PABLO EL MONAGUILLO.
Sabes Rosenda, yo no te he contado lo que
le pasó a la pobre maestra, aquella mujercita que era muy refinada, aquella que
caminaba con tanto cuidado, con mucho primor, como si pretendiera con ello
cuidar el calzado, o que temiera encontrar a su paso una piedra, que la desnucara cayendo directa al suelo por
no tener el debido cuidado que se requiere en estos casos, ella leía mucho, toda
obra que cayera en sus manos, era devorada enseguida como un manjar delicioso
que ella solamente devoraba …¿No te acuerdas de ella? Yo por más que hago
memoria, por más que lo intento con
esfuerzo no me acuerdo, que memoria la mía, santo cielo, ay Dios mío ¿cómo era su nombre? Usaba gafas, era
muy delgada, la maestra que hasta parecía una aguja, tenía un jovencito que
era el monaguillo del padre Rojas... Eulalia, si Eulalia, así era como se llamaba la fulana maestra, ella era muy divertida, solía saludar a todo
aquel con quien a su paso se tropezara, recuerdo siempre por lo que atravesó
esa pobre mujer. Su hijo, el único hijo que tuvo en la vida era quien tocaba
las campanas de la iglesia, el día de su
muerte salió al templo lo más temprano que pudo. Pobre joven, según el
comentario de la madre, el muchacho llegó de la escuela a toda prisa, no quería
por nada de este mundo que el padre Rojas subiera los empinados escalones que
eran muchos, los suficientes para lograr llegar a las campanas. Y como todo chaval veloz
como no hay ninguno en esta vida, corría más de lo sugerido, ya cuando el pobre
con sus pisadas de suelas resbaladizas y malgastadas apuraba el paso por los
escalones, dejando atrás quince, el
pobre al torcer a la derecha perdió el equilibrio cayó como una bola de nieve
rodando y rodando, que la cabeza colisionó contra la pared. Te estoy echando el
cuento y se me erizan los pelos. Las personas que estaban dentro de la iglesia
orando al escuchar el estampido y los quejidos, con los oídos prestos en la
parte lateral de la capilla, porque otra cosa no podían hacer y más estando en
la iglesia que todo es paz y armonía y como el bendito silencio servía como
telón de fondo, no siendo ninguno ignorante, sabiendo que alguien cayó y giró
por las escaleras abandonaron sus asientos y las oraciones quedaron a mitad del
camino, bendito sea Dios, alguien llamó
a la puerta del padre Rojas, este se hizo presente ante los pocos feligreses
medio acomodándose la sotana porque ya era la hora de dar el servicio, otros curiosos
se habían levantado de sus asientos corriendo detrás del párroco yendo hasta el
sitio del fatídico hecho. Todos se santiguaron llorando la perdida de aquel
joven quien siempre estaba activo por tocar las campanas de la iglesia.
Daba
lástima ver a la pobre maestra llorar la pérdida de su hijo, y como maldecía la
hora y el día, el de haberse quedado a vivir con su hijo en este pueblo,
argumentando que si se fuera ido para otra tierra su hijo estaría con vida y no
muerto, era el único hijo que tenia, Dios otro no se lo iba a regalar por estar
vieja, la tristeza la mataría en vida, además se la pasaba con él calle arriba
y calle abajo, en todas partes ella iba con él. Como se quisieron, y dígame
usted Juliana quién madre no va adorar a sus críos, solamente una desalmada
como Ester, que jugándosela con el marido lo abandonó y también a sus niños,
Juliana tú te sabes ese cuento mejor que yo. Pero si hubieras visto a la pobre
maestra llorar a mares cuando estaba en el cementerio el mismo día cuando
estaban sepultando a su querido Pablito, como ella en vida lo llamaba, Pablito para
allá Pablito para acá, Pablito siempre Pablito, hubieras llorado como yo
también lloré, no quisiera recordarlo para no revivir ese triste recuerdo, pero
como tú no estabas yo soy quien te está echando el cuento, no me queda de otra.
La pobre se aferraba al montículo de tierra y no hallaban la manera de
arrancarla de allí, alegando que ella no se iba a ninguna parte, que se
mantendría allí con la única razón de su vida. Que con su partida se fueron
todas sus esperanzas hasta sus ilusiones, que las razones para continuar con
vida se escurrieron, que no quería vivir, que la dejaran en paz allí plantada
como un árbol sobre el cadáver de su único hijo, que nadie tenía el derecho de
prohibírselo porque era su madre, que si ella se secaba a nadie le importaría
por el hecho de no tener ya a nadie más en el mundo, estaba íngrima y sola,
sola como el viento. Estaba muy decidida la pobre a permanecer allí, mañana,
tarde y noche. Todas las veces que fueran necesarias, aunque lloviera la lluvia
tampoco le importaba, el sol la quemaría, achicharrándola en todos los aspectos
posibles, Dios no le permitió tener más hijos porque así El lo dispuso, y lo
que El dispone no es criticado ni mal versado, todo lo que El hace es bueno, La
pobre sabía que Dios no castiga, que somos nosotros quienes nos castigamos por
nuestros rencores, por nuestras maldades, ella nunca fue mala, siempre gustaba
de hacer el bien no importándole de quien se trataba al que tenía delante
pidiéndole cualquier cosa, si ella lo tenía lo regalaba, o lo recompensaba con
algún dinero, aunque no fuera lo suficiente, algo era para ponerle fin al
hambre, quedó gratamente satisfecha al ver la expresión de la cara de la otra
persona su sonrisa al recibir de la maestra el bendito gesto.
He
de estar aquí, sucia, desgreñada con sola la idea de mantenerme firme, sin
derecho a pensar que volveré a casa, yo no quiero volver allí, verme rodeada de
cuatro paredes, no quiero sentir la soledad, no quiero ver sus cosas, sus
calcetines guardados pulcramente dentro de un cajón. Con el olor de su piel, no
quiero ver ni sus camisas ni sus pantalones, solamente quiero estar aquí
acompañándolo en este camposanto, nadie tiene derecho alguno en decirme algo,
yo soy su madre tengo que estar el
tiempo suficiente para estar a su lado,
porque no hay ninguna ley en el mundo que me lo prohíba. Soy su madre y es más
que suficiente.
Todo el pueblo fue hasta el cementerio
para hablar con ella, para que entrara en razón, haciéndole ver en todas las
formas posibles que lo que estaba haciendo era perjudicial para su salud hasta
para sus emociones. A lo cual respondía enfáticamente que eso a ella no la
asustaba y mucho menos le importaba, que se metieran en sus asuntos y que la
dejaran en paz. Hasta los alumnos del colegio le insistían que terminara con
todo esto, ya que era una gran locura. Que ellos estarían dispuestos a
colaborar con ella, entreteniéndola con sus chistes y sus correrías, hasta el
vigilante del camposanto habló con ella, diciéndole que se fuera a su casa que
todavía estaba a tiempo, el padre Rojas al saber la noticia de la maestra que
estaba plantada sobre la tumba del monaguillo, se apersonó, hablándole como él
sabe referirlo: Dios en su infinita misericordia lo tiene en un bendito lugar
muy cerca de Él. Que nadie, absolutamente nadie debe oponerse a los designios
del Padre, que ese fue su destino, que murió desempeñándose en un servicio que
muchos no tienen las agallas ni la voluntad para realizarlo, que debería
sentirse orgullosamente de Pablo, porque teniendo la edad que poseía era considerado
un santo, vete mujer, te vas a enfermar si no me obedeces.
No
me importa, si me enfermo puedo morir, esa sería la mejor oportunidad de ver y
tener a Pablito a mi lado. Eso es lo que deseo plenamente en este momento,
estar al lado suyo, lástima que nadie me pueda entender. El párroco no le quedó
más remedio que marcharse.
Esa misma noche, para la pobre maestra,
y para desgracia suya un torrencial aguacero se desplomó estrepitosamente,
arrojando al exterior relámpagos y centellas a diestra y siniestras acompañado
de una tempestad descomunal.
A
la mujer toda esta anormalidad de parte de la naturaleza no le producía ningún
temor sino al contrario una extraordinaria fuerza y fortaleza operaba cada vez
en ella, llegando al convencimiento que su hijo estaba con ella, no
abandonándola ni siquiera por un momento, así como estaba empapada, pareciendo
cada vez una piltrafa humana, o un espantapájaros en medio de la noche
subordinada la pobre maestra se aferraba cada vez más a la cruz resistente
plantada sobre la tumba de su primogénito.
Todas
las luces provenientes de los hogares circunvecinos estaban encendidas, en la
mayoría de las habitaciones los hombres junto con sus esposas e hijos oraban
por la maestra, por su salud, pidiéndole además, a nuestro Señor Jesucristo que
la protegiera de todos los sin sabores que la vida le pudiera ocasionar. Una
prueba más de su gran popularidad ya que todos los habitantes de la zona habían
pasado por sus manos, siendo ella la persona quien los educó, enseñándolos a
leer y a escribir, a sumar y a restar, en fin todo el conocimiento que ellos
poseían hasta ahora se lo debían a la humilde instructora, a quien además,
ellos consideraban su segunda madre.
El día amaneció acompañado con un sol
radiante, cuya luz iluminaba los dorados valles, los techos de las casas
resplandecían, el cielo estaba despejado mostrando un cielo azul intenso. Los
pájaros con su alegre canto emocionaban la mañana, contagiando a sus pobladores
a seguir adelante con la jornada que desempeñarían en el día de hoy. Se
lamentaban mucho por lo que le ocurrió a la maestra.
En el transcurso del día muchas mujeres
excepto las madres de sus alumnos se acercaron al cementerio a llevarles frutas
y comida a la mujer quien plantada sobre la tumba de su hijo se rehusaba
aceptar cualquier obsequio de parte de ellas, la maestra estaba irreconocible
dispuesta con la misión de morir, su tez estaba negra como el café, con su
contextura más delgada que antes, con la ropa sucia y desteñida ya que el color
se había perdido, el cabello pegajoso, envuelto con el polvo o la tierra que
pudo habérselo venido encima, se hizo presente tanto en el filamento como en el
cuerpo por el torrencial aguacero. Parecía otra mujer. Muchas de las que
estaban allí se sorprendieron al verla. Sintiendo una gran lastima y una
compasión insuperable, preguntándose a la vez cuánto tardaría esto en pasar.
Pobre mujer en lo que se ha convertido en un
ser extraño, o más bien en una piltrafa humana. Una mujer que no quiso entrar
en razón, como muchos lo sostenían: ella está allí mirando momentáneamente el
cielo como pidiéndole al Redentor que está allá en lo alto, que le devuelva a su
hijo que tanta falta le hace, que de no verlo y no tenerlo a su lado le
entraban las ganas de llorar, volvería rápidamente por el aro de la locura. Y
ella no estaba loca, estaba demasiada cuerda.
Muchos se dieron por vencido, otros
quisieron luchar hasta agotar las últimas fuerzas, pero en esta vida,
lamentándolo mucho siempre no falta un facineroso entrometido, que valiéndose
de cualquier artimaña posible hace que una se olvide de lo que antes se había
propuesto, la idea ya la ponemos a un ladito para no tomarla más en cuenta.
Aquellos que si no se dieron por vencidos tomando en cuenta cualquier maniobra
que humildemente ellos ejercerían sobre
ella en vano resultaba, optaron ser desde ahora en adelante, sujeto del grupo
de los vencidos, irse ya a sus hogares, estaban cansados, sin fuerzas,
con un poco de mal humor, ya que los esfuerzos de nada le valieron. Todo se lo
habían dejado al destino a la voluntad de Dios.
Si
ha de morir pues que se muera, plantada
como un despojo, o como los mismos árboles, de esos que abundan por allí que no
sirven para nada, ni como leños para avivar una buena hoguera, ni para calentar
un hogar en la época de invierno, y si
no ha de comer pues que no coma, ella lo quiso y lo decidió así, manteniéndose en pie por el resto de su vida, (cosa que no
se daría, porque ningún humano que se llame individuo, no lo aguantaría, no hay
en la historia ninguna persona que haya superado semejante situación.)
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