lunes, 13 de julio de 2020





Un Milagro para Mamá.
Aquí estoy Jesús observándote minuciosamente, dándome perfecta cuenta que has dejado ya la cruz del calvario, y te has posado sorprendentemente en un escollo al borde del camino.
Voy hacia ti, y al estar frente a tu radiante presencia me siento humildemente colocándome cerca de tus pies, admiro tus heridas que ya han cicatrizado gloriosamente. Solo visualizo unas pequeñas heridas que antes fueron profundas y ahora son de menos importancia, tus ojos risueños se topan con los míos, te estoy pidiendo Jesús que sanes a mi madre, que vengas lo más pronto en su auxilio, para que poses tus manos sanadoras sobre su cuerpo, para que se desprenda de toda dolencia renuente, engreída, torpe, altanera y a veces grosera, que no está dispuesta modestamente a renunciar para dejar integro su humanidad. Calma ese horrible y cruel sufrimiento que hasta el presente la está desquebrajando.
      Tú sabes muy bien que yo sufro, y cómo dejar de hacerlo, si es lo único que tengo después de ti. Me encuentro impotente por no saber qué hacer, no encuentro ninguna solución que pueda calmar sus gemidos, cada vez van en aumento. Ayúdame Jesús, ten piedad de mí, yo no soy médico, nunca sentí agrado hacia esta profesión, pero si sé que hay otros que verdaderamente lo son ejerciendo la carrera con indudable vocación. Has que uno de ellos se tope conmigo, para que me haga el gran favor de auscultarla con efectividad.
      Óyeme, óyeme, deseo fervientemente tenerla a mi lado por muchos años más, pero con abundante salud, tú eres un Hacedor de Milagros cuando, todos los días, a cada hora, a cada minuto las estas cumpliendo, quiero que mi casa vuelva hacer la de antes.
A veces la duda sabotea mi fe, pero la rechazo con la potestad que es tuya, con la sanidad y capacidad en poner en ejecución el orden de las cosas a las circunstancias cuando estas no marchan bien.
      Me sacaste de la muerte, como a Lázaro, cuando ninguna medicina, ninguna autoridad terrenal tuvo la valentía, la capacidad o la osadía en obrar un milagro en mí. Todos me daban por muerto, hasta la misma ciencia y allí en medio de mi tribulación me di cuenta que Tú eres Él que da la autorización de quien se queda o quien se va.
      Dejo en tus manos a mamá, sé por fe que sanará, confió en ti.

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