miércoles, 19 de agosto de 2020

 

La  Triste Historia de Marta

 

 

       A Marta, algunos que la conocen desde hace mucho tiempo la llaman cariñosamente Martita, es una mujer cariñosa  muy dada a las conversaciones de todo tipo,  quienes la oyen ensimismada mente afirman que los cincuenta años que tiene en su haber y bien concebidos por cierto, no los aparenta de ninguna manera, ya que representa menos de edad. Pero cincuenta años son cincuenta años, además Marta no es mentirosa, siempre anda con la verdad por delante, como Jesús cuando predicaba en la tierra, pues así es ella, y lo seguirá siendo, siempre con una sonrisa en los labios, antes de dar una respuesta pensaba estrictamente en lo que iba a decir, para no entrar en discusiones bastas y sin estilo, sin género frase que a menudo utilizaba, para no decir: no es correcto, no puede ser. Hija de padres españoles que emigraron de Sevilla en el año 55, su madre la parió aquí, ella se considera hija de esta tierra, una mujer como todas las que viven aquí, con sus vivencias, con sus circunstancias lidiando con el día a día.

Su madre falleció al tener ella 18 años, saliendo ella recientemente del bachillerato, la ausencia de su madre le pegó muy duro, tanto que adelgazó, haciéndoselo ver sus amigas cuando salía a la calle, o a refrescarse cuando el calor estaba fuerte, en la plaza sentada cómodamente cerca de una fuente, en donde dos ángeles de bronce teñidos de un verde mohoso producto de la misma agua que los curtió o los vistió tanto en pechos como en piernas, cada serafín por la boca a través de un orificio manaban hilos de agua. Y allí como una mismísima tonta miraba ensimismada los dos querubines.   

       Ella no es vanidosa de ninguna manera no lo es, trata de cuidarse como cualquier otra mujer, alternando por todos los medios de alimentarse como es debido, con los tubérculos que tiene sembrados en el patio de su casa, y más con las frutas, es más que suficiente. Ejercita su cuerpo paulatinamente  para mantenerse saludable.

Muchos le preguntan la razón por la cual no volvió a casarse.

Ella firme, decidida les contesta, así de simple:

Por la sencilla razón de no verse atada a ningún hombre que no sepa valorarla. Además mi esposo murió, tengo tres hijos que me adoran y siempre están al pendiente de mí. Buscarme un hombre a estas alturas de mi vida sería un obstáculo tremendísimo para mi vida, además yo soy feliz estando sola. A nadie tengo que rendirle cuentas. Además no me gusta dar explicaciones.

       Todas las tardes se le ve en la plaza sentadita, mirando todo lo que hay a su alrededor por sí algo le llama la atención. La  muchedumbre que pasa apurada al trabajo, niños que corretean tras las palomas tratando en vano por atraparlas. A sabiendas que nunca llegaran alcanzarlas.

 A esta hora se escucha el ritmo de las campanas que suenan, llamando a los feligreses a misa, que a esta hora es oficiada por el padre Jerónimo, sacerdote muy apreciado en el pueblo, de conducta intachable digna de imitar.  Una  tarde que otra ella visita la iglesia, oye la misa, quedando sentada en el mismo banquillo en donde antes estaba sentada, su asiento preferido, observaba ensimismadamente el nazareno, que cabizbajo exponía a las miradas el verdadero cansancio, al no querer de ninguna manera seguir soportando la carga que le ocasionaba el peso de la bendita cruz.

Fue maestra de escuela por muchos años, está  jubilada,  en sus ratos libres ocupa su tiempo en confeccionar ropa para damas caballeros y niños, realizando también labores de costura pegar cierres, botones, además confecciona vestidos de novias, obteniéndolos de una manera extraordinaria, que encanta con verdadero entusiasmo y orgullo el gran deleite a la que últimamente contraerá matrimonio.

Siempre fue la invitada de honor a todo evento social que se llevara a efecto dentro y fuera del pueblo. A bodas, cumpleaños, bautizos, verbenas, fiestas patronales, acontecimiento en conmemoración a la fundación de la villa, ella también era la presidenta del certamen para elegir la reina del pueblo, durante el periodo de la fecha aniversario, por estas y por muchas razones Marta, Martita como la puedan llamar era la gran dama del caserío, reconocida en todas las zonas adyacentes del pueblo.

Una vez también ayudó a las parturientas a traer hijos al mundo. Los jóvenes le pedían con orgullo la bendición.

Esos chicos que van por allí, que saltan valladas como chavales para tomar la fruta ajena y comérselas a solas con infinito placer también son sus ahijados.

También colaboraba con el párroco a vestir a la virgen, ella era quien le confeccionaba su vestimenta. Ayudando también a decorar a la iglesia cuando todo era fiesta y algarabía.

Desde la terraza de su casa solía ver con delectación los cohetes que salían volando, silbando para reventar en un estruendo asombroso.

No gustaba de beber, solo una o dos copitas, tampoco le gustaba trasnocharse más de lo debido, esto para ella era mortal, ya que al día siguiente la pasaba muy mal, con jaquecas, acostada, encerrada en su habitación con las ventanas tapadas con gruesas cortinas anchas.

Así pasan y seguirán pasando los días sentada en su máquina de coser confeccionando todo encargo que llegue, cosiendo, diseñando lo que le dicte su imaginación. Imaginación que echaba a volar en los momentos precisos destacándose como los afamados diseñadores internacionales, muchos se preguntaban en qué academia aprendió a producir lindos vestidos que enamoraban tantos hombres como a mujeres. Ciertamente de su abuela quien la enseñó desde chica, a coser en su máquina, Marta cuando regresaba del colegio se metía en su habitación para realizar las tareas en donde debía desarrollar lo aprendido, referente a la clase que había visto, y después de terminarla, sintiéndose libre por el momento, y al escuchar el ritmo del movimiento de la máquina que tanto le gustaba, salía disparada del cuarto, buscando rápidamente una silla colocándola justamente al lado de su abuela para contemplar con debida atención la costura que la señora en ese tiempo estaba enalteciendo.  

Y cuando se tiene el interés por aprender algo que nos interese se asimila rápidamente, Marta todas las tardes se sentaba al lado de la abuela para observarla, tanto así que la abuela le dio por darle una tarde, una tela junto con un patrón para que elaborara lo que allí estaba reflejado, se trataba de un pantalón corto para niño, la abuela le dio la responsabilidad de hacerlo por sí sola, no contando para nada con su ayuda. La abuela se levantó dejándole el espacio reservado a su nieta, ella como toda una experta, conocedora del oficio comenzó a pedalear la máquina. La abuela se había introducido en la cocina a preparar un bocado, para ella y su nieta.

Y así fue creciendo en conocimiento Marta, tanto que superó en tiempo récord a la abuela, ella se sentía muy satisfecha por la fama ya alcanzada de la nieta, después de graduarse, sacando excelentes resultados logró licenciarse en la docencia, trabajo que más tarde alternaría junto con el diseño y la costura.

Un año después murió la abuela, Marta dejó por un tiempo la bastilla, los niños eran su completa y sana distracción, y como se solazaba viendo a los chavales contarles cosas, como divertidas historias, o lo que hicieron el fin de semana. Escoger esta profesión ha sido para mí una linda y amenizada práctica. Decía a cualquier amiga del pueblo, eran tantas las que tenía por los alrededores, que al tener a sus críos la eligieron para que fuera la madrina de sus párvulos. Ella aceptó encantadísima. Ahora siendo ya unos hombres y mujeres, casados y con hijos con solo al verla le pedían la bendición.

La soledad la compartía con la costura, oficio que la sacaba velozmente de los malos pensamientos y más del aburrimiento, pero el silencio que se colaba entretejiéndose en toda la casa era deprimente, que una amiga suya que ahora es su comadre le aconsejó que se comprara uno o dos perros, que también obtuviera pájaros.

No hay como tener en casa aves de cualquier tipo, uno o dos perros, estos animales sí que alegran las casas. Las plantas sirven de adornos, pero no hay cosa alguna como los animales, estos entretienen el calor de un hogar. Haz la prueba y veraz que tengo la razón.

       Esa misma tarde Marta en su furgoneta salió rumbo al pueblo.

Estacionó en un sitio seguro y sombreado por dos árboles robustos y de gruesas ramas el vehículo. Salió rápida directa a la tienda de Fulgencio.

Este era un hombre de buen parecido, de complexión atlética, aunque no iba al gimnasio su trabajo duro le hacía robustecer sus músculos definiéndole el cuerpo exactamente en una buena proporción. Fulgencio era el hombre más codiciado del pueblo, especialmente por las mujeres a sus 48 años se le veía todavía joven, bonachón como ningún otro, su cabello rubio resaltaba su tez haciéndolo elegantemente más de lo debido, aunque era un simple campesino, salido de una montaña, se preparó, saliendo desde muy chico de la tierra que lo vio nacer trasladándose a la capital para sacar la primaria, estudiaba en la mañana y en las tardes trabajaba, al salir de las    clases elementales, enseguida, sin mirar hacia atrás, sin consultarlo con nadie, ni con sus padres, se inscribió para cursar estudios en la secundaria, allí se las vio negras, porque la primaria no era igual que la secundaria, trabajo más duro de lo debido, quiso abandonar en el penúltimo año, pero un amigo lo aconsejó que prosiguiera que no se diera por vencido, que le faltaba un año para graduarse.

A pesar de todo Fulgencio era un buen estudiante. Ya cursando el último año, se enfermó pero así como estaba seguía asistiendo a clases, sus esfuerzos, el ímpetu, la arrogancia de ser alguien en la vida, llegó a la meta final. Fulgencio logró graduarse de bachiller.

Ingresó rápidamente a la universidad, escogiendo sin lugar a dudas la veterinaria, amaba a los animales, se desvivía por ellos, desde muy temprana edad ayudaba a su padre con la crianza de los animales, su padre tenía una granja, atendía con devoción a los ganados, a los cerdos, y a las aves de corral.

Los meses junto con los años transcurrieron como la ráfaga del viento que cuando sopla con fuerza arranca destempladamente las hojas de los árboles, así justamente ocurrió con Fulgencio ya cursando el último año, se preparó más, estudiando obstinadamente…Sus esfuerzos, el dormir y comer mal, porque cuando se está fuera del hogar materno, en tierras lejanas a cualquiera que tenga sangre y carne lo hacen sufrir despiadadamente.

Se graduó de médico veterinario con excelentes notas.

Un día de regreso, en ese momento que cruzo el ancho portón que da a su casa, se llevó la sorpresa jamás vista en su vida, sus padres enorgullecidos le hicieron un pequeño agasajo, alabando  el gran triunfo de su único hijo que recientemente culminó la aspiración que desde niño tenía cuidar y examinar a los animales. Fueron invitados todos los amigos y conocidos del padre de Fulgencio. Y del mismo hijo.

Mataron dos cerdos, gallinas, una vaca,  la gente comía y bebía hasta por los codos. Todos estaban deleitados pero en sana diversión.

Su padre sin demora alguna rentó un almacén en el pueblo exclusivamente para su hijo, una casa amplia, de estilo colonial, con ventanas amplias, con buena ventilación. Esta tienda también servía de consultorio, este fue el regalo que le hizo el padre al hijo brillante. Otra sorpresa difícil de asimilarla. Con el correr de los meses se la compró al propietario.

       Él cuando veía a Marta sentía dentro unos nervios que lo descompensaban deliberadamente, como ahora, la atendía a todo dar, Marta nada sabía por dónde venía la cosa. Atendiéndola de un modo especial.

Marta le compro un loro, Fulgencio le dijo que lo llamara pancho, a los perros que eran dos le recomendó noche oscura, y al otro por ser marrón mostaza, que te parece.

Marta reía a todo dar escapándosele lagrimas por los ojos, Fulgencio como buen caballero enseguida saco de uno de los bolsillos traseros del pantalón un pañuelo, él mismo le limpió los ojos.

A Fulgencio esa sonrisa le agradó tanto que estando a solas en su negocio siempre la recordaba, sus ojos su mirada, su elegancia, su piel despidiendo esa fragancia dulzona a mandarina que tanto le atraía.

Marta seguía yendo a la tienda, a comprarle los alimentos a pancho, noche oscura y que te parece, cuando no iba por el alimento llevaba a los tres para que los sondeara, después de haberlos examinado, como todo paciente cuando se ve con el médico ella abriendo su cartera le extendía el pago, cosa que él rechazaba rotundamente. Después de tantos ruegos: acéptelo, es su pago. Y él: no y no, es un regalo que yo le hago, por favor acéptelo de mi parte. ¿Sí?

Está bien, pero para la próxima le cancelo, y no más regalo.

El como todo un buen caballero le ayudaba con los dos perros, y ella con el loro, muy señorial y majestuoso el ave paradito como un príncipe estaba muy tranquilo en el dedo índice de la mujer.

   

      Transcurrieron los días y los meses paulatinamente. Marta entraba y salía de la tienda, con el mismo objetivo, comprarles alimentos a sus animales, en diversas ocasiones los llevaba para que Fulgencio los evaluara, este le ayudaba a meterlos en la furgoneta, contemplándolos como se perdían en el horizonte como un puntico negro.

       Marta estaba decidida a no seguir yendo a la tienda, sentía vergüenza con Fulgencio quien se rehusaba firmemente a no aceptarle el pago por los servicios empleados.

       Definitivamente ella había cumplido imperturbablemente lo que se había propuesto no ir nunca más a la tienda, optando por ir a otra que estaba ubicada en las afueras del pueblo.

       Fulgencio extrañaba a Marta, tanto que se sentía morir, su presencia era el colirio perfecto a sus ojos. Estaba locamente enamorado de ella. Igualmente lo mismo le ocurría a Marta, se sentía perdidamente loca por él, pero sentía miedo, una vergüenza dentro de su ser que la consumía implacablemente. A nadie tenía que darle cuenta de sus actos, de lo bueno y de lo malo, de lo debido e indebido. Su abuela acaba de fallecer recientemente, no tenía a nadie quien le incriminara, sus padres, sus dos tesoros como lo afirmaba ella murieron en un accidente aéreo.

No era lo correcto, su reputación es y seguirá siendo su prioridad.

       En vista que los días pasaban y no trasladaban a Marta a la tienda, Fulgencio armándose de valor como un macho que se respeta decidió una mañana ir a visitarla.

Estas visitas se prolongaban con más frecuencia, las primeras veces Marta obstinada inventaba cosas, como no puedo atenderle, voy hacer esto o aquello. Otras: hoy no puede ser porque debo coser, además tengo visita y teniendo a alguien en casa me distraigo totalmente y esto no es conveniente que entres.

Pero él era terco, tan terco como una mula, esa mujer seria para él, sí para él, así se lo prometió a una imagen de su devoción y lo cumpliría a cabalidad, prometiendo que esa mujer sería su esposa y para siempre.

Luchó fuertemente, tanto que pudo al fin cumplir la meta que su mente ideó. La de infiltrase en su mundo.

Era un hombre indispensable y más para una mujer sola, le ayudaba a podar las matas, recogía las frutas a su lado, una vez él se cayó de una escalera y ella lo auxilió estando él en el suelo, riendo ambos después del hecho, por cualquier tontería sonreían, le ayudaba a reparar el techo de la casa, le traía de la tienda los alimentos para los animales, los atendía, los alimentaba y hasta los examinaba.

Cuando no venía  él  a  su casa por el solo hecho del exceso de trabajo ella iba hasta la tienda.

Se conformaban con el solo hecho de verse.

Y así pasaron los meses y con ellos la misma rutina, él yendo a su casa. Pero algo sorprendente ocurrió esos días él le pidió matrimonio, colocándole en el dedo en el que todos sabemos cuál es, la sortija.

Ella sin más demora le dio el sí.

       Se casaron en Agosto, el matrimonio se llevo a cabo en casa de la novia, la ceremonia fue efectuada por el padre Jerónimo.

La concurrencia fue enorme.

Al año vino el primer hijo, a mediados de junio vino el segundo y en fin de año vino el tercero, los tres son profesionales, casados, viven en el extranjero.  

A los tres años Fulgencio muere en un accidente de tránsito. Hasta ahora Marta viste de negro siempre.

       Sumida en la soledad completa, ella sigue elaborando y confeccionando ropa para damas caballeros y niños.

       A los tres años se fue del pueblo para no volver jamás, se marchó a los Estados Unidos de Norteamérica, a vivir al lado de sus hijos y nietos, a una casa que le compró recientemente su hijo mayor en el mismo condado y en la misma avenida en donde viven los tres.

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