EL
VIEJO Y EL MAR
Don Plutarco quiso por todos los medios,
aquellos los que le fueran posibles, los que probablemente pudiera echarle mano,
sea cual fuera la intención de poder lograr matar al individuo, quien
intencionalmente mató a sus dos únicos hijos metiéndole candela a su cantón
cuando estaban durmiendo, esta es la forma más conveniente como se alcanza a
desnucar una gallina cuando el estomago nos sugiere a gritos comernos un rico y
suculento caldo de gallina. Para que el ave en cuestión quede muerta bien
muerta los meneos circulares deben realizarse con buena precisión.
Aquellos
que deben ser ejecutados, tienen que ser precisos, los movimientos deben ser consolidados
más que todo en el pescuezo, esto hasta un niño de cuatro, o seis años lo conoce
de buena tinta. Además esta ave de corral no es tonta ni mucho menos mansa, es
hasta saltarina la muy avispada, esto lo sabes tú y lo sé yo. Es muy saltona,
chilla como no se tiene idea, escandalizando la mitad de una comunidad. Tiene
el oído muy agudo, oye cualquier ruido, ya sea de mayor o menor percusión, es
muy inteligente, siempre está dispuesta a escabullirse cuando se encuentra en
un peligro eminente, huyendo a lugares estratégicos y bien ocultos. Para no ser
alcanzada ni descubierta y no verse cogida por el temible cazador que quiere probar.
La
lástima debe quedar atrás, no se debe tener, este sentimiento no debe existir a la hora de
pretender matar a la gallina u otro animal que sea doméstico y por supuesto
comestible. La sangre que uno debe tener o sentir en esa ocasión tiene que ser fría retenida en
ambos talones por decir algo, el temor debe ser hecho trizas y la rabia debe
imperar en la cabeza y en el corazón para poder alcanzar el objetivo propuesto.
Así
de esta manera cavilaba don Plutarco al caminar infinitas hectáreas para lograr
el buen trayecto que lo llevaría prontamente y sin ninguna demora entretenida a
la puerta de doña Paula. El estaba dispuesto a contárselo todo con todos los
pelos posibles, todos los posibles que pudiera encontrar siendo del mismo
color, porque otro que fuera diferente lo haría confundir. Ella le diría lo que
pudiera hacer o no al respecto. Se sentía seguro, y al pensarlo se consideraba
más y más seguro, y con sobrado ánimo, tanto, que hasta desearía regalar ese
verdadero entusiasmo a quien lo pudiera
necesitar.
Al ver el mar con ese azul intenso como
suele vestirse siempre, con la misma tonalidad de siempre se puso a llorar
inconteniblemente como siempre, y como un infante quien no ve a sus padres
desde hace muchísimo tiempo, se arremangó los pantalones, dejando los zapatos
en su debido sitio. Como si fuera un
niño se lanzó al mar besando el agua repetidas veces, quizá quiso pretender ser
Juan Salvador Gaviota, abriendo sus alas con vigor, sacudiéndolas desplegadas comenzaba ya a volar abiertamente
por el espacioso cielo anchuroso, porque que para él, como las aves tienen conciencia,
el edén no tiene fin, cae finalmente en picada muy majestuoso al roer con su
pico el cristal solemne. Para volver de nuevo a encumbrar el vuelo, luego descender,
recobrando la ascensión predestinada, y así sucesivamente. Solamente puede
imaginárselo, más al estar en contacto con el mar. Para él era la gloria, el
agrado infinito, el momento más placentero que podía entretenerlo súbitamente,
descartando todo dolor y molestia que pudiera sucumbirle.
Hoy conoció al hombre quien le dio
muerte a sus dos únicos hijos, y para colmo a su hermana por parte de madre,
nadie pudo condenar por falta de pruebas su abominable infracción, ninguna
cárcel pisó, todo quedó en el absoluto olvido, menos en su mente.
Ahora
él habla con el mar
Por
culpa de ese desgraciado mi muy querido amigo ya no los tengo, no los puedo
disfrutar, pero ahora los necesito, quiero estar a su lado, acariciar sus
cabecitas, preguntarles ¿cómo están, si ya comieron, que les duele, qué les
hace falta?. ¿Sabes cómo puedo yo soportar esta terrible tristeza? tú eres mi dios,
siempre lo he pensado así, desde hace mucho tiempo…Qué hago mi muy querido
amigo? qué puedo hacer al respecto, dímelo ahora, te prometo que no me voy a entretener
en nada. Solamente quedaré atento a lo que me digas, a lo que se te ocurra, sea
lo que sea yo te escucho, tú me conoces mejor que nadie. Por favor no te quedes
callado, habla, háblame, qué esperas…Si al menos arrojaras alguna corriente
contra las peñas, estaría convencido que tratas por todos los medios de comunicarme
algo afirmativo. Si produjeras algún sonido, si le tuerzo el pescuezo al
homicida como a la gallina o recurro a otros medios… A cuál acudo, cuál tomo?
Don
Plutarco quedándose quieto todo el tiempo que según él era lo más indicado, no
escucho ningún intento usado por el mar, seguía escudriñando con el oído incesante, atento a
cualquier gesto del mar siempre y cuando fuera brusco, esto era lo que él más
esperaba ansiosamente, pero por más esfuerzo, por más comedido que estuviera
sobrepasando el limite, él simplemente no escuchaba absolutamente nada
Don
Plutarco se reveló obstinadamente.
Pues
no me digas nada agua inmunda, con razón nadie te quiere, todos te tienen miedo,
porque ahogas cualquier vida, sea de temprana o mayor edad, no importándote su
color, su raza, su clero. No te quiero ya!, ¡muérete! Deberías sentirte
orgulloso que un viejo como yo te implore, recurra a ti con sobrada confianza, con humildad, que sienta hacia ti
amor, siempre te lo he demostrado cuando pronuncio tu nombre, cuando me siento
solo, como lo estoy ahora, sintiendo la ausencia de mis hijos y de mí hermana…
l Oh mar esbelto me defraudas. Creí que eras mi amigo, eres un total farsante,
un bueno para nada. Me ignoraste!
Y
saliendo del agua volvió a sumergirse en el llanto.
No
vuelvo más, no ya, nunca más, no regresaré a verte, no vale la pena, no vale de
nada.
Llegó
a la orilla, se desplomó en la arena tranquila ya que no habría una brisa que
la levantara, quedando de cara al cielo, las nubes estaban todas despejadas, el
sol no estaba, desde que se enfureció con el mar nunca se dio cuenta que el
astro rey brillaba por su ausencia.
A
dónde iría a parar la estrella brillante. Se decía a sí mismo,- a dónde pudo
haberse ido.
Entusiasmado,
exaltadísimo por dejarse llevar por una extravagante pero sustituible idea que
lo hacía rebasar de afecto, la simpatía que hasta ahora vuelve a recobrar por
el bendito mar, las personas como él cambian de parecer a cada instante, como mudar
de aires, de vestidos de intereses, una idea descabellada pero que para él no lo era, según él era lo razonable. Lo
sensato.
El
mar ha sido bueno conmigo, perdóname por haberte juzgado mal, si ya sé porque
no me respondiste, no estaba la estrella brillante la que adorna la simetría de
la naturaleza, pero cómo no me di cuenta antes, te comprendo, claro que te entiendo,
tú te dejas manejar estúpidamente por el
astro rey quien te gobierna, después de Dios tú te sujetas a sus órdenes, así
debe ser. Te mueves cuando te fatigan sus rayos incandescentes, brillas cuando
te da luz, cambias paulatinamente de color según el tiempo que impere,
haciéndote rabiar cuando está inclemente.
El
todo lo controla después de Dios, es el señor y amo del mundo porque no hay
ninguna partícula en el mundo que lo pueda poner en un segundo lugar,
restándole calidad e importancia. Perdón, perdóname agua mía por enfurecerme y
decir sandeces fuera de lugar, que no estaban amalgamadas en mi sano juicio. Te
prometo que no volveré a comportarme como un patán. Seré desde ahora en
adelante un caballero, un gentil hombre magnetizado por tu bárbara majestuosidad.
Y
no diciendo nada más se alejó dejando bien atrás el mar quien contemplaba
burlonamente al hombre viéndolo desvalido como derrotado por los sinsabores de
la vida. Sin armar escándalo, como el agitar sus aguas, para que el incauto
inocentemente se lo crea todo, y no vuelva como aquel momento a desconsolarse y
perder el ánimo.
Cuando
sus pasos habilidosos volvieron al camino pedregoso el sol hizo como por arte
de magia su aparición. Su visión fue alegre ya que con su luz hacia
resplandecer los atractivos sembradíos que estaban a ambos lados de la
carretera, de las praderas, dándole un toque de distinción jamás visto por él, era la primera vez que
algo tan esbelto y pomposo se desarrollaba ante sus ojos como una magia rica.
Esto hacía que su espíritu de gran devoción hiciera olvidar por un momento los
desafortunados recuerdos que tanto le reprimían el corazón. Sus ojos se
iluminaron al verse cerca de la casa de doña Paula su gran amiga en años.
La
vereda, la que pocos conocían, porque eran muy pocos quienes la peregrinaban,
excepto por quien en aquel momento la marchaba, don Plutarco.
Estaba
entretenido conversando con mi viejo amigo el mar. Usted sabe mi muy buena
amiga que el mar es mi partidario. Como lo es usted. Discúlpeme por la
insolente comparación.
No
tenga cuidado don Plutarco. Dijo ella.
Don
Plutarco tomó una silla por el espaldar para poder lograr sentarse frente a la
buena mujer quien estaría dispuesta a escucharle con sobrada atención.
Ayúdeme doña Paula, dijo el hombre casi temblándole
la voz. Como si ella tuviera la última palabra, la misma que tendría un juez
para llevar al delincuente a prisión por el resto de sus días.
Acépteme.
Continuó diciendo,- acépteme de nuevo en esta casa. Yo no puedo vivir en la
misma comunidad en donde vive el homicida quien mató a mis dos únicos hijos y a
mi hermana.
El
semblante de doña Paula se transformó como una fruta dulce muy apetitosa, a
medida que don Plutarco le refería los acontecimientos trágicos ya conocidos
por muchos, menos por doña Paula quien recientemente se estaba enterando.
El
sabia, estaba convencido que de antemano la buena señora no tendría más remedio
que entender, terminaría gustosamente en ayudarlo.
Tiene
que pagarlo ante la ley de Dios. Repetía entre sollozos. No fueron animales que
se cazan en el bosque, fueron mis hijos a quienes mató.
Doña
Paula se levantó colocando una mano por encima del hombro de don Plutarco.
Mi
muy querido y apreciado amigo. Dijo ella con ternura y solidaria voz,- ya usted
nada puede hacer, absolutamente nada. Ya ellos desafortunada mente están
muertos, lo que usted pueda pretender hacer de nada servirá, solo ayudaría a
crearse problemas y sin ninguna necesidad, yo sé que eran sus hijos, los únicos
que usted tenía en la vida, yo comprendo su dolor totalmente lo comprendo. Se
puede venir mañana mismo, dentro de poco les diré a Pablo y a Víctor que
desocupen el cuarto de atrás está lleno de
cachivaches que pueden ser trasladados a otra habitación, la casa es
grande, para mí es un placer acogerlo en mi propia casa. Mi buen y apreciado
amigo como no brindarle mi ayuda, si en situaciones como estas es en donde se
demuestra la verdadera amistad. Además don Plutarco somos amigos desde que
éramos muchachos imagínese usted. Por lo pronto le serviré un rico y apetitoso
caldo de gallina. Si quiere venir conmigo venga por aquí.
Estoy
muy agradecido de usted, usted no sabe cuánto.
No
tenga cuidado para eso estamos los amigos. Y en cuanto a ese individuo ya lo
veremos en la cárcel se lo aseguro, yo misma lo ayudaré. Nunca ha habido un
crimen que quede perfecto, que no sea descubierto, todo sale a la luz. Esto nos tomará tiempo, pero valdrá la pena,
lo justo para desarrollar lo que usted y yo vayamos hacer por ahora, por eso es
que quiero que mañana mismo se venga usted para acá. Venga por aquí don
Plutarco a degustar el rico caldo que preparé por favor.
Era ya demasiado tarde cuando don
Plutarco caminaba por la orilla de la playa. La luna coqueta y solitaria con
cierta premura como señorita dejaba escapar con todo su glamour, arrogancia, su esplendor luminoso, aquellos rayos esbeltos
y encantadores, que iluminaban de manera fantástica, prodigiosa las aguas del
anchuroso mar, de un matiz plateado.
No
importa a la hora que pueda llegar, si es tarde ya, o amanece hallándome aquí
sentado contemplando tu hermosura, todo me da igual, menos la muerte de mis dos
hijos y la de mi hermana, la única familia que yo tenía en mi vida. Y ya no
tengo. Se sentó en la arena con la comodidad posible.
Quiso
así la providencia que su mente le trajera a colación un bonito recuerdo pero a
la vez muy triste. El cumpleaños de su querida y adorada hija, le había
regalado en esa ocasión una muñeca de trapo, que al verla en la estantería del
pueblo lo enamoró de una manera que no escatimó en comprarla de inmediato, él
le pidió a la dueña del negocio que se la envolviera en papel de regalo y al verla envuelta con el apreciable y vistoso
pliego y con un lazo de color rosado,
más le agradó, salió corriendo del local, con aquel deseo deliberado por llegar
rápido a casa y depositarlo en las manos de su hija quien tenía por nombre
Virginia corrió más de lo debido, casi llevándose a su paso a todo aquel que
encontrara.
Cuando
Virginia rasgó el papel y al palparla con sus manos saltó de alegría, viéndola
con ojos saltones, vivarachos, derramando la felicidad en su tierno semblante.
La niña estaba como loca traveseando con su juguete nuevo, comía como ella, se
bañaba con ella, dormía con ella, en fin, hasta la llevaba bien escondida en su
mochila a la escuela, para que no fuera vista por sus compañeras de colegio, ni
mucho menos por la maestra. Fueron tantas las veces que la llevó corriendo con
la genuina suerte, que bien oculta estaba entre sus cuadernos y colores, nadie lo sospechaba. Para ella su nueva muñeca
de trapo era la sensación, el último grito en cuanto a juguete se puede
referir. Para otros sería un vulgar fantoche.
Pero
un día la gracia que hasta en aquel momento acompañó a Virginia abandonó su
protección, cuando se le acercó una niña más avispada que ella quitándole
prestado un color azul, para colorear el mar, ya que la clase para aquel
entonces se trataba del preciado liquido en donde se resaltaba su importancia y
sus beneficios, cómo debemos usarse sin malgastarla, etc.
Virginia
se hizo la sorda ante la petición de la otra muchacha quien volvió a solicitárselo.
Y viendo la terquedad de Virginia, a la otra no le quedó más remedio que
arrebatarle de las manos la mochila que cayó al suelo saliendo a relucir la
muñeca.
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