaña posible hace que una se olvide de lo que antes se había propuesto, la idea ya la ponemos a un ladito para no tomarla más en cuenta. Aquellos que si no se dieron por vencidos tomando en cuenta cualquier maniobra que humildemente ellos  ejercerían sobre ella en vano resultaba, optaron ser desde ahora en adelante, sujeto del grupo de los vencidos,  irse ya  a sus hogares, estaban cansados, sin fuerzas, con un poco de mal humor, ya que los esfuerzos de nada le valieron. Todo se lo habían dejado al destino a la voluntad de Dios.

Si  ha de morir pues que se muera, plantada como un despojo, o como los mismos árboles, de esos que abundan por allí que no sirven para nada, ni como leños para avivar una buena hoguera, ni para calentar un hogar en la época de invierno,  y si no ha de comer pues que no coma, ella lo quiso y lo decidió así, manteniéndose  en pie por el resto de su vida, (cosa que no se daría, porque ningún humano que se llame individuo, no lo aguantaría, no hay en la historia ninguna persona que haya superado semejante situación.)  

  

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