martes, 4 de agosto de 2020


EL VIEJO Y EL MAR

 

 

       Don Plutarco quiso por todos los medios, aquellos los que le fueran posibles, los que probablemente pudiera echarle mano, sea cual fuera la intención de poder lograr matar al individuo, quien intencionalmente mató a sus dos únicos hijos metiéndole candela a su cantón cuando estaban durmiendo, esta es la forma más conveniente como se alcanza a desnucar una gallina cuando el estomago nos sugiere a gritos comernos un rico y suculento caldo de gallina. Para que el ave en cuestión quede muerta bien muerta los meneos circulares deben realizarse con buena precisión.

Aquellos que deben ser ejecutados, tienen que ser precisos, los movimientos deben ser consolidados más que todo en el pescuezo, esto hasta un niño de cuatro, o seis años lo conoce de buena tinta. Además esta ave de corral no es tonta ni mucho menos mansa, es hasta saltarina la muy avispada, esto lo sabes tú y lo sé yo. Es muy saltona, chilla como no se tiene idea, escandalizando la mitad de una comunidad. Tiene el oído muy agudo, oye cualquier ruido, ya sea de mayor o menor percusión, es muy inteligente, siempre está dispuesta a escabullirse cuando se encuentra en un peligro eminente, huyendo a lugares estratégicos y bien ocultos. Para no ser alcanzada ni descubierta y no verse cogida por el temible cazador que quiere probar.

La lástima debe quedar atrás, no se debe tener,  este sentimiento no debe existir a la hora de pretender matar a la gallina u otro animal que sea doméstico y por supuesto comestible. La sangre que uno debe tener o sentir  en esa ocasión tiene que ser fría retenida en ambos talones por decir algo, el temor debe ser hecho trizas y la rabia debe imperar en la cabeza y en el corazón para poder alcanzar el objetivo propuesto.

Así de esta manera cavilaba don Plutarco al caminar infinitas hectáreas para lograr el buen trayecto que lo llevaría prontamente y sin ninguna demora entretenida a la puerta de doña Paula. El estaba dispuesto a contárselo todo con todos los pelos posibles, todos los posibles que pudiera encontrar siendo del mismo color, porque otro que fuera diferente lo haría confundir. Ella le diría lo que pudiera hacer o no al respecto. Se sentía seguro, y al pensarlo se consideraba más y más seguro, y con sobrado ánimo, tanto, que hasta desearía regalar ese verdadero  entusiasmo a quien lo pudiera necesitar.

       Al ver el mar con ese azul intenso como suele vestirse siempre, con la misma tonalidad de siempre se puso a llorar inconteniblemente como siempre, y como un infante quien no ve a sus padres desde hace muchísimo tiempo, se arremangó los pantalones, dejando los zapatos en  su debido sitio. Como si fuera un niño se lanzó al mar besando el agua repetidas veces, quizá quiso pretender ser Juan Salvador Gaviota, abriendo sus alas con vigor, sacudiéndolas  desplegadas comenzaba ya a volar abiertamente  por el espacioso cielo anchuroso,  porque  que para él, como las aves tienen conciencia, el edén no tiene fin, cae finalmente en picada muy majestuoso al roer con su pico el cristal solemne. Para  volver  de nuevo a encumbrar el vuelo, luego descender, recobrando la ascensión predestinada, y así sucesivamente. Solamente puede imaginárselo, más al estar en contacto con el mar. Para él era la gloria, el agrado infinito, el momento más placentero que podía entretenerlo súbitamente, descartando todo dolor y molestia que pudiera sucumbirle.

       Hoy conoció al hombre quien le dio muerte a sus dos únicos hijos, y para colmo a su hermana por parte de madre, nadie pudo condenar por falta de pruebas su abominable infracción, ninguna cárcel pisó, todo quedó en el absoluto olvido, menos en su mente.

Ahora él habla con el mar

Por culpa de ese desgraciado mi muy querido amigo ya no los tengo, no los puedo disfrutar, pero ahora los necesito, quiero estar a su lado, acariciar sus cabecitas, preguntarles ¿cómo están, si ya comieron, que les duele, qué les hace falta?. ¿Sabes cómo puedo yo soportar esta terrible tristeza? tú eres mi dios, siempre lo he pensado así, desde hace mucho tiempo…Qué hago mi muy querido amigo? qué puedo hacer al respecto, dímelo ahora, te prometo que no me voy a entretener en nada. Solamente quedaré atento a lo que me digas, a lo que se te ocurra, sea lo que sea yo te escucho, tú me conoces mejor que nadie. Por favor no te quedes callado, habla, háblame, qué esperas…Si al menos arrojaras alguna corriente contra las peñas, estaría convencido que tratas por todos los medios de comunicarme algo afirmativo. Si produjeras algún sonido, si le tuerzo el pescuezo al homicida como a la gallina o recurro a otros medios… A cuál acudo, cuál tomo?

Don Plutarco quedándose quieto todo el tiempo que según él era lo más indicado, no escucho ningún intento usado por el mar, seguía  escudriñando con el oído incesante, atento a cualquier gesto del mar siempre y cuando fuera brusco, esto era lo que él más esperaba ansiosamente, pero por más esfuerzo, por más comedido que estuviera sobrepasando el limite, él simplemente  no escuchaba absolutamente nada

Don Plutarco se reveló obstinadamente.

Pues no me digas nada agua inmunda, con razón nadie te quiere, todos te tienen miedo, porque ahogas cualquier vida, sea de temprana o mayor edad, no importándote su color, su raza, su clero. No te quiero ya!, ¡muérete! Deberías sentirte orgulloso que un viejo como yo te implore, recurra a ti con sobrada  confianza, con humildad, que sienta hacia ti amor, siempre te lo he demostrado cuando pronuncio tu nombre, cuando me siento solo, como lo estoy ahora, sintiendo la ausencia de mis hijos y de mí hermana… l Oh mar esbelto me defraudas. Creí que eras mi amigo, eres un total farsante, un bueno para nada. Me ignoraste!

Y saliendo del agua volvió a sumergirse en el llanto.

No vuelvo más, no ya, nunca más, no regresaré a verte, no vale la pena, no vale de nada.

Llegó a la orilla, se desplomó en la arena tranquila ya que no habría una brisa que la levantara, quedando de cara al cielo, las nubes estaban todas despejadas, el sol no estaba, desde que se enfureció con el mar nunca se dio cuenta que el astro rey brillaba por su ausencia.

A dónde iría a parar la estrella brillante. Se decía a sí mismo,- a dónde pudo haberse ido.

Entusiasmado, exaltadísimo por dejarse llevar por una extravagante pero sustituible idea que lo hacía rebasar de afecto, la simpatía que hasta ahora vuelve a recobrar por el bendito mar, las personas como él cambian de parecer a cada instante, como mudar de aires, de vestidos de intereses, una idea descabellada pero que  para él no lo era, según él era lo razonable. Lo sensato.

El mar ha sido bueno conmigo, perdóname por haberte juzgado mal, si ya sé porque no me respondiste, no estaba la estrella brillante la que adorna la simetría de la naturaleza, pero cómo no me di cuenta antes, te comprendo, claro que te entiendo,  tú te dejas manejar estúpidamente por el astro rey quien te gobierna, después de Dios tú te sujetas a sus órdenes, así debe ser. Te mueves cuando te fatigan sus rayos incandescentes, brillas cuando te da luz, cambias paulatinamente de color según el tiempo que impere, haciéndote rabiar cuando está inclemente.

El todo lo controla después de Dios, es el señor y amo del mundo porque no hay ninguna partícula en el mundo que lo pueda poner en un segundo lugar, restándole calidad e importancia. Perdón, perdóname agua mía por enfurecerme y decir sandeces fuera de lugar, que no estaban amalgamadas en mi sano juicio. Te prometo que no volveré a comportarme como un patán. Seré desde ahora en adelante un caballero, un gentil hombre magnetizado por tu bárbara majestuosidad.

Y no diciendo nada más se alejó dejando bien atrás el mar quien contemplaba burlonamente al hombre viéndolo desvalido como derrotado por los sinsabores de la vida. Sin armar escándalo, como el  agitar sus aguas, para que el incauto inocentemente se lo crea todo, y no vuelva como aquel momento a desconsolarse y perder el ánimo.

Cuando sus pasos habilidosos volvieron al camino pedregoso el sol hizo como por arte de magia su aparición. Su visión fue alegre ya que con su luz hacia resplandecer los atractivos sembradíos que estaban a ambos lados de la carretera, de las praderas, dándole un toque de distinción  jamás visto por él, era la primera vez que algo tan esbelto y pomposo se desarrollaba ante sus ojos como una magia rica. Esto hacía que su espíritu de gran devoción hiciera olvidar por un momento los desafortunados recuerdos que tanto le reprimían el corazón. Sus ojos se iluminaron al verse cerca de la casa de doña Paula su gran amiga en años.

La vereda, la que pocos conocían, porque eran muy pocos quienes la peregrinaban, excepto por quien en aquel momento la marchaba, don Plutarco.

Estaba entretenido conversando con mi viejo amigo el mar. Usted sabe mi muy buena amiga que el mar es mi partidario. Como lo es usted. Discúlpeme por la insolente comparación.

No tenga cuidado don Plutarco. Dijo ella.

Don Plutarco tomó una silla por el espaldar para poder lograr sentarse frente a la buena mujer quien estaría dispuesta a escucharle con sobrada atención.

Ayúdeme  doña Paula, dijo el hombre casi temblándole la voz. Como si ella tuviera la última palabra, la misma que tendría un juez para llevar al delincuente a prisión por el resto de sus días.

Acépteme. Continuó diciendo,- acépteme de nuevo en esta casa. Yo no puedo vivir en la misma comunidad en donde vive el homicida quien mató a mis dos únicos hijos y a mi hermana.

El semblante de doña Paula se transformó como una fruta dulce muy apetitosa, a medida que don Plutarco le refería los acontecimientos trágicos ya conocidos por muchos, menos por doña Paula quien recientemente se estaba enterando.

El sabia, estaba convencido que de antemano la buena señora no tendría más remedio que entender, terminaría gustosamente en ayudarlo.

Tiene que pagarlo ante la ley de Dios. Repetía entre sollozos. No fueron animales que se cazan en el bosque, fueron mis hijos a quienes mató.

Doña Paula se levantó colocando una mano por encima del hombro de don Plutarco.

Mi muy querido y apreciado amigo. Dijo ella con ternura y solidaria voz,- ya usted nada puede hacer, absolutamente nada. Ya ellos desafortunada mente están muertos, lo que usted pueda pretender hacer de nada servirá, solo ayudaría a crearse problemas y sin ninguna necesidad, yo sé que eran sus hijos, los únicos que usted tenía en la vida, yo comprendo su dolor totalmente lo comprendo. Se puede venir mañana mismo, dentro de poco les diré a Pablo y a Víctor que desocupen el cuarto de atrás está lleno de  cachivaches que pueden ser trasladados a otra habitación, la casa es grande, para mí es un placer acogerlo en mi propia casa. Mi buen y apreciado amigo como no brindarle mi ayuda, si en situaciones como estas es en donde se demuestra la verdadera amistad. Además don Plutarco somos amigos desde que éramos muchachos imagínese usted. Por lo pronto le serviré un rico y apetitoso caldo de gallina. Si quiere venir conmigo venga por aquí.

Estoy muy agradecido de usted, usted no sabe cuánto.

No tenga cuidado para eso estamos los amigos. Y en cuanto a ese individuo ya lo veremos en la cárcel se lo aseguro, yo misma lo ayudaré. Nunca ha habido un crimen que quede perfecto, que no sea descubierto, todo sale a la luz.  Esto nos tomará tiempo, pero valdrá la pena, lo justo para desarrollar lo que usted y yo vayamos hacer por ahora, por eso es que quiero que mañana mismo se venga usted para acá. Venga por aquí don Plutarco a degustar el rico caldo que preparé por favor.

       Era ya demasiado tarde cuando don Plutarco caminaba por la orilla de la playa. La luna coqueta y solitaria con cierta premura como señorita dejaba escapar con todo su glamour, arrogancia,  su esplendor luminoso, aquellos rayos esbeltos y encantadores, que iluminaban de manera fantástica, prodigiosa las aguas del anchuroso mar, de un matiz plateado.

No importa a la hora que pueda llegar, si es tarde ya, o amanece hallándome aquí sentado contemplando tu hermosura, todo me da igual, menos la muerte de mis dos hijos y la de mi hermana, la única familia que yo tenía en mi vida. Y ya no tengo. Se sentó en la arena con la comodidad posible.

Quiso así la providencia que su mente le trajera a colación un bonito recuerdo pero a la vez muy triste. El cumpleaños de su querida y adorada hija, le había regalado en esa ocasión una muñeca de trapo, que al verla en la estantería del pueblo lo enamoró de una manera que no escatimó en comprarla de inmediato, él le pidió a la dueña del negocio que se la envolviera en papel de regalo y  al verla envuelta con el apreciable y vistoso pliego y  con un lazo de color rosado, más le agradó, salió corriendo del local, con aquel deseo deliberado por llegar rápido a casa y depositarlo en las manos de su hija quien tenía por nombre Virginia corrió más de lo debido, casi llevándose a su paso a todo aquel que encontrara.

Cuando Virginia rasgó el papel y al palparla con sus manos saltó de alegría, viéndola con ojos saltones, vivarachos, derramando la felicidad en su tierno semblante. La niña estaba como loca traveseando con su juguete nuevo, comía como ella, se bañaba con ella, dormía con ella, en fin, hasta la llevaba bien escondida en su mochila a la escuela, para que no fuera vista por sus compañeras de colegio, ni mucho menos por la maestra. Fueron tantas las veces que la llevó corriendo con la genuina suerte, que bien oculta estaba entre sus cuadernos y colores,  nadie lo sospechaba. Para ella su nueva muñeca de trapo era la sensación, el último grito en cuanto a juguete se puede referir. Para otros sería un vulgar fantoche.

Pero un día la gracia que hasta en aquel momento acompañó a Virginia abandonó su protección, cuando se le acercó una niña más avispada que ella quitándole prestado un color azul, para colorear el mar, ya que la clase para aquel entonces se trataba del preciado liquido en donde se resaltaba su importancia y sus beneficios, cómo debemos usarse sin malgastarla, etc.

Virginia se hizo la sorda ante la petición de la otra muchacha quien volvió a solicitárselo. Y viendo la terquedad de Virginia, a la otra no le quedó más remedio que arrebatarle de las manos la mochila que cayó al suelo saliendo a relucir la muñeca.

 

 


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