jueves, 20 de agosto de 2020

 

 

 

 

  

                        LA LOCA DE EL MUELLE DE SAN BLAS.

 

 

 

            En este embarcadero, en este muelle que muchos conocen como el muelle de San Blas. Víctor se despidió de mí, con un abrazo que pudo durar muy poco, se marchó en un barco con destino a Holanda, prometiéndome que estaría del otro lado del mundo muy pendiente de mí, que me escribiría, que estuviera atenta a las cartas que iba a enviarme, que por favor que le diera las respuestas de la manera rápida posibles, que no dejara ni una sin darle la contestación, que para él aunque yo no lo crea, significaba mucho, que no me descuidara, que conociéndome como me conoce supuestamente yo era muy caída de la mata. Siempre me lo repetía todas las veces que fueran necesarias, no sé si lo hizo para fastidiarme más de lo que estaba, o simplemente para verme enojar. Yo sé que él gozaba por dentro al verme nerviosa sin hallar que hacer.

Pero la amargura gracias a Dios desaparecía, trayéndome aunque  fuera una peladera de dientes, y riéndome de mi misma.

Y ahora qué bicho te pico que andas como mujer floja de barrio.

A mí particularmente no me pasa nada, solamente me rio de la vida, a veces es muy juguetona, la muy sinvergüenza con una.

Mujeres, mujeres quien las entiende, al menos yo no.

Y con este comportamiento desconsiderado lanzaba la puerta tras de sí, de una manera brusca.

Ay Víctor que mal te estoy viendo tú como que me engañas con otra mujer.

      Hace aproximadamente cinco años que te fuiste, nunca supe de ti porque jamás me escribiste las cartas que me prometiste enviarme.

Te marchaste un 19 de Abril, un bendecido mes, o un maldito día que selló mi vida de desgracias.

Y aquí habito en pie como todos los días, llueva truena o relampaguee, estoy aquí en este muelle mirando el horizonte, contemplando el mar verdoso, suplicándole que me lo regrese, así como se lo llevó ese 19 de Abril me lo traiga, en barco, en lancha, o en un salvavidas pero que me lo arroje a mis pies.

Son muchos los paquebotes que llegan del exterior con mercancías, con pasajeros a esta isla, pero en ellos no visualizo la cara de mi esposo.

Comienzo a desesperarme, nunca me gustaron las esperas y mucho menos esperar sentada a alguien y por mucho tiempo sin saber a ciencia cierta si vendrá o no.

Por qué te fuiste, cuál fue el daño qué te hice, cuál fue tu razón, esa razón que te insistió, la que te mortificó, la que no te dejó dormir en paz para dejarme sola en este lugar en  donde todos me llaman loca, la loca del muelle de San Blas.

Creo que fui para ti la mujer perfecta, tenías a tiempo toda tu ropa lavada y planchada sin ninguna arruga que se notara a simple vista, o que otros con la mala intención te lo advirtieran, las camisas siempre estaban olorosas a suavizantes, a fragancias que siempre compraba en el supermercado para no descuidar tu apariencia personal la cual era muy importante para mí,  tu  comida a tiempo rica y bien sazonada como a ti te gusta, con los condimentos requeridos, y que a ti te gustaban mucho.  Te atendía como todo un rey… Un rey se hacía corto delante de ti, de qué valió mucho esmero, mucha atención… sí me abandonaste, pero yo confío en la Santa Providencia que vas a volver el día que yo no lo tome en consideración, el menos esperado, me darás una sorpresota grandota como la luna que contemplábamos aquí mismito, sentados como dos jóvenes que todas las noches se prometen amor eterno.

      No estoy débil, a pesar de la incomodidad, este acecho incontrolable, difícil de dominar, yo continuo a la espera de una embarcación.

Muchos al verme afirman palabras que yo ignoro por completo, que mis cabellos se están cubriendo de canas, que me veo descuidada y vieja que contribuyen a darme un horrible aspecto, esto lo sé sobrellevar, quizá la costumbre me está controlando. No sé si esto es bueno o malo, pero de que los ignoro los ignoro.

Me vale lo que puedan hablar de mí. Yo los miro sin mediar palabras, mis labios están cerrados completamente ante cualquier análisis malsano que se me pueda hacer.

El se marchó mujer, él te dejó, a lo mejor se fue con otra y no sabemos dónde, los hombres son así unos miserables, unos  buenos para nada. Y tú la buenecita del cuento, abrillantándolo como el oro, dándoselas de pavo real, y tú qué, la cenicienta, la huérfana,  ese hombre a final de cuentas se cansó de ti, te dejó, aterriza Úrsula como el avión que pisa la línea de la llegada, pies en tierra mujer, pies en tierra. A mí me duele verte así, porque a pesar de todo eres mi amiga, mi comadre, una comadre echada adelante con todo el peso de una mujer con clase, y que no se muere por alguien que no vale ni valió la pena.

Casimira adelanta el paso para ponerse a la par conmigo. Y lo logró puesto que entró cuando yo  justamente abría la puerta de mi casa.

Te traje un regalo. Dijo en el momento que sacaba de una bolsa plástica muy vistosa y de buen aspecto un panamá de ala ancha y un poncho,- Este sombrero te cubrirá completamente de los rayos del sol, esta ruana para evitarte manchas en la piel y otras molestias que te puedan ocasionar. Así impides ponerte negra como el propio carbón. Te hago estos obsequios con mucho cariño, porque eres una buena mujer y por ser también mi comadre, madrina de mi único hijo, como te adora mi hijo…

Yo te aseguro comadre que Víctor entrará por esa puerta, no sé si lo haga mañana o pasado pero de que aparece, viene. Así lo creo y lo decreto.

Ay comadre perdóneme con lo que voy a decirle siga soñando, total hacerlo no nos cuesta nada. Evítate molestias más de las que ya tienes, deja de ir al muelle, la gente ya comienza hablar de ti cosas muy feas y desagradables.

Si comadre, muchos dicen de mí que estoy loca, no me importa lo que digan o dejen de decir, algún día se cansan, yo iré al muelle todas las veces que crea conveniente, no hay una ley en el mundo que me lo prohíba. Quiero verlo en la cubierta de un barco, o que llegue la noticia diciendo que Víctor murió solo así dejare de pasear por el muelle.

Úrsula mirándose en el espejo, y en la cabeza  su sombrero nuevo con su pocho puesto medio sonríe.

Comadre te agradezco este hermoso regalo está a todo dar, gracias.

Ambas mujeres se abrazan.

Qué buena comadre eres.

      Otra tarde, una mañana, otra tarde una mañana y así de esta manera se prolongaban los días, y Úrsula allí sentada en el muelle con los pies descalzos sumergiéndolos en el agua verdosa que estaba debajo de ella.

Dos barcos llegaron, la tripulación descendió pero no Víctor, ninguna imagen que se le parezca a él descendió, los dueños de todas las embarcaciones la conocían y al verla reían arrojando al aire sus bocanadas de humo, habanos de calidad hechos en Cuba con sabor a café tostado.

Ahí está la loca del muelle de San Blas, pero esta mujer es demasiado dura no se cansa.

El sol la está tostando muy fuerte y le está fundiendo la cabeza. Afirmaba otro, para luego añadir: Pobre mujer me da pena mirarla.

      Muchos pasajeros con una burla tremenda  le tomaban fotos y ella ni se inmutaba.

      Las nubes con arrogancia y empuje comienzan fuertemente a ocultar el sol, y una fuerte brisa aparece sin ser llamada, el viento golpea rudamente el mar bañándola por completo, ella gime de dolor agarrándose de unas cuerdas para no caer, el cielo se tornó oscuro, y en el horizonte un rayo resplandeciente se acaba de asomar, con un sonido estruendoso rompiendo el equilibrio de la tempestad haciéndola más fuerte que al principio.

      Los hombres con sus pechos y hombros al descubierto arrastraban sus lanchas con movimientos ágiles a la orilla muy cerca del muelle, el agua los golpeaba estos parecían muros difíciles de derribar. Quizá por ser hombres por emplear la fuerza bruta el agua no los asustaba.

En cambio Úrsula luchaba débilmente contra la corriente con gemidos cargados de dolor, nadie podía escucharla la briza y la lluvia arrastraban cualquier palabra llevándola a las profundidades del mar.

Los hombres continuaban con la fatigosa labor de sacar los peces de sus embarcaciones, para meterlos en gruesas redes, estas eran  transportadas en hombros a sus hogares, para ellos todo lo que estaba aconteciendo lo recibían con sano placer, se miraban a la cara y se reían de ellos mismos. Pero uno queda al pendiente de las barcas.

      Llegó la noche y con ella un cielo estrellado digno de ser admirado.

A estas horas ningún barco se hace presente.

Derrotada con el alma por el suelo se regresa a su hogar y  comienza a llorar, sentada en un rincón de la habitación con el pelo descuidado y con el vestido sucio, mirando al vacío diciendo para sí misma que no volvería a ver a Víctor, que la comadre tendría razón.    

Diciéndole que aterrizara como los aviones, que se buscó a una mujer y era feliz con ella. Te mando a freír espárragos. Pobre Úrsula se burló de ti.

Enciende la radio, con la intención de escuchar el nombre de su marido pronunciado por el locutor que dijera las atrocidades cometidas por el propio mar, este muerto o no, ella continuará esperándolo. La radio nada dice. Nada dice, todos los días cuando ella está en casa, la radio nada dice.

Esta ausencia te está marchitando, bloqueando cada día.

      A las 6:00 de la mañana la radio dio su primer bloque de informaciones, ninguna noticia que despertara su curiosidad, todo estaba normal, ningún barco hundido, extraviado, nada con respecto al mar, todo estaba bajo control.

Y con estas noticias volvió la alegría a la cara de Úrsula, la mañana era transparente, diáfana, azul, divina, todo está rutilante por dentro y por fuera.

El presentimiento no se dio y nunca se dará a Dios gracias todo está bien, perfecto, las cosas están justas en su santo lugar, se sentía muy satisfecha cómoda consigo misma, hasta amaneció con otro estilo poniéndolo a prueba al caminar.

La mente controla el cuerpo dominándolo a la voluntad de una, o se prospera en la vida o se fracasa. Yo voy a prosperar, en la vida yo voy a prosperar porque seré la vencedora, porque veré a Víctor saltar de alegría en la cubierta de un barco.

Nos abrasaremos y juraremos amor eterno a costados en el muelle tomados de la mano contemplando las constelaciones, llamando a las estrellas por sus propios nombres.

      Día tras día Úrsula esta parada en el muelle con la mirada puesta en el horizonte por si se asoma un barco y en la cubierta del mismo acarreando  la presencia de Víctor.

Pero el mar se negaba rotundamente a traerlo de vuelta, al único amor que tenía en su bendita vida.

Espera ansiosa la llegada, cada día con más desesperación el gesto, el gesto bonito acompañado de un armónico saludo en donde la manifieste: Lo mucho que la quiere, y en donde quede bien plantado, con aplomo, porque las palabras se las lleva el viento. Querida Úrsula, aquí estoy, gracias por la espera.

Ella sería la mujer más feliz, la dichosa, la que pueda existir en el planeta tierra. Le cargaría la maleta con demasiado gusto, no mostrando en la cara, ningún disgusto, porque es en el rostro de las personas  las verdaderas contrariedades se pueden sentir desde adentro. Esa molestia siempre la ocultará delante de quien sea, ella al fin mirara con descaro a todas aquellas personas que se burlaban de ella, llamándola loca. Valió la pena esperar, todo lo bueno requiere de una larga y fatigosa espera.

El sol bañaba con un manto dorado el mar, aquel espectáculo hermoso le hacía inquietar el encanto a toda persona que se tomara la molestia en contemplarlo.

Al fin estarás conmigo, ya nunca te irás a otro pedazo de tierra que no conoces, allí nada tienes que hacer, porque no tienes a una mujer que te ame como te amo yo.

Un barco se acaba de asomar allá en el horizonte, probablemente en esa embarcación blanca vendrá Víctor, su eterno amado

 

Su corazón quiere explotarle de alegría, el gozo que mantuvo durante mucho tiempo, y ahora parece salírsele del pecho. Este le responde a cada momento que deje de inquietarse, que su querido amor viene  en ese buque.   

                                     

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