,
QUE MÁS SE LE PUEDE PEDIR A LA VIDA
Herminia era a todo dar, sabía hacer de todo,
desde pequeña siempre estaba metida en los libros, en las revistas, investigando todo
aquello que le llamara la atención, aquello que le despertara el interés, o por
decirlo así el gusanito de la
curiosidad, y por supuesto que fuera de
su agrado como: las recetas de cocina,
la repostería y otras exquisiteces, su
eterno encanto eran los dulces, era su divina pasión, un arrebato loco,
delirante como ella lo llamaba, lo poseía desde hace años no importándole si al
consumir demasiada azúcar la perjudicaría o no la salud.
El sueño de tener un bonito local era
estrictamente su entusiasmo, ser su propia dueña, tener buenos empleados que
fueran responsables, confiables y esmerados con el ornato y con el compromiso de atender de
buena talante a los clientes. Era su pertinaz ilusión.
Este
deseo no tardó en cumplírsele, ya que Dios fue generoso al instante al
concederle uno en particular, casi cerca de su mansión, tal como ella se lo imaginó.
Gerardo
sacó un préstamo rápidamente del banco, no tardó tiempo en obtenerlo, comprando
de esta manera las sillas, las mesas con
sus bonitos y elegantes manteles de diferentes colores estos eran muy llamativos,
un mostrador grande, dos refrigeradores con mucha capacidad, una máquina en donde se elaboraría el café instantáneo y sin demora alguna, en fin, todo
lo que fuera necesario, en cuanto a confitería fue comprado seguidamente.
Un día sábado, en donde los rayos del sol no
eran tan implacables como en meses anteriores fue inaugurado el
establecimiento, con un cartel bien
elaborado y diseñado por la misma dueña.
Estaba colocado a la entrada de la puerta principal y en donde se anunciaba por aquel día los grandes
descuentos en cuanto al menú. Esto por supuesto despertó el gran interés de todas las personas
que pasaban justamente por allí, o simplemente se detenían al ver la llamativa publicación. Con sus letras elegantes y con
estilo propio de una letra cursiva y poco común, la de una profesora de
literatura que había abandonado su trabajo en la universidad porque sencillamente se le adelantó el parto antes de tiempo que casi le costaba
la vida, o al propio niño. Pero la
ciencia hoy en día estaba súper avanzada, los médicos quienes la atendían
detuvieron el proceso de gestación.
Aquello era formidable para Herminia al ver
tan entusiasta la cola de las personas a la entrada, observando también la gran
cantidad de gentes dentro saboreando con gusto la carta del día, ella reía de
contenta, todo aquello fue ingenioso, saludable, las personas supieron
comportarse a la altura y en completo silencio, esto era lo que más le gustaba
a Herminia de esta gran comunidad, la amigabilidad, el trato cordial de las
personas, tal pareciera que vivieran en el mismo paraíso. Y al recordarlo
Herminia rodeaba de besos a Gerardo, agradeciéndole siempre por haberla traído aquí,
a este bonito lugar en donde Dios estaba perpetuamente presente.
Herminia tenía de su matrimonio con Gerardo
tres hijos: varones una hembra y dos varones, era un matrimonio feliz en todo
el sentido de la palabra, la madre de Herminia estaba orgullosa de Gerardo,
esta lo quería mucho, además Engracia este era el verdadero nombre de la madre
de Herminia, afirmaba que en varias
ocasiones y más se los hacía recordar en Nochebuena, cuando todos reunidos en su propio hogar
sentados a la mesa, degustando un rico y suculento pavo, acariciando varias
veces la mano de su hijo Ernesto quien era sacerdote, exponía con
agradecimiento y orgullo que la mano de Dios extendida cubría
su hogar y la de todos sus hijos. Que estaba feliz con Gerardo por ser
un hombre noble y cariñoso y más al tener un hijo al servicio del Señor.
Gerardo estaba enamorado de su esposa y se lo
hacía saber a cada momento.
Ella era la mujer perfecta, la emprendedora, cuando se le metía, por así
decirlo un grillo en la cabeza no había en el mundo persona alguna quien se lo sacara. Desde que la vio se dijo a
sí mismo que esa sería la madre de sus hijos, siempre le encantó de ella su manera de ser tan agradable con
todo el mundo, su arreglo personal
resultaba muy pulcro cada vez más, su cabello rubio y bien cuidado, su
grato y acariciador perfume que despedía su cuerpo que a cada instante al pasar
con frecuencia junto a ella el aire era embriagador y a él le encantaba de gran
manera, su rostro cada día se rejuvenecía más de lo conveniente, quizá esto,
según él, se debía a las cremas
costosísimas que reiteraba ponerse en el
rostro todas las noches antes de dormir. Tenía otras que usaba durante el día,
nunca estaba descuidada ni mucho menos
desaliñada, su apariencia estaba por todo lo alto triunfante, notándose todos
los días, despertando la curiosidad o el placer
de todas las personas que se encontraba a su paso, o caminaban junto a
ella en el centro. Herminia era una mujer ejecutiva y lo representaba muy bien,
a la altura de los grandes dirigentes.
De las tres hijas de Engracia esta fue la que
verdaderamente le llamó la atención, además se la imaginaba como su eterna esposa, la madre de sus únicos hijos,
llevarlos juntos al colegio, ir al abasto de compras, dar largos paseos por las
afueras del condado, y sobre todo estar a su lado siempre, dormir juntos esto
era específicamente lo que anhelaba, y al despertar verla a su lado en el
lecho, observándola detenidamente, contemplando sus ojos, sus labios, su cara
completa. Atendiendo ambos los deberes
de la casa, sobre todo la atención y el
cuidado de sus hijos, aunque pensaba por lo menos tener cuatro hijos, Dios le regaló tres, y con estos
tres estaban conformes, además no hay que buscarle las cuatro patas al gato, eran muy buenos muchachos, colaboradores en todo
lo que requiriera la asistencia, los cuidados y requerimientos de toda índole, sobre
todo obedientes, responsables en cuanto a los estudios, obteniendo magnas calificaciones en el liceo, los
profesores y el director felicitaban a papá y a mamá, nunca ellos se vieron involucrados en reyertas, eran muy
hogareños, a pesar de la edad que oscilaban entre los quince, diecisiete y diecinueve
, pedían permiso para estar ausentes, prometiéndoles que estarían de vuelta lo
más pronto posible, daban todas las explicaciones, todas las necesarias, para
lograr de esta manera la tranquilidad que se merecían sus papás, por ser buenos
y generosos padres.
Qué más se le puede pedir a Dios y a la
propia vida, le dijo Herminia a Gerardo, cuando estaban sentados en la mesa del
comedor, degustando un rico pastel de manzana y un humeante y sabroso
capuchino, tener buenos hijos, que
contribuyan al servicio del país, serán los mejores padres cuando tengan sus
propios hijos y no tener más adelante
rompimientos de cabeza, que hacen atormentar la mente arrojando intranquilidades
que no te dejan en paz ni sosegarte en ningún momento, pensando en dónde estarán estos muchachos, con
quien y en qué lugar, así no se puede conciliar el sueño, siempre alerta a una llamada telefónica, mirando a través de
la ventana, por si los ves llegar, entrando y saliendo de sus habitaciones por
si los ves acostados en sus correctas camas, porque no sabes si en medio de tu
desesperación no los vistes, llegando al no darte cuenta cuando entraron, toda esta situación te hace estallar, llenándote
el corazón de incertidumbre, pero se
piensa siempre en lo malo, en cosas descabelladas, en la policía, si están detenidos o no, o en el hospital recluidos por una herida de bala, o por un accidente de tránsito, sea una disputa a robo armado. Pobres y
desdichados padres que tienen esos problemas encima, con unos hijos
desconsiderados, que no tienen nada en mente, algo que sea para ellos de gran
provecho y que los haga en el futuro ser buenas personas, yo no quisiera estar en su membranas. A los
hijos, aunque sean grandes siempre y cuando estén bajo nuestro sometimiento hay que vigilarlos, estar pendiente de ellos.
En eso
Gerardo y yo éramos dichosos, quizá
porque nuestros padres fueron estrictos
con nosotros, vigilándonos como perros guardianes.
Las
buenas costumbres siempre se renuevan y vuelven a reiterarse, cuando las mismas se dan a conocer de
generación a generación, y más al
franquear a nuestros hijos. Eso es lo
que realmente hacen felices a los padres cuando quieren a sus hijos realmente.
La madre de Herminia estaba angustiadísima, esta era la quinta
llamada que hacía a la casa de su hija, en lo que va del día Herminia no se ha
presentado en el establecimiento, ella estaba al tanto de todo, facturando,
sacando cuentas, junto a la máquina registradora, hablaba con Ruth su nieta. Esta le informó que
había salido temprano con su tío y su hermano a buscar en lo alto de la colina
un gigante árbol de navidad. Engracia le respondía que era una verdadera
demente al ir hasta allá después de lo
que le pasó que casi le cuesta la vida, Ruth le insistía por teléfono que se lo dijera, que dejará los
ambages para otra ocasión.
Engracia estaba súper nerviosa, temiendo lo peor, esta muchacha está loca, no
recuerda lo mal que se vio, la lucha insostenible que tuvieron los médicos para
volverla a la vida. Y más cuando escuchó sin querer la radio antes de salir de
su casa, directo al establecimiento, el locutor decía con insistencia que se
avecinaba una fuerte ventisca. Que todos los habitantes tomaran las
precauciones necesarias para evitar el peligro, que cerraran puertas y ventanas
con toda la seguridad que le fueran posible.
Engracia miraba insistentemente su reloj de
pulsera a la vez que observaba el reloj de la pepsicola en la pared. En unos
minutos cerrarían el establecimiento. En ese momento se estacionó un vehículo a
poca distancia de la puerta, Gerardo salió del carro rápidamente, yendo velozmente
en donde Engracia estaba sentada con los nervios deshechos. Preguntándole
rápidamente por su mujer, ¿cuáles eran las noticias que tenía?
Ninguna, esta hija mía hace unas cosas
descabelladas, una persona cuerda con sus cinco sentidos bien puestos no comete
tonterías que una niña si puede someter. Imagínate se fue con Esteban y mi hermano Emilio a las colinas dizque a
desprender un gran árbol de navidad,
pero lo que más me tiene alterada con los nervios de punta es lo que se avecina
pronto. Esta mañana antes de salir de casa, la radio informaba a diestra y
siniestra que una ventisca fuerte se avecina, ay Gerardo yo no quiero volver de
nuevo a sentir el dolor de antes, esta vez sería la última, el doctor se lo repetía como una letanía que su salud
era como una frágil copa de cristal, mojarse con la lluvia es temible para ella,
una tempestad, o una ventisca la mata…Es qué acaso tú no te recuerdas cuando
nos los dijo el médico dos días después que le dieron de alta.
El asintió con la cabeza, haciéndole ver que
lo recordaba perfectamente.
Los dos se abrazaron, muy semejantes a la
madre que consuela al hijo cuando ha tenido una imbatible perdida difícil de
recuperar.
La ventisca apareció justo a la hora que
señaló el locutor de la radio, Gerardo, con sus tres hijos y Engracia a un lado
celebraban la horrible ventisca de nieve que se mantenía desafiante en las
afueras de la casa, su silbido impresionante, y su obstinado andar. Ligeramente todo estaba cubierto de cellisca.
La
camioneta haciendo aspavientos
logro al fin acomodarse a la orilla de la empalizada. Con pasos forzosos
sacando sus botas de la nieve y con fuerza destemplada no podían avanzar.
Varias veces Herminia cayó, tanta fue la impresión de Gerardo que salió como
una flecha al exterior agarrando a su
mujer de un brazo pudo al fin meterla en la casa, más tarde llegó Esteban y
Emilio súper cansados dejando el gran árbol de navidad junto a la puerta.
Engracia miraba a su hija con infinita
dulzura diciéndole: Hija ven conmigo. A Gerardo,- pronto estará contigo. A
Herminia. Ven hija te preparé un baño, no quiero por nada del mundo que vayas a
resfriarte, acuérdate lo que te pasó hace aproximadamente cinco años. Tomándola
de la mano la hace levantar del asiento en el acto, ambas avanzaban por los escalones
de la escalera. Y llegando a la habitación de su hija y la de Gerardo, Engracia
a pesar de su edad tenía una velocidad increíblemente envidiable.
Engracia estaba dentro del baño soltando el
chorro que rápidamente fluía cayendo el
agua dentro de la bañera, y con la puerta abierta se apreciaba su sonido
recorriendo toda la habitación. Lo que tú has hecho en el día de hoy no es
digno de aplaudir, esto te puede ocasionar una recaída fatal y tú sabes que te
estoy diciendo la verdad, así te lo hicieron saber tus dos médicos. Pero en qué
cabeza cabe que una persona teniendo los bronquios delicados como tú lo bien lo
sabes tengas que hacer lo que has hecho ahora, esto sinceramente es una gran
locura, una grave locura. El mes de Diciembre en algunos sitios es regularmente
frío, y más en esta región, que estamos rodeado de montañas, y de pinos altos, y si vas a salir a la calle
debes ir abrigadísima, ay Herminia, yo
no sé ya que hacer contigo, por más que te repita las palabras por un oído
entran y por el otro salen disparadas son las mismas de siempre que nunca por alguna
razón que yo desconozco no han cambiado, verdaderamente lo tomas o no lo tomas
en cuenta. Todo lo que te digo es por tu propio bien, tu marido estaba
preocupado, gracias a Dios que están todos aquí, (mira a través de la ventana
de cristal) todavía la nieve haciendo de las suyas. La bañera ya está lista con
el agua bien templada y con las esencias requeridas. Ya mañana Dios mediante te
sentirás como nueva, pero mujer ven, no
malgastes el tiempo más del que ya has
perdido. Ambas se pierden dentro del baño
al haber cerrado la puerta tras sus espaldas.
Ya en la noche, con la ventisca cayendo en la
parte exterior de la casa, a grandes
proporciones y con sobrada turbulencia, no dejando avanzar algunos
transeúntes, quienes se veían indecisos
al pretender cruzar al otro lado, ya que
la borrasca cada vez se les adelantaba
reaccionando enérgicamente, la precipitación con su silbido se dejaba escuchar
claramente en todo la zona, trayendo el
frio más espeluznante que jamás se había
sentido en otras épocas decembrinas.
Después del baño, Engracia consentía a su
hija como solía hacerlo cuando estaba pequeña, ayudándola a peinarse,
colocándole delicadamente el mono verde que le asentaba estupendamente, las
sandalias de cuero marrón que hasta hace poco Gerardo le había comprado. Por
ahora le falta a su rostro un poco de hidratación, tomó de un envase un copo de
algodón mojándolo de una manera considerada en aceite de coco, este aceite rápidamente actuaba de manera que
su piel en un instante se veía radiante y resplandeciente, además esto era un
ritual emprendido cuando apenas ella tenía quince años. Todo lo que se hace con
devoción arroja grandes beneficios y más cuando se trata de nuestra salud. Su
piel siempre ha sido clara y de buen color, todos los hombres envidiaban a
Gerardo por tener a su lado una mujer hermosa, delicada en sus gestos, en su
hablar sincero, en lo servicial ayudando a las personas conocidas o más aun
aquellas que se cruzaban por primera vez en su camino. Si te va bien en la vida
siempre agradéceselo a Dios pero no descuides a tu prójimo quien también
necesita de ti. Esto precisamente se lo
dijo en una ocasión su hermano sacerdote cuando juntos caminaban por una calle,
atiborrada de ambos lados de vidrieras, hasta parecían novios, porque ella le
tomaba las manos, lo besaba en la frente, y estos gestos decentes le llamaban
la atención a quienes los veían pasar a su lado, estaban tan entretenidos que
ni se daban cuenta de ello, este comentario sencillo pero sabio que deja una
bonita reflexión lo guardó bien oculto
en su mente y en su corazón. No hizo referencia cuando llegó a casa del buen
comentario que le hizo su hermano sacerdote, pero si lo puso en práctica rápidamente asombrándose de los buenos
resultados que estos le habían ricamente proporcionado.
La ventisca estaba ya casi finalizando, en la
parte oeste se veía el cielo un poco claro, soltando unos rayos de sol, muy
débiles por cierto, pero de que iba a desaparecer la ventisca era un hecho,
muchos estaban acertando en lo mismo conectándose al pensar en lo mismo.
Ya en la tarde la ventisca estaba
desapareciendo mágicamente, las
máquinas hicieron acto de presencia
sacándola de sus escondrijos bien ocultos, y en pleno apogeo limpiaban calles y avenidas,
la radio informaba que el peligro estaba huyendo, y que dejaría a las personas salir de sus hogares sin ningún temor. Que debían continuar con sus labores de rutina
como lo estaban haciendo antes del
vendaval.
Herminia se estaba sintiendo un poco
mal, con dolores en las coyunturas y
malestares respiratorios, ella no decía nada para no intranquilizar a los
suyos, viendo a sus hijos hablar con Gerardo que también reía, viéndola a ella
de soslayo, cuando estaba metida en la cocina junto con su madre preparando el
desayuno, en la tarde iría Engracia y ella a supervisar el local, y mañana,
como decía Engracia: Si es la voluntad de Dios abriremos.
Engracia no sospechaba los dolores que estaba
sintiendo su hija, porque Herminia no mostraba ningún malestar ante sus hijos,
ante Gerardo, para no hacerlos sufrir. Pero algo debía de hacer, tenía que
hacerlo más rápido que inmediatamente. Compraría los medicamentos, menos mal
que no botó los récipes que el médico que la atendió desde aquel entonces le
había prescrito. Iría en su propio vehículo hasta la farmacia que estaba a
pocas cuadras, ya que no era recomendable que caminar hasta allá. Y
aprovechando que las circunstancias estaban a su favor salió disparada manejando su coche, antes que regresaran los
suyos a casa.
Engracia ya dentro del local, y con el
aviso colgando sobre la puerta mitad
cristal y mitad madera en la parte baja,
la indicación decía claramente cerrado. Engracia al ver que su hijo
venía, al verlo tocar la puerta la abrió rápidamente preguntándole enseguida
por su madre. Pensé que estaba aquí. Contestó él colocando su morral sobre una
silla. Tu madre últimamente me está preocupando en demasía, después que buscó
sin ningún consentimiento el árbol de navidad en las altas colinas se ha venido
comportando de una manera extraña, ella piensa que yo no me doy cuenta, pero a
una madre ningún hijo la engaña. Pero qué crees que oculta. Respondió él
comiendo una tarta de manzana. Si lo
supiera te lo diría enseguida, pero de que está extraña lo está.
Ay mamá no exageres yo no tengo nada, quizá
sea el cansancio acumulado, tú bien sabes que la navidad es un corre corre, un
trajín insoportable, ir de compras, pintar la casa, decorarla, en fin es una
exageración en donde todos nos volvemos locos.
Herminia, la casa fue pintada hace dos meses,
cuatro días tardó para decorarla y tú ni siquiera te has molestado en salir de
compras. Herminia tú nos estas ocultando algo…Hija qué es ese algo, soy tu
madre y tengo todo el derecho de saberlo, por favor dímelo sea cual sea la
causa nosotros tu verdadera familia tenemos derecho de saberlo, y te
apoyaremos…Espero tu respuesta, la estoy
esperando, dila ya…
Nada, que te puedo decir mamá, a mí realmente nada me ocurre, déjate de estar
imaginándote cosas que en realidad no
existen, en vez de hablar vicisitudes innecesarias vamos a la cocina, a preparar
café y unas tostadas que me están apeteciendo
y yo sé que a ti te encantan, que te mueres
por una torrija, y a estas horas cae de perlas.
Ambas mujeres salieron de la habitación,
Engracia refunfuñando no le quedó más remedio que aceptar acompañarla.
Transcurrieron los días y con ellos Herminia se tomaba el medicamento que había
comprado en la droguería la vez anterior, estos en si le aliviaban los dolores,
calmándolos de manera inmediata, pero lamentablemente y más para su desagrado
el efecto duraba el tiempo justo y el que fuera necesario, ya que al pasar la secuela volvían los malestares a
presentarse, de nuevo volvía a tomárselos y así sucesivamente. ¿Hasta
cuando duraría esto? Hasta que tiempo seguiría ocultando esto que le aterraba
cada día más, sintiéndose impotente, caminando a duras penas pero siempre
recordando que no debía por los momentos cometer una dificultad que la
sometiera a grandes riesgos donde los suyos se intranquilizarían, ella por nada
del mundo quería que se impacientaran, no ansiaba repetir aquellos momentos
tristes y desoladores, donde los días se les tornaba grises, nada le apetecía,
sin embargo aunque herida por dentro lucia súper bien, divina en toda la
extensión de la palabra. Aunque se estuviera muriendo estaría siempre elegante
e impecable como nunca antes, nunca le gustó que la vieran derrotada, vencida y
si lo estuviera como ahora se está sintiendo persistentemente, tendría la cara
en alto y no cabizbaja. Esto a ella le daba el valor suficiente que ningún
medicamento le pudiera otorgar sabiamente, contrarrestando lo contrario , el
coraje suficiente para sobrellevar los acontecimientos buenos o malos pero hay
que encararlos como vengan, con demasiada confianza para apartar y derrotar la
duda, poniéndola a un lado, para no pensar en ella jamás.
El viernes amaneció de buen humor, Engracia
al verla conversar con su esposo y con los chicos animadamente sentía la
felicidad por dentro, demostrándolo a cada rato a su rostro la paz de la que
era sometida, recibiéndola con agrado, y pidiéndole a Dios que esta tranquilidad
que estaba sintiendo por ahora perdure mucho tiempo y jamás termine.
En la noche Herminia por más que insistiera
en conciliar el sueño no lo concebía, por más intentos que pusiera por delante,
sus dolores eran más intensos que las veces anteriores, la exprimían sin
ninguna compasión y consideración. La tos se hizo presente, no encontrando que
hacer resolvió levantarse de la cama con mucho cuidado, su intención al menos,
era el de ir al porche y tomarse una pastilla, que le aliviara aunque fuera un
momento los dolores que persistían cada vez más fuerte, además no creyó
conveniente alarmar a Gerardo y a estas horas acomodado en la cama dormía como
un lirón y en la posición que él gustaba dormir la situación fetal, ella aunque
tuviera el deseo de reír no podía ya que los dolores eran dominantes difíciles
de controlar. Buscó cautelosamente la
caja de pastillas las cuales estaban en la segunda gaveta de su mesita de
noche, silenciosamente busco rápido encontrándolas de inmediato en el armario, el cual cerró
ágilmente no produciendo ruido alguno, Herminia era una experta buscando cosas
en la oscuridad, y en completa armonía, en donde ningún sonido se dejaba colar,
y ya teniendo su chaqueta importada a la
mano, la que tanto le gustaba, agradeciéndole a su hermano el sacerdote el bonito gesto de por habérsela
traído de Kansas City, salió cautelosamente de su habitación.
La luna estaba de su parte, con el color gris
que en esta época adorna el ambiente, embelleciéndolo de una manera fantástica
que tanto agrado le produce a quien la está contemplando, ese encantamiento prodigioso lo sentía Herminia en aquel momento, siendo
niña gustaba contemplar la luna, las estrellas y todos los misterios que
encierra el cielo, porque también el tiene su lado débil y frágil cuando en las
noches se metía a hurgar en los baúles las memorias gratas de una parte de su
vida, las que le hicieran evocar los instantes más felices viéndolos en los
álbumes, en las fotografías sueltas, en las tazas obsequiadas en cualquier
lugar obsequiadas por parte de diferentes amigos, libros leídos, ropitas de sus
hijos cuando eran chiquititos, los primeros muebles conseguidos que Gerardo le
compró, el tocadiscos, el gramófono de
su padre, que le encantaba la música al extremo que sabía los nombres de las
diferentes bandas musicales más famosas para aquel entonces, sus trajes que ya
pasaron hace años de moda, la mecedora de Engracia, se la pasaba horas enteras
bordando suéteres para toda la familia diciendo que el frío hay que combatirlo
de alguna manera. En fin eran tantos los recuerdos acumulados en la mente, y
allí justamente pegada al cristal de la ventana permanecía la luna sonriente,
siempre sonriente y con mucha picardía.
Todos tenemos nuestro lado débil y frágil,
también las cosas, que caen al suelo sin darnos cuenta, justo en el tiempo en
que estamos sumergidos en nuestros deberes cotidianos, si no se tiene el
cuidado dejando las distracciones a un lado saltan al suelo y se rompen, así
ocurre en la relación de parejas, en la comunicación entre dos amigos, en los
padres en los hijos en fin que el lado negativo también existe. (Se toma el
vaso con agua junto con la bendita pastilla) y comienza a sentir el alivio ansiado que
tanto necesitaba su cuerpo. A veces le
gustaba estar sola como aquel momento, en donde hurgaba en su mente las cosas
bonitas y las malas que han existido desde que la trajo al mundo. Afirmando que
la mente era como una enciclopedia que debemos leer y repasar, en nuestros
momentos libres. Y más cuando se está
a solas. Las buenas decisiones se
toman en los instantes como yo lo estoy ahora, reflexión que es sabia, nos hace
corregir nuestros defectos si actuamos
bien o no con x persona, adelantándonos
al perdón y a la consideración, cada cosa nos hace revivir el bonito pasado que
cada individuo tuvo en la vida, a veces es bello recordar las épocas brillantes,
porque el pasado también cuenta en nuestras vidas, no todo lo malo se nos ha de
presentar en la vida, yo lo compararía como la pelota, la cual es lanzada de lo alto, está de por sí rebota,
estamos en las alturas, luego en la parte baja casi pisando el suelo, pero
debemos sentirnos sonrientes, una sonrisa alegra el ánimo de cualquiera, o del que está
sufriendo. Dios mío que cosas se me ocurre cuando estoy en momentos así, como
este en donde el silencio reina, siendo el
dueño y señor del mundo o el de esta casa.
Gerardo y yo cuando éramos novios solíamos
contemplar las estrellas, las mismas que ahora se muestran señoriales en el
cielo gris y oscuro, nos acostábamos en la capota del carro, señalando con
nuestros brazos y alzándolos gloriosamente el firmamento, adivinando el nombre
de cada una de ellas.
La reflexión había acabado pronto porque oyó
a Gerardo quien venía apresurado por el sendero hablando palabras incoherentes, Herminia se
había levantado vertiginosamente del
banco en donde ya había tenido el tiempo suficiente de estar sentada solazada en sus propios pensamientos.
¿Qué estás haciendo allí querida y en medio de la oscuridad?... está haciendo
un frio de los mil demonios. ¿Cuánto tiempo llevas allí sentada? Herminia corrió hasta él y al estar a un paso.
No
tenía sueño, pero me reconfortó mucho haber hablado conmigo misma, ¿sabes una
cosa? A veces necesitamos habar con
nosotros mismos, con nuestro espíritu, reflexionando, trayendo a nuestra
memoria y a nuestro pasado al lado nuestro,
cavilar en lo bueno y lo malo que
hicimos y nos tocó vivir, para no
cometer los errores antiguos. Ay
Herminia tú y tus argumentos, se ve que la lectura tomó gran partido en ti…Ven
mujer será mejor que entremos, no hay más rico y delicioso que el estar dentro
del calor del hogar. (Echándole una ojeada al cielo) son las cinco y media de
la mañana, me apetece una taza de café con unas galletas con sabor a chocolate
mientras yo preparo el café tú te acuestas un rato. Yo te lo llevo a la
habitación.
Quiero estar contigo en la cocina y no en la
habitación por la sencilla razón: no tengo sueño.
Está bien no se diga lo contrario. Vayamos.
Ambos quedan abrazados por unos segundos, juntos y tomaditos de las manos deciden entrar
a la casa. Llevándose la sorpresa ver a Engracia parada justamente al pie de la
escalera.
Se puede saber qué hacen ustedes levantados y
a estas horas, yo los hacía durmiendo,
por Dios qué estaban haciendo allá afuera, y con este frío, jamás había
conocido otro igual como este, este es más terrible que los anteriores. No digo
yo, aquí todos se están volviendo locos, menos mal que yo no, gracias a Jesús
bendito que estoy más cuerda que nunca, con una mente lúcida que se renueva
todos los días y todo recuerda.
Ambos se miran sonriendo, mirándose con cierta picardía.
Así quisiera yo ser como usted con la mente
que posee, a mí últimamente se me olvidan las cosas.
Herminia abraza a su madre besándole la
frente.
Gerardo y yo no podíamos conciliar el sueño,
y en vista que no lo lográbamos decidimos
abandonar la cama y gozar del espectáculo que todas las noches allá arriba, se
abre encima de nosotros y que algunos por no tener cierta delicadeza no
observan.
El cielo y las estrellas. Responde Engracia
enseguida. En ese ajetreo nos la pasábamos tu papá y yo.
Gerardo sale de la sala directo a la cocina.
Si quieres tomarte una taza de café con
galletas.
No
gracias esta se va a dormir porque
mañana hay trabajo por cumplir.
Ya
es tarde, faltan exactamente veinte minutos para que sean las nueve de la noche.
Pero
yo aspiro dormir hasta las ocho de la mañana Dios mediante.
Engracia
comienza a subir con mucha paciencia los escalones de la escalera.
Herminia
se le queda mirando con cierto placer, y al verla perderse, sale corriendo derecho
a la cocina.
Gerardo
ya tenía el café servido en dos tazas grandes y en un plato las galletas con
sabor a chocolate.
Hablaban
de cosas cotidianas, de la universidad de los muchachos planteándose a la idea que
al salir de allí, cada uno tomaría el vuelo que le correspondería ejercer en otra ciudad muy distinta a esta, la carrera que siempre les ha
agradado, estar lejos de sus vistas y no verlos sería una fortuita agonía, sabían
que ya no eran unos adolescentes aquellos sumisos jóvenes que en todo tiempo
obedecían sin protesta alguna, haciendo con agrado lo que se le mandaba hacer,
eran fáciles de controlar, estos ahora eran adultos, la hembra al ser directora de
cine tocaría puertas en la ciudad de las grandes estrellas de Hollywood, el mayor al licenciarse en odontología se marcharía sin pérdida de tiempo a Miami, solamente porque quiere vivir allí,
el menor desde pequeño había sentido aprecio a los animales y decidió estudiar veterinaria,
al graduarse decidiria quedarse aquí junto a sus padres, total en todas las
ciudades así como hay habitantes también existen animales. También disertaban
de Engracia entretenidos de continuo con sus ocurrencias.
Herminia calló por un momento pensando en el
malestar que se le estaba presentando últimamente, pidiéndole a Dios que no
fuera la piedra de tropiezo para la aspiración de sus dos hijos que deseaban
alcanzar el éxito que los dos se habían propuesto en la vida. Ambos estaban
felices cuando se lo consultaron por primera vez a Gerardo este asentía en todo
lo que le decían. Sentían temor cuando me lo analizaron, al principio a la
hembra por ser mujer le dije no usted no se va a ninguna parte.
Pero
a los otros si los dejas ir.
Porque
son hombres, y saben defenderse.
Yo
soy una mujer hecha y derecha, sé
defenderme de quien sea, en esta ciudad no hay canales de televisión, ni
estudios de cine. Qué puedo hacer yo aquí nada, absolutamente nada. Trabajar en
tu negocio, venirme a casa y cuando me enamore casarme, tener hijos, y
conformarme al verlos crecer y seguir cuidando de mi hogar. Pues yo no quiero esa vida, no soy
una mujer que se conforma con estar parada contemplando cómo pasa la vida y yo
sin hacer nada para hacerla cambiar a mi
favor, pues no, yo no soy una de esas, yo quiero y deseo valerme
por mi misma, nunca me ha gustado depender de nadie, no me veo, no corre en mi mente y mucho menos
en mi imaginación estar de esa manera, está
bien no me des tu consentimiento, tengo el de papá, eso para mí es el que más
vale, el que está vigente.
Herminia
acercándosele la abraza.
Ese
es el más intenso deseo de tu vida, la gran
pretensión desde que eras pequeña, siempre me contabas y a veces me obstinabas
tanto al no permitirme hacer lo que debía cumplir en aquellos momentos yo no te decía nada, solamente te oía hablar pero efectuando mi labor, te escuchaba, afirmabas que querías ser directora de cine,
la mandamás del espectáculo, siempre te gustó dirigir…No sé como supiste de esa carrera, dónde
lo investigaste o quién te lo contó…Pero ya no importa, lo trascendental es que
es tu verdadera vocación, yo también te doy mi consentimiento si quieres irte,
ve a alcanzar tu sueño…Los padres siempre desean ver a sus hijos felices en las diferentes etapas
de su vida. Y yo quiero tener una directora de cine. Ambas en aquel momento se
abrazaron llorando de felicidad.
La mañana estaba esplendida, el sol con sus
rayos les devolvía la alegría a los transeúntes, a las parejas que caminaban
despacio por la angosta acera tomados de la mano, otros sonreían por el astro
rey que volvió asomarse a este condado, ya que los tenía borrados de la memoria por varios días, trayéndoles la
inoportuna ventisca. Las hojas de los árboles resplandecían con ese color tan
extremadamente que la luz les puede
regalar. Los niños alegres retozaban en
las esquinas.
En el local de Herminia los parroquianos comían
a gusto con la carta del día, lo bueno
de esto radicaba en que el menú era diferente todos los días, pero con un estilo
característico y muy propio. Esa mañana
todos desayunaban emparedados con jamón
y queso,
el café humeante se desbordaba en las diferentes mesas. Algunos
los tomaban con pasteles solamente. Todo estaba en orden y en completo
silencio, era la opinión unánime, según los visitantes lo agradable que era
comer allí. Con una buena atención y un servicio esmerado que en otro lugar no
había a todo dar. la provocación de
estar allí todas las veces que fueran necesarias .
Herminia estaba en caja, Engracia en la
puerta dándoles la bienvenida a las personas que entraban por primera vez al
local. Ella a todos ya los conocía,
sabía de sus gustos, y por supuesto de cómo preferían lo que iban a degustar, y
del rincón en donde gustaban tomar asiento, generalmente apetecían de un solo plato, pero
eran muy pocos los consumidores que se inclinaban por esta elección, además de
que el cliente siempre tiene la razón. Engracia en todo los complacía, algunos
charlaban entusiastas, otros leían el periódico a la vez que disfrutaban del
desayuno.
Herminia volvía a sentir el malestar de
siempre, después de ver a su madre conversar con un cliente cualquiera
aprovechó ese momento en sacar una pastilla del bolso sirviéndose un vaso con
agua, el dolor mermará en las horas tal como están escritas en el récipe del
contenido.
Herminia salió del local antes de la hora
señalada, y sin ser vista de Engracia y
de ningún empleado fue rápida al
aparcamiento y saliendo del
estacionamiento dentro de su vehículo se decidió ir a la capilla a comentarle
lo que recientemente ya conocemos a su hermano sacerdote, ella sabía que él la
iba ayudarla, apoyar en todo lo que necesitara.
Aparcó el automóvil al borde de la acera, muy
cerca de la iglesia, y al estar dentro vio a su hermano dentro del
confesionario aunque no lo había visto
en persona, sabía que estaba allí porque una mujer estaba inclinada en el
locutorio confesándose.
La
mujer tardó en levantarse.
Ella
sin perder más tiempo fue directamente al confesionario y al verlo este la
abrazó gustosamente, diciéndole: Los lunes no hay misa, solamente realizo
confesiones, como lo habrás notado, Herminia…A qué debo el honor de tu visita.
Quiero que me acompañes en este momento al
consultorio del doctor Antonio, me he sentido últimamente muy mal, creo que la
enfermedad vuelve aparecer. ¿Qué te parece?…Sé que mamá a lo mejor ya te habrá contado de mi salida con Esteban y mi hijo a la colina en busca del árbol
navideño, ay hermano qué debes estar pensando de mí que soy una loca de atar.
No
hables más de la cuenta, mamá no me ha contado nada por ahora vayámonos ya.
La sotana la puso en uno de los bancos, doña
Elena una mujer ya mayor de unos 83 años
aproximadamente se hizo presente, la
mujer al verla la saludó con mucho
aprecio y respeto, estrechándole cordialmente la mano, ella sabía quién era en
realidad Herminia, la hermana del sacerdote.
Te
dejo encargada de la iglesia, voy a salir con mi hermana a realizar una
diligencia importante.
Ay
padre ni que fuera la primera vez que me la encarga, váyase con su hermana
confiado y tranquilo que yo me encargo del todo el resto.
Herminia
despidiéndose de doña Elena le depositó un beso cargado de cariño en la frente.
A medida que avanzaban por la ancha nave del
templo Herminia le contó a su hermano Ernesto los frecuentes y avasallantes
dolores que sentía su cuerpo, que por nada del mundo permitiría quedar
hospitalizada como la primera
vez, nunca le gustaron los médicos, las enfermeras, ni mucho menos los
hospitales. Los equipos médicos, en fin todo lo que pueda referirse a centros
asistenciales. Todo absolutamente todo lo detestaba poniéndola extremadamente
nerviosa e impotente. Sin poder tomar una decisión la más estúpida posible para
salir airosa del riesgo que se podía presentar.
Herminia habló con la secretaria del doctor
Antonio, Herminia estaba de suerte porque el médico había consultado por el día
de hoy al último paciente, la secretaria le dijo que esperara unos segundos que
no tardaría en regresar. Pero estaba segura que el doctor no tendría ningún
inconveniente en hacerla pasar.
La mujer una morena con el cabello oscuro bien cuidado con su vestimenta sencilla con una blusa pulcra muy fina por cierto, bien planchada, y una falda azul oscura
cortada a la rodilla aunque algo espontánea lucia estupendamente bien, su bonita mirada estaba oculta tras la montura de unas gafas color negro, tenía cierta gracia al caminar.
Siempre sonreía, que gusto pensó Herminia es ver a alguien sonreír siempre, una
se siente a todo dar con supremo deleite y complacida de la vida. A mí también me gusta sonreír pero
con estos dolores punzantes quién puede atreverse… Yo no puedo, tampoco es que
voy a mirar a las personas que se cruzan en mi camino con el entrecejo
fruncido. Dios me libre.
La mujer con una sonrisa salió del
consultorio dejando la puerta entre abierta, le echó una mirada a Herminia llamándola, esta
enseguida se levantó del asiento. Eduardo también se había levantado. Después
de haberle dado las gracias a la secretaria, entró con su hermano al consultorio.
Después de hablar de muchísimas cosas, de su
familia, de su esposo y de su local nuevo, Herminia le hizo referencia a los
malestares, a la temperatura fuerte a la que estaba siendo sometida por el frío
decembrino.
Antonio hizo llamar a la secretaria por el
intercomunicador. La secretaria apareció enseguida.
Por
favor tráigame de inmediato la historia de Herminia Fernández enseguida.
La mujer asintió mirándonos con una adorable
sonrisa que a mí particularmente me agradó.
Cumplió con su cometido, trayendo la bendita
carpeta.
Antonio la leyó cuidadosamente y al terminar
la hizo acostar en una camilla con una sábana blanca y pulcra, y con el estetoscopio
comenzó la ardua labor (lo que hace el médico cuando es un buen profesional,
cuando ama y se esmera con absoluta pasión a su trabajo) se lo colocaba por todos los lados posibles de su espalda
haciéndole repetir infinidades de veces el número 33 luego le pedía que inhalara y exhalara el aire después que respirara
abiertamente, tenía dificultad en hacerlo esto le produjo de inmediato un acceso
de tos. Luego le daba golpecitos suaves
en el estomago.
Te duele.
No en absoluto. Decía ella.
Te mandaré unos antibióticos. Un inhalador.
Todo esto lo harás en casa, te doy semana y media de reposo, nada de estar trabajando. (A Eduardo) Vigila a
tu hermana en lo posible, cualquier
descuido puede ser peligroso…Menos mal que viniste a tiempo, una demora
más y te cueste la vida. Pide cita para
dentro de dos semanas y media, que es cuando finaliza el tratamiento quiero verte de nuevo, y con
esto que te estoy mandando te sentirás como nueva. Mantente bien abrigada, nada de lluvia, de
caminar bajo la nieve… Ay Herminia yo sé porque te lo estoy diciendo. No quiero
verte hospitalizada de nuevo.
Está bien Antonio cumpliré a cabalidad con lo
que me exiges. Después de un abrazo bien cargadito de buena vibra, abrazó de
igual forma a Eduardo.
Eduardo estaba un poco molesto con su
hermana, al entrar al carro, y abriéndole la portezuela para que se sentara se
lo hizo saber de inmediato.
Herminia por qué no le contaste a Antonio lo
de tu salida a la colina.
No lo creí necesario.
No lo creíste necesario y esa versión
era importantísima para él, al médico
nada se le puede ocultar, al menos que uno sea tan bruto como para
pretender que la muerte lo venga a
buscar. Simplemente porque no quieres que te hospitalicen, si te conviene qué
puedes esperar…Aceptarlo, someterte a la prueba, por tus hijos y por tu esposo,
y por tu propia salud, eres rara Herminia muy rara.
En todo el trayecto Eduardo no medió palabra
alguna con su hermana. Sabía quién era realmente su hermano, un hombre que
nunca le gustó engañar a nadie, un hombre cabal en toda la extensión de la
palabra, cuando algo le disgustaba, él
no hablaba, solo optaba por encerrarse en su cuarto, a ella ni siquiera la
miraba, esta estaba solamente al pendiente de la larga avenida. Herminia aunque
quisiera decir algo, algo que rompiera el silencio que al principio le molestó
enormemente, se mostraba más bien tranquila, al saber que el riesgo de haber
sido hospitalizada estaba bien lejos de la realidad, pero estaba realmente
agradecida de su hermano por haberla acompañado a la clínica porque sola jamás
lo haría.
Eduardo estacionó el vehículo al borde de la
acera. Herminia acercándose a su hermano le depositó un beso en una de sus mejillas diciéndole:
Eduardo gracias por haberme acompañado. Te lo agradezco.
Está
bien te llamaré luego.
Herminia salió del vehículo. El auto salió raudo
tomando ágilmente la calle, para tomar otra a continuación, así fue como desapareció rápidamente de su vista. Ella duró un largo
rato parada contemplando por unos segundos el sitio por donde se oculto el
carro llorando disimuladamente, y
contemplando la fachada de su casa dudó unos segundos si entraría o no. Pero la
voz de Engracia rompió el llanto y la indecisión, también el letargo en el cual
se encontraba sumisa.
Es
qué no piensas entrar mujer, o pretendes
pasar la noche afuera.
Yo
sabía que algo bien raro te estaba pasando.
Herminia colocando el bolso en el sofá platicó
con Engracia hablándole con lujos de detalles de todo lo que le había sucedido. Eres así igual que tu padre que le gusta hacer las
cosas a su modo sin contar con la ayuda ni mucho menos con las opiniones de los
demás porque según él es la forma correcta de llevar las cosas, a pesar de los
años él nunca cambió, y tú menos prefieres morirte antes de consultar a la
familia no haciéndoles saber lo que te
pasa, desde pequeña has tenido esta mala virtud heredada de tu padre, entonces,
para qué tuviste una familia si lo vas hacer sufrir, en dónde fue a parar la confianza que me
tienes si no la tienes sí nunca la has tenido, y eso está mal hecho, no se
vale. Uno nunca debe callar lo que le ocurre…Y entonces… ¿dónde cuenta la familia?
Yo no entiendo, nunca te he entendido.
Herminia lloraba tal como si fuera una niña
desprotegida que los padres por descuido
dejaron sola en lo alto de una colina, así se sentía triste muy triste, jugando
con su muñeca de trapo la cual se la habían regalado en su onomástico cumpleaños
, no sabiendo quien se la obsequió.
Mamá
yo sé lo molesta que debes sentirte, pero yo no quería preocuparles.
Perdóname...
Engracia
al verla se conmovió completamente, originando el abrazo que en estos casos se
requiere.
Tranquila hija tranquila, sabes que mamá en
todo te ha comprendido. Más tarde iremos tú y yo a la farmacia a comprar las
medicinas. Ahora ten calma Dios mediante ya para mañana estarás bien, ya lo veras, son palabras sabias de una vieja como yo, quien ha
vivido lo suficiente, he visto cosas peores que estas, a la larga brilla el sol
y todo lo que antes era oscuro se convierte en luz para llegar rápidamente el
bienestar.
Los días transcurrieron ágilmente, y con
ellos llegó inesperadamente el mes en donde los dos hijos de Herminia, la
hembra y el varón abandonarían el condado. Ya todo estaba listo, los equipajes
con todas sus pertenencias de uso personal, las dos habitaciones estaban
intactas, ellos regresarían en el momento que lo creyeran conveniente. Herminia
estaba muy tranquila sabía que iban a estar bien en sus respectivos trabajos.
Que los hijos al estar ya grandes tomaban diferentes destinos, que volaban del
hogar materno, que ellos no les pertenecían.
Estos pensamientos cada vez más me hacen sentir cada vez más
fuerte, cuándo iremos a visitarlos nuevamente.
Tal
vez el próximo mes.
Tan
rápido.
O
cuando estemos decididos a viajar. Gracias a Dios que el negocio cada día está prosperando y a pasos agigantados como puedes verlo. Qué más
se le puede pedir a la vida.
La casa se sentía triste y vacía, comenzaba a
extrañar a sus dos hijos, pero la ausencia la consideraba más a la hora de
comer, ya que eran los 5 asientos que estaban eventualmente disponibles
en donde cada uno estaba colocado a la mesa
a la hora de comer. Ahora son tres, quienes desde ahora en
adelante comerán en la mesilla.
Debo ser fuerte, el trabajo me ayudará a
crecer como los arboles, a mantenerme útil gozando de mi misma, y con la misma darle el amparo necesario a mis
hijos, a conservar mi mente ocupada para no pensar en lo que no debo, en lo que
pueda mortificarme, en lo que sé que
está bien, además no puedo desviarme de las metas que quiero alcanzar,ellos como lo dije la vez anterior salieron en la búsqueda de su sueños y lo van alcanzar porque
en la vida hay que ser decidido, y actuar en lo que efectivamente deseamos ser.
Como dice mi esposo… Que más se le puede
pedir a la vida.