La Triste Historia de Marta
A
Marta, algunos que la conocen desde hace mucho tiempo la llaman cariñosamente
Martita, es una mujer cariñosa muy dada
a las conversaciones de todo tipo, quienes
la oyen ensimismada mente afirman que los cincuenta años que tiene en su haber
y bien concebidos por cierto, no los aparenta de ninguna manera, ya que
representa menos de edad. Pero cincuenta años son cincuenta años, además Marta
no es mentirosa, siempre anda con la verdad por delante, como Jesús cuando
predicaba en la tierra, pues así es ella, y lo seguirá siendo, siempre con una
sonrisa en los labios, antes de dar una respuesta pensaba estrictamente en lo
que iba a decir, para no entrar en discusiones bastas y sin estilo, sin género
frase que a menudo utilizaba, para no decir: no es correcto, no puede ser. Hija
de padres españoles que emigraron de Sevilla en el año 55, su madre la parió aquí,
ella se considera hija de esta tierra, una mujer como todas las que viven aquí,
con sus vivencias, con sus circunstancias lidiando con el día a día.
Su
madre falleció al tener ella 18 años, saliendo ella recientemente del
bachillerato, la ausencia de su madre le pegó muy duro, tanto que adelgazó,
haciéndoselo ver sus amigas cuando salía a la calle, o a refrescarse cuando el
calor estaba fuerte, en la plaza sentada cómodamente cerca de una fuente, en
donde dos ángeles de bronce teñidos de un verde mohoso producto de la misma agua
que los curtió o los vistió tanto en pechos como en piernas, cada serafín por la
boca a través de un orificio manaban hilos de agua. Y allí como una mismísima
tonta miraba ensimismada los dos querubines.
Ella no es vanidosa de ninguna manera no
lo es, trata de cuidarse como cualquier otra mujer, alternando por todos los medios
de alimentarse como es debido, con los tubérculos que tiene sembrados en el
patio de su casa, y más con las frutas, es más que suficiente. Ejercita su
cuerpo paulatinamente para mantenerse
saludable.
Muchos
le preguntan la razón por la cual no volvió a casarse.
Ella
firme, decidida les contesta, así de simple:
Por
la sencilla razón de no verse atada a ningún hombre que no sepa valorarla.
Además mi esposo murió, tengo tres hijos que me adoran y siempre están al pendiente
de mí. Buscarme un hombre a estas alturas de mi vida sería un obstáculo
tremendísimo para mi vida, además yo soy feliz estando sola. A nadie tengo que
rendirle cuentas. Además no me gusta dar explicaciones.
Todas las tardes se le ve en la plaza
sentadita, mirando todo lo que hay a su alrededor por sí algo le llama la
atención. La muchedumbre que pasa
apurada al trabajo, niños que corretean tras las palomas tratando en vano por
atraparlas. A sabiendas que nunca llegaran alcanzarlas.
A esta hora se escucha el ritmo de las
campanas que suenan, llamando a los feligreses a misa, que a esta hora es
oficiada por el padre Jerónimo, sacerdote muy apreciado en el pueblo, de
conducta intachable digna de imitar. Una
tarde que otra ella visita la iglesia,
oye la misa, quedando sentada en el mismo banquillo en donde antes estaba
sentada, su asiento preferido, observaba ensimismadamente el nazareno, que
cabizbajo exponía a las miradas el verdadero cansancio, al no querer de ninguna
manera seguir soportando la carga que le ocasionaba el peso de la bendita cruz.
Fue
maestra de escuela por muchos años, está jubilada, en sus ratos libres ocupa su tiempo en
confeccionar ropa para damas caballeros y niños, realizando también labores de
costura pegar cierres, botones, además confecciona vestidos de novias, obteniéndolos
de una manera extraordinaria, que encanta con verdadero entusiasmo y orgullo el
gran deleite a la que últimamente contraerá matrimonio.
Siempre
fue la invitada de honor a todo evento social que se llevara a efecto dentro y
fuera del pueblo. A bodas, cumpleaños, bautizos, verbenas, fiestas patronales,
acontecimiento en conmemoración a la fundación de la villa, ella también era la
presidenta del certamen para elegir la reina del pueblo, durante el periodo de
la fecha aniversario, por estas y por muchas razones Marta, Martita como la
puedan llamar era la gran dama del caserío, reconocida en todas las zonas
adyacentes del pueblo.
Una
vez también ayudó a las parturientas a traer hijos al mundo. Los jóvenes le
pedían con orgullo la bendición.
Esos
chicos que van por allí, que saltan valladas como chavales para tomar la fruta
ajena y comérselas a solas con infinito placer también son sus ahijados.
También
colaboraba con el párroco a vestir a la virgen, ella era quien le confeccionaba
su vestimenta. Ayudando también a decorar a la iglesia cuando todo era fiesta y
algarabía.
Desde
la terraza de su casa solía ver con delectación los cohetes que salían volando,
silbando para reventar en un estruendo asombroso.
No
gustaba de beber, solo una o dos copitas, tampoco le gustaba trasnocharse más
de lo debido, esto para ella era mortal, ya que al día siguiente la pasaba muy
mal, con jaquecas, acostada, encerrada en su habitación con las ventanas
tapadas con gruesas cortinas anchas.
Así
pasan y seguirán pasando los días sentada en su máquina de coser confeccionando
todo encargo que llegue, cosiendo, diseñando lo que le dicte su imaginación.
Imaginación que echaba a volar en los momentos precisos destacándose como los
afamados diseñadores internacionales, muchos se preguntaban en qué academia
aprendió a producir lindos vestidos que enamoraban tantos hombres como a
mujeres. Ciertamente de su abuela quien la enseñó desde chica, a coser en su
máquina, Marta cuando regresaba del colegio se metía en su habitación para
realizar las tareas en donde debía desarrollar lo aprendido, referente a la
clase que había visto, y después de terminarla, sintiéndose libre por el
momento, y al escuchar el ritmo del movimiento de la máquina que tanto le gustaba,
salía disparada del cuarto, buscando rápidamente una silla colocándola
justamente al lado de su abuela para contemplar con debida atención la costura
que la señora en ese tiempo estaba enalteciendo.
Y
cuando se tiene el interés por aprender algo que nos interese se asimila
rápidamente, Marta todas las tardes se sentaba al lado de la abuela para
observarla, tanto así que la abuela le dio por darle una tarde, una tela junto
con un patrón para que elaborara lo que allí estaba reflejado, se trataba de un
pantalón corto para niño, la abuela le dio la responsabilidad de hacerlo por sí
sola, no contando para nada con su ayuda. La abuela se levantó dejándole el
espacio reservado a su nieta, ella como toda una experta, conocedora del oficio
comenzó a pedalear la máquina. La abuela se había introducido en la cocina a
preparar un bocado, para ella y su nieta.
Y
así fue creciendo en conocimiento Marta, tanto que superó en tiempo récord a la
abuela, ella se sentía muy satisfecha por la fama ya alcanzada de la nieta,
después de graduarse, sacando excelentes resultados logró licenciarse en la
docencia, trabajo que más tarde alternaría junto con el diseño y la costura.
Un
año después murió la abuela, Marta dejó por un tiempo la bastilla, los niños
eran su completa y sana distracción, y como se solazaba viendo a los chavales
contarles cosas, como divertidas historias, o lo que hicieron el fin de semana.
Escoger esta profesión ha sido para mí una linda y amenizada práctica. Decía a
cualquier amiga del pueblo, eran tantas las que tenía por los alrededores, que
al tener a sus críos la eligieron para que fuera la madrina de sus párvulos.
Ella aceptó encantadísima. Ahora siendo ya unos hombres y mujeres, casados y
con hijos con solo al verla le pedían la bendición.
La
soledad la compartía con la costura, oficio que la sacaba velozmente de los
malos pensamientos y más del aburrimiento, pero el silencio que se colaba
entretejiéndose en toda la casa era deprimente, que una amiga suya que ahora es
su comadre le aconsejó que se comprara uno o dos perros, que también obtuviera pájaros.
No
hay como tener en casa aves de cualquier tipo, uno o dos perros, estos animales
sí que alegran las casas. Las plantas sirven de adornos, pero no hay cosa
alguna como los animales, estos entretienen el calor de un hogar. Haz la prueba
y veraz que tengo la razón.
Esa misma tarde Marta en su furgoneta
salió rumbo al pueblo.
Estacionó
en un sitio seguro y sombreado por dos árboles robustos y de gruesas ramas el
vehículo. Salió rápida directa a la tienda de Fulgencio.
Este
era un hombre de buen parecido, de complexión atlética, aunque no iba al
gimnasio su trabajo duro le hacía robustecer sus músculos definiéndole el
cuerpo exactamente en una buena proporción. Fulgencio era el hombre más
codiciado del pueblo, especialmente por las mujeres a sus 48 años se le veía
todavía joven, bonachón como ningún otro, su cabello rubio resaltaba su tez
haciéndolo elegantemente más de lo debido, aunque era un simple campesino,
salido de una montaña, se preparó, saliendo desde muy chico de la tierra que lo
vio nacer trasladándose a la capital para sacar la primaria, estudiaba en la
mañana y en las tardes trabajaba, al salir de las clases
elementales, enseguida, sin mirar hacia atrás, sin consultarlo con nadie, ni
con sus padres, se inscribió para cursar estudios en la secundaria, allí se las
vio negras, porque la primaria no era igual que la secundaria, trabajo más duro
de lo debido, quiso abandonar en el penúltimo año, pero un amigo lo aconsejó
que prosiguiera que no se diera por vencido, que le faltaba un año para
graduarse.
A
pesar de todo Fulgencio era un buen estudiante. Ya cursando el último año, se
enfermó pero así como estaba seguía asistiendo a clases, sus esfuerzos, el
ímpetu, la arrogancia de ser alguien en la vida, llegó a la meta final.
Fulgencio logró graduarse de bachiller.
Ingresó
rápidamente a la universidad, escogiendo sin lugar a dudas la veterinaria,
amaba a los animales, se desvivía por ellos, desde muy temprana edad ayudaba a
su padre con la crianza de los animales, su padre tenía una granja, atendía con
devoción a los ganados, a los cerdos, y a las aves de corral.
Los meses
junto con los años transcurrieron como la ráfaga del viento que cuando sopla
con fuerza arranca destempladamente las hojas de los árboles, así justamente
ocurrió con Fulgencio ya cursando el último año, se preparó más, estudiando
obstinadamente…Sus esfuerzos, el dormir y comer mal, porque cuando se está
fuera del hogar materno, en tierras lejanas a cualquiera que tenga sangre y
carne lo hacen sufrir despiadadamente.
Se
graduó de médico veterinario con excelentes notas.
Un
día de regreso, en ese momento que cruzo el ancho portón que da a su casa, se
llevó la sorpresa jamás vista en su vida, sus padres enorgullecidos le hicieron
un pequeño agasajo, alabando el gran
triunfo de su único hijo que recientemente culminó la aspiración que desde niño
tenía cuidar y examinar a los animales. Fueron invitados todos los amigos y
conocidos del padre de Fulgencio. Y del mismo hijo.
Mataron
dos cerdos, gallinas, una vaca, la gente
comía y bebía hasta por los codos. Todos estaban deleitados pero en sana
diversión.
Su
padre sin demora alguna rentó un almacén en el pueblo exclusivamente para su
hijo, una casa amplia, de estilo colonial, con ventanas amplias, con buena
ventilación. Esta tienda también servía de consultorio, este fue el regalo que
le hizo el padre al hijo brillante. Otra sorpresa difícil de asimilarla. Con el
correr de los meses se la compró al propietario.
Él cuando veía a Marta sentía dentro
unos nervios que lo descompensaban deliberadamente, como ahora, la atendía a
todo dar, Marta nada sabía por dónde venía la cosa. Atendiéndola de un modo
especial.
Marta
le compro un loro, Fulgencio le dijo que lo llamara pancho, a los perros que
eran dos le recomendó noche oscura, y al otro por ser marrón mostaza, que te
parece.
Marta
reía a todo dar escapándosele lagrimas por los ojos, Fulgencio como buen
caballero enseguida saco de uno de los bolsillos traseros del pantalón un
pañuelo, él mismo le limpió los ojos.
A
Fulgencio esa sonrisa le agradó tanto que estando a solas en su negocio siempre
la recordaba, sus ojos su mirada, su elegancia, su piel despidiendo esa
fragancia dulzona a mandarina que tanto le atraía.
Marta
seguía yendo a la tienda, a comprarle los alimentos a pancho, noche oscura y
que te parece, cuando no iba por el alimento llevaba a los tres para que los sondeara,
después de haberlos examinado, como todo paciente cuando se ve con el médico
ella abriendo su cartera le extendía el pago, cosa que él rechazaba
rotundamente. Después de tantos ruegos: acéptelo, es su pago. Y él: no y no, es
un regalo que yo le hago, por favor acéptelo de mi parte. ¿Sí?
Está
bien, pero para la próxima le cancelo, y no más regalo.
El
como todo un buen caballero le ayudaba con los dos perros, y ella con el loro,
muy señorial y majestuoso el ave paradito como un príncipe estaba muy tranquilo
en el dedo índice de la mujer.
Transcurrieron los días y los meses
paulatinamente. Marta entraba y salía de la tienda, con el mismo objetivo, comprarles
alimentos a sus animales, en diversas ocasiones los llevaba para que Fulgencio
los evaluara, este le ayudaba a meterlos en la furgoneta, contemplándolos como
se perdían en el horizonte como un puntico negro.
Marta estaba decidida a no seguir yendo
a la tienda, sentía vergüenza con Fulgencio quien se rehusaba firmemente a no
aceptarle el pago por los servicios empleados.
Definitivamente ella había cumplido
imperturbablemente lo que se había propuesto no ir nunca más a la tienda,
optando por ir a otra que estaba ubicada en las afueras del pueblo.
Fulgencio extrañaba a Marta, tanto que se
sentía morir, su presencia era el colirio perfecto a sus ojos. Estaba locamente
enamorado de ella. Igualmente lo mismo le ocurría a Marta, se sentía
perdidamente loca por él, pero sentía miedo, una vergüenza dentro de su ser que
la consumía implacablemente. A nadie tenía que darle cuenta de sus actos, de lo
bueno y de lo malo, de lo debido e indebido. Su abuela acaba de fallecer
recientemente, no tenía a nadie quien le incriminara, sus padres, sus dos
tesoros como lo afirmaba ella murieron en un accidente aéreo.
No
era lo correcto, su reputación es y seguirá siendo su prioridad.
En vista que los días pasaban y no trasladaban
a Marta a la tienda, Fulgencio armándose de valor como un macho que se respeta
decidió una mañana ir a visitarla.
Estas
visitas se prolongaban con más frecuencia, las primeras veces Marta obstinada
inventaba cosas, como no puedo atenderle, voy hacer esto o aquello. Otras: hoy
no puede ser porque debo coser, además tengo visita y teniendo a alguien en
casa me distraigo totalmente y esto no es conveniente que entres.
Pero
él era terco, tan terco como una mula, esa mujer seria para él, sí para él, así
se lo prometió a una imagen de su devoción y lo cumpliría a cabalidad,
prometiendo que esa mujer sería su esposa y para siempre.
Luchó
fuertemente, tanto que pudo al fin cumplir la meta que su mente ideó. La de
infiltrase en su mundo.
Era
un hombre indispensable y más para una mujer sola, le ayudaba a podar las
matas, recogía las frutas a su lado, una vez él se cayó de una escalera y ella
lo auxilió estando él en el suelo, riendo ambos después del hecho, por
cualquier tontería sonreían, le ayudaba a reparar el techo de la casa, le traía
de la tienda los alimentos para los animales, los atendía, los alimentaba y
hasta los examinaba.
Cuando
no venía él a su
casa por el solo hecho del exceso de trabajo ella iba hasta la tienda.
Se
conformaban con el solo hecho de verse.
Y
así pasaron los meses y con ellos la misma rutina, él yendo a su casa. Pero
algo sorprendente ocurrió esos días él le pidió matrimonio, colocándole en el
dedo en el que todos sabemos cuál es, la sortija.
Ella
sin más demora le dio el sí.
Se casaron en Agosto, el matrimonio se
llevo a cabo en casa de la novia, la ceremonia fue efectuada por el padre
Jerónimo.
La
concurrencia fue enorme.
Al
año vino el primer hijo, a mediados de junio vino el segundo y en fin de año
vino el tercero, los tres son profesionales, casados, viven en el extranjero.
A
los tres años Fulgencio muere en un accidente de tránsito. Hasta ahora Marta
viste de negro siempre.
Sumida en la soledad completa, ella
sigue elaborando y confeccionando ropa para damas caballeros y niños.
A los tres años se fue del pueblo para
no volver jamás, se marchó a los Estados Unidos de Norteamérica, a vivir al
lado de sus hijos y nietos, a una casa que le compró recientemente su hijo
mayor en el mismo condado y en la misma avenida en donde viven los tres.
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