La
Inquietante Espera
Muchacho
condenado hacerme esto a mí a mí que soy su padre, que lo quiere, que le ha dado
todos sus gustos en la vida, los habidos y los que han de venir, complaciéndolo
en todo lo que me pueda exigir en su agraciada existencia, por cierto lo que nunca le ha faltado, porque yo estoy allí
aguardando a que sus pedidos se cumplan como si fuera yo su vulgar cachifo, hacerme esto tan bochornoso tan indigno tan
impropio de un verdadero hombre, que digo, no es un verdadero hombre más bien
es un patán que se llevó a una joven a caballo, la hija, la única hija de un viejo amigo que se
ha portado a las mil maravillas conmigo, defendiéndome de agravios orquestados
por enemigos gratuitos que por envidia me quieren hacer daño, él es más que un
amigo, yo diría más bien como un hermano de sangre, este aliado del cual hago mención me ha sacado
las patas del barro en infinitas ocasiones, en pleitos mal concebidos, en donde
yo tengo la razón pero los demás no lo ven así, por más que quieran esforzarse se hacen
de la vista gorda, los ciegos diría yo,
él me defiende con sobrada libertad como si conociera de leyes, si, por
supuesto que las conoce perfectamente
bien. En una oportunidad me dijo que desde niño su padre Anselmo, hombre culto,
conocedor de todas las artes poseía en su despacho montones de libros, como
todo intelectual poseedor de una extensa biblioteca, Remigio así se llama mi buen amigo
con mucha frecuencia se lo pasaba de tarde en tarde metido en su despacho
hurgando allí y aculla los libros que tuviera en esos momentos a la mano, más que todo los que le emocionaran el alma causándole un verdadero placer, leía y ojeaba
tantos libros, pero los que más le entretenían, los que verdaderamente les
llamaba la curiosidad eran los textos de
leyes, estos eran los que mayormente les llamaba la atención. De allí viene ese torbellino de ideas, del
convencimiento, al que se le plantara al frente, y poder con todo el respeto
posible si era necesario el que fuera, o
el que se pudiera merecer, lo miraba directamente
a los ojos en donde pudiera posarlos con ahínco, sin bajar la mirada, al tener considerablemente la
razón, porque verdaderamente la tenia, lo dictaminan las leyes de la
constitución de este país, es que usted no se ha sentado en ningún momento a escudriñarlas,
yo le sugiero que lo haga lo antes posible para que se dé cuenta en donde usted
está parado y no se hable más del
asunto, porque está contemplado en el articulo x. Decía repitiéndolo
emocionadamente, al tener en frente al susodicho pleitista.
Todo
un fenómeno, un prodigio verdaderamente alucinante que hace cavilar a
cualquiera, así es mi amigo Remigio, que lastima, que lamentable lo que hizo mi
hijo, y ahora cual debería ser mi cara, la que debo poner cuando mi amigo
Remigio toque a mi puerta diciéndome: Lo
que hizo tu hijo con mi hija no tiene nombre.
Por
Dios tiemblo cuando lo pienso, como estoy ahora sentado ante esta mesa con la
mano detenida en mi frente pensando, buscando ideas a las cuales les pueda
echar mano y socavar este acontecimiento desagradable y repugnante que se me
avecina, con la mirada puesta en la
madera semi oscura de esta mesa que me sirve de comedor y de muchas cosas más
me levanto, yendo a la ventana la cual abro de par en par, el triste panorama
que comienzo a observar me deprime considerablemente. Qué puedo hacer, no puedo
salir a buscarlo a la pradera corriendo a campo traviesa como cuando él era un
chico y se me escondía detrás de un matorral después de haber cometido una
diablura… Por Dios debo calmarme, pensar con la cabeza fría, tranquila, serena,
si ha mancillado a esa muchacha debe casarse, debe reconocer como hombre su falta, yo no voy a dejar pasar por alto esta
sinverguenzada suya, de ninguna manera, eso jamás, si tuvo el valor suficiente
para irrespetar la bonita amistad que tengo con el padre de su hija tendrá que
responder, si responder como los machos bien plantados, con la correa
bien atada a los pantalones para que no se le caigan con la falta cometida que
no es agradable para la vista de los demás, no señor esto tampoco es una gracia como tantas de las
suyas, como las que siempre ha cometido obstinadamente y yo se las dejo pasar.
Como anhelo que estuvieras aquí, ver tu cara para rompértela a golpes con estas
manos.
Debo
permanecer aquí quieto dentro de mi casa para aguardar la llegada de mi gran
amigo Remigio, no debo salir, ya está por llegar. Qué desagradable es esta
situación.
Golpes
en puerta, cada vez los sonidos eran rudos y repetidos.
La
abre. Era un vendedor de artículos de arado. El nada de esto necesitaba, tenía
todos los implementos para surcar la tierra, hasta un rastrillo y una
apodadora, que su difunta esposa usó unas veintenas de veces. La tenía guardaba
sacándola de vez en cuando cuando la hierba crecía y crecía llegándole hasta
las narices.
Al muchacho lo despachó enseguida diciéndole
que por los momentos no necesitaba nada de lo que con verdadero entusiasmo e
inteligencia el chico le ofrecía.
El
muchacho le da la espalda. El cierra la puerta.
Aguardaré
la obstinada espera que ahora se convierte en una efervescencia ofuscada, intranquila y cruel.
Si…
debo esperar, esperaré, qué más da aguardar, si… aguardar, aguardar.
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