miércoles, 24 de junio de 2020




Doña Elisa y sus perros.

      Doña Elisa es una señora cariñosa, que saluda al que conoce en años y al que no sabe  calzar muchos puntos.
Siempre con una sonrisa en la cara, se deja conducir con cierto glamours por la calle, muy agradable por cierto, como decían por allí. Con su cara en alto, y la educación siempre por delante, como la frescura de la hierbabuena que se ventea al primer contacto que se tiene con la persona en cuestión con la que se está dispuesta a dialogar, es tremendamente encantadora, esta señora quizá en un tiempo fue una mujer adinerada, piensan algunos, o pensándolo bien, pudo haber sido de una la familia quien en algún tiempo poseyó del dinero a manos llenas, muy distinguida, y de la alta sociedad.
      Lo cierto es que doña Elisa vivía sola. Estos eran los comentarios de los entrometidos que nunca faltan en los pueblos, o en cualquier lugar o en las grandes ciudades de los países del mundo, como los chismosos que están al pendiente de los que hablan las demás personas para más adelante enredarlos metiéndolos en una bola de nieve que rueda y rueda sin alguien quien pueda detenerla y de nunca acabar. En un lugar así por más que nos guste se puede vivir manejando la total ignorancia de lo contrario la desesperación acometería junto con la locura. La ignorancia es la bendita cualidad  que doña Elisa conocía desde hace años y que empleaba a diario.
 De doña Elisa se dice que nadie la visita, como si les importara tanto la situación de la señora,¿ cómo no le llevan un mercado dejándoselo a la puerta de su casa? Que no tiene marido, ¡Qué barbaridad! Así son las gentes, no la quieren ver sola en cualquier sitio, sea en la plaza, o en lugar que ella de desee estar a su gran gusto, pues en este caso presentenle  un novio, pero eso sí estén siempre al pendiente que el romance se mantenga fluido cada día, que se mantenga con el mismo equilibrio, para que de esta manera no se rompa el hechizo y salgan de la iglesia como marido y mujer. Esto es lo primordial, este es el gran favor que pueden hacerle a la señora si no quieren verla sola, como la guayabera. Aunque ella a decir verdad, no lo necesita.
      Pero doña Elisa es diferente, es decir otra persona, una persona instruida con los altos preceptos de la urbanidad, de gustos refinados, una devoradora de libros, acostumbrada a la tertulias, de las cuales sacaba buen provecho de su interlocutor, acostumbrada a los viajes por Europa y Sudamérica, a dormir en sábanas limpias y de famosas marcas, en fin toda una gran dama de la alta sociedad. Pero la vida a veces no juega sucio, lanzándonos como pelota de ping pong a cualquier espacio de la mesa de juego, sus padres murieron en un accidente aéreo, todo fue producto del mal tiempo , como lo supo ella después de boca de un tío quien empleando artimañas él muy condenado, mala gente, profanó las cuentas bancarias de sus padres, hectáreas de terrenos en los cuales se construirían más adelante conjuntos residenciales de alta envergadura, reses a granel, en fin todo lo que el malvado pudiera echarle mano, y como era la única hija, ella no sabía lo que el rufián hacia meticulosamente a sus espaldas.
Cuando estaba siendo desalojada de su hermosa casa, casa que habían construido sus padre, por ser un afamado arquitecto, de mucho renombre para aquel entonces, ella lloró a mares, no quería por nada salir de aquel recinto que le pertenecía por derecho, agarrándose endiabladamente, del pasamano de la escalera, que ella esgrimía, tanta era la fuerza, la gallardía, que no había manera como separarla de la robusta madera. El tío tuvo que buscar a un empleado más para poder lograr su cometido, y así, la muchacha fue arrancada hostilmente de la madera, cargada como un lio de ropa sucia que pronto sería lavada, echada afuera como un  perro, ver cerrarse la puerta ante su mirada triste y lánguida, quedó allí sentada por largas horas, sin otro vestido que ponerse, sin sus pertenencias. No quiso tocar la puerta, no quiso suplicar que le permitieran la entrada para buscar en la que era su habitación, porque ya no era suya aunque sean tres vestidos, no quiso hacerlo.
Al fin se levantó limpiándose una débil mancha de lodo que estaba en la parte delantera de su vestido color rosa, al verla casi opaca, un poco visible se levantó mirando por última vez la que antes era su casa.
En ciertas ocasiones revivía con intensidad aquellos desagradables recuerdos, ya fuese en la cocina preparando la comida del día, o en el baño fregándose la espalda para meterse de nuevo en la ducha, o precisamente cuando miraba a través de la ventana abierta al mismo grupo de niños, que todas las tardes en las calles jugaban a la pelota. Suspiraba como si le estuviera faltando el aire a los pulmones.
Las tardes eran sumamente tristes y lánguidas, con el viento retozón allá afuera correteando con algunas hojas que eran levantadas sin oponer resistencia a los bordes de la acera.
Ella a estas alturas de la vida, tendría su compañero, aquel hombre que la adoraba, que solía traerle al salir de su trabajo cualquier chuchería que encontraba en algún kiosco, los catorce de febrero la sacaba, aunque ella se resistiera, cualquier  invento posible, las mil y una formas  para no hacerlo Gerardo le suplicaba, hasta se le ponía de rodillas, pidiéndole como se le pide a Dios por cualquier milagro, para no perder la gracia de la que estaban acostumbrados, en esta fecha donde Cupido celebraba gustosamente las peticiones humildes y viendo a los enamorados sonriendo, profesando amor mutuo por qué razón no lo iba a ayudar.
Gerardo nunca pudo darle un hijo, por más intentos posibles a pesar de recurrir  a la ciencia médica, tomando las hierbas medicinales,  todas las que fueran necesarias para poder concebir,  con la ayuda de algunos expertos en la materia mandándole por estricto cumplimiento las medicinas a tomar, no obtuvo lamentablemente ningún resultado positivo.
El pobre hombre lloraba desconsoladamente en algún rincón oculto para no ser sorprendido por su mujer, quien por esos días estaba vigilante, curiosa a tal extremo que le  preguntaba cosas que en vez de responderle, le producían una irremediable tristeza.
_No te atormentes mi vida, le decía ella recostando la cabeza de su marido gustosamente y con infinito agrado en su pecho, _Si no lo tenemos que más da. Continuó,_ Nuestro amor no se va acabar por eso. Somos felices. Y seguiremos estándolo hasta que nuestra estadía llegue a feliz término. 
_Estas a tiempo en buscarte a otro, uno que en verdad te responda como Dios manda.
_No Gerardo, no. Siempre estaremos juntos, dos viejitos que se les va a ver juntos siempre, en cualquier lugar residirán, cuando mueran partirán al cielo tomados de la mano.
Los dos se abrazaron.   
El pobre hombre lloraba más aun.
A veces el tiempo es malvado con nosotros, quizá sea por descuido propio, por no tomar las precauciones necesarias el no acudir al médico a tiempo cuando sentimos un dolor, que nos comienza a pinchar cualquier área de nuestro cuerpo. Gerardo soportaba el pequeño dolor que provenía de la parte lumbar, no quería por nada del mundo mortificar a su mujer, no pretendía martirizarla, eso no, nunca se repetía las veces que la veía en la cocina, aquellos caldos de gallina, que eran para él de gran sustento, estos consomés le sabían a gloria, y por qué no decirlo si a él se le antoja decirlo. Levantan a un muerto. Cuando se lo dijo a doña Elisa se destornilló de risa, diciéndole: Ay tú y tus cosas. De verdad que no tienes remedio.
_¿Qué te pasa viejo? Le dijo en una ocasión preocupada,_ últimamente te veo  raro, ya no eres él mismo de antes. ¿Te sientes cansado? Deberías ir al médico, mira que una nunca sabe.
_Ay mujer como dices tú, ay y tus cosas, pues fíjate que yo no tengo nada. Me siento cansado nada más, además hoy es sábado mujer, uno necesita del descanso, para agarrar fuerza las que nos ayudan a ocuparnos en la semana entrante. Además yo no soy un jovenzuelo que salta cuando se le antoja.
Doña Elisa, reflexiva y asintiendo afirmativamente con la cabeza.
_Ay viejo tienes toda la razón. Perdóname. Ya habrán más sábados, domingos que veremos, para salir a tomar aire puro aunque sea para sentarnos en la grama de la plaza, a ti te gusta ver a los niños jugar y a mí también.
Ella sin perder tiempo se acobijó al lado de su esposo.
      Al día siguiente Doña Elisa se había levantado más temprano de lo acostumbrado, el desayuno ya estaba preparado sobre la mesa.
Llamando repetidas veces a su marido, animándolo a que se levantara a cepillarse, lavarse la cara, y otras cosas más, al ver que del lecho no se movía, optó por un bendito gesto, acariciarle con primor sus plateados cabellos, al ver que para nada reaccionaba, se alarmó, y no era para menos, Alonso estaba frío, como un tempano de hielo, si como un tempano de hielo.
Lloró desconsoladamente, Alonso estaba muerto, y lo más triste no supo a la hora que murió, a pesar de haber dormido a su lado no lo supo.
Su tormento no tenía límite, no lo tendría puesto que su Alonso era todo para ella, y así en ese estado salió a la funeraria hizo todos los tramites, todos los que fueran necesarios para la incineración, al mediodía le entregaron las cenizas en un llamativo envase, el cual colocó y todavía conserva sobre la cómoda.
Siempre que recordaba a su adorable e entrañable esposo  se sentía triste y no era para menos, todos los momentos compartidos esa ayuda mutua, el arreglo del jardín, el ir de compras, ambos eran muy caseros, ninguno gustaba salir fuera de casa, al solo pensar la ausencia de meses o varias, dos o tres semana les causaba pánico, ya que no estaban acostumbrados a confiarles el hogar a cualquier persona conocida o no, Alonso era desconfiado, siempre lo había sido. Tantos eran los recuerdos que ella evocó aquella tarde húmeda,  en donde la lluvia fue la única culpable de haber revivido aquellos remembranzas tristes, que hacen golpear los sentimientos más recónditos. Que ninguna distracción mientras permanezca a la vista no puede desalojarse, cuando se quiere de verdad.
Entró en el cuarto, sentándose al borde de la cama, la misma cama en donde ellos fueron los seres más felices, hablando de lo que hicieron en el trajinar del día, o simplemente no dormían viendo entretenidos por la tele una película de Pedro Infante, los dos estaban enamorados de este famoso actor. Decían que como él no había otro. Hasta en las paredes de su habitación había diferentes afiches del popular actor.  Debajo de la cama sacó un baúl desteñido por la acumulación del tiempo. Alcanzó un albún, hojeándolo cuidadosamente, observando melancólicamente las fotografías donde estaban juntos, las fotografías a pesar del tiempo transcurrido se han mantenido en perfecto estado. Fueron muchos los suspiros exhalados, soplos acompañados de lágrimas y profunda tristeza. Volvió a meter el baúl debajo de la cama.         _Contrólate mujer. Se dijo,_ Mi Alonso me dará las fuerzas, la fortaleza que me ayudará a aliviar esta aflicción. Con tu ayuda seguiré adelante. Y salió llorando amargamente de la habitación.
Doña Elisa no tuvo más marido, en una oportunidad le prometió al envase en donde se encontraban los restos del difunto que otro hombre no ocuparía el lugar que a él solamente le correspondía en esta casa. Nunca recibiría a otro hombre igual o distinto a él, nunca. Así muriera sumergida en la soledad. Su familia le dio la espalda, no siendo tomada en cuenta para nada. Todos fueron unos interesados, aspirando tener dinero en donde no lo había. Como fue despojada de vilmente de todo, Doña Elisa ya no figuraba en la lista de las personas que en antaño pertenecía a la alta y distinguida sociedad. Esto también le dolía, y más al haber encontrado a Alonso, un hombre que le había hecho feliz en todo momento. Satisfaciéndole en todos sus caprichos, adulador cuando su mujer estaba enojado, buscando todos los medios, los que le fueran posible para contentarla, y lo lograba haciéndola reir.
Superó así todas las desavenencias, valientemente soportó la soledad, conviviendo con ella misma como hasta ahora, haciendo las cosas por si solas, nunca le pidió ayuda a terceros, eso nunca, nunca gustó desde que era una adolescente ser dependiente.
Mientras tanto iba a misa todos los domingos, quizá para esquivar por momentos su brutal encierro, esto le sirvió de mucho, porque gracias a Dios reconoció con agradecimiento haber conocido en la misma iglesia a una buena muchacha humilde que siempre tenía por costumbre sentarse a su lado, encontrándola sentada cuando Doña Elisa llegaba un poquito retrasada. La buena muchacha le reservaba el puesto, colocando en el sitio reservado un libro, diciéndole a todo aquel que le preguntaba si el asiento estaba ocupado. Ella enseguida le respondía enseguida que sí, que estaba ocupado.
Doña Elisa en ciertas ocasiones también lo había hecho. Por lo visto ambas se ayudaban mutuamente.
La muchacha en cuestión se llamaba Miriam, una joven de veintiséis años, era huérfana de padre y madre, vivía con una tía amarga acida como el limón. Quien a veces la maltrataba verbalmente y hasta la golpeaba  dándole cabezazos contra la pared. Doña Elisa cuando oyó el relato de la muchacha quedó muy conmovida gimoteando en su almohada, alterada por el relato de la chica. Llegando a la conclusión que la llevaría a vivir con ella desde ya a su casa.
      Al día siguiente, un sábado con un sol llamativo y exagerado en los tonos, que bañaba el entorno con un color tornasolado, pero  que gustó enormemente  Doña Elisa, tomó la decisión, después de meditarlo repetidas veces,  decirle a la joven que se viniera a vivir con ella, no creyendo que fuera una vulgar ladrona con malas mañas, al fin pudo convencerla.
      El domingo Doña Elisa le dijo a la muchacha que desde ahora viviría con ella. Después de misa se la llevó a su casa, dándole para dormir la habitación de Alonso.
Transcurrieron los días y Doña Elisa se encariñaba más con Miriam llegándola a querer como si fuera su propia hija, la hija que nunca tuvo y quiso tener. La muchacha  trabajaba como ayudante de una peluquería en un local situado en el centro de la ciudad, se levantaba muy de mañana todos los días, preparaba el desayuno, algunas labores que eran tan imprescindibles en el hogar también las realizaba, como el de trapear el piso de la casa, recoger la basura, limpiar la vajilla, cubiertos todo absolutamente todo estaba higiénico e impecable.
_Bendito sea Dios junto con todos sus ángeles te levantaste temprano para hacer esto._ Le decía Doña Elisa al haberse levantado y al observar la excelencia de su casa. Además de ayudar con los gastos de la casa. Continuaba diciendo,_ Tienes que hacerme esto. No faltaba más muchacha.
_Ay abuela. Déjeme hacerlo. Créame que para mí es un gran placer ayudarla, además estando todo limpio evitamos la intromisión de los invasores.
Al darse cuenta Miriam que Doña Elisa no sabía lo que la muchacha le insinuaba, con eso de evitamos la intromisión de los invasores, le aclaro.
_Me refiero a los animalitos rastreros que son todo un asco, los ratones debemos evitarlos. Chiripas y pare de contar. Así que métase en el baño a cepillarse, y aprovechemos el desayuno que está calientito.
Doña Elisa salió enseguida dirigiéndose rápidamente al baño, en pocos minutos salió, ambas mujeres sentadas a la mesa desayunaban.
Cuando Miriam los días libres, un viernes o un sábado salía con Doña Elisa al centro de la ciudad, al mercado, o  recorrer los centros comerciales, comían helados sentadas debajo de unos arbustos, se entretenían, observando en las vidrieras la ropa en exhibición.
Un jueves Miriam le comunicó a Doña Elisa antes de ir al trabajo que el sábado ambas irían a la playa. Doña Elisa se quedó de una pieza. ¿Ella ir a la playa?, ¡Qué barbaridad!
_No tiene nada de malo, la playa es para todos, para toda persona que quiera visitarla, no hay ninguna prohibición que nos la impida, si no quiere bañarse no lo haga, solo la invito para que usted se distraiga. Vayamos. Todo ya lo tengo comprado para que comamos como Dios manda, no vamos a pasar todo el día mirando el mar, lo conocemos bien. Además el domingo tenemos que ir a la iglesia.
Doña Elisa aceptó con una sonrisa.
_Está bien. Te acepto la invitación.
      Una mañana Miriam se levantó con un fuerte dolor en el pecho, y sin dar los buenos días a Doña Elisa se metió en seguida en el baño, cálculos que para la buena mujer era extraño, porque la muchacha era veloz en todo, Doña Elisa se encontraba en la cocina fregando la vajilla, el desayuno estaba sobre la mesa, listo para ser digerido.
_Buenos días Doña Elisa, veo que ya usted todo lo tiene servido, hoy me he levantado con un dolorcito en el pecho, pero yo no me inquieto por eso. Deben ser los gases, desde pequeña los he tenido como usted no tiene idea.
_ Pero sería bueno que fueras al médico. Dijo Doña Elisa invitándola a tomar asiento, mientras ella se sentaba al frente de ella.
Ambas comían plácidamente.
Miriam le echó un vistazo a la ventana que se mantenía abierta, contemplando el horizonte por unos momentos deduciendo que era temprano todavía.
Al terminar la muchacha le plantó un beso a la buena mujer en la frente, diciéndole que hoy llegaría temprano. Que juntas se sentarían a ver la tele, que compraría, al salir del trabajo palomitas de maíz. Para llevar más cómodas las situaciones que pudieran originarse en la trama de la telenovela, programa que tenía boquiabierta a Doña Elisa, contándole a Miriam siempre los pormenores de la trama.
Pero la sombra volvió hacerse presente a la puerta del hogar, igual como ocurrió con su amado y querido esposo.
Cuando recibió la trágica noticia de una compañera de trabajo, quien desesperadamente tocaba a la puerta, informándole a Doña Elisa que a Miriam la sacaron de la peluquería al hospital, la pobre murió de un infarto.
Doña Elisa quedó de una sola pieza, sintiendo que las piernas se les desvanecían, que el piso en donde estaba plantada, un hoyo se abriría, arrastrándola sin ninguna conmiseración hacia abajo, engulléndola para siempre, el aliento le falló, quiso atraparlo en el aire, pero este vilmente se desvaneció, las paredes de la casa se tornaron oscuras y el ambiente desconocido, como si fuera la primera vez que las observaba.
La muchacha le dijo también que el sepelio se llevaría a efecto en el cementerio adyacente al centro de la ciudad, ella no iría, por nada del mundo lo haría, la muchacha se despidió y ella cabizbaja no supo lo que le respondió, otro dolor profundo al menos calibrado que el primero, pero dolía, se sentó sollozando al borde del sofá gritando, con aquellos alaridos que enervaban a cualquiera, no importándole quien pudiera escucharla, cuando se tiene un padecimiento como el que ella tiene no se escatima ningún temor de ser escuchado o no, se desahoga, es lo ideal para desenmarañar el ramalazo que golpea y golpea sin ninguna conmiseración. Esto lo entendía perfectamente.
Se hizo tantas preguntas que su mente embotada no le daba por lo menos ninguna respuesta. ¿Y ahora qué?, ¿Qué viene?  Me he quedado sola, estoy sola en el mundo, prácticamente sola, desde que murieron mis padres he cargado con esa señal, Mi Alonso, te extraño, y ahora Miriam, una buena muchacha que cada día llenaba los espacios los que me dejó mi pobre viejo, llenándolos de dulzura,  con su grata compañía.
Comienza a observar las paredes de la casa, el techo, la lámpara colgante que pende de una viga, las puertas, las ventanas. Todo le era extraño, insípido, difícilmente para ser digerido. Ahora comienza a desconocer su propia casa.
_No, yo no podré vivir en esta casa, no continuaré viviendo aquí. Esta casa se me está haciendo grande. Mañana iré al periódico para ponerla en venta. Si en venta. No quiero vivir sola. No puedo.¡ Por Dios no puedo!
      Al día siguiente se levantó temprano, esa vez no preparó el desayuno la falta de Miriam, su gran ausencia, borró el ánimo, además en estas circunstancias el denuedo se debilita.
Una débil llovizna comenzaba hacer estragos, esto no hizo mella en lo que estaba decidida, salir, salir,  y colocándose un albornoz plástico con cofia, color verde aceituna, salió.
      La venta se dio satisfactoriamente, a los dos días Doña Elisa abandonaba su humilde morada para habitar una más pequeña en el centro de la ciudad.
Poco a poco supo acomodar sus bártulos dentro de la pequeña  casa, las pequeñas unidades que eran livianas las supo ubicar en el lugar considerado y más conveniente, lo más pesado los dos hombres quienes le habían hecho la respectiva mudanza, la ayudaron a ponerlas con su supervisión estricta, en el espacio requerido, que más tarde juzgó conveniente.
Sintiéndose agradablemente satisfecha se acostó en el diván, contemplando con devoción infinita el espacio, que desde ya sería su nuevo hogar.
Si estuviera Alonso junto conmigo también estaría satisfecho como yo por este mi buen logro, o Miriam, ya estoy viendo su agradable carita sonriéndome, diciéndome que todo está bonito.
Se levanta decidiendo entretenerse, con algo que le despertara, sacándola de los malos recuerdos que la hacían sentirse desagradablemente mal.
Salió al patio a respirar aire puro, observó el terreno amplio, las diversas plantas que requerían prontamente ayuda, como los rosales que eran de por si esbeltos y llamativos, los duraznos, los arbustos, las palmeras, todo necesitaba de un acomodo exhaustivo.
_Bueno no tengo más que decir, _Esto requiere de una limpieza integra la cual me va a distraer por varios días, quizás semanas, está bien. Elisa con esto te distraerás al máximo.
Los días transcurrieron a la velocidad que otros no ambicionarían, quizá para no permitir entrar en años, viendo que la vida se les escapaba sin remedio, sin hallar qué hacer para lograr evitarlo.
Doña Elisa poco a poco fue limpiando el terreno por partes, trasplantando, sacando las hierbas de los tallos, las hojas secas de los rosales, los desperdicios como las hojas secas eran introducidas por esas manos morenas, surcadas de venas y un poco agrietadas, en bolsas plásticas pero muy resistentes de buena calidad.
Más adelante le pagaría a alguien para que sacara las bolsas ya repletas de basura a la calle, el aseo urbano, como se le conoce en esta ciudad se la llevaría.
A los meses el jardín estaba prolífero, digno de admirar.
Todas las tardes ella se sienta gustosamente a la sombra de un árbol de níspero a bordar, tarea que le encantó desde hace ya algún tiempo. Sí que la entretenía mucho, no dándose cuenta del tiempo, sonreía al ver que esto fue aparte de Alonso, lo que verdaderamente le llamó la atención en la vida, la llenaba de un gran estimulo, el cual manoseaba su espíritu y su alma, dándose de por si una gran satisfacción, la cual por más que se quiera jamás se puede medir.
      Algunas veces Doña Elisa empleaba su tiempo mirando embelesada mente a través de la ventana de la sala a los muchachos que a diario jugaban en la calle cualquier travesura que les fuera divertida, ella le causaba risa, sus gritos se dejaban escuchar hasta el patio, siempre sintió un gran gusto por los muchachos, una delectación incomparable, quizá porque nunca pudo tener hijos.  Pero se resignó a no tenerlos, en la vida hay que desistir a todo, a lo que Dios disponga, solamente debemos manejarnos a su voluntad divina.
Vio debajo de un arbusto a un perro lanoso y de muy corta edad echado debajo de un arbusto al otro lado de la acera, todo el tiempo que ella contemplaba el juego de los muchachos por la ventana veía al perro echado, según sus cálculos el pobre animalito no tendría dueño, porque para estar todo este lapso echado en el mismo lugar le daba la impresión de no tenerlo.
La lluvia se hizo presente un día, al verlo echado en el mismo lugar no escatimó ningún esfuerzo  para salir a buscarlo de inmediato, al tenerlo en sus brazos lo secó frenéticamente con un abrigo de lana. Buscándole acomodo en un rincón acogedor, en la misma sala, lo alimentó. El pobre animalito tenía hambre ya que se lo había tomado todo.
      Se hizo cargo del perro. Cada vez que tenía la oportunidad, o mejor dicho cuando recibía de su pensión dinero extra le compraba al animal alimento en demasía. Ella le daba las gracias  a Dios por haberlo recogido después del bordado, Nerón este fue el nombre que le escogió, y se lo puso por nombre. Nerón la hacía divertir lo suficiente.
Luego adoptó a otros cinco, en total eran seis los que ya gozaban de su protección. Ella fue intensamente feliz, con sus perros.       
Ahora en el presente, porque lo acontecido anteriormente pertenece al pasado quedó atrás, lo que puedan hablar los vecinos por tenerlos le importa un bledo. Ella está demasiada acostumbrada a convivir con esta clase de personas, soportando los eventuales comentarios e inoportunos que provienen de terceros.  

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