domingo, 19 de julio de 2020


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QUE MÁS SE LE PUEDE PEDIR A LA VIDA
    

Herminia era a todo dar, sabía hacer de todo, desde pequeña siempre estaba metida en  los libros, en las revistas, investigando todo aquello que le llamara la atención, aquello que le despertara el interés, o por decirlo así el  gusanito de la curiosidad,  y por supuesto que fuera de su agrado  como: las recetas de cocina, la  repostería y otras exquisiteces, su eterno encanto eran los dulces, era su divina pasión, un arrebato loco, delirante como ella lo llamaba, lo poseía desde hace años no importándole si al consumir demasiada azúcar la perjudicaría o no la salud.
El sueño de tener un bonito local era estrictamente su entusiasmo, ser su propia dueña, tener buenos empleados que fueran responsables, confiables y  esmerados con  el ornato y con el compromiso de atender de buena talante a los clientes. Era su pertinaz ilusión.
 Este deseo no tardó en cumplírsele, ya que Dios fue generoso al instante al concederle uno en particular, casi cerca de su mansión,  tal como ella se lo imaginó.
 Gerardo sacó un préstamo rápidamente del banco, no tardó tiempo en obtenerlo, comprando de esta manera las sillas, las  mesas con sus bonitos y elegantes manteles de diferentes colores estos eran muy llamativos, un mostrador grande, dos refrigeradores con mucha capacidad,  una máquina en donde se elaboraría el café  instantáneo y sin demora alguna, en fin, todo lo que fuera necesario, en cuanto a confitería fue comprado seguidamente.
Un día sábado, en donde los rayos del sol no eran tan implacables como en meses anteriores fue inaugurado el establecimiento,  con un cartel bien elaborado y diseñado por  la misma dueña. Estaba colocado a la entrada de la puerta principal y en  donde se anunciaba por aquel día los grandes descuentos en cuanto al menú. Esto por supuesto  despertó el gran interés de todas las personas que pasaban justamente por allí, o simplemente se detenían  al ver la llamativa  publicación. Con sus letras elegantes y con estilo propio de una letra cursiva y poco común, la de una profesora de literatura que había abandonado su trabajo en la universidad  porque sencillamente se le adelantó  el parto antes de tiempo que casi le costaba la vida, o al propio  niño. Pero la ciencia hoy en día estaba súper avanzada, los médicos quienes la atendían detuvieron el proceso de gestación.
 Aquello era formidable para Herminia al ver tan entusiasta la cola de las personas a la entrada, observando también la gran cantidad de gentes dentro saboreando con gusto la carta del día, ella reía de contenta, todo aquello fue ingenioso, saludable, las personas supieron comportarse a la altura y en completo silencio, esto era lo que más le gustaba a Herminia de esta gran comunidad, la amigabilidad, el trato cordial de las personas, tal pareciera que vivieran en el mismo paraíso. Y al recordarlo Herminia rodeaba de besos a Gerardo, agradeciéndole siempre por haberla traído aquí, a este bonito lugar en donde Dios estaba perpetuamente  presente.
Herminia tenía de su matrimonio con Gerardo tres hijos: varones una hembra y dos varones, era un matrimonio feliz en todo el sentido de la palabra, la madre de Herminia estaba orgullosa de Gerardo, esta lo quería mucho, además Engracia este era el verdadero nombre de la madre de Herminia, afirmaba que  en varias ocasiones y más se los hacía recordar en Nochebuena,  cuando todos reunidos en su propio hogar sentados a la mesa, degustando un rico y suculento pavo, acariciando varias veces la mano de su hijo Ernesto quien era sacerdote, exponía con agradecimiento y orgullo que la mano de Dios extendida  cubría  su hogar y la de todos sus hijos. Que estaba feliz con Gerardo por ser un hombre noble y cariñoso y más al tener un hijo al servicio del Señor. 
Gerardo estaba enamorado de su esposa y se lo hacía saber a cada momento.
Ella era la mujer perfecta, la  emprendedora, cuando se le metía, por así decirlo un grillo en la cabeza no había en el mundo persona alguna  quien se lo sacara. Desde que la vio se dijo a sí mismo que esa sería la madre de sus hijos, siempre le encantó  de ella su manera de ser tan agradable con todo el mundo, su arreglo personal  resultaba muy pulcro cada vez más, su cabello rubio y bien cuidado, su grato y acariciador perfume que despedía su cuerpo que a cada instante al pasar con frecuencia junto a ella el aire era embriagador y a él le encantaba de gran manera, su rostro cada día se rejuvenecía más de lo conveniente, quizá esto, según él,  se debía a las cremas costosísimas  que reiteraba ponerse en el rostro todas las noches antes de dormir. Tenía otras que usaba durante el día, nunca estaba descuidada  ni mucho menos desaliñada, su apariencia estaba por todo lo alto triunfante, notándose todos los días, despertando la curiosidad o el placer  de todas las personas que se encontraba a su paso, o caminaban junto a ella en el centro. Herminia era una mujer ejecutiva y lo representaba muy bien, a la altura de los grandes dirigentes.
De las tres hijas de Engracia esta fue la que verdaderamente le  llamó la atención,  además se la imaginaba como su eterna  esposa, la madre de sus únicos hijos, llevarlos juntos al colegio, ir al abasto de compras, dar largos paseos por las afueras del condado, y sobre todo estar a su lado siempre, dormir juntos esto era específicamente lo que anhelaba, y al despertar verla a su lado en el lecho, observándola detenidamente, contemplando sus ojos, sus labios, su cara completa. Atendiendo ambos  los deberes de la casa, sobre todo  la atención y el cuidado de sus hijos, aunque pensaba por lo menos tener  cuatro hijos, Dios le regaló tres, y con estos tres estaban conformes, además no hay que buscarle las cuatro patas al gato,  eran muy buenos muchachos, colaboradores en todo lo que requiriera la asistencia, los cuidados y requerimientos de toda índole, sobre todo obedientes, responsables en cuanto a los estudios, obteniendo  magnas calificaciones en el liceo, los profesores y el director felicitaban a papá y a mamá, nunca ellos  se vieron involucrados en reyertas, eran muy hogareños, a pesar de la edad que oscilaban entre los quince, diecisiete y diecinueve , pedían permiso para estar ausentes, prometiéndoles que estarían de vuelta lo más pronto posible, daban todas las explicaciones, todas las necesarias, para lograr de esta manera la tranquilidad que se merecían sus papás, por ser buenos y generosos padres.
Qué más se le puede pedir a Dios y a la propia vida, le dijo Herminia a Gerardo, cuando estaban sentados en la mesa del comedor, degustando un rico pastel de manzana y un humeante y sabroso capuchino,  tener buenos hijos, que contribuyan al servicio del país, serán los mejores padres cuando tengan sus propios hijos y  no tener más adelante rompimientos de cabeza, que hacen atormentar la mente arrojando intranquilidades que no te dejan en paz ni sosegarte en ningún momento,  pensando en dónde estarán estos muchachos, con quien y en qué lugar, así no se puede conciliar el sueño, siempre alerta  a una llamada telefónica, mirando a través de la ventana, por si los ves llegar, entrando y saliendo de sus habitaciones por si los ves acostados en sus correctas camas, porque no sabes si en medio de tu desesperación no los vistes, llegando al  no darte  cuenta cuando entraron,  toda esta situación te hace estallar, llenándote el corazón  de incertidumbre, pero se piensa siempre en lo malo, en cosas descabelladas, en la policía, si están   detenidos o no, o  en el hospital recluidos  por una herida de bala, o  por un accidente de tránsito,  sea una disputa a robo armado. Pobres y desdichados padres que tienen esos problemas encima, con unos hijos desconsiderados, que no tienen nada en mente, algo que sea para ellos de gran provecho y que los haga en el futuro ser buenas personas,  yo no quisiera estar en su membranas. A los hijos, aunque sean grandes siempre y cuando estén bajo nuestro sometimiento  hay que vigilarlos, estar pendiente de ellos.
 En eso Gerardo y yo éramos  dichosos, quizá porque nuestros  padres fueron estrictos con nosotros,  vigilándonos  como perros guardianes.
 Las buenas costumbres siempre se renuevan y vuelven a reiterarse,  cuando las mismas se dan a conocer de generación a generación, y más  al franquear a  nuestros hijos. Eso es lo que realmente hacen felices a los padres cuando quieren a sus hijos realmente.
La madre de Herminia  estaba angustiadísima, esta era la quinta llamada que hacía a la casa de su hija, en lo que va del día Herminia no se ha presentado en el establecimiento, ella estaba al tanto de todo, facturando, sacando cuentas, junto a la máquina registradora,  hablaba con Ruth su nieta. Esta le informó que había salido temprano con su tío y su hermano a buscar en lo alto de la colina un gigante árbol de navidad. Engracia le respondía que era una verdadera demente al ir  hasta allá después de lo que le pasó que casi le cuesta la vida, Ruth le insistía  por teléfono que se lo dijera, que dejará los ambages para otra ocasión.
 Engracia estaba súper nerviosa,  temiendo lo peor, esta muchacha está loca, no recuerda lo mal que se vio, la lucha insostenible que tuvieron los médicos para volverla a la vida. Y más cuando escuchó sin querer la radio antes de salir de su casa, directo al establecimiento, el locutor decía con insistencia que se avecinaba una fuerte ventisca. Que todos los habitantes tomaran las precauciones necesarias para evitar el peligro, que cerraran puertas y ventanas con toda la seguridad que le fueran posible.
Engracia miraba insistentemente su reloj de pulsera a la vez que observaba el reloj de la pepsicola en la pared. En unos minutos cerrarían el establecimiento. En ese momento se estacionó un vehículo a poca distancia de la puerta, Gerardo salió del carro rápidamente, yendo velozmente en donde Engracia estaba sentada con los nervios deshechos. Preguntándole rápidamente por su mujer, ¿cuáles eran las noticias que tenía?
Ninguna, esta hija mía hace unas cosas descabelladas, una persona cuerda con sus cinco sentidos bien puestos no comete tonterías que una niña si puede someter. Imagínate se fue con Esteban  y mi hermano Emilio a las colinas dizque a desprender un  gran árbol de navidad, pero lo que más me tiene alterada con los nervios de punta es lo que se avecina pronto. Esta mañana antes de salir de casa, la radio informaba a diestra y siniestra que una ventisca fuerte se avecina, ay Gerardo yo no quiero volver de nuevo a sentir el dolor de antes, esta vez sería la última, el doctor  se lo repetía como una letanía que su salud era como una frágil copa de cristal, mojarse con la lluvia es temible para ella, una tempestad, o una ventisca la mata…Es qué acaso tú no te recuerdas cuando nos los dijo el médico dos días después que le dieron de alta.
El asintió con la cabeza, haciéndole ver que lo recordaba perfectamente.
Los dos se abrazaron, muy semejantes a la madre que consuela al hijo cuando ha tenido una imbatible perdida difícil de recuperar.
La ventisca apareció justo a la hora que señaló el locutor de la radio, Gerardo, con sus tres hijos y Engracia a un lado celebraban la horrible ventisca de nieve que se mantenía desafiante en las afueras de la casa, su silbido impresionante, y su  obstinado andar. Ligeramente  todo estaba cubierto de cellisca.
La  camioneta haciendo aspavientos  logro al fin acomodarse a la orilla de la empalizada. Con pasos forzosos sacando sus botas de la nieve y con fuerza destemplada no podían avanzar. Varias veces Herminia cayó, tanta fue la impresión de Gerardo que salió como una flecha al exterior  agarrando a su mujer de un brazo pudo al fin meterla en la casa, más tarde llegó Esteban y Emilio súper cansados dejando el gran árbol de navidad junto a la puerta.
Engracia miraba a su hija con infinita dulzura diciéndole: Hija ven conmigo. A Gerardo,- pronto estará contigo. A Herminia. Ven hija te preparé un baño, no quiero por nada del mundo que vayas a resfriarte, acuérdate lo que te pasó hace aproximadamente cinco años. Tomándola de la mano la hace levantar del asiento en el acto, ambas avanzaban por los escalones de la escalera. Y llegando a la habitación de su hija y la de Gerardo, Engracia a pesar de su edad tenía una velocidad increíblemente envidiable.
Engracia estaba dentro del baño soltando el chorro que rápidamente fluía cayendo  el agua dentro de la bañera, y con la puerta abierta se apreciaba su sonido recorriendo toda la habitación. Lo que tú has hecho en el día de hoy no es digno de aplaudir, esto te puede ocasionar una recaída fatal y tú sabes que te estoy diciendo la verdad, así te lo hicieron saber tus dos médicos. Pero en qué cabeza cabe que una persona teniendo los bronquios delicados como tú lo bien lo sabes tengas que hacer lo que has hecho ahora, esto sinceramente es una gran locura, una grave locura. El mes de Diciembre en algunos sitios es regularmente frío, y más en esta región, que estamos rodeado de montañas, y  de pinos altos, y si vas a salir a la calle debes ir abrigadísima,  ay Herminia, yo no sé ya que hacer contigo, por más que te repita las palabras por un oído entran y por el otro salen disparadas son  las mismas de siempre que nunca por alguna razón que yo desconozco no han cambiado, verdaderamente lo tomas o no lo tomas en cuenta. Todo lo que te digo es por tu propio bien, tu marido estaba preocupado, gracias a Dios que están todos aquí, (mira a través de la ventana de cristal) todavía la nieve haciendo de las suyas. La bañera ya está lista con el agua bien templada y con las esencias requeridas. Ya mañana Dios mediante te sentirás  como nueva, pero mujer ven, no malgastes el  tiempo más del que ya has perdido. Ambas se pierden dentro del baño  al haber cerrado la puerta tras sus espaldas.
Ya en la noche, con la ventisca cayendo en la parte exterior de la casa,  a grandes proporciones y  con sobrada  turbulencia, no dejando avanzar algunos transeúntes, quienes  se veían indecisos al pretender cruzar al otro lado, ya que  la borrasca cada vez se les adelantaba  reaccionando  enérgicamente, la  precipitación con su silbido se dejaba escuchar claramente  en todo la zona, trayendo el frio más  espeluznante que  jamás se había  sentido en otras épocas decembrinas.
Después del baño, Engracia consentía a su hija como solía hacerlo cuando estaba pequeña, ayudándola a peinarse, colocándole delicadamente el mono verde que le asentaba estupendamente, las sandalias de cuero marrón que hasta hace poco Gerardo le había comprado. Por ahora le falta a su rostro un poco de hidratación, tomó de un envase un copo de algodón mojándolo de una manera considerada en aceite de coco,  este aceite rápidamente actuaba de manera que su piel en un instante se veía radiante y resplandeciente, además esto era un ritual emprendido cuando apenas ella tenía quince años. Todo lo que se hace con devoción arroja grandes beneficios y más cuando se trata de nuestra salud. Su piel siempre ha sido clara y de buen color, todos los hombres envidiaban a Gerardo por tener a su lado una mujer hermosa, delicada en sus gestos, en su hablar sincero, en lo servicial ayudando a las personas conocidas o más aun aquellas que se cruzaban por primera vez en su camino. Si te va bien en la vida siempre agradéceselo a Dios pero no descuides a tu prójimo quien también necesita de ti.  Esto precisamente se lo dijo en una ocasión su hermano sacerdote cuando juntos caminaban por una calle, atiborrada de ambos lados de vidrieras, hasta parecían novios, porque ella le tomaba las manos, lo besaba en la frente, y estos gestos decentes le llamaban la atención a quienes los veían pasar a su lado, estaban tan entretenidos que ni se daban cuenta de ello, este comentario sencillo pero sabio que deja una bonita reflexión  lo guardó bien oculto en su mente y en su corazón. No hizo referencia cuando llegó a casa del buen comentario que le hizo su hermano sacerdote,  pero si lo puso en práctica  rápidamente asombrándose de los buenos resultados que estos le habían ricamente proporcionado.
La ventisca estaba ya casi finalizando, en la parte oeste se veía el cielo un poco claro, soltando unos rayos de sol, muy débiles por cierto, pero de que iba a desaparecer la ventisca era un hecho, muchos estaban acertando en lo mismo conectándose al pensar  en lo mismo.
Ya en la tarde la ventisca estaba desapareciendo mágicamente,   las máquinas  hicieron acto de presencia sacándola de sus escondrijos bien ocultos, y  en pleno apogeo limpiaban calles y avenidas, la radio informaba que el peligro estaba huyendo, y que dejaría a las personas  salir de sus hogares sin ningún temor.  Que debían continuar con sus labores de rutina como lo estaban haciendo antes del  vendaval.
Herminia se estaba sintiendo un poco mal,  con dolores en las coyunturas y malestares respiratorios, ella no decía nada para no intranquilizar a los suyos, viendo a sus hijos hablar con Gerardo que también reía, viéndola a ella de soslayo, cuando estaba metida en la cocina junto con su madre preparando el desayuno, en la tarde iría Engracia y ella a supervisar el local, y mañana, como decía Engracia: Si es la voluntad de Dios abriremos.
Engracia no sospechaba los dolores que estaba sintiendo su hija, porque Herminia no mostraba ningún malestar ante sus hijos, ante Gerardo, para no hacerlos sufrir. Pero algo debía de hacer, tenía que hacerlo más rápido que inmediatamente. Compraría los medicamentos, menos mal que no botó los récipes que el médico que la atendió desde aquel entonces le había prescrito. Iría en su propio vehículo hasta la farmacia que estaba a pocas cuadras, ya que no era recomendable que caminar hasta allá. Y aprovechando que las circunstancias estaban  a su favor salió disparada  manejando su coche, antes que regresaran los suyos a casa.
Engracia ya dentro del local, y con el aviso  colgando sobre la puerta mitad cristal y mitad madera en la parte baja,  la indicación decía claramente cerrado. Engracia al ver que su hijo venía, al verlo tocar la puerta la abrió rápidamente preguntándole enseguida por su madre. Pensé que estaba aquí. Contestó él colocando su morral sobre una silla. Tu madre últimamente me está preocupando en demasía, después que buscó sin ningún consentimiento el árbol de navidad en las altas colinas se ha venido comportando de una manera extraña, ella piensa que yo no me doy cuenta, pero a una madre ningún hijo la engaña. Pero qué crees que oculta. Respondió él comiendo una tarta de manzana.  Si lo supiera te lo diría enseguida, pero de que está extraña lo está.
Ay mamá no exageres yo no tengo nada, quizá sea el cansancio acumulado, tú bien sabes que la navidad es un corre corre, un trajín insoportable, ir de compras, pintar la casa, decorarla, en fin es una exageración en donde todos nos volvemos locos.
Herminia, la casa fue pintada hace dos meses, cuatro días tardó para decorarla y tú ni siquiera te has molestado en salir de compras. Herminia tú nos estas ocultando algo…Hija qué es ese algo, soy tu madre y tengo todo el derecho de saberlo, por favor dímelo sea cual sea la causa nosotros tu verdadera familia tenemos derecho de saberlo, y te apoyaremos…Espero tu respuesta,  la estoy esperando, dila ya…
Nada, que te puedo decir mamá,  a mí realmente nada me ocurre, déjate de estar imaginándote cosas que en realidad  no existen, en vez de hablar vicisitudes innecesarias vamos a la cocina, a preparar café y unas tostadas que me están  apeteciendo y yo sé que a ti te encantan,  que te mueres por una torrija, y a estas horas cae de perlas.  
Ambas mujeres salieron de la habitación, Engracia refunfuñando no le quedó más remedio que aceptar acompañarla.
Transcurrieron los días y con ellos  Herminia se tomaba el medicamento que había comprado en la droguería la vez anterior, estos en si le aliviaban los dolores, calmándolos de manera inmediata, pero lamentablemente y más para su desagrado el efecto duraba el tiempo justo y el que fuera necesario,  ya que al pasar  la secuela volvían los malestares a presentarse,  de nuevo volvía  a tomárselos y así sucesivamente. ¿Hasta cuando duraría esto? Hasta que tiempo seguiría ocultando esto que le aterraba cada día más, sintiéndose impotente, caminando a duras penas pero siempre recordando que no debía por los momentos cometer una dificultad que la sometiera a grandes riesgos donde los suyos se intranquilizarían, ella por nada del mundo quería que se impacientaran, no ansiaba repetir aquellos momentos tristes y desoladores, donde los días se les tornaba grises, nada le apetecía, sin embargo aunque herida por dentro lucia súper bien, divina en toda la extensión de la palabra. Aunque se estuviera muriendo estaría siempre elegante e impecable como nunca antes, nunca le gustó que la vieran derrotada, vencida y si lo estuviera como ahora se está sintiendo persistentemente, tendría la cara en alto y no cabizbaja. Esto a ella le daba el valor suficiente que ningún medicamento le pudiera otorgar sabiamente, contrarrestando lo contrario , el coraje suficiente para sobrellevar los acontecimientos buenos o malos pero hay que encararlos como vengan, con demasiada confianza para apartar y derrotar la duda, poniéndola a un lado, para no pensar en ella jamás.
El viernes amaneció de buen humor, Engracia al verla conversar con su esposo y con los chicos animadamente sentía la felicidad por dentro, demostrándolo a cada rato a su rostro la paz de la que era sometida, recibiéndola con agrado, y pidiéndole a Dios que esta tranquilidad que estaba sintiendo por ahora perdure mucho tiempo y jamás termine.
En la noche Herminia por más que insistiera en conciliar el sueño no lo concebía, por más intentos que pusiera por delante, sus dolores eran más intensos que las veces anteriores, la exprimían sin ninguna compasión y consideración. La tos se hizo presente, no encontrando que hacer resolvió levantarse de la cama con mucho cuidado, su intención al menos, era el de ir al porche y tomarse una pastilla, que le aliviara aunque fuera un momento los dolores que persistían cada vez más fuerte, además no creyó conveniente alarmar a Gerardo y a estas horas acomodado en la cama dormía como un lirón y en la posición que él gustaba dormir la situación fetal, ella aunque tuviera el deseo de reír no podía ya que los dolores eran dominantes difíciles de controlar.  Buscó cautelosamente la caja de pastillas las cuales estaban en la segunda gaveta de su mesita de noche, silenciosamente busco rápido encontrándolas  de inmediato en el armario, el cual cerró ágilmente no produciendo ruido alguno, Herminia era una experta buscando cosas en la oscuridad, y en completa armonía, en donde ningún sonido se dejaba colar, y ya teniendo  su chaqueta importada a la mano, la que tanto le gustaba, agradeciéndole a su hermano  el sacerdote el bonito gesto de por habérsela traído de Kansas City, salió cautelosamente de su habitación.
La luna estaba de su parte, con el color gris que en esta época adorna el ambiente, embelleciéndolo de una manera fantástica que tanto agrado le produce a quien la está contemplando, ese  encantamiento prodigioso  lo sentía Herminia en aquel momento, siendo niña gustaba contemplar la luna, las estrellas y todos los misterios que encierra el cielo, porque también el tiene su lado débil y frágil cuando en las noches se metía a hurgar en los baúles las memorias gratas de una parte de su vida, las que le hicieran evocar los instantes más felices viéndolos en los álbumes, en las fotografías sueltas, en las tazas obsequiadas en cualquier lugar obsequiadas por parte de diferentes amigos, libros leídos, ropitas de sus hijos cuando eran chiquititos, los primeros muebles conseguidos que Gerardo le compró, el tocadiscos, el gramófono  de su padre, que le encantaba la música al extremo que sabía los nombres de las diferentes bandas musicales más famosas para aquel entonces, sus trajes que ya pasaron hace años de moda, la mecedora de Engracia, se la pasaba horas enteras bordando suéteres para toda la familia diciendo que el frío hay que combatirlo de alguna manera. En fin eran tantos los recuerdos acumulados en la mente, y allí justamente pegada al cristal de la ventana permanecía la luna sonriente, siempre sonriente y con mucha picardía.
Todos tenemos nuestro lado débil y frágil, también las cosas, que caen al suelo sin darnos cuenta, justo en el tiempo en que estamos sumergidos en nuestros deberes cotidianos, si no se tiene el cuidado dejando las distracciones a un lado saltan al suelo y se rompen, así ocurre en la relación de parejas, en la comunicación entre dos amigos, en los padres en los hijos en fin que el lado negativo también existe. (Se toma el vaso con agua junto con la bendita pastilla)  y comienza a sentir el alivio ansiado que tanto necesitaba su cuerpo.  A veces le gustaba estar sola como aquel momento, en donde hurgaba en su mente las cosas bonitas y las malas que han existido desde que la trajo al mundo. Afirmando que la mente era como una enciclopedia que debemos leer y repasar, en nuestros momentos libres. Y más cuando se está  a  solas. Las buenas decisiones se toman en los instantes como yo lo estoy ahora, reflexión que es sabia, nos hace corregir  nuestros defectos si actuamos bien o no con x persona,  adelantándonos al perdón y a la consideración, cada cosa nos hace revivir el bonito pasado que cada individuo tuvo en la vida, a veces es bello recordar las épocas brillantes, porque el pasado también cuenta en nuestras vidas, no todo lo malo se nos ha de presentar en la vida, yo lo compararía como la pelota, la cual  es lanzada de lo alto, está de por sí rebota, estamos en las alturas, luego en la parte baja casi pisando el suelo, pero debemos sentirnos sonrientes, una sonrisa alegra  el ánimo de cualquiera, o del que está sufriendo. Dios mío que cosas se me ocurre cuando estoy en momentos así, como este  en donde el silencio reina, siendo el dueño y señor del mundo o el de esta casa.
Gerardo y yo cuando éramos novios solíamos contemplar las estrellas, las mismas que ahora se muestran señoriales en el cielo gris y oscuro, nos acostábamos en la capota del carro, señalando con nuestros brazos y alzándolos gloriosamente el firmamento, adivinando el nombre de cada una de ellas.
La reflexión había acabado pronto porque oyó a Gerardo quien venía apresurado por el sendero  hablando palabras incoherentes, Herminia se había levantado vertiginosamente  del banco en donde ya había tenido el tiempo suficiente de estar sentada solazada  en sus propios pensamientos.
¿Qué estás haciendo allí querida  y en medio de la oscuridad?... está haciendo un frio de los mil demonios. ¿Cuánto tiempo llevas allí sentada?  Herminia corrió hasta él y al estar a un paso.
 No tenía sueño, pero me reconfortó mucho haber hablado conmigo misma, ¿sabes una cosa?  A veces necesitamos habar con nosotros mismos, con nuestro espíritu, reflexionando, trayendo a nuestra memoria y a nuestro pasado al  lado nuestro, cavilar en lo bueno y  lo malo que hicimos y nos tocó vivir,  para no cometer los errores antiguos.  Ay Herminia tú y tus argumentos, se ve que la lectura tomó gran partido en ti…Ven mujer será mejor que entremos, no hay más rico y delicioso que el estar dentro del calor del hogar. (Echándole una ojeada al cielo) son las cinco y media de la mañana, me apetece una taza de café con unas galletas con sabor a chocolate mientras yo preparo el café tú te acuestas un rato. Yo te lo llevo a la habitación.
Quiero estar contigo en la cocina y no en la habitación por la sencilla razón: no tengo sueño.
Está bien no se diga lo contrario. Vayamos.
Ambos quedan abrazados por unos segundos,  juntos y tomaditos de las manos deciden entrar a la casa. Llevándose la sorpresa ver a Engracia parada justamente al pie de la escalera.
Se puede saber qué hacen ustedes levantados y a estas horas,  yo los hacía durmiendo, por Dios qué estaban haciendo allá afuera, y con este frío, jamás había conocido otro igual como este, este es más terrible que los anteriores. No digo yo, aquí todos se están volviendo locos, menos mal que yo no, gracias a Jesús bendito que estoy más cuerda que nunca, con una mente lúcida que se renueva todos los días y todo recuerda.
Ambos se miran sonriendo,  mirándose con cierta picardía.
Así quisiera yo ser como usted con la mente que posee, a mí últimamente se me olvidan las cosas.
Herminia abraza a su madre besándole la frente.
Gerardo y yo no podíamos conciliar el sueño, y en vista que no lo lográbamos  decidimos abandonar la cama y gozar del espectáculo que todas las noches allá arriba, se abre encima de nosotros y que algunos por no tener cierta delicadeza no observan.
El cielo y las estrellas. Responde Engracia enseguida. En ese ajetreo nos la pasábamos tu papá y yo.
Gerardo sale de la sala directo a la cocina.
Si quieres tomarte una taza de café con galletas.
No gracias esta  se va a dormir porque mañana hay trabajo por cumplir.
Ya es tarde, faltan exactamente veinte minutos para que sean las nueve de la noche.
Pero yo aspiro dormir hasta las ocho de la mañana Dios mediante.
Engracia comienza a subir con mucha paciencia los escalones de la escalera.
Herminia se le queda mirando con cierto placer, y al verla perderse, sale corriendo derecho a la cocina.
Gerardo ya tenía el café servido en dos tazas grandes y en un plato las galletas con sabor a chocolate.
Hablaban de cosas cotidianas, de la universidad de los muchachos planteándose a la idea que al salir de allí, cada uno tomaría el vuelo que le correspondería ejercer  en otra ciudad muy  distinta a esta, la carrera que siempre les ha agradado, estar lejos de sus vistas y no verlos sería una fortuita agonía, sabían que ya no eran unos adolescentes aquellos sumisos jóvenes que en todo tiempo obedecían sin protesta alguna, haciendo con agrado lo que se le mandaba hacer, eran fáciles  de controlar, estos ahora  eran adultos, la hembra al ser directora de cine tocaría puertas en la ciudad de las grandes estrellas de Hollywood,  el mayor al licenciarse en odontología   se marcharía sin pérdida de tiempo   a Miami, solamente porque quiere vivir allí, el menor desde pequeño había sentido aprecio  a los animales y decidió estudiar veterinaria, al graduarse decidiria quedarse aquí junto a sus padres, total en todas las ciudades así como hay habitantes también existen animales. También disertaban de Engracia entretenidos de continuo con sus ocurrencias.
Herminia calló por un momento pensando en el malestar que se le estaba presentando últimamente, pidiéndole a Dios que no fuera la piedra de tropiezo para la aspiración de sus dos hijos que deseaban alcanzar el éxito que los dos se habían propuesto en la vida. Ambos estaban felices cuando se lo consultaron por primera vez a Gerardo este asentía en todo lo que le decían. Sentían temor cuando me lo analizaron, al principio a la hembra por ser mujer le dije no usted no se va a ninguna parte.
Pero a los otros si los dejas ir.
Porque son hombres, y saben defenderse.
Yo soy una mujer hecha y derecha,  sé defenderme de quien sea, en esta ciudad no hay canales de televisión, ni estudios de cine. Qué puedo hacer yo aquí nada, absolutamente nada. Trabajar en tu negocio, venirme a casa y cuando me enamore casarme, tener hijos, y conformarme al verlos crecer y seguir cuidando de  mi hogar. Pues yo no quiero esa vida, no soy una mujer que se conforma con estar parada contemplando cómo pasa la vida y yo sin hacer nada para hacerla cambiar a mi  favor,  pues no,  yo no soy una de esas, yo quiero y deseo valerme por mi misma, nunca me ha gustado depender de nadie,  no me veo, no corre en mi mente y mucho menos en mi imaginación estar de esa manera,  está bien no me des tu consentimiento, tengo el de papá, eso para mí es el que más vale, el que está vigente. 
Herminia acercándosele la abraza.
Ese es  el más intenso deseo de tu vida, la gran pretensión desde que eras pequeña, siempre me contabas y a veces me obstinabas tanto al no permitirme hacer lo que  debía cumplir en aquellos momentos  yo no te decía nada, solamente te oía hablar  pero efectuando  mi labor, te escuchaba,  afirmabas que querías ser directora de cine, la mandamás del espectáculo, siempre te gustó  dirigir…No sé como supiste de esa carrera, dónde lo investigaste o quién te lo contó…Pero ya no importa, lo trascendental es que es tu verdadera vocación, yo también te doy mi consentimiento si quieres irte, ve a alcanzar tu sueño…Los padres siempre desean ver  a sus hijos felices en las diferentes etapas de su vida. Y yo quiero tener una directora de cine. Ambas en aquel momento se abrazaron llorando de felicidad. 
La mañana estaba esplendida, el sol con sus rayos les devolvía la alegría a los transeúntes, a las parejas que caminaban despacio por la angosta acera tomados de la mano, otros sonreían por el astro rey que volvió asomarse a este condado, ya que los tenía borrados  de la memoria por varios días, trayéndoles la inoportuna ventisca. Las hojas de los árboles resplandecían con ese color tan extremadamente que la  luz les puede regalar.  Los niños alegres retozaban en las esquinas.
En el local de Herminia los parroquianos comían a gusto con  la carta del día, lo bueno de esto radicaba en que el menú era diferente todos los días, pero con un estilo característico y muy propio.  Esa mañana todos desayunaban emparedados con  jamón y  queso,  el café humeante se desbordaba en las diferentes mesas.  Algunos  los tomaban con pasteles solamente. Todo estaba en orden y en completo silencio, era la opinión unánime, según los visitantes lo agradable que era comer allí. Con una buena atención y un servicio esmerado que en otro lugar no había  a todo dar. la provocación de estar allí todas las veces que fueran necesarias .
Herminia estaba en caja, Engracia en la puerta dándoles la bienvenida a las personas que entraban por primera vez al local. Ella a todos ya  los conocía, sabía de sus gustos, y por supuesto de cómo preferían lo que iban a degustar, y del rincón en donde gustaban tomar asiento,   generalmente apetecían de un solo plato, pero eran muy pocos los consumidores que se inclinaban por esta elección, además de que el cliente siempre tiene la razón. Engracia en todo los complacía, algunos charlaban entusiastas, otros leían el periódico a la vez que disfrutaban del desayuno.
Herminia volvía a sentir el malestar de siempre, después de ver a su madre conversar con un cliente cualquiera aprovechó ese momento en  sacar  una  pastilla del bolso sirviéndose un vaso con agua, el dolor mermará en las horas tal como están escritas en el récipe del contenido.
Herminia salió del local antes de la hora señalada,  y sin ser vista de Engracia y de ningún empleado  fue rápida al aparcamiento  y saliendo del estacionamiento dentro de su vehículo se decidió ir a la capilla a comentarle lo que recientemente ya conocemos  a  su hermano sacerdote, ella sabía que él la iba ayudarla, apoyar en todo lo que necesitara.
Aparcó el automóvil al borde de la acera, muy cerca de la iglesia, y al estar dentro vio a su hermano dentro del confesionario  aunque no lo había visto en persona, sabía que estaba allí porque una mujer estaba inclinada en el locutorio  confesándose.
La mujer tardó en levantarse.
Ella sin perder más tiempo fue directamente al confesionario y al verlo este la abrazó gustosamente, diciéndole: Los lunes no hay misa, solamente realizo confesiones, como lo habrás notado, Herminia…A qué debo el honor de tu visita.
Quiero que me acompañes en este momento al consultorio del doctor Antonio, me he sentido últimamente muy mal, creo que la enfermedad vuelve aparecer. ¿Qué te parece?…Sé que mamá a lo mejor ya  te habrá contado de mi salida con Esteban  y mi hijo a la colina en busca del árbol navideño, ay hermano qué debes estar pensando de mí que soy una loca de atar.
No hables más de la cuenta, mamá no me ha contado nada por ahora vayámonos ya.
La sotana la puso en uno de los bancos, doña Elena una mujer ya mayor de unos  83 años aproximadamente  se hizo presente, la mujer al verla la  saludó con mucho aprecio y respeto, estrechándole cordialmente la mano, ella sabía quién era en realidad Herminia, la hermana del sacerdote.
Te dejo encargada de la iglesia, voy a salir con mi hermana a realizar una diligencia importante.
Ay padre ni que fuera la primera vez que me la encarga, váyase con su hermana confiado y  tranquilo  que yo me encargo del todo el resto.
Herminia despidiéndose de doña Elena le depositó un beso cargado de cariño en la frente.
A medida que avanzaban por la ancha nave del templo Herminia le contó a su hermano Ernesto los frecuentes y avasallantes dolores que sentía su cuerpo, que por nada del mundo permitiría  quedar  hospitalizada  como la primera vez, nunca le gustaron los médicos, las enfermeras, ni mucho menos los hospitales. Los equipos médicos, en fin todo lo que pueda referirse a centros asistenciales. Todo absolutamente todo lo detestaba poniéndola extremadamente nerviosa e impotente. Sin poder tomar una decisión la más estúpida posible para salir airosa del riesgo que se podía presentar.
Herminia habló con la secretaria del doctor Antonio, Herminia estaba de suerte porque el médico había consultado por el día de hoy al último paciente, la secretaria le dijo que esperara unos segundos que no tardaría en regresar. Pero estaba segura que el doctor no tendría ningún inconveniente en hacerla pasar.
  La mujer una morena con el cabello oscuro  bien cuidado  con su vestimenta sencilla con una  blusa pulcra muy fina por cierto,  bien planchada, y una falda azul oscura cortada a la rodilla aunque algo espontánea lucia estupendamente bien,  su bonita mirada estaba oculta tras  la montura de unas gafas  color negro, tenía cierta gracia al caminar. Siempre sonreía, que gusto pensó Herminia es ver a alguien sonreír siempre, una se siente a todo dar  con  supremo deleite y complacida  de la vida. A mí también me gusta sonreír pero con estos dolores punzantes quién puede atreverse… Yo no puedo, tampoco es que voy a mirar a las personas que se cruzan en mi camino con el entrecejo fruncido. Dios me libre.
La mujer con una sonrisa salió del consultorio dejando la puerta entre abierta,  le echó una mirada a Herminia llamándola, esta enseguida se levantó del asiento. Eduardo también se había levantado. Después de haberle dado las gracias a la secretaria, entró con su hermano al consultorio.
Después de hablar de muchísimas cosas, de su familia, de su esposo y de su local nuevo, Herminia le hizo referencia a los malestares, a la temperatura fuerte a la que estaba siendo sometida por el frío decembrino.
Antonio hizo llamar a la secretaria por el intercomunicador.   La secretaria apareció enseguida.
Por favor tráigame de inmediato la historia de Herminia Fernández enseguida.
La mujer asintió mirándonos con una adorable sonrisa que a mí particularmente me agradó. 
Cumplió con su cometido, trayendo la bendita carpeta.
Antonio la leyó cuidadosamente y al terminar la hizo acostar en una camilla con una sábana blanca y pulcra, y con el estetoscopio comenzó la ardua labor (lo que hace el médico cuando es un buen profesional, cuando ama y se esmera con absoluta pasión  a su trabajo) se lo colocaba  por todos los lados posibles de su espalda haciéndole repetir infinidades de veces el número 33  luego le pedía  que inhalara  y exhalara el aire después que respirara abiertamente, tenía dificultad en  hacerlo esto le produjo de inmediato un acceso de tos.  Luego le daba golpecitos suaves en el estomago.
Te duele.
No en absoluto. Decía ella.
Te mandaré unos antibióticos. Un inhalador. Todo esto lo harás en casa, te doy semana y media de reposo,  nada de estar trabajando. (A Eduardo) Vigila a tu hermana  en lo posible, cualquier descuido puede ser peligroso…Menos mal que viniste a tiempo, una demora más  y te cueste la vida. Pide cita para dentro de dos semanas y media, que es  cuando finaliza  el tratamiento quiero verte de nuevo, y con esto que te estoy mandando te sentirás como nueva.  Mantente bien abrigada, nada de lluvia, de caminar bajo la nieve… Ay Herminia yo sé porque te lo estoy diciendo. No quiero verte hospitalizada de nuevo.
Está bien Antonio cumpliré a cabalidad con lo que me exiges. Después de un abrazo bien cargadito de buena vibra, abrazó de igual forma a Eduardo.
Eduardo estaba un poco molesto con su hermana, al entrar al carro, y abriéndole la portezuela para que se sentara se lo hizo saber de inmediato.
Herminia por qué no le contaste a Antonio lo de tu salida a la colina.
No lo creí necesario.
No lo creíste necesario y esa versión era  importantísima para él, al médico nada se le puede ocultar, al menos que uno sea tan bruto como para pretender  que la muerte lo venga a buscar. Simplemente porque no quieres que te hospitalicen, si te conviene qué puedes esperar…Aceptarlo, someterte a la prueba, por tus hijos y por tu esposo, y por tu propia salud, eres rara Herminia muy rara. 
En todo el trayecto Eduardo no medió palabra alguna con su hermana. Sabía quién era realmente su hermano, un hombre que nunca le gustó engañar a nadie, un hombre cabal en toda la extensión de la palabra, cuando algo le disgustaba,  él no hablaba, solo optaba por encerrarse en su cuarto, a ella ni siquiera la miraba, esta estaba solamente al pendiente de la larga avenida. Herminia aunque quisiera decir algo, algo que rompiera el silencio que al principio le molestó enormemente, se mostraba más bien tranquila, al saber que el riesgo de haber sido hospitalizada estaba bien lejos de la realidad, pero estaba realmente agradecida de su hermano por haberla acompañado a la clínica porque sola jamás lo haría.
Eduardo estacionó el vehículo al borde de la acera. Herminia acercándose a su hermano le depositó  un beso en una de sus mejillas diciéndole: Eduardo gracias por haberme acompañado. Te lo agradezco.
Está bien te llamaré luego.
Herminia salió del vehículo. El auto salió raudo tomando ágilmente la calle, para tomar otra a continuación, así fue como desapareció  rápidamente de su vista. Ella duró un largo rato parada contemplando por unos segundos el sitio por donde se oculto el carro  llorando disimuladamente, y contemplando la fachada de su casa dudó unos segundos si entraría o no. Pero la voz de Engracia rompió el llanto y la indecisión, también el letargo en el cual se encontraba sumisa.
Es qué no piensas entrar mujer, o pretendes  pasar la noche afuera.
Yo sabía que algo bien raro te estaba pasando.
 Herminia colocando el bolso en el sofá platicó con Engracia hablándole con lujos de detalles de  todo lo que le había sucedido. Eres así  igual que tu padre que le gusta hacer las cosas a su modo sin contar con la ayuda ni mucho menos con las opiniones de los demás porque según él es la forma correcta de llevar las cosas, a pesar de los años él nunca cambió, y tú menos  prefieres morirte antes de consultar a la familia no haciéndoles saber  lo que te pasa, desde pequeña has tenido esta mala virtud heredada de tu padre, entonces, para qué tuviste una familia si lo vas hacer sufrir,  en dónde fue a parar la confianza que me tienes si no la tienes sí nunca la has tenido, y eso está mal hecho, no se vale. Uno nunca debe callar lo que le ocurre…Y entonces… ¿dónde cuenta la familia? Yo no entiendo, nunca te he entendido.
Herminia lloraba tal como si fuera una niña desprotegida  que los padres por descuido dejaron sola en lo alto de una colina, así se sentía triste muy triste, jugando con su muñeca de trapo la cual se la habían regalado en su onomástico cumpleaños , no sabiendo quien se la obsequió.  
Mamá yo sé lo molesta que debes sentirte, pero yo no quería preocuparles. Perdóname...
Engracia al verla se conmovió completamente, originando el abrazo que en estos casos se requiere.   
Tranquila hija tranquila, sabes que mamá en todo te ha comprendido. Más tarde iremos tú y yo a la farmacia a comprar las medicinas. Ahora ten calma Dios mediante ya para mañana  estarás bien, ya lo veras, son  palabras sabias de una vieja como yo, quien ha vivido lo suficiente, he visto cosas peores que estas, a la larga brilla el sol y todo lo que antes era oscuro se convierte en luz para llegar rápidamente el bienestar.
Los días transcurrieron ágilmente, y con ellos llegó inesperadamente el mes en donde los dos hijos de Herminia, la hembra y el varón abandonarían el condado. Ya todo estaba listo, los equipajes con todas sus pertenencias de uso personal, las dos habitaciones estaban intactas, ellos regresarían en el momento que lo creyeran conveniente. Herminia estaba muy tranquila sabía que iban a estar bien en sus respectivos trabajos. Que los hijos al estar ya grandes tomaban diferentes destinos, que volaban del hogar materno, que ellos no les pertenecían.
Estos pensamientos  cada vez más me hacen sentir cada vez más fuerte, cuándo iremos a visitarlos nuevamente.
Tal vez el próximo mes.
Tan rápido.
O cuando estemos decididos a viajar.  Gracias a Dios que el negocio cada día está  prosperando y  a pasos agigantados como puedes verlo. Qué más se le puede pedir a la vida.
La casa se sentía triste y vacía, comenzaba a extrañar a sus dos hijos, pero la ausencia la consideraba más a la hora de comer, ya que eran los  5  asientos que estaban eventualmente disponibles en donde cada uno estaba  colocado  a la mesa  a  la hora de comer.  Ahora son tres, quienes desde ahora en adelante comerán en la mesilla.
Debo ser fuerte, el trabajo me ayudará a crecer como los arboles, a mantenerme útil gozando de mi misma, y con  la misma darle el amparo necesario a mis hijos, a conservar mi mente ocupada para no pensar en lo que no debo, en lo que pueda mortificarme,  en lo que sé que está bien, además no  puedo  desviarme de las metas  que quiero alcanzar,ellos como lo  dije la vez anterior salieron en la   búsqueda de su sueños y lo van alcanzar porque en la vida hay que ser decidido, y actuar en lo que efectivamente deseamos ser.  Como dice mi esposo… Que más se le puede pedir a la vida.

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