Doña
Elisa y sus perros.
Doña Elisa es una señora cariñosa, que
saluda al que conoce en años y al que no sabe
calzar muchos puntos.
Siempre con una sonrisa en
la cara, se deja conducir con cierto glamours por la calle, muy agradable por cierto, como decían por allí. Con su cara en alto, y la educación
siempre por delante, como la frescura de la hierbabuena que se ventea al primer
contacto que se tiene con la persona en cuestión con la que se está dispuesta a
dialogar, es tremendamente encantadora, esta señora quizá en un tiempo fue una
mujer adinerada, piensan algunos, o pensándolo bien, pudo haber sido de una la
familia quien en algún tiempo poseyó del dinero a manos llenas, muy
distinguida, y de la alta sociedad.
Lo cierto es que doña Elisa vivía sola. Estos
eran los comentarios de los entrometidos que nunca faltan en los pueblos, o en
cualquier lugar o en las grandes ciudades de los países del mundo, como los
chismosos que están al pendiente de los que hablan las demás personas para más
adelante enredarlos metiéndolos en una bola de nieve que rueda y rueda sin
alguien quien pueda detenerla y de nunca acabar. En un lugar así por más que
nos guste se puede vivir manejando la total ignorancia de lo contrario la
desesperación acometería junto con la locura. La ignorancia es la bendita
cualidad que doña Elisa conocía desde
hace años y que empleaba a diario.
De doña Elisa se dice que nadie
la visita, como si les importara tanto la situación de la señora,¿ cómo no le
llevan un mercado dejándoselo a la puerta de su casa? Que no tiene marido, ¡Qué
barbaridad! Así son las gentes, no la quieren ver sola en cualquier sitio, sea
en la plaza, o en lugar que ella de desee estar a su gran gusto, pues en este
caso presentenle un novio, pero eso sí estén siempre al pendiente que el
romance se mantenga fluido cada día, que se mantenga con el mismo equilibrio,
para que de esta manera no se rompa el hechizo y salgan de la iglesia como
marido y mujer. Esto es lo primordial, este es el gran favor que pueden hacerle
a la señora si no quieren verla sola, como la guayabera. Aunque ella a decir
verdad, no lo necesita.
Pero doña Elisa es diferente, es decir
otra persona, una persona instruida con los altos preceptos de la urbanidad, de
gustos refinados, una devoradora de libros, acostumbrada a la tertulias, de las
cuales sacaba buen provecho de su interlocutor, acostumbrada a los viajes por
Europa y Sudamérica, a dormir en sábanas limpias y de famosas marcas, en fin
toda una gran dama de la alta sociedad. Pero la vida a veces no juega sucio,
lanzándonos como pelota de ping pong a cualquier espacio de la mesa de juego,
sus padres murieron en un accidente aéreo, todo fue producto del mal tiempo ,
como lo supo ella después de boca de un tío quien empleando artimañas él muy
condenado, mala gente, profanó las cuentas bancarias de sus padres, hectáreas
de terrenos en los cuales se construirían más adelante conjuntos residenciales
de alta envergadura, reses a granel, en fin todo lo que el malvado pudiera
echarle mano, y como era la única hija, ella no sabía lo que el rufián hacia meticulosamente
a sus espaldas.
Cuando estaba siendo
desalojada de su hermosa casa, casa que habían construido sus padre, por ser un
afamado arquitecto, de mucho renombre para aquel entonces, ella lloró a mares,
no quería por nada salir de aquel recinto que le pertenecía por derecho,
agarrándose endiabladamente, del pasamano de la escalera, que ella esgrimía,
tanta era la fuerza, la gallardía, que no había manera como separarla de la
robusta madera. El tío tuvo que buscar a un empleado más para poder lograr su
cometido, y así, la muchacha fue arrancada hostilmente de la madera, cargada
como un lio de ropa sucia que pronto sería lavada, echada afuera como un perro, ver cerrarse la puerta ante su mirada
triste y lánguida, quedó allí sentada por largas horas, sin otro vestido que
ponerse, sin sus pertenencias. No quiso tocar la puerta, no quiso suplicar que
le permitieran la entrada para buscar en la que era su habitación, porque ya no
era suya aunque sean tres vestidos, no quiso hacerlo.
Al fin se levantó
limpiándose una débil mancha de lodo que estaba en la parte delantera de su
vestido color rosa, al verla casi opaca, un poco visible se levantó mirando por
última vez la que antes era su casa.
En ciertas ocasiones revivía
con intensidad aquellos desagradables recuerdos, ya fuese en la cocina
preparando la comida del día, o en el baño fregándose la espalda para meterse
de nuevo en la ducha, o precisamente cuando miraba a través de la ventana
abierta al mismo grupo de niños, que todas las tardes en las calles jugaban a
la pelota. Suspiraba como si le estuviera faltando el aire a los pulmones.
Las tardes eran sumamente
tristes y lánguidas, con el viento retozón allá afuera correteando con algunas
hojas que eran levantadas sin oponer resistencia a los bordes de la acera.
Ella a estas alturas de la
vida, tendría su compañero, aquel hombre que la adoraba, que solía traerle al
salir de su trabajo cualquier chuchería que encontraba en algún kiosco, los
catorce de febrero la sacaba, aunque ella se resistiera, cualquier invento posible, las mil y una formas para no hacerlo Gerardo le suplicaba, hasta se
le ponía de rodillas, pidiéndole como se le pide a Dios por cualquier milagro, para
no perder la gracia de la que estaban acostumbrados, en esta fecha donde Cupido
celebraba gustosamente las peticiones humildes y viendo a los enamorados
sonriendo, profesando amor mutuo por qué razón no lo iba a ayudar.
Gerardo nunca pudo darle un
hijo, por más intentos posibles a pesar de recurrir a la ciencia médica, tomando las hierbas
medicinales, todas las que fueran
necesarias para poder concebir, con la
ayuda de algunos expertos en la materia mandándole por estricto cumplimiento
las medicinas a tomar, no obtuvo lamentablemente ningún resultado positivo.
El pobre hombre lloraba
desconsoladamente en algún rincón oculto para no ser sorprendido por su mujer, quien
por esos días estaba vigilante, curiosa a tal extremo que le preguntaba cosas que en vez de responderle, le
producían una irremediable tristeza.
_No te atormentes mi vida,
le decía ella recostando la cabeza de su marido gustosamente y con infinito
agrado en su pecho, _Si no lo tenemos que más da. Continuó,_ Nuestro amor no se
va acabar por eso. Somos felices. Y seguiremos estándolo hasta que nuestra
estadía llegue a feliz término.
_Estas a tiempo en buscarte
a otro, uno que en verdad te responda como Dios manda.
_No Gerardo, no. Siempre
estaremos juntos, dos viejitos que se les va a ver juntos siempre, en cualquier
lugar residirán, cuando mueran partirán al cielo tomados de la mano.
Los dos se abrazaron.
El pobre hombre lloraba más
aun.
A veces el tiempo es malvado
con nosotros, quizá sea por descuido propio, por no tomar las precauciones
necesarias el no acudir al médico a tiempo cuando sentimos un dolor, que nos
comienza a pinchar cualquier área de nuestro cuerpo. Gerardo soportaba el
pequeño dolor que provenía de la parte lumbar, no quería por nada del mundo
mortificar a su mujer, no pretendía martirizarla, eso no, nunca se repetía las
veces que la veía en la cocina, aquellos caldos de gallina, que eran para él de
gran sustento, estos consomés le sabían a gloria, y por qué no decirlo si a él
se le antoja decirlo. Levantan a un muerto. Cuando se lo dijo a doña Elisa se
destornilló de risa, diciéndole: Ay tú y tus cosas. De verdad que no tienes
remedio.
_¿Qué te pasa viejo? Le dijo
en una ocasión preocupada,_ últimamente te veo
raro, ya no eres él mismo de antes. ¿Te sientes cansado? Deberías ir al
médico, mira que una nunca sabe.
_Ay mujer como dices tú, ay
y tus cosas, pues fíjate que yo no tengo nada. Me siento cansado nada más,
además hoy es sábado mujer, uno necesita del descanso, para agarrar fuerza las
que nos ayudan a ocuparnos en la semana entrante. Además yo no soy un
jovenzuelo que salta cuando se le antoja.
Doña Elisa, reflexiva y asintiendo
afirmativamente con la cabeza.
_Ay viejo tienes toda la razón.
Perdóname. Ya habrán más sábados, domingos que veremos, para salir a tomar aire
puro aunque sea para sentarnos en la grama de la plaza, a ti te gusta ver a los
niños jugar y a mí también.
Ella sin perder tiempo se
acobijó al lado de su esposo.
Al día siguiente Doña Elisa se había
levantado más temprano de lo acostumbrado, el desayuno ya estaba preparado
sobre la mesa.
Llamando repetidas veces a
su marido, animándolo a que se levantara a cepillarse, lavarse la cara, y otras
cosas más, al ver que del lecho no se movía, optó por un bendito gesto,
acariciarle con primor sus plateados cabellos, al ver que para nada
reaccionaba, se alarmó, y no era para menos, Alonso estaba frío, como un
tempano de hielo, si como un tempano de hielo.
Lloró desconsoladamente,
Alonso estaba muerto, y lo más triste no supo a la hora que murió, a pesar de
haber dormido a su lado no lo supo.
Su tormento no tenía límite,
no lo tendría puesto que su Alonso era todo para ella, y así en ese estado
salió a la funeraria hizo todos los tramites, todos los que fueran necesarios
para la incineración, al mediodía le entregaron las cenizas en un llamativo
envase, el cual colocó y todavía conserva sobre la cómoda.
Siempre que recordaba a su
adorable e entrañable esposo se sentía
triste y no era para menos, todos los momentos compartidos esa ayuda mutua, el
arreglo del jardín, el ir de compras, ambos eran muy caseros, ninguno gustaba
salir fuera de casa, al solo pensar la ausencia de meses o varias, dos o tres
semana les causaba pánico, ya que no estaban acostumbrados a confiarles el
hogar a cualquier persona conocida o no, Alonso era desconfiado, siempre lo
había sido. Tantos eran los recuerdos que ella evocó aquella tarde húmeda, en donde la lluvia fue la única culpable de
haber revivido aquellos remembranzas tristes, que hacen golpear los
sentimientos más recónditos. Que ninguna distracción mientras permanezca a la
vista no puede desalojarse, cuando se quiere de verdad.
Entró en el cuarto,
sentándose al borde de la cama, la misma cama en donde ellos fueron los seres
más felices, hablando de lo que hicieron en el trajinar del día, o simplemente
no dormían viendo entretenidos por la tele una película de Pedro Infante, los
dos estaban enamorados de este famoso actor. Decían que como él no había otro.
Hasta en las paredes de su habitación había diferentes afiches del popular
actor. Debajo de la cama sacó un baúl
desteñido por la acumulación del tiempo. Alcanzó un albún, hojeándolo
cuidadosamente, observando melancólicamente las fotografías donde estaban
juntos, las fotografías a pesar del tiempo transcurrido se han mantenido en
perfecto estado. Fueron muchos los suspiros exhalados, soplos acompañados de
lágrimas y profunda tristeza. Volvió a meter el baúl debajo de la cama. _Contrólate
mujer. Se dijo,_ Mi Alonso me dará las fuerzas, la fortaleza que me ayudará a
aliviar esta aflicción. Con tu ayuda seguiré adelante. Y salió llorando
amargamente de la habitación.
Doña Elisa no tuvo más
marido, en una oportunidad le prometió al envase en donde se encontraban los
restos del difunto que otro hombre no ocuparía el lugar que a él solamente le
correspondía en esta casa. Nunca recibiría a otro hombre igual o distinto a él,
nunca. Así muriera sumergida en la soledad. Su familia le dio la espalda, no
siendo tomada en cuenta para nada. Todos fueron unos interesados, aspirando
tener dinero en donde no lo había. Como fue despojada de vilmente de todo, Doña
Elisa ya no figuraba en la lista de las personas que en antaño pertenecía a la
alta y distinguida sociedad. Esto también le dolía, y más al haber encontrado a
Alonso, un hombre que le había hecho feliz en todo momento. Satisfaciéndole en
todos sus caprichos, adulador cuando su mujer estaba enojado, buscando todos
los medios, los que le fueran posible para contentarla, y lo lograba haciéndola
reir.
Superó así todas las
desavenencias, valientemente soportó la soledad, conviviendo con ella misma
como hasta ahora, haciendo las cosas por si solas, nunca le pidió ayuda a
terceros, eso nunca, nunca gustó desde que era una adolescente ser dependiente.
Mientras tanto iba a misa
todos los domingos, quizá para esquivar por momentos su brutal encierro, esto
le sirvió de mucho, porque gracias a Dios reconoció con agradecimiento haber
conocido en la misma iglesia a una buena muchacha humilde que siempre tenía por
costumbre sentarse a su lado, encontrándola sentada cuando Doña Elisa llegaba
un poquito retrasada. La buena muchacha le reservaba el puesto, colocando en el
sitio reservado un libro, diciéndole a todo aquel que le preguntaba si el
asiento estaba ocupado. Ella enseguida le respondía enseguida que sí, que
estaba ocupado.
Doña Elisa en ciertas
ocasiones también lo había hecho. Por lo visto ambas se ayudaban mutuamente.
La muchacha en cuestión se
llamaba Miriam, una joven de veintiséis años, era huérfana de padre y madre,
vivía con una tía amarga acida como el limón. Quien a veces la maltrataba
verbalmente y hasta la golpeaba dándole
cabezazos contra la pared. Doña Elisa cuando oyó el relato de la muchacha quedó
muy conmovida gimoteando en su almohada, alterada por el relato de la chica.
Llegando a la conclusión que la llevaría a vivir con ella desde ya a su casa.
Al día siguiente, un sábado con un sol
llamativo y exagerado en los tonos, que bañaba el entorno con un color
tornasolado, pero que gustó
enormemente Doña Elisa, tomó la
decisión, después de meditarlo repetidas veces,
decirle a la joven que se viniera a vivir con ella, no creyendo que
fuera una vulgar ladrona con malas mañas, al fin pudo convencerla.
El domingo Doña Elisa le dijo a la
muchacha que desde ahora viviría con ella. Después de misa se la llevó a su
casa, dándole para dormir la habitación de Alonso.
Transcurrieron los días y
Doña Elisa se encariñaba más con Miriam llegándola a querer como si fuera su
propia hija, la hija que nunca tuvo y quiso tener. La muchacha trabajaba como ayudante de una peluquería en
un local situado en el centro de la ciudad, se levantaba muy de mañana todos
los días, preparaba el desayuno, algunas labores que eran tan imprescindibles
en el hogar también las realizaba, como el de trapear el piso de la casa,
recoger la basura, limpiar la vajilla, cubiertos todo absolutamente todo estaba
higiénico e impecable.
_Bendito sea Dios junto con
todos sus ángeles te levantaste temprano para hacer esto._ Le decía Doña Elisa
al haberse levantado y al observar la excelencia de su casa. Además de ayudar
con los gastos de la casa. Continuaba diciendo,_ Tienes que hacerme esto. No
faltaba más muchacha.
_Ay abuela. Déjeme hacerlo.
Créame que para mí es un gran placer ayudarla, además estando todo limpio
evitamos la intromisión de los invasores.
Al darse cuenta Miriam que
Doña Elisa no sabía lo que la muchacha le insinuaba, con eso de evitamos la
intromisión de los invasores, le aclaro.
_Me refiero a los animalitos
rastreros que son todo un asco, los ratones debemos evitarlos. Chiripas y pare
de contar. Así que métase en el baño a cepillarse, y aprovechemos el desayuno
que está calientito.
Doña Elisa salió enseguida
dirigiéndose rápidamente al baño, en pocos minutos salió, ambas mujeres
sentadas a la mesa desayunaban.
Cuando Miriam los días
libres, un viernes o un sábado salía con Doña Elisa al centro de la ciudad, al
mercado, o recorrer los centros
comerciales, comían helados sentadas debajo de unos arbustos, se entretenían,
observando en las vidrieras la ropa en exhibición.
Un jueves Miriam le comunicó
a Doña Elisa antes de ir al trabajo que el sábado ambas irían a la playa. Doña
Elisa se quedó de una pieza. ¿Ella ir a la playa?, ¡Qué barbaridad!
_No tiene nada de malo, la
playa es para todos, para toda persona que quiera visitarla, no hay ninguna
prohibición que nos la impida, si no quiere bañarse no lo haga, solo la invito
para que usted se distraiga. Vayamos. Todo ya lo tengo comprado para que
comamos como Dios manda, no vamos a pasar todo el día mirando el mar, lo
conocemos bien. Además el domingo tenemos que ir a la iglesia.
Doña Elisa aceptó con una
sonrisa.
_Está bien. Te acepto la
invitación.
Una mañana Miriam se levantó con un
fuerte dolor en el pecho, y sin dar los buenos días a Doña Elisa se metió en
seguida en el baño, cálculos que para la buena mujer era extraño, porque la
muchacha era veloz en todo, Doña Elisa se encontraba en la cocina fregando la
vajilla, el desayuno estaba sobre la mesa, listo para ser digerido.
_Buenos días Doña Elisa, veo
que ya usted todo lo tiene servido, hoy me he levantado con un dolorcito en el
pecho, pero yo no me inquieto por eso. Deben ser los gases, desde pequeña los
he tenido como usted no tiene idea.
_ Pero sería bueno que
fueras al médico. Dijo Doña Elisa invitándola a tomar asiento, mientras ella se
sentaba al frente de ella.
Ambas comían plácidamente.
Miriam le echó un vistazo a
la ventana que se mantenía abierta, contemplando el horizonte por unos momentos
deduciendo que era temprano todavía.
Al terminar la muchacha le
plantó un beso a la buena mujer en la frente, diciéndole que hoy llegaría
temprano. Que juntas se sentarían a ver la tele, que compraría, al salir del
trabajo palomitas de maíz. Para llevar más cómodas las situaciones que pudieran
originarse en la trama de la telenovela, programa que tenía boquiabierta a Doña
Elisa, contándole a Miriam siempre los pormenores de la trama.
Pero la sombra volvió
hacerse presente a la puerta del hogar, igual como ocurrió con su amado y
querido esposo.
Cuando recibió la trágica
noticia de una compañera de trabajo, quien desesperadamente tocaba a la puerta,
informándole a Doña Elisa que a Miriam la sacaron de la peluquería al hospital,
la pobre murió de un infarto.
Doña Elisa quedó de una sola
pieza, sintiendo que las piernas se les desvanecían, que el piso en donde
estaba plantada, un hoyo se abriría, arrastrándola sin ninguna conmiseración
hacia abajo, engulléndola para siempre, el aliento le falló, quiso atraparlo en
el aire, pero este vilmente se desvaneció, las paredes de la casa se tornaron
oscuras y el ambiente desconocido, como si fuera la primera vez que las observaba.
La muchacha le dijo también
que el sepelio se llevaría a efecto en el cementerio adyacente al centro de la
ciudad, ella no iría, por nada del mundo lo haría, la muchacha se despidió y
ella cabizbaja no supo lo que le respondió, otro dolor profundo al menos
calibrado que el primero, pero dolía, se sentó sollozando al borde del sofá
gritando, con aquellos alaridos que enervaban a cualquiera, no importándole
quien pudiera escucharla, cuando se tiene un padecimiento como el que ella
tiene no se escatima ningún temor de ser escuchado o no, se desahoga, es lo
ideal para desenmarañar el ramalazo que golpea y golpea sin ninguna
conmiseración. Esto lo entendía perfectamente.
Se hizo tantas preguntas que
su mente embotada no le daba por lo menos ninguna respuesta. ¿Y ahora qué?,
¿Qué viene? Me he quedado sola, estoy
sola en el mundo, prácticamente sola, desde que murieron mis padres he cargado
con esa señal, Mi Alonso, te extraño, y ahora Miriam, una buena muchacha que
cada día llenaba los espacios los que me dejó mi pobre viejo, llenándolos de
dulzura, con su grata compañía.
Comienza a observar las
paredes de la casa, el techo, la lámpara colgante que pende de una viga, las
puertas, las ventanas. Todo le era extraño, insípido, difícilmente para ser
digerido. Ahora comienza a desconocer su propia casa.
_No, yo no podré vivir en
esta casa, no continuaré viviendo aquí. Esta casa se me está haciendo grande.
Mañana iré al periódico para ponerla en venta. Si en venta. No quiero vivir
sola. No puedo.¡ Por Dios no puedo!
Al día siguiente se levantó temprano, esa
vez no preparó el desayuno la falta de Miriam, su gran ausencia, borró el
ánimo, además en estas circunstancias el denuedo se debilita.
Una débil llovizna comenzaba
hacer estragos, esto no hizo mella en lo que estaba decidida, salir, salir, y colocándose un albornoz plástico con cofia, color
verde aceituna, salió.
La venta se dio satisfactoriamente, a los
dos días Doña Elisa abandonaba su humilde morada para habitar una más pequeña
en el centro de la ciudad.
Poco a poco supo acomodar sus
bártulos dentro de la pequeña casa, las
pequeñas unidades que eran livianas las supo ubicar en el lugar considerado y
más conveniente, lo más pesado los dos hombres quienes le habían hecho la
respectiva mudanza, la ayudaron a ponerlas con su supervisión estricta, en el
espacio requerido, que más tarde juzgó conveniente.
Sintiéndose agradablemente
satisfecha se acostó en el diván, contemplando con devoción infinita el
espacio, que desde ya sería su nuevo hogar.
Si estuviera Alonso junto
conmigo también estaría satisfecho como yo por este mi buen logro, o Miriam, ya
estoy viendo su agradable carita sonriéndome, diciéndome que todo está bonito.
Se levanta decidiendo
entretenerse, con algo que le despertara, sacándola de los malos recuerdos que
la hacían sentirse desagradablemente mal.
Salió al patio a respirar
aire puro, observó el terreno amplio, las diversas plantas que requerían
prontamente ayuda, como los rosales que eran de por si esbeltos y llamativos,
los duraznos, los arbustos, las palmeras, todo necesitaba de un acomodo
exhaustivo.
_Bueno no tengo más que
decir, _Esto requiere de una limpieza integra la cual me va a distraer por
varios días, quizás semanas, está bien. Elisa con esto te distraerás al máximo.
Los días transcurrieron a la
velocidad que otros no ambicionarían, quizá para no permitir entrar en años,
viendo que la vida se les escapaba sin remedio, sin hallar qué hacer para
lograr evitarlo.
Doña Elisa poco a poco fue
limpiando el terreno por partes, trasplantando, sacando las hierbas de los
tallos, las hojas secas de los rosales, los desperdicios como las hojas secas
eran introducidas por esas manos morenas, surcadas de venas y un poco
agrietadas, en bolsas plásticas pero muy resistentes de buena calidad.
Más adelante le pagaría a
alguien para que sacara las bolsas ya repletas de basura a la calle, el aseo
urbano, como se le conoce en esta ciudad se la llevaría.
A los meses el jardín estaba
prolífero, digno de admirar.
Todas las tardes ella se
sienta gustosamente a la sombra de un árbol de níspero a bordar, tarea que le
encantó desde hace ya algún tiempo. Sí que la entretenía mucho, no dándose
cuenta del tiempo, sonreía al ver que esto fue aparte de Alonso, lo que
verdaderamente le llamó la atención en la vida, la llenaba de un gran estimulo,
el cual manoseaba su espíritu y su alma, dándose de por si una gran
satisfacción, la cual por más que se quiera jamás se puede medir.
Algunas veces Doña Elisa empleaba su
tiempo mirando embelesada mente a través de la ventana de la sala a los
muchachos que a diario jugaban en la calle cualquier travesura que les fuera
divertida, ella le causaba risa, sus gritos se dejaban escuchar hasta el patio,
siempre sintió un gran gusto por los muchachos, una delectación incomparable,
quizá porque nunca pudo tener hijos.
Pero se resignó a no tenerlos, en la vida hay que desistir a todo, a lo
que Dios disponga, solamente debemos manejarnos a su voluntad divina.
Vio debajo de un arbusto a
un perro lanoso y de muy corta edad echado debajo de un arbusto al otro lado de
la acera, todo el tiempo que ella contemplaba el juego de los muchachos por la
ventana veía al perro echado, según sus cálculos el pobre animalito no tendría
dueño, porque para estar todo este lapso echado en el mismo lugar le daba la
impresión de no tenerlo.
La lluvia se hizo presente
un día, al verlo echado en el mismo lugar no escatimó ningún esfuerzo para salir a buscarlo de inmediato, al tenerlo
en sus brazos lo secó frenéticamente con un abrigo de lana. Buscándole acomodo
en un rincón acogedor, en la misma sala, lo alimentó. El pobre animalito tenía
hambre ya que se lo había tomado todo.
Se hizo cargo del perro. Cada vez que
tenía la oportunidad, o mejor dicho cuando recibía de su pensión dinero extra
le compraba al animal alimento en demasía. Ella le daba las gracias a Dios por haberlo recogido después del
bordado, Nerón este fue el nombre que le escogió, y se lo puso por nombre.
Nerón la hacía divertir lo suficiente.
Luego adoptó a otros cinco,
en total eran seis los que ya gozaban de su protección. Ella fue intensamente
feliz, con sus perros.
Ahora en el presente, porque
lo acontecido anteriormente pertenece al pasado quedó atrás, lo que puedan
hablar los vecinos por tenerlos le importa un bledo. Ella está demasiada
acostumbrada a convivir con esta clase de personas, soportando los eventuales
comentarios e inoportunos que provienen de terceros.