martes, 18 de agosto de 2020

 

 

 

 

 

                                      

        

ESTA CIUDAD ES PARA LOCOS.

 

 

      Cuando se tiene una molestia con los vecinos como los que tengo ahora, y lo que es peor, que esto suele sucederme siempre  en las noches, o en casi  todas las tenebrosidades, cosa que no logro de entender, puesto que me siento cansado como lo estoy siempre, lo lógico sería que me quedara dormido al solo cerrar los ojos, cosa que me es imposible lograr. Y más cuando se está dispuesto a descansar, después de una infatigable faena, todo el santo día metido en una oficina, por más que uno pretenda acercar el sueño, situándolo a nuestro alcance o el estar cómodamente sereno buscando en la almohada la posición correcta, situación con la que se intenta conciliar el sueño como antes lo he señalado, no consigo la tranquilidad para quedar dormido definitivamente, no hay escapatoria, no hay siquiera un simple  esfuerzo valido para solventar el desvelo que es más astuto que tú, te gana terreno, el malintencionado te gana la heredad, tomándote desprevenido el control de tú vida, tal vez sea este mi caso en particular,  que en personas débiles como yo recobra más fuerza, un sobrio pero estilístico empuje. Que por más que se trate de dormir plácidamente  la alucinación nunca está de nuestra parte. Quiero y deseo dormir, por la sencilla razón, madrugo, levantándome todos los días de la semana a las 5:00 de la mañana, codicio amanecer de buen humor, sonriéndole al mundo, no importándome si me devuelve la misma sonrisa  de mayor o menor grado, no me afecta para nada otra parecida, pero sigue siendo la misma, o por el contrario si me llegaran a sacar la lengua para llamarme  estúpido tampoco me inquietaría, porque estoy feliz, apto para lo que sea, por haber dormido como un lirón, para aprovechar todas las oportunidades que se me presenten. ¿Quién dijo miedo? Nadie, porque yo no lo he dicho, y esto sucede cuando se duerme bien y sin ningún sobresalto toda la noche.. Quiero estar de buen humor, ¿cómo qué para qué?... Para estar en santa paz conmigo mismo, con los vecinos del edificio, de este mismo edificio con quienes comparto toda una vida, sin vivir conmigo, pero los veo todas las mañanas los veo en el estacionamiento, cuando me dispongo abrir la portezuela de mi automóvil o encendiendo  el motor se me acercan para saludarme  para desearme que tenga un buen día. De igual forma yo les respondo de buena gana el saludo. Y los observo como siempre afanosos metiendo a sus críos en sus respectivos carros, les exigen que deben comportarse dentro del colegio a la altura, respetando y obedeciendo a sus maestros, que como ellos son sus segundos padres. O a la señora Rosa a quien respeto muchísimo por ser excelente persona para conmigo, tal parezco su nieto, me corrige evaluando minuciosamente mi forma de vestir. Esto te queda bien, esto no, deberías usar esto o aquello,    es súper divertida. La pobre hace tres años que quedó viuda. Pero lo que yo no entiendo de la señora Rosa es  por qué razón saca a sus dos perros a pasear en coche todas las mañanas, (quizá para no sentirse sola en el edificio),  justamente a la hora en donde todos salimos a trabajar. No me lo explico, y ella no me la  va a dar por más que yo le tenga confianza, lo menos que puede decirme es que me meta en mis asuntos, que yo también los tengo como todas las personas común y corriente, que ella en los míos no se inmiscuye porque sencillamente no le interesa.

Ella conocía mis pasos, los olfateaba como un sabueso cuando salía del trabajo, ya fuera al mediodía o por la tarde, ella con esa voz ronca de generala que generalmente siempre la ha caracterizado me apuntaba, cuando escuchaba mis pasos ascender por la estrecha escalera, cuando pretendía llegar lo antes posible a mi habitación, decía divertidamente: te vas caminando en completo silencio sin atreverte a mirar hacia atrás. Esta frase sería una canción muy popular en aquellos tiempos que ella conocía muy bien.

Tuve que pasar… debía pasar… queriéndolo o no… me regresé. Ya esto era una total costumbre para ella y para mí, antes de meterme en mi departamento ella tenía que verme y conversar un tanto conmigo, esto no me hacia enojar, al contrario me complacía, esta señora sin ser nada mío sentía un especial cariño hacia mí, el cariño era reciproco.

      En otra ocasión saliendo del ascensor observo que la puerta estaba abierta, ella con dos amigas estaban sentadas cómodamente en la sala  conversando plácidamente. La saludé al pasar por la escalera. Y la gracia en ella me detuvo por un momento, porque para todo tenía la chispa que encendía la hilaridad de cualquiera.

Aquí Antonio, cortándole el traje a todo el mundo que pasa por delante de nuestras narices… ¿Cómo lo quieres? de pana de seda ¿o de tul?

De seda. Le respondí soltando una risa hasta más no poder. Todavía conservo en mi memoria ese instante inolvidable que siempre cuando lo evoco me desternillo de la risa.

 

      Vivir en esta que es la capital de Venezuela, hay que tener coraje para adaptarse al ritmo de quienes lo producen, o unirse a ellos, cosa que nunca haré ni loco, o  estar en contra, tampoco puedo hacerme de la vista gorda, o sencillamente no me permito quejarme, se debe  ser sordo de nacimiento o quedar por alguna razón sin audición, para poder tolerar la vida sin complicación alguna, todos los vecinos hacen el mayor ruido posible, sobre todo por las noches, cuando somos cinco en total quienes desafortunadamente no podemos dormir porque simplemente nos lo impiden. Los otros vecinos trabajan dentro de sus casas a tardes horas de la noche, armando armarios, claveteándolos con rudos golpes, tan fuertes que el silencio huyó de ellos sintiendo un hondo temor, la vecina del piso de arriba que llega también a las horas cruciales en donde el sueño se torna más delicioso, es ininterrumpido por sus tacones altos, las pisadas ordinarias son tan grotescas que pareciera que unos delincuentes vienen detrás de ella para asesinarla, otra vecina que se pone a lavar en su lavadora la ropa que pudo haber lavado un fin de semana durante el día, decidió la muy desalmada a última hora, hacerlo durante muchas noches en forma consecutiva. 

Cuando no son estos son los de afuera, las personas que ridículamente pasan corriendo presurosamente perseguidos por la policía, o por quien sabe quien, sobre todo los sábados por la noche cuando una dama a quien no conozco y no me da la gana conocer canta a todo pulmón cualquier ranchera de Pedro Infante (doña Rosa canta mejor que ella), después de haber terminado su espectáculo  insulta con fuertes palabras con un vocabulario obsceno propio de una persona vulgar, humilla a toda su generación, diciendo que sus hijos son todos unas porquerías, haraganes y que piden y chupan como las san hijuelas. Que ella siendo mayor de edad, una vieja que está para que la mantengan tiene que salir a trabajar todos los días para buscarle el sustento, que ella no está para esos trotes, que se siente cansada y sin ganas de seguir pedaleando la vida, que la quiere ver y disfrutarla  dentro de su casa, que quiere sonreír viendo a sus nietos crecer.

 Energúmenos, granujas, fariseos  no les da vergüenza con todos los vecinos, quienes la ven a diario salir, ni que fueran pendejos para no saber que esta, la que está aquí se va a la calle a trabajar como una perra a lavar ropa ajena en las casas de familia para poder traer algo, porque hay que darles de comer a esas propias criaturas que están creciendo  y necesitan tener el estomago lleno, a mí no me importa si como o no, total estoy vieja ya que mi propio entierro lo tengo al cruzar la avenida principal, y quedaré reventada como los perros que en cada callejón son sorprendidos por la muerte.

Este discurso duraba una  hora aproximadamente, que para no  escucharla encendía de inmediato la televisión poniéndolo a alto volumen,  entreteniéndome con las ocurrencias de un personaje gracioso y divertido, muy famoso para aquel entonces, más sandunguero que la señora Rosa. Quizá porque era todo un artista, en cambio la señora Rosa no lo era, pero si tenía su sazón para distraer a la gente… Y los vecinos a los que tengo a un lado y la que está encima de mí más loca que una cabra viviendo sin pareja y con un niño de diez años hace de las suyas, arrastrando los muebles, colocándolos en todos los sitios habidos y por haber. Y cuando no los empuja le da por encender la lavadora, obligación que bien pudiera hacer un fin de semana, o en el día. Pero la vecina arremete con todo lo que tiene durante las noches, la zombi la llamo yo, por no tener quietud para nada, quizá no la posea ni para comer. Solamente la adquirirá cuando este metida dentro de un ataúd.

Una noche me vi en la obligación de subir hasta su apartamento para reclamarle exigiéndole que se pusiera de acuerdo con las cosas, que si ha de ponerlas en un sitio que sea allí, que no las mueva, para que  estén el tiempo que crea prudente, pero eso de estar cambiándolas todas las noches de un sitio a otro molesta, me incomoda, me colma la paciencia,  y para rematar tiene que ser a altas horas en donde todos estamos durmiendo, esto sencillamente nos perturba. 

La vecina por un tiempo dejó de hacerlo y yo me sentía feliz  porque al fin no escuchaba ningún ruido que viniera de la parte de arriba, o mejor dicho de mi propio techo,  pero de nada valió el reclamo de dos meses, ella volvió a continuar con el juego,  seguir arrastrando los muebles y prendiendo la fulana lavadora.

Otra vecina, Gisela, una gran amiga mía, tenía el mismo inconveniente que tengo yo con la vecina de arriba. Lo único que cambia es que ella la tiene a un lado y yo en la parte de arriba. Pero sigue siendo la misma dificultad.

 Gisela trabaja en un liceo muy reconocido y de prestigio, ubicado en el centro de la ciudad como secretaria, mientras ella duerme la otra con un martillo golpea las paredes con un clavo colocando y cambiando los diferentes cuadros en las paredes. Tampoco se pone de acuerdo, los insultos van de parte y parte, el bendito rosario que se le ofrece a la Santísima Virgen todas las noches, ellas viven en el cuarto piso y las ofensas llegan hasta aquí y muy nítidas por cierto.

 

      Quizá esta noche logre dormir lo suficiente para mantener en orden mis ideas, el humor y la parte física de mi rostro. Dios permita  esta quietud que deseo desde este momento.

       Quizá busque otro apartamento en donde se me permita vivir como Dios manda.

       O por el contrario me sería factible vivir en el interior cerca de mi familia…Esta Ciudad Es Para Locos.

                                        

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