domingo, 30 de agosto de 2020

 

N

 

 

 

                                        

                                                       LA ALEGRÍA POR VIVIR.

 

       Zacarías camina lentamente por la ancha calle próxima a su residencia, son  muchos los años que posee, está muy saludable cosa que a él le ha costado mucho esfuerzo en la vida, la costumbre de caminar en la mañanas, como otros que también lo suelen hacer le consagra un rotundo y exquisito placer  .

Las tardes para él son las más gloriosas, y él no sabe hasta ahora cuál es la bendita razón que  esconde todo este placer que ha conservado por años, todavía siente ese gusto que nunca acabará. Feliz por esta razón sea la que sea me siento a gusto conmigo mismo, eso es lo agradable de la vida más cuando ya se está viejo, un viejo decrepito que no sabe que es lo que quiere, que nunca estuvo conforme. A él todo eso le ha importado un bledo.

La armonía acompañada con el color del crepúsculo, que a esta hora, como todas las horas, a la hora exacta, a la hora que sea, en el lugar exacto, el correcto, se deja asomar en el mismo sitio del cielo. El sol se ocultó, una agradable briza se hace sentir en el cuerpo, y  esto por su puesto hace más placentera las tertulias de todas las personas que están sentadas en los bancos de la plaza. O en cualquier otro sitio cerca o distante. Las hojas de los arboles se estremecen, pero el ánimo la circunspección siempre se ha mantenido en todo lo alto como cuando él se mira en el espejo acomodándose el sombrero, insistiéndole a su hija Julia cómo lo ve, guapo, o simplemente qué tal le parece, si le queda bien o mal, por Dios que le sea sincera. Sí está bien o mal acomodado en su cabeza el bendito casco. Te ves divino papá. Un señor guapo, agradable y seductor que puede conquistar si te lo propone a la mujer que muy bien podría servirle de compañera, no digo una, dos, tres o cuatro. Oye…No es porque seas mi papá pero el elogio lo tienes, todavía a tu edad te conservas.

Siempre fue como un loro que habla hasta por los codos.

A mí como que me hicieron mis padres en la cama hablando, creo que nunca estaban bien acomodados digo en el lecho cuando lo estaban haciendo, porque de seguro estaban hablan que te hablan, creo que nunca se ponían de acuerdo como en otras cosas, menos cuando estaban fajados haciendo la cosa más bella del mundo que Dios nos dejó  porque si no fuera por esa cosa este mundo no sería mundo. Además para ser exactos yo no existiría.  

Pero su vocabulario era rico muy florido cuyas frases eran como si fueran extraídas de un diccionario, muchos fueron de los que opinaban que el viejo gustaba de la lectura, que su habitación estaba atiborrada de libros por todos los rincones y hasta en el piso, que en esa habitación no se podía entrar, que era amantes de los libros desde cuando eran adolecentes, que no se los prestaban a nadie. Que hasta podría, si él se lo propusiera algún día ser el cronista de San Mateo.

Buen consejero, buen amigo, llevas la vida como Dios te la va dando, como se te abra al paso, con beneplácito, con paciencia y con mucho amor, regalándole una sonrisa a un extraño, a un conocido sin importarte para nada su condición, te enseñaron desde muy temprana edad a sonreír,  bravo Zacarías, ovaciones para ti, que sea rotundo y extendido para que dejes sordo a Pekín, sé que tienes como todo el mundo defectos, pero yo a simple vista no te los hecho de ver, ni te los menciono  si los tienes por decir algo, lo disimulas muy bien qué merito, para que nadie se dé cuenta, pero los tienes, pero  día tras día, nunca se te ve mala cara, un rostro descontagiado, libre de asperezas y de repugnancias que solo acarrea mal sin sabores, o precisamente la atracción de enemigos que a la larga pueden ser peligrosos, ni tampoco de tu boca arrojas sapos y culebras,  trata al mundo con una risita agradabilísima.

Ay Zacarías como te envidio, a pesar de los años, que son muchos por cierto, que se han alojado sabiamente en tu cuerpo, a tu espalda, hasta tu estilo de vida, de caminar, lo haces de una manera perfecta, siendo la envidia hasta de los adolescentes quienes atrapados te examinan por minutos viéndote caminar. Se nota a simple vista que gustas de circular al aire libre, o en la intimidad de tu hogar con el libro en la cabeza y te mantienes erguido derecho para que no se lance al piso en un descuido tuyo el bendito libro. Propio de un modelo profesional.

Sé que eres la envidia de todo el sector en donde vives, y aunque lo niegues y lo sigas negando rotundamente de que no es así, pero todo esto te hace sentir súper bien.  Te eleva, si te elevas, llevándote al espacio sideral, al infinito, bravo por ello, vuelvo a referirme a los aplausos, yo no entiendo porque a mí particularmente me gustan los aplausos, no me importa la edad de quien lo celebra, me gustan y punto,  un rotundo cumplido, un rimero de aplausos que no son detenidos por ninguna voz extraña, por ningún intento trata de arruinar el espectáculo, eso nunca te ocurrirá porque el mundo te respeta con admiración ciega, hasta se descubren por unos momentos el cráneo, al quitarse el sombrero cuando  pasas a un lado haciéndote el desapercibido como que no quieres la cosa.

Pero si he quedado sorprendido al verte la dentadura porque sin proponértelo has reído abiertamente, tienes la dentadura perfecta, no son prótesis, te has cuidado bien. Si hasta pareces un niño.

Cuéntame tu secreto. Me sonríes, pero no quieres decírmelo,  si no lo quieres hacer no te obligaré, miras al cielo como pretendiéndose distraer de la pregunta que deseo saber, sabes una cosa te lo pregunto porque quiero ser como tú, quiero llegar a tu edad, copiar tu estilo de vida que ya comienza agradarme, pero no me dices nada, te has callado por un largo momento que me parece injusto.

Lo único que sueles hacer es estirar las piernas y mirártelas, como gesticulando la respuesta que casi no escucho, pero me parece que la medio escucho: No sé de qué secreto me estás hablando, yo no lo conozco, muchacho cuál es.

Me has contado que te sientes bien, tanto como si fueras el roble que se mantiene verde y muy plantado detrás de la iglesia, que tus valores están perfectos, que nunca has sufrido de la tensión, que por las tardes tomas tu té de manzanilla, que llevas una vida tranquila sin preocupación alguna que no le das chance ni siquiera para meterse en el cuerpo, que no eres sedentario, que crees en Dios y que acudes regularmente a la iglesia.

Como te admiro Zacarías, cuando yo esté viejo quiero ser como tú  con tu mismo estilo de vida, con tu misma rutina, con todo lo que haces o dejes de hacer, tuviste tus hijos, ya tienes nietos. Sueñas y aun sigues soñando, es divertido. Sí divertidísimo.

Te sientes bien viviendo con tu hija y con su marido, y  tus tres nietos.

Qué más le puedes pedir a la vida, tener a cuatro seres que se preocupan de ti, que se esmeran y se desviven por ti, que están al pendiente de ti, siempre al pendiente de ti.

      Te levantas, estrechas mi mano con un fuerte apretón.

Y con tu andar armonioso semejante a las notas musicales de un afamado compositor, que escudriñando imperativamente su pentagrama, ha asimilado las notas musicales ya que pronto dará un concierto en un afamado teatro, comienzas a caminar apoyando tu brazo izquierdo en tu bastón, te veo alejarte de mí, sé que vas sonriendo.

Esa sonrisa siempre permanecerá en mi imaginación. Estará dirigida a Dios o al cielo. He aquí la incógnita, muchas veces se lo pregunté solamente me respondía con evasivas…He aquí el dilema. Difícil de responder y dar con el misterio por qué no conozco la respuesta. Nunca me concedió el placer de conocerla. Qué raro, sí que es raro este noble Zacarías, pero me conformo que algún día me dará a conocer la consabida respuesta.

 

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