sábado, 25 de julio de 2020

 

La Inquietante Espera

     

 

       Muchacho condenado hacerme esto a mí a mí que soy su padre, que lo quiere, que le ha dado todos sus gustos en la vida, los habidos y los que han de venir, complaciéndolo en todo lo que me pueda exigir en su agraciada existencia, por cierto lo que  nunca le ha faltado, porque yo estoy allí aguardando a que sus pedidos se cumplan como si fuera yo su vulgar cachifo,  hacerme esto tan bochornoso tan indigno tan impropio de un verdadero hombre, que digo, no es un verdadero hombre más bien es un patán que se llevó a una joven a caballo, la  hija, la única hija de un viejo amigo que se ha portado a las mil maravillas conmigo, defendiéndome de agravios orquestados por enemigos gratuitos que por envidia me quieren hacer daño, él es más que un amigo, yo diría más bien como un hermano de sangre,  este aliado del cual hago mención me ha sacado las patas del barro en infinitas ocasiones, en pleitos mal concebidos, en donde yo tengo la razón pero los demás no lo ven así, por más que quieran esforzarse   se hacen  de la vista gorda, los ciegos diría yo, él me defiende con sobrada libertad como si conociera de leyes, si, por supuesto que  las conoce perfectamente bien. En una oportunidad me dijo que desde niño su padre Anselmo, hombre culto, conocedor de todas las artes poseía en su despacho montones de libros, como todo intelectual poseedor de una extensa  biblioteca, Remigio así se llama mi buen amigo con mucha frecuencia se lo pasaba de tarde en tarde metido en su despacho hurgando allí y aculla los libros que tuviera en esos momentos a la mano,  más que todo los que le emocionaran el alma  causándole un verdadero placer, leía y ojeaba tantos libros, pero los que más le entretenían, los que verdaderamente les llamaba la curiosidad  eran los textos de leyes, estos eran los que mayormente les llamaba la atención.  De allí viene ese torbellino de ideas, del convencimiento, al que se le plantara al frente, y poder con todo el respeto posible si era necesario  el que fuera, o el  que se pudiera merecer, lo miraba directamente a los ojos en donde pudiera posarlos con ahínco, sin bajar  la mirada, al tener considerablemente la razón, porque verdaderamente la tenia, lo dictaminan las leyes de la constitución de este país, es que usted no se ha sentado en ningún momento a escudriñarlas, yo le sugiero que lo haga lo antes posible para que se dé cuenta en donde usted está parado y  no se hable más del asunto, porque está contemplado en el articulo x. Decía repitiéndolo emocionadamente, al tener en frente al susodicho pleitista.

Todo un fenómeno, un prodigio verdaderamente alucinante que hace cavilar a cualquiera, así es mi amigo Remigio, que lastima, que lamentable lo que hizo mi hijo, y ahora cual debería ser mi cara, la que debo poner cuando mi amigo Remigio toque a mi puerta  diciéndome: Lo que hizo tu hijo con mi hija no tiene nombre.

Por Dios tiemblo cuando lo pienso, como estoy ahora sentado ante esta mesa con la mano detenida en mi frente pensando, buscando ideas a las cuales les pueda echar mano y socavar este acontecimiento desagradable y repugnante que se me avecina,  con la mirada puesta en la madera semi oscura de esta mesa que me sirve de comedor y de muchas cosas más me levanto, yendo a la ventana la cual abro de par en par, el triste panorama que comienzo a observar me deprime considerablemente. Qué puedo hacer, no puedo salir a buscarlo a la pradera corriendo a campo traviesa como cuando él era un chico y se me escondía detrás de un matorral después de haber cometido una diablura… Por Dios debo calmarme, pensar con la cabeza fría, tranquila, serena, si ha mancillado a esa muchacha debe casarse, debe reconocer como hombre su falta,  yo no voy a dejar pasar por alto esta sinverguenzada suya, de ninguna manera, eso jamás, si tuvo el valor suficiente para irrespetar la bonita amistad que tengo con el padre de su hija  tendrá que  responder, si responder como los machos bien plantados, con la correa bien atada a los pantalones para que no se le caigan con la falta cometida que no es agradable para la vista de los demás, no señor  esto tampoco es una gracia como tantas de las suyas, como las que siempre ha cometido obstinadamente y yo se las dejo pasar. Como anhelo que estuvieras aquí, ver tu cara para rompértela a golpes con estas manos.

Debo permanecer aquí quieto dentro de mi casa para aguardar la llegada de mi gran amigo Remigio, no debo salir, ya está por llegar. Qué desagradable es esta situación.

Golpes en puerta, cada vez los sonidos eran rudos y repetidos.

La abre. Era un vendedor de artículos de arado. El nada de esto necesitaba, tenía todos los implementos para surcar la tierra, hasta un rastrillo y una apodadora, que su difunta esposa usó unas veintenas de veces. La tenía guardaba sacándola de vez en cuando cuando la hierba crecía y crecía llegándole hasta las narices.

 Al muchacho lo despachó enseguida diciéndole que por los momentos no necesitaba nada de lo que con verdadero entusiasmo e inteligencia el chico le ofrecía.

El muchacho le da la espalda. El cierra la puerta.

Aguardaré la obstinada espera que ahora se convierte en una efervescencia ofuscada,  intranquila  y cruel.

Si… debo esperar, esperaré, qué más da aguardar, si… aguardar, aguardar.


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