LA TÍA ELVIRA
El
cielo gris dejaba mostrar unos matices que a mí particularmente me aburría, mi
tía Elvira tan locuaz como ella pretende hacerlo en todo tiempo, según mamá era
algo natural, su sello de la personalidad con la que nació y creció, solía
decir que el sol nunca cambia de color, y es natural, nunca se sabe si está
triste o no, también es natural. Porque siempre ha sido el mismo desde hace
siglos y los que le seguirán, estando nosotros o no. Alegra totalmente el día,
lo armoniza y lo energetiza, así esté el cielo como esté, sin él la vida no
existiría, es natural que la tía Elvira siempre se está metiendo en donde nunca
la han llamado, por supuesto que no. Así decía mamá aprovechando su ausencia,
cuando salía diligentemente al pueblo hacer algún mandado toda presurosa y
alborotadita hablando esto o diciendo aquello, su lengua no paraba en decir cosas y
más cosas. Porque si decíamos cualquier cosa de ella estando presente ardía la casa entera y esto como es lógico a
nosotros no nos convenía. Y quién se iba aguantar ese pulpo? Nadie, nadie en la
casa lo soportaría. Tendríamos que dejarla sola en casa, ya para cuando
regresáramos en un par de días, cuando la tempestad estuviera disuelta ahí estaríamos
de vuelta, como si nada hubiera pasado, borrón y cuenta nueva. Y en efecto la amabilidad se haría presente en su delicada persona, junto con la simpatía desbordante como el
corcho que sale volando de la botella cuando se destapa el champán para
celebrar cualquier ocasión importantísima, y la generosidad un verdadero cambio
de unos días para otro, pero esta permutación
cuando más o menos duraría?
La tía Elvira al pueblo iba centenares
de veces, cuando amanecía lloviendo llamaba por teléfono a un señor de su
entera confianza, Baudelio, quien tenía una furgoneta, un viejo rechoncho que por cualquier tontería
reía hasta más no poder, pero en sí nos caía bien, como un terrón de azúcar,
además de esto fumaba tabaco, más no lo hacía cuando llevaba a la tía Elvira al
pueblo, ya que detestaba este mal hábito y más en la persona a quien le
profesaba cariño, se lo refutaba en su cara ella le había prohibido terminantemente que
cuando estuviera a solas con ella rumbo al pueblo para hacer sus compras u
otras diligencias que le urgirían realizar no debería fumar la bendita hoja y
mucho menos delante de ella.
Ya
de mañana Baudelio llegaba a nuestra morada, la tía siempre estaba al pendiente
de él, mirando repetidas veces por la
ventana echándole ojitos muy discretos, ella siempre se mantenía firme en la
cocina, y era allí por donde ella podía mirar
al porche sin ninguna dificultad, dicha lumbrera estaba cubierta de una tela metálica
que ya de por sí estaba negra, garrapateada por las moscas, o quizá fuera por
lo vieja o tal vez por el mohín o la grasa que desprenderían la sartén, o
cualquier puchero que tomaba posesión en las hornillas de la estufa, dependientes de las frituras que mamá o la tía
hicieran a cada momento la ventana estaba un poco cerca de la estufa.
Llegó
Baudelio.
El
hombre había aparcado su camioneta cerca del porche.
La
tía rápida como el viento se asomaba a la ventana para gritarle ya voy, pero
primeramente le llevaba una taza de café bien caliente con unas galletitas de
vainilla.
Se
las comía muy sonriente con verdadero deleite y muy despaciosamente para
disfrutar a plenitud de aquel momento generoso que era para él era inigualable
al igual que hacia con el café se lo tomaba a sorbitos, ya que estaba recién hecho por la tía quien de inmediato fue corriendo
como una libélula a su habitación para acicalarse de nuevo. La tía siempre
estando en casa nunca estaba desaliñada ni
descuidada, sino al contrario inmaculada en todo en el buen sentido de
la palabra, habito adquirido desde muy niña inculcado por sus padres, siempre
ha sido así desde que tengo uso de razón. Mamá al contrario con su delantal
puesto casi todo el día era quien llevaba las riendas del hogar. Papá salía a
trabajar desde muy temprano hasta la tarde que era cuando llegaba con su
portafolio lanzándolo sobre una mesita que estaba en la sala.
Las
noches para mí eran sensacionales ya que todos sentados en el porche con la
claridad de la luna y las bombillas encendidas conversábamos de cualquier cosa
presente o ya acontecida, las funestas o no la conversábamos, las solíamos
pasar.
La
tía de regreso platicaba avidamente de todo lo que hizo en el pueblo, de las
cosas de Baudelio y todos reíamos de su comportamiento gracioso. Nos enseñaba a
gusto todo lo que había comprado en el mercado, más que todo lo que se requiere
tener en la cocina, y como estaba jubilada no escatimaba ningún esfuerzo para
comprar lo que hacía falta en la cocina, como especies aromáticas, harina de
trigo, azúcar, frutas, cereales y pare de contar. Para ella la comodidad era
indispensable en cualquier lugar ya sea en una montaña o en un sitio inhóspito,
el agrado debe reinar en donde se pueda
estar. Esto depende de cómo esté educada la persona. Decía ella levantándose
para traernos enseguida cualquier dulce que en el día pudo haber hecho.
Una
vez papá sin ánimo de molestarla ni mucho menos incomodarla le preguntó por qué
salía diariamente al pueblo, si todo lo necesario estaba dentro de casa.
Mamá
y yo nos sorprendimos tanto de su altercada respuesta.
Eso
a usted don Humberto no le interesa en lo más mínimo, si salgo o no, no es de
su total incumbencia. Perdóneme pero yo a nadie le he de rendir cuentas, ya soy
una vieja para comportarme como una adolescente que por todo tiene que dar explicaciones.
Discúlpenme pero voy acostarme, mañana debo levantarme temprano, buenas noches.
Todos
al unísono le dimos las buenas noches.
Ay
esta cuñada mía es un caso. Suspiró papá.
Ella
ha sido siempre así. Respondió mamá pesándole la mano por el cuello de la
camisa,- pero muy colaboradora, me ayuda en todo. Cada quien tiene su
temperamento y su manera de comportarse en la vida.
La mañana había amanecido un poco
nublada, engañando a todos los que pretendían salir de alguna manera de sus
hogares, parecía que de un momento a otro un venturoso aguacero se arrojaría
sobre el condado.
Que
no llueva. No quiero que esto suceda y si acontece pues que llueva después del
mediodía, debo ir al pueblo quiera o no. Dijo la tía entrando en la cocina para
luego agregar. Debe ser demasiado tarde. (Consultando enseguida su reloj de
pulsera),- dormí tanto que todavía tengo sueño.
Ve
y acuéstate de nuevo. Le dijo mamá.
Estás
loca! No…Eso no debo hacerlo, yo debo ir al pueblo.
Mamá
oteando por la ventana, con la tela metálica ennegrecida por la grasa de la
cocina. Le advirtió,- a mi me está pareciendo que pronto va a llover.
Ni
lo digas en broma hermana, tú y tus cosas. No has cambiado en nada. Te pareces
a papá que siempre estaba poniéndole en el camino la traba para impedirle a una
lo que debía o no hacer.
No
he dicho nada.
Mejor
así hermana. No digas nada.
La
tía intranquila y en movimiento se tomaba el café con leche que había colocado
momentos antes en la hornilla de la estufa, se sentaba a la mesa a devorar con
desafuero el sándwich que ella misma había preparado.
La
tía era más rápida que el mismísimo viento.
Acicalada
con el bolso al hombro y con Baudelio abriéndole la puerta de la camioneta, la
tía ya estando sentada cómodamente, sacaba el brazo por la ventanilla
diciéndonos adiós a mamá y a mí, quienes le respondimos con el mismo gesto
estando parados como unas verdaderas estatuas en el porche.
La
camioneta había desaparecido de nuestra vista dejando como prueba de ello una fuerte estela de polvo. Polvareda que se
percibía totalmente por la amplia calzada.
Miré
al cielo.
Yo
no creo que llueva.
No
te confíes. La naturaleza es engañosa. Cuando menos te lo esperas te da
sorpresas. Decía ella entrando en casa.
Volví a mirar el cielo. Con esto fue
suficiente para saber que no llovería.
Ya en la tarde se escuchaba la
abanderada camioneta de Baudelio sonar su acostumbrada y arrogante trompeta, yo
me asomaba por la ventana, esta vez lo hacía desde la pequeña sala. Llegó con excelente
humor. Mamá y yo conociéndola como la conocemos no le preguntamos la causa de
su extraordinaria alegría. Más tarde sin que nadie se lo preguntara llegaría a
contarnos por si sola cómo le fue esta vez en el pueblo.
Me
fue de maravillas. Dijo entrando en la cocina, arrebatándome ágilmente mi
delantal, despojándome también del cuchillo con que estaba pelando las patatas
haciéndome a un lado y colocándome en el bendito lugar de siempre, en la silla
del comedor.
Yo
la oía entusiasmadamente como le detallaba a mamá todo lo que le había
ocurrido. Y lo más representativo, encontró lo que siempre había anhelado, una
colección de revistas desde la número uno hasta la veinte, donde se mostraba
patrones de vestidos, faldas, blusas y pantalones con la explicación bien pormenorizada
para la realización de dichas plantillas.
Un
regalo de Dios. Decía toda excitada pero abombada de alegría,- menos mal hermana
que tengo la máquina de coser. Siempre me encantó la costura, diseñar vestidos,
y porque no, hasta confeccionar un traje de novia. Y con el tiempo tener mi
propio local en el pueblo, que local, mi casa de modas, suena divino. ¿Qué
aspiración? Hermana en la vida hay que soñar
debemos soñar, además no nos cuesta nada. Y si es la voluntad de Dios pues no
los concede. Y ya…a disfrutarlo a plenitud.
En la noche la tía Elvira como toda una
adolescente nos abría las revistas a la luz de las bombillas en el porche.
Todos allí reunidos y sentados en el piso de madera,(cosa que no hacíamos en
años, solamente en las navidades), pero si que resulta divertido, hojeábamos ansiosamente las lustrosas páginas
que mostraban los patrones la manera de cómo llevarlos delicadamente a la tela. Bien lo decía la tía
que era lo más fácil de la vida, aunque algunos patrones eran un poco
complicados pero ella como siempre le buscaba ingeniosamente la vuelta a toda torpeza, haciéndola a un lado. Y más si era
algo que le hechizaba.
Esto
lo voy hacer así, porque de otra manera no podría lograrlo. Decía fijándose en
uno que le había llamado la atención, con un lápiz lo redondeaba en un círculo
gigantesco para no extraviarlo. Las cosas se pierden por si solas. Así estén
grabadas en el papel. Añadía.
Dejamos
a un lado las revistas, la tía Elvira.
Cada
quien habló de lo que hizo en el día.
Papá
pasó un mal rato con un cliente, ya que este no se decidió en comprar el
vehículo que a primera vista le había llamado la atención, papá como buen
vendedor, le mostró todas las facilidades de pago, el hombre indeciso así como
vino salió, en todo el día no vendió un automóvil, mamá le decía que no se lo
tomara a pecho que con preocupaciones tontas que no lo llevarían a ninguna
parte, solo adquiriría dolores de cabeza e insomnio y malestares, que mañana
amanecería un buen día con buenas oportunidades.
A
mamá le fue muy bien con las buenas ventas de los huevos, los había vendido
todos. Las gallinas que teníamos eran buenas ponedoras afirmaba con orgullo, en
vacaciones yo la ayudaba en venderlos, a las vecinas que con antelación
anticipaban sus encargos.
A
mí me fue en el colegio demasiado bien ya que ganamos un partido de fútbol.
Todo lo que mamá le pronosticó a papá
aquella noche le había salido. El estaba muy entusiasmado tanto que esa misma
noche a mamá y a mí nos invitó a cenar a un elegante restaurant que estaba a
poca distancia de nuestra residencia.
Cuando
llegamos a casa nos divertíamos con las gracias de mamá imitando al dueño del
establecimiento, un viejo rechoncho de cara dura, según las palabras de mamá
este individuo fue bautizado en agua de limón.
Pobre
Don Ernesto se quedó solo en la vida, su esposa se largó lejos bien lejos con
sus cuatros hijos. De eso hace ya una década, esos muchachos hoy en día serán
unos hombres de trabajo, llevaron muy duro de ese viejo cascarrabias. Dijo mamá
un poco nostálgica.
Cada
quien obtiene de la vida lo que se merece. Además Adela le aguantó tanto, menos
mal que lo abandonó a tiempo, porque si a estas alturas ellos dos continuarían
estando juntos la habría matado. Argumentó papá cerrando la portezuela del
auto.
Los
tres aguardamos un corto tiempo, papá pasaba una de sus manos sobre mis
cabellos.
Espero
que tú no seas un don Ernesto en la vida. Sentenció cariñosamente papá.
Por
Dios pero qué es lo que estás diciendo? Nuestro hijo va hacer un hombre
ejemplar porque está siendo educado por padres que saben respetar el dolor
ajeno, y saben de todo corazón que cada quien no importando su condición tiene
su propio valor en la vida y su debida importancia. Verdad que sí hijo mío?
Yo
no respondí absolutamente nada. Solamente contemplarlos por un rato para medio
sonreír.
La
luna en el cielo permanecía en su completa magnitud cuyo resplandor iluminaba
por completo el frente de nuestra casa, no dejando oculto lo que podíamos
apreciar con nuestros ojos.
A
mí particularmente me encantaban las noches como estas bien iluminadas por la
esbelta luna, me hacía sentir inspirado no provocándome para nada las ganas de
ir a la cama.
Los
tres comenzábamos a subir cada escalón quienes nos conducirían a la puerta de
entrada, yo quería continuar allí a solas, ansiaba aunque fuera por un momento
encontrarme conmigo mismo. Pero ellos no me lo permitieron, alegando que era ya
demasiado tarde, que había mucho frio y podía resfriarme. Obedecí a su fiel
mandato, siguiéndolos lentamente, hasta que por fin los tres ya estábamos
dentro de nuestro hogar.
Jaime un compañero de colegio,
aprovechando que en el día de hoy no teníamos clase me hizo una visita, ambos
estábamos divirtiéndonos en mi habitación, charlando de cualquier cosa, diciéndonos
lo que íbamos hacer en el futuro, él quería ser un notable odontólogo, yo no
tenía a un la capacidad para saber lo que quería ser más adelante, me llamaba
la atención ser un veterinario, ya que me gustaban los animales, los amaba
tanto como si fueran humanos. Jaime extrañaba el hecho de que yo no poseyera ni
siquiera un animalito. Si amaba tanto a los animales.
Le
hice saber que teníamos un perro, que lo había atropellado un vehículo, que me sentí un poco culpable por
haberlo llevado al pueblo. Me costó fuerte sacarme la culpabilidad. Y me
prometí a mi mismo no volver a tener consigo ninguna mascota. De ninguna
especie, ni siquiera un insecto que me fuera extraordinario, el cual pudiera
muy bien hallar de regreso a casa. Con esto te digo mucho.
La
tía Elvira entró con una bandeja, y encima de estas dos sendas tazas de
chocolate y para agradarnos más sus famosas galletitas con sabor a vainilla.
Jaime
saludó cordialmente a la tía como si la conociera de muchísimo tiempo. De igual
forma lo hizo la tía preguntándole inmediatamente por su papá.
Ella
al ver satisfecha a ambos comer plácidamente aquellas golosinas con el rico y
aromático chocolate sonrió a Jaime y muy complacida salio rápidamente cerrando
la puerta tras de sí.
Conoces
a la tía?... De dónde la conoces?
Ella
es la secretaria del doctor Augusto. Buena persona. Bueno eso es lo que dicen
sus pacientes.
Lo
que había dicho mi amigo me dejó con un cierto malestar, pero por qué no nos ha
dicho que es la secretaria del doctor Augusto, somos su familia y no unos
extraños, esa es la razón fundamental por la cual va al pueblo con mucha
frecuencia, pero por qué miente. No se avergonzó para nada al ver a Jaime, si
no todo lo contrario actuó normalmente como si no hubiera pasado nada
absolutamente, no mostrando desconfianza al sospechar siquiera que Jaime, de
ella algo él podría contarme.
Después
de haber despedido a mi amigo corrí al corral donde estaba mamá recogiendo los
huevos de las gallinas, estos los depositaba en un balde plástico, en cuyo
fondo había un amarsigo de papel para
evitar que se rompiesen, por cualquier movimiento brusco que ella muy bien pudiera
ocasionar. En esto ella era muy precavida. Tomaba las medidas necesarias antes
de efectuar cualquier trabajo. Le conté lo que me había dicho Jaime. Mamá le
costó trabajo creer lo que fogosamente le estaba diciendo.
Tú
tía Elvira es una cajita de pandora.
Pero por más que pretendamos en la vida
ocultar algo, sin darnos cuenta ellas por si solas salen sacándolo a la luz, dejándonos completamente
huérfanos de toda credibilidad posible.
Mamá fue al pueblo a llevar tres
encargos, y al entregar uno, muy apuradita para tener tiempo, el tiempo necesario
para llevar los dos restantes, al querer procurar encender el automóvil de
papá, miró el espejo retrovisor por si había un carro detrás que le impidiese
la salida del sitio, se sintió segura al no ver ninguno. Lo encendió llevándose
un desconcierto, su hermana Elvira se estaba besando en el cobertizo del
consultorio con el odontólogo. Apagó el motor, era según ella lo mejor que
había hecho para de esa manera no llamar la atención de su hermana, que viendo
la susodicha el vehículo de su cuñado entraría en un pánico terrible. Aguardó
por varios segundos dentro del carro, aguardando lo que pudieran hacer más
adelante estos dos personajes, pero no
ocurrió nada anormal, algo que pudiera culparla para poder recriminarla cuando
las dos hermanas estuvieran a solas frente a frente. Las sorpresas que te da la
vida son a veces prodigiosas, pero por qué Elvira mentía todas las veces que
venía al pueblo, por más que Eugenia encontraba la razón, más se confundía.
Ojalá que ese hombre no sea casado, porque siendo su hermana no se lo
permitiría, y si llegara a continuar con esta obstinada relación amorosa, con
todo el dolor del mundo, aunque le doliera profundamente la echaría de casa.
Los
dos ya estaban dentro. Aprovechó el tiempo para salir ya del vehículo, y ya encaminándose
llegó al consultorio, sin ser vista echó
un vistazo por la tela metálica, y en efecto todo lo que le había contado su
hijo en el corral era cierto, su hermana trabajaba como secretaria al servicio
del doctor Augusto.
Esa tarde mamá se lo contó a papá
después de haber cenado, cuando yo bajaba de mi habitación por la angosta
escalera.
Papá
estaba sorprendido, escuchándola muy
detenidamente, el mismo gesto que él empleaba cuando escuchaba por la radio una
noticia perturbadora. Papá después de una larga pausa había dicho que todo en
la vida tenía su explicación por más absurda que esta fuera. Vamos a ver con
qué cuento nos llega ahora.
Así como lo predigo papá mi tía Elvira
llegó con una buena noticia, esta vez el detalle no nos sorprendió para nada.
La tía Elvira después de haber dejado en el comedor de la cocina sendas bolsas
que había traído del pueblo se sentó muy cómodamente en el sillón, diciéndonos
que estaba demasiado agotada, que había caminado y repasado el pueblo buscando
afanosamente unos broches, pero después de meterse en todos los escondrijos, en
una tienda los halló, luego se fue a casa de una amiga, y allí con la compañía
de la conocida se la pasó todo el día.
El
tiempo pasa de fácil cuando se hace una visita y se conversa lo suficiente.
Puntualizó, mirándonos a los ojos muy directamente.
Yo
no aguanté la risa, tuve que levantarme y sin querer salir a fuera.
Pero
qué le pasa a Daniel? Por qué se ríe? Le preguntaba a mamá muy alterada.
No
te preocupes por eso. La tranquilizó papá, tú sabes cómo son los muchachos.
Baudelio accionaba el escándalo
perturbarte producido por el motor de su camioneta. La tía Elvira como la
tempestad que no respeta ni
considera la tranquilidad de la propia naturaleza, agarrándose continuamente su fino sombrero temiendo que por el apuro, cayera al suelo salía de casa con demasiado
alboroto.
En situaciones como estas, como la que se está
presentando. Que eran muchas, las
suficientes en este largo tiempo, su apuro era fundamentalmente perverso, se
ponía muy nerviosa y esto hacía que dejara en casa cualquier cosa, cuando el
hombre llegaba a buscarla en su bendita camioneta.
Baudelio
por esos días no degustaba por parte de la tía las enaltecidas galletitas con
el consabido café. Y en verdad Baudelio hacía notar el descontento con los gestos de
su cara. El no poder comerlas, la tía sí que sabe mal acostumbrar a las
personas, yo me daba cuenta de su
contrariedad, ya que lo contemplaba detenidamente por la ventana de la tela
metálica.
La tía regresaba a casa hasta muy tarde.
Mis padres nada les decía para evitarse problemas. Cuando nos encontraba
despiertos reunidos en la sala viendo en la televisión nuestro programa
favorito, mamá le preguntaba si quería comer, ella rápidamente le contestaba
con un rotundo no, que estaba muy
cansada, y luego al desearnos las buenas noches subía apuradita por la escalera
a su habitación.
Al día siguiente la tía salió más
temprano de lo acostumbrado, nadie la vio salir, mamá se dio cuenta por el café
que estaba ya dispuesto en el centro de la mesa, el desayuno bien protegido
cubierto con un paño con vistosos dibujos y bien llamativos. Y dentro de la
nevera el jugo de naranja. Mamá ya no sabía que decir ni que pensar. Solamente
la oía replicar: qué te pasa Elvira…qué te está pasando que cada día me
confundes más.
Ya en la noche la tía llegó con el
odontólogo, ambos agarrados de las manos. No nos sorprendimos para nada
verlos en esta forma porque sabíamos en que andaban este par de tortolitos. La
tía se sentó en el sofá al lado del médico.
Papá
no tuvo otra opción que apagar el televisor.
Familia
ya ustedes conocen a Augusto.
El
hombre nos saludó a los tres con un cordial apretón de mano. El estaba afable,
se veía la felicidad que lo embargaba por dentro, ya que su cara lo delataba
por completo. Muy al contrario de la tía Elvira, quien salió para ir a la
cocina, trayendo las excepcionales galletitas sobre el recipiente, luego volvió
a la cocina para traer prontamente tres vasos con una jarra llena de jugo de
naranja. Comiendo las galletitas acompañadas con el jugo Augusto disparó como
un cañón la noticia, con la cual todos nosotros quedamos atónitos.
Elvira
y yo contrajimos matrimonio, nos hemos casado por el civil.
Qué
les pasa familia no van a felicitarnos. Dijo Elvira levantándose del sofá,
alguito perturbada.
La
felicitamos besándola y abrazándola, y deseándole la felicidad completa del
mundo.
A los dos días ambos se casaron por la
iglesia.
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