jueves, 27 de agosto de 2020

                                        

                                    

 

                                       

 

   

                          LA MONJA MALÉVOLA

 

 

      Yo no hecho nada, se lo juro por Dios hermana Emilia. Fue Julio quien comenzó a molestarme con la bendita esterilla, es mi estera, y de nadie más, me la regaló mi tío que en paz descanse,  pregúntele a mis compañeros ellos le darán la misma versión que le estoy dando ahora.

De nada valió mi insistencia, la madre Emilia era más terca que una mula al empujarme con fuerza casi a rastra   a la habitación de castigo, era la primera vez  que estaba en este lugar, aunque siempre oí hablar a muchos quienes también estuvieron aquí, que en este sitio sufrieron las mil penurias y que nunca la habían  pasado bien.

Vamos a ver cómo me irá a mí.

Estarás aquí por una semana. Dijo categóricamente poseyendo demasiada intranquilidad, jugando con movimientos nerviosos con el manojo de llaves ya no sabía qué hacer con ellas, lo cierto fue que este movimiento me indisciplinada, dándome a la vez demasiada rabia por no saber qué hacer. Sus dedos larguiruchos me parecieron idénticos a la de una bruja malvada que entusiasmada revolvía un  suculento caldo en una enorme cazuela, ¿estaría yo metido en la sopa? No deseo por nada de este mundo servirle de sustento a la perversa mujer, devorándome por todos lados hasta hacerme desaparecer, ni mucho menos servirle  de postre.

Es mucho tiempo. Julio es quien debería estar aquí, y no yo. Claro como él  es un niño de papá y mamá, y él le cae a usted muy bien, y muy considerado por usted.

A ver Esteban qué quieres decir con eso, no le eches más leña al fuego que te puedes quemar,  cada cosa que me digas la usaré en tu contra.

¿Por qué me trata mal? Yo a usted no le hecho ningún daño, es usted una  déspota,  una falsa, con esto que desea hacerme, me  consta que se está burlando de Dios, no parece una verdadera religiosa devota, usted toma el nombre del Creador en vano señora. Es el propio Satanás en persona que quiere perjudicarme.

Insolente, cómo te atreves a insultarme de esta manera.  Gritó.

Me atrevo porque a las personas perversas como usted hay que ponerlas en su sitio y  en el acto, sin perder tiempo, y no dejar para después lo que se tenga decir, porque aceptarlo sería peor. Para qué esperar para después. 

Quiso levantarme la mano para abofetearme,  pero yo fui más veloz que ella  al apartarme de su alcance.

Ella gemía de la rabia.

Maldito y mil veces maldito, estarás encerrado dos semanas… Engendro del diablo.

 Dio la espalda cerrando la puerta, girando con furia la llave en la cerradura, dándole dos vueltas para percatarse que estaba bien afianzada y así yo no escaparía  del infierno que me esperaba en esta tétrica habitación, oscura, lúgubre, e insípida.

Ni que me fuera a  ir a esta hora, si no tengo salida, vieja de los mil demonios. Dije para mis adentros,- amargada eso es lo que eres, una vieja amargada y decrepita.

       Las horas iban avanzando despacio, aunque no sabía exactamente la duración hice un cálculo frío, las tres de la tarde, en efecto serían más o menos las tres de la tarde, porque don Ramón estaba en el jardín con su escoba y su bolsa de plástico lo podía ver perfectamente a través de la ventana de cristal que tengo a mi alcance, transparente y muy limpia, en donde podía verlo perfectamente allá afuera,  recogiendo las hojas secas de los árboles frondosos que se desparramaban en el patio delantero. Quienes lo sembraron, a lo mejor recibieron ordenes de la bruja, apuntándoles  que debían regarlos y cuidarlos todos los días que para eso estaban trabajando allí, y debían cumplir a toda cabalidad con el trabajo que les encomendó el ministerio, para ello recibían mensualmente a cabalidad su correspondiente pago mensualmente. ¿Pensará la monja malévola  que estarían haciendo algo provechoso para el disfrute de las personas que gustan sentarse a platicar,  o pasarla muy bien al permanecer debajo de ellos? en realidad a mi no me gusta la siembra de este tipo de setos porque arrojan cierta plaga que produce picazón y lo más lamentable es que yo sufro de urticaria. La piel se me pone roja y se me hincha la cara, para calmar la piquiña tengo que tomarme rápidamente un antialérgico. Además esos árboles por donde se miren,   de noche parecen fantasmas gigantes, que  con sus garras asustan  a quienes los miran por un rato. Fantasmas noctámbulos diría yo.

Mi vista aunque no lo pretenda, insiste en observar este tétrico lugar, las cuatro paredes están con cascaras que caen sin ser desprendidas por mano alguna al piso, quizá la humedad las tienen en mal estado, el olor a encierro es prolongado y perturbador esto me hace sentir mal, más deficiente de lo que puedo estar. Estornudando a cada momento.

En un rincón está  una mesa destartalada y sobre ella una ponchera que en años anteriores era de color blanco, ahora luce una coloración pálida, una jarra de cristal llena de agua, quizá estaría sucia y contaminada.  Otra ventana con un cristal traslucido, en donde podía apreciar perfectamente la parte trasera de este miserable recinto, a un lado la gran avenida, podía evaluar afinadamente el sonido vehicular a estas horas de la tarde.

Y a esta hora mi estomago comienza a arderme un poco, no he comido nada en todo la mañana, ni siquiera una galleta que generalmente nos dan a la primera hora del día con una taza de chocolate bien caliente. La vieja bruja y miserable no se ha dignado a traerme un plato de comida. Y como si Dios mismo acabara de escuchar  mi suplica, gesto que le agradezco, cosa que sé que es cierto porque a pesar de que tengo ocho años de edad soy un buen creyente, la mala mujer acaba de entrar a la habitación con una bandeja en  la mano, se agachó, colocándomela en donde yo estaba sentado, a un lado de mi pierna izquierda, como si yo fuera un miserable perro que produce lastima solo al verlo.

Ahí tienes, para que no digas después que soy mala. Se levantó mirándome fijamente a los ojos.

Yo no contesté, la ignoré por completo. Y esto por supuesto que le dolió mucho. Lo pude notar y sin mirarla.

Así como entró salió, con los dos movimientos perversos que ya conocía cerró la puerta,    que no quiero seguir recordando, con lo que me alcance por vivir.

Ya estando completamente solo, me dedique a comer, dos mulos de pollo, y bien horneado, arroz blanco muy suelto como a mí me gusta, así es como lo prepara mamá, la ensalada me supo a gloria,  un buen pedazo de pan, y un vaso con jugo de mora. No está demasiado mal. No importándome si tenía veneno o no. El hambre que tengo es demasiado perversa como para ponerme a dudar si lo ingiero.

Las voces altisonantes  de mis compañeros se escuchan con estruendo por el pasillo, ahora es  que me doy cuenta que ninguno de ellos  se ha acercado hasta ahora a mi puerta para decirme: Cómo me siento, si tengo calor, que broma Reynaldo tú no tuviste la culpa en nada, eres inocente, perdóname por no haber hablado, pero comprende la situación, yo no quiero perjudicarme.

Llegó lo que nunca quise que llegara, la noche la bendita o maldita noche.

Todo estaba a oscuras, accioné insistentemente con intentos fallidos el interruptor de la luz, y no había electricidad en la habitación, mientras que las otras aéreas del recinto estaban completamente iluminadas. La vieja bruja no asomó la cara durante la oscuridad, no me trajo ni siquiera una esterilla, una almohada, una cobija, como me hacían falta, no quiero pasar la noche sentado en este piso que estoy sintiendo húmedo. Ya me duelen las asentaderas, tengo que levantarme, yendo a la ventana comienzo a mirar la luna que me sonríe, y no sé cuál pudiera ser su motivo, quien majestuosa se siente la dueña y señora de la gran sombra, las nubes que están a su alrededor le rinden pleitesía, parecen burbujas espumantes muy parecidas al café con leche que don Pedro suele degustar en sus momentos de ocio, don Pedro era como mi papá, me quería mucho, yo era su adoración era el dueño de la casa en donde trabajaba mi mamá, él me llamaba el Perico, solía sentarme en sus piernas cuando veía muy entretenidamente un partido de béisbol.

El televisor era blanco y negro, su marca telefunken, un buen televisor por cierto, siempre cuando veíamos la tele, me daba a tomar de su cerveza y yo me bajaba de sus piernas  completamente mareado.

El Perico está borracho. Vengan para que lo vean. Decía desternillándose de la risa.

Que agradable recuerdo, al menos tengo una persona adorable que me quiere de verdad. Lástima que ya no esté con nosotros. Pero su recuerdo y su agradable compañía siempre estarán conmigo.

No puedo conciliar el sueño, en esta posición como estoy, dormir es imposible, resulta incómodo.

       Como a la una de la mañana una sombra entró en la habitación, al abrirse la puerta una corriente de aire traspasó mi cuerpo. Era el aire perturbador y escalofriante que Diciembre trae consigo.

 La sombra está a un lado de mí, comienza a golpearme por todas partes del cuerpo, más en la parte abdominal, comienzo a gritar,  a gemir para que alguien despierte y venga a ayudarme, Zacarías por Dios oye mis gritos, que alguien venga a auxiliarme,   pero nadie viene a socorrerme,  la sombra me toma en vilo y me arroja al piso, lanzo un grito atronador, la sombra sale corriendo de la habitación.

Por qué tiene que pasarme esto a mí, yo a nadie le hago mal para merecerme esto, como me duele el estómago, quiero vomitar.

       Los rayos del sol me despertaron, junto con el canto matinal de los pájaros que vuelan de rama en rama con gozo y entusiasmo que me produce cierta envidia.

       El cuerpo me dolía una barbaridad, sentía un malestar horrible en el cuello, los hombros, los huesos los sentía como si pasaran por una procesa dora y lo hubiesen convertido en polvo.

Pero quién pudo haber sido, la malvada o el ignominioso que no tiene perdón de Dios. Zacarías ven, te necesito amigo mío ven, ven.

       Al mediodía para gloria de Dios  se abre la puerta era Zacarías, me alegre tanto al verle que me puse de pie en el acto pero con el malestar haciendo de las suyas indespiadadamente.

Venía con la bandeja de plata y el almuerzo encima de ella, colocó la bandeja con sumo cuidado en la mesa, y no como la vieja hechicera que ayer me colocó la comida en el suelo, mi buen amigo  Zacarías, era más respetable, más humano y eso que no es religioso.

Zacarías me mira cuando comienzo a caminar con dificultad y más al arrugar la cara, él me saca la camisa con delicadeza. Y queda estupefacto, impresionado por los cardenales que tenía en las diferentes partes del cuerpo mucho más pronunciadas en las costillas.

Le conté lo que me había pasado mientras todo me lo devoraba rápidamente, sin dejar nada en el plato.

No te preocupes amigo, yo voy ayudarte. Me he ganado la confianza de la hermana Emilia, te voy a conseguir un cincel y un martillo.

Se acercó a la ventana, inspeccionándola  como todo un experto.

Alejándose ya de la ventana dándome la cara al fin…. Tendrás que trabajar arduamente Continuó, sin hacer el menos ruido posible lograrás estar fuera de este lugar siempre y cuando actúes con verdadera prudencia. Te veré después, cuídate.

Lloré hasta más no poder, todas mis pertenecías habían sido confiscada por la vieja hechicera.

Como lamento no tener mi diario. Lo único que quiero es salir, largarme de este lugar, verme lejos. Gracias a Dios que Zacarías va a ayudarme pronto estaré a cien millas de aquí. Que fue la hora en la que sentí el hambre como un taladro. Me acerqué a la ventana y veo a todos mis compañeros jugar en el patio. La vieja hechicera estaba hablando muy entusiasta con el jardinero de vez en cuando miraban a la ventana y ellos reían hasta más no poder. Sabía que estarían tramando algo nuevo en contra mía, esto por supuesto me hizo sentir muy mal. Que tuve que salir rápidamente de la ventana. Juro vengarme, por Dios que lo juro, algo tengo que hacer y pronto, no voy a permitir que se me siga humillando, tengo el suficiente coraje para luchar con la resistencia, como el hombre que riña con furia contra la nieve que persiste que no lo deja avanzar, se siente vencedor cuando planta con orgullo la bandera de su nación en el pináculo de la montaña. Sé que le costó gran esfuerzo conseguirlo, estrategias que alguna vez fueron fallidas, pero la fe coronó la batalla por hacer un segundo intento y fue acompañado por la gloria de Dios.

 Yo tengo que ser como ese hombre del montículo que venció todas las dificultades adversas. Que yo conserve ese ánimo. Amen, que así sea.

Pero el desanimó valientemente me ganó tomándome por sorpresa al ver a la vieja hechicera entrar con una bolsa plástica de color negro, la vació con furia y de ella salieron toda clase de insectos habidos y por haber. Sapos, ciempiés, hormigas, cucarachas, lagartijas, arácnidos, ratones, y pare de contar.

Dios, esto era lo que me faltaba, el jardinero y la vieja hechicera estaban en complicidad para hacerme todo esto.

Dios que yo aguante, debo soportarlo, de lo contrario estaré perdido.    

       Supe convivir felizmente con los animales, Zacarías desapareció por completo de mi vista, tengo cuatro días aproximadamente que no lo veo, tan fácil se olvido de mí.

 Me siento sumamente mal, no he tenido la dicha, el privilegio de estar debajo de la regadera ya llevo cuatro días sin ducharme, sin sentir la barra del jabón en mi cuerpo, el cabello lo siento duro, áspero y hediondo a sudor, el aseo personal es una regla fundamental en la vida de cualquier persona, que al descuidarnos lo suficiente acarrea enfermarnos, las manos las tengo sucias. Es horrible como me siento, creo que voy a parar en loco.

De nuevo otra noche más.

       La puerta se abre y la misma corriente de aire vuelve a penetrar dentro de la habitación, y con ella nuevamente la sombra, esta corre detrás de mí, yo la esquivo en varias oportunidades pero esta es más fuerte que yo más gigante, cerca de la ventana me toma de un brazo retorciéndomelo sin ninguna conmiseración, esto me hace perder el equilibrio que caigo de bruces en el suelo, vuelvo a gemir con lamentos muy pronunciados, y vuelve como la vez anterior a darme patadas por todo el cuerpo como si yo fuera un vulgar delincuente,  Me agarra con mucha fuerza  por los hombros haciéndome levantar, vuelve a tomarme en vilo, dándome vueltas y más vueltas, girando en redondo, para arrojarme nuevamente en el piso, sale corriendo cerrando la puerta, apenas escuché el tintinear de las llaves en la parte de afuera.

Ahora sí que me duele el cuerpo, más que la primera vez.

        El   sol resplandeciente  con su luminosidad vuelve aparecer ardiente y festivo bañando  con su claridad  imponente la habitación, el corretear de mis compañeros bien temprano  por el largo y espacioso pasillo me hizo recordar la alegría, el espíritu festivo de la navidad hoy se respira en este maldito recinto lleno de crueldad, inespiadado de una madre perversa y malévola que se hace llamar Emilia la felicidad, la maldita felicidad para mí, ella para mí dejó de ser la buena madre superiora, aquella que me inspiraba respeto, el modelo de persona a seguir, ahora la detesto y la maldigo por ser mala y calculadora. Jamás pensé que una monja se comportara de una manera incorrecta, que en el día era la santa sor Emilia digna de ser elogiada por ser abnegada y milagrosa, y en las noches la vieja bruja que con su depravación comete las aberraciones insólitas que persona alguna pudiera ejecutar.

Oigo los villancicos, el afinar del cuatro, y la voz altisonante de mi amigo Zacarías, que por alguna razón adversa a su voluntad, yo lo pienso así, se olvidó para siempre de mí, algo le pasa a mi amigo, o a lo mejor no ha podido conseguirme el martillo y el cincel como me lo había prometido.

Escucho la canción de los Beatles, luego la de los Hollies no es una carga es mi hermano, ese es Zacarías quien tiene la radio a millón, menos mal que se la lleva muy bien con la vieja hechicera, pero yo continuo entretenido jugando con mis nuevos amigos.

La vieja bruja acaba de entrar yo la ignoro por completo, los ángeles vestidos de demonios no se toman en cuenta para nada. Se extrañó al máximo, y  esto me contentó al verme jugar con los insectos riendo hasta más no poder cuando las arañas peludas trepaban como camiones por todo el brazo, dos ranas alborotadas estaban en mi regazo, con las bocas abiertas.

Acaso no te dan miedo.

Como no oye ninguna respuesta de mi parte sino que prosigo jugando con mis animales. Continúa hablando hasta por los codos.

 Maldita mujer como te odio.

Te debería dar miedo jugar con esos bichos feos.

No le respondo absolutamente nada, la ignorancia está ganando el terreno que me merezco, que ella misma se ha ganado, tanto así que no le dio otra salida que marcharse.

Como a las nueve de la mañana se abre la puerta, y la alegría vuelve a visitar mi corazón, Zacarías me trajo el desayuno en la misma bandeja, colocándola nuevamente en la mesa destartalada, al verme jugar con esos bichos feos como lo acaba de afirmar la vieja bruja.

De dónde sacaste todos esos animales raros. No te dan miedo ¡qué asco!.

Me levanté gritando por los dolores que mi movimiento brusco me originó.

Me los trajo como obsequio de navidad la vieja hechicera.

No puedo creerte. Gesticuló incrédulo.

Pues fíjate que si, aunque no lo creas ella me los trajo en una bolsa oscura. Además cuándo y cómo salgo de esta habitación, encerrado como puedes apreciar, para estar afuera, encontrarlos, tomarlos y traerlos tenerlos aquí como me estás viendo, por favor Sebastián no parecen cosas tuyas.  Yo no sé qué hacer, si continuo  de esta manera o no sin poder hacer nada al respecto,  voy a parar en un manicomio.

Pues no vas a ir a un manicomio ni de visita, ni de asomado porque tú no estás loco. Este más cuerdo que yo. Nunca me imagine que sor Emilia fuera mala, ¡qué perversidad, por Dios qué perversidad!

Saca en aquel instante lo que yo anhelaba fervientemente. El martillo, un gran martillo y muy pesado por cierto. Y el cincel.

Lo abracé, esto me produjo más dolor.

Gracias Zacarías, esto no tendré como pagártelo

Con un rico y suculento almuerzo, claro cuando estés en casa. Un pavo doradito recién sacado del horno no estaría mal y más en esta fecha, la más deliciosa del año. Me voy, no puedo estar más tiempo aquí dentro, no quiero perder la confianza que me tiene la vieja hechicera como tú la llamas, le encaja bien con su manera de ser.

Lo abracé fuertemente.

De nuevo mil gracias, ay amigo si no fuera por ti… El dolor se hizo más perpetuo.

Esto te pasa por estar con la abrazadera, estate quieto.

Pon la música de los Beatles para mí, solo exclusivamente para mí, pero eso si a todo volumen, que se oiga hasta Pekín. Esto hay que celebrarlo.

Dalo por hecho.

Salió y me cumplió, la música de los Beatles se dejaba escuchar a toda fuerza, llegaba hasta aquí con claridad muy nítida mente, me parece mentira que aquel momento fuera para mí de dicha y felicidad tal como se lo había dicho a mi amigo Zacarías.

       Llegó de nuevo la noche, la luna majestuosa con su claridad dorada iluminaba perfectamente la habitación, que todo lo veo con la claridad posible,  la constelación de estrellas en lo alto nos hacia recordar que estábamos en Diciembre el mes más feliz de muchos cristianos en el mundo.

La sombra de nuevo acaba de entrar. Esta vez no harás conmigo lo que se te pueda antojar, juro que te declararé la guerra, esta oportunidad no la voy a despreciar, solo esperaré pacientemente que te acerques, te atacaré con el martillo, ya lo tenía a la mano, desde hacia tiempo, esperando ansiosamente el momento para salir al exterior, libre como el viento, solamente rogaba a Dios que la puerta se mantuviera abierta como otras veces, con lo que se me acaba de imaginar, estoy hecho.

La sombra se viene acercando, me toma por un brazo y es aquí donde yo actuó golpeándolo a diestra y siniestra con el martillo. Estaba como loco, haciéndole pagar con la misma crueldad como me la hizo restregar sin culpa alguna en todo mi lacerado cuerpo, y recordando los malos momentos la amargura tomó terreno apoderándose de mí, convirtiéndome en un animal feroz difícil de domesticar.  Al fin pude derribarlo, al fin soy el dueño absoluto de la situación. De esta bendita situación.     

Y  sin perder más tiempo viéndolo como se agarraba el estomago, dándole patadas y más patadas por el pecho y por donde cayera, y con el dolor a cuesta salgo como un condenado al exterior, cerrando la puerta con llave, la vieja hechicera lloraba, gritaba pidiendo auxilio, pero yo corría desesperadamente gimiendo de dolor por el esfuerzo al cual me he sometido, por el largo y espacioso pasillo, repitiéndome una y mil veces. Tengo que salir de aquí, tengo que ganar tiempo, el suficiente para estar lejos de aquí, para encontrarme fuera, lejos bien lejos de aquí   antes que todos despierten, y la buena situación reinante estaba a mi favor había que aprovecharla al máximo, no quiero estar de nuevo en esa maldita y abominable habitación. Primero muerto antes que volver. Prometo que saldré airoso de esta situación. Soy el hombre de la montaña que venció la nieve  .

       Abro con mucho esfuerzo la puerta de hierro, una mano me toma por un hombro, desesperado reacciono con el martillo golpeándolo directamente a la cabeza, el jardinero cae al suelo.

Rata cobarde te voy a matar, y comienzo a golpearlo por todo el cuerpo, dos manos me toman por los hombros arrebatándome el martillo.

Era Zacarías quien me consolaba.

Ya no aguanto este lugar, me va a volver loco.  

Te voy ayudar a escapar por aquí.

Abrió la puerta de salida.

Estando fuera los dos, solamente los dos nos abrazamos.

Suerte. Cerró la puerta, y a medida que avanzaba despacio ya que un movimiento brusco me hacia estremecer. Veía cada vez más lejos, más distante el maldito y asesino recinto.

      Ya estoy viendo mi casa, con adornos navideños, luces de diferentes matices proliferan en el frente, por la orilla del techo, en las ventanas, en los cuatro pilares, y a un lado el resplandeciente y hermoso árbol de navidad, muy gigantesco por cierto, mi papá que es un experto en estos menesteres se votó con galanura.

Toco el timbre de la puerta insistentemente.

Y al verme mis padres me desplomo.

       Los rayos del sol tocaron mi cara y estos lograron despertarme. En ese preciso momento mis padres entraron sigilosamente a mi habitación.

Que delicioso y agradable es ver tu habitación, produce esa sensación de bienestar y de paz espiritual, verse rodeado de sus propios libros, de los aviones, de los helicópteros que cuelgan del techo, todo limpio, pulcro, las sabanas oliendo a detergente armonizado, con un olor a fresa muy agradable, almohadas bien centradas, que justamente te hacen sentir muy cómodo al colocar tu cabeza, los afiches de los Beatles. Cada uno pareciera que me estuviera saludando con una sonrisa dándome el saludo que corresponde al individuo que no veían en años.

Ahora jovencito quiero que me expliques qué ocurre, ¿qué significa esos moretones que tienes en el cuerpo?. Papá le acercó una silla a mamá, esta se sentó enseguida cerca de mi lecho. El tomó una y se sentó rápidamente al lado de mamá.

Habla hijo, ¿cuéntanos?. ¿Qué pasa?

Le conté con pelos y señales todo lo que me sucedió en ese maldito lugar, a medida que narraba mi historia los rostros de mis padres cada vez se alteraban más de lo debido.

Esto hay que denunciarlo de inmediato.

Yo llamaré al doctor Ferrer, para que te examine, me dijo mi madre acariciándome el cabello.

El doctor llegó más rápido de lo pensado, me auscultó con su consabido estetoscopio pidiéndome que tomara y botara el aire. Me tocó el estomago dándome golpecitos suaves, esto me hacía producir más dolor en todo el cuerpo, y al ver los moretones se sorprendió tanto que verdaderamente sintió lastima de mí.

       En horas de la tarde llegaron las autoridades al instituto llevándose detenida a la vieja bruja, y al jardinero, según papá le echarían ocho años de prisión, los titulares de los periódicos referían el hecho que hasta parecía mi nombre.

La justicia de Dios es perfecta a veces llega rápido, a veces es lenta pero de que llega, llega, haciéndose presente en el tiempo perfecto, el que Él juzga conveniente.

       Esa misma tarde llegó Zacarías. Papá y mamá lo recibieron con todos los honores que se merece, colmándolo de atenciones por lo bien que se había portado conmigo, un agradecimiento que jamás podré borrarlo, ni ellos tampoco, si no fuera por Zacarías tal vez estaría dentro de esa maldita habitación, con la vieja hechicera disfrazándose en las noches para continuar metiéndome miedo y haciendo de las suyas inventando estrategias, para verme parar en demente y así borrar todo lo acontecido en el instinto en donde ella fungía como directora, para verse libre de sospechas,  alegando que las monjas eran servidoras de Dios y de la humanidad entera, que su habito la hacía más piadosa y humilde, que ella si tenía vocación para ser la novia de Dios.

Al no recordar nada, se sentiría libre de pecado, de remordimientos de conciencia.

 Miserable mujer, la justicia de este país te echó el guante, junto con tu compañero. Son unos demonios. Hijos de Lucifer.

      Papá, mamá y yo cenábamos el pavo navideño. Zacarías  estaba feliz  echándole diente a un buen pedazo, yo estaba muy contento al tenerlo en casa, más al ver un sorprendente pastel de manzana  justo en el centro de la mesa, mis padres lo consideraban un héroe.

      Ya en la tarde en el jardín escuchábamos con todo el volumen posible que manaba de la radio portátil,  uno de los temas más famosos de los Beatles… Mi favorito.

Papá le insistió a mi amigo que se quedará el tiempo que considerara prudente, que era calificado como un miembro más de la familia, y que su compañía era agradable, además de haber hecho lo que valientemente hizo por mí, no había en el mundo la recompensa, el obsequio que él pudiera darle para compensar ese mérito, que tanto mamá y él consideraban,  Zacarías agradeció de buena manera el gesto, alegando que no era para tanto lo que  hizo por mí, que éramos amigos inseparables, que juntos habíamos formado una alianza, poco común en hermanos,  que él daba la vida por mí, porque me consideraba mi consanguíneo, a todas estas, Zacarías      asintió con una sonrisa de oreja a oreja  la proposición de papá. Pero por nada del mundo dejaba la carne de pavo en paz, se veía  que estaba famélico,  echándole más diente del necesario, y esto por supuesto me producía una risa interna que  no podía disimular al máximo. 

                                                                 

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