martes, 1 de septiembre de 2020

 

 

 

LA CASA JUNTO AL MAR.

 

 

    

        Ella se despereza buscando a tientas el lado izquierdo de su cama y tanteando la almohada prolongada veces, en donde debía supuestamente de estar la humanidad del hombre que muchas veces le ha jurado amor eterno y por más que lo intentaba, buscarlo con su propia mano, él no estaba. Salió bien temprano como en otras ocasiones a trabajar.

Muy considerado de su parte, no la despertó para nada, él mismo se había servido el desayuno. Con un hombre así una es feliz, completamente feliz. 

Otro día más en esta casa que siento extraña, con esta soledad que me pesa, que me acompaña, atenta, siempre vigilante con lo que hago o voy hacer, es aterradora simulando una compasión que no tiene, que ninguna ha tenido. Este silencio donde el sonido del mar cada vez se hace más profundo, lo hace cada vez más detestable, aunque estaba ya acostumbrada a escucharlo, no me gusta estar sola, me siento inservible incapaz de controlarse por sí misma. No sintiéndose dueña de sí misma.

Se levanta contra su propia voluntad echando un vistazo a la gran ventana que tiene a un lado, y que mantiene abierta, acercándose, comienza a contemplar el anchuroso mar con un azul intenso, muy agradable y quieto, tranquilo a sus anchas para contemplarlo con minuciosidad, el cual se desparrama a pocos centímetros de la casa, sus aguas estaban despejadas, el agua ni siquiera golpeaba las rocas, estaba débil, sin ningún viento que promulgara su fuerza, son las nueve de la mañana este se mantiene sobrio.

Porque este hombre me suele dejar sola todo el tiempo, con lo que me gusta a mí hablar.

      Las gaviotas comienzan a graznar de manera chocante, me vuelvo acercar a la ventana y allí estaban lanzándose en picada, y con el alimento en sus picos alzaban el vuelo desapareciendo en el acto, otras llegaban haciendo lo mismo que las primeras innovaron.

Aquel espectáculo nunca acabaría, pero ya empezaba a fastidiarme.

Creo que no es agradable vivir cerca del mar.

Aunque a veces no me entiendo al admitir que cuando no las escucho me siento más solitaria.

Me falta el aire, el mismo aire inclemente que golpea su memoria con los recuerdos negativos de su vida anterior. Son como duendes que se hacen presentes en todas partes, las evocaciones están en todo lugar de la tierra, algunas te dominan, otras te entristecen haciéndose tu dueña no dejándote en paz por mucho tiempo y más cuando se está íngrima y sola.

Ella deja de mirar el mar, después de haber cumplido con su aseo personal y otras cosas similares la regla que todo ser viviente cumple en todos los lugares del mundo. Se sirve una taza de café, con pan tostado untándolo con mantequilla. Que desagradable es comer sola estar todo el día desolada.

Las gaviotas continúan con su cántico andarín.

Sale de la casa echándose en la arena, de cara al cielo, el sol a esta hora es agradable, el sonido del mar no es molesto, quizá porque no hay calor, pero oír su sonido le trae una paz que nunca llegó a sentir, a pesar del tiempo que tenía viviendo allí. Esta  conformidad  jamás  llegó a ser apreciada, en las ciudades que son grandes y bulliciosas te mantienen en un desequilibrio mental, con el aire tóxico, producto del monóxido de carbono que despiden los vehículos,  con el paso apurado corres como el viento para llegar con tiempo al sitio en donde debes estar, qué desesperación tener que echarle ojo al reloj de pulsera todo el tiempo, es el reloj sí es el reloj  quien toma la delantera,  la situación se torna más veloz de lo habitual. Todo este contexto te hace vivir intensamente de mal humor y a la defensiva, en todo ees un cascarrabias. En el mejor sentido de la palabra.

      Ella tenía un tío que se llamaba Simón, lo trae a colación porque lo está recordando, el tío gustaba mucho del campo, de estar continuamente en contacto con la naturaleza, de escalar una montaña, pero qué extraño que nunca le habló del mar, y ella jamás le preguntó por el océano, tampoco le indagó si alguna vez estuvo a las orillas viéndolo como ella lo ve textualmente.

Mujer deberías estar feliz que ese hombre, tu enamorado, que tarde o temprano se casara contigo, porque para hacerlo se necesita de estar endiabla mente enamorado de una mujer, que eres tú por supuesto, te haya comprado una linda y buena casa junto al mar. Son muy pocos los hombres quienes les compran a sus mujeres una casa junto al mar. Deberías sentirte orgullosa.

Debería tener un hijo, un pedacito de carne tuyo como de él.

Sí, en todo lo que me estás diciendo tienes toda la razón del mundo, su compañía alejaría esta soledad que me está tocando sin yo darme cuenta. Estoy decidida a decírselo, no tiene porque enojarse, es algo lógico, llevamos mucho tiempo viviendo juntos, y un niño es la alegría verdadera en cualquier hogar del mundo.

Ella más que nadie sabe que Horacio siempre estaba preocupado en su oficina al dejarla solo por mucho tiempo, pero qué otra cosa podía hacer.

Los únicos días que la pasaban juntos en casa eran los fines de semana, los días de asueto, las navidades o cuando este ansiosamente solicitaba un permiso que su jefe gentilmente le concedía por ser un trabajador responsable llevando un historial impecable no faltando un día a su labor.

Muchos se sorprendían que en tres años viviendo como marido y mujer, el asomo de un casamiento no se veía en puerta.

Según ella, un pensamiento, una respuesta tan estúpida digna de una persona ignorante y sin estudios pudiera dar la contestación que ella se está imaginando. El escuchar música, noticias en la radio ver la tele me entretienen verdaderamente. Boba eres una boba, cómo puedes pensar eso.

Una buena respuesta sería la de  un niño, la falta de un hijo que sea de una me haría sentir súper feliz, como me lo dijo mi tío, seré una mujer completa, pero jamás me conformaría con tener uno solo, aspiraría tener otro, lo que llamamos vulgarmente el casar, con este obsequio sería la mujer más feliz de este estado. Después vendría la boda.

Ella nunca esta quieta siempre está haciendo algo quizá sea por el propio encierro, ella es como esas gaviotas que todavía se mantienen a fuera y con el mismo movimiento.

      Los días transcurrían lentamente. Quizá esto se debía al calor que reinaba, o por el oleaje que despide las olas al calentarse el mar.

La radio en sus boletines informativos explicaba con lujo de detalles este extraño fenómeno tropical, pidiéndoles encarecidamente a los habitantes del lugar que usaran ropa liviana nada de abrigarse, que llegarían vientos huracanados de doble intensidad, a las costas las cuales serán golpeadas, alertando también a los pescadores que no salieran a pescar, que se resguardaran dentro de sus casas, estar fuera del hogar es sumamente peligroso, tomen las precauciones necesarias para evitar daños materiales, y perdidas humanas.  

Ella ya estaba al tanto de lo que iba a ocurrir el fin de semana.

      El fin de semana sin tocar las puertas de los diferentes hogares hizo acto de presencia.

El mar comenzó a intranquilizarse, los acantilados eran golpeados bruscamente y el viento con toda su furia dejaba escapar un sonido que daba miedo, como un silbido de ultratumba.

La casa estaba completamente cerrada. Era una vivienda segura. Horacio después de haberla adquirido se percató seriamente en tomar las precauciones necesarias, para no lamentar sucesos que podrían ocasionar la muerte de ella o la suya propia. O la misma destrucción de la residencia .

El cielo estaba oscuro, demasiado oscuro, dejando escapar estruendosamente un rayo con una inmensa descarga que hacía temblar la tierra.

Horacio y ella lo escucharon desde dentro, los dos estaban echados en la cama tomados de las manos y a oscuras, ya que la electricidad no funcionaba, ya que fue interrumpida por la tempestad.

Ellos esperaban confiadamente que toda esta desmotivación de la naturaleza acabara de una vez por todas.

A través de la ventana ellos observan, aunque ya estaban familiarizados  eventualmente cuando se presentaba un tifón como el que se está presentando, ver las olas romper, chocar contra las rocas, ver el mar agitado como insinuándoles que esto llevaría días para que vuelva a reinar la calma.

El cristal de las ventanas eran irresistible, estaban confeccionadas para no dejarse vencer por esta clase de borrascas así fueran las más fuertes jamás vistas.

Horacio pensaba en todo lo que fuera posible en los pro y en los contra, era muy inteligente, antes de hacer las cosas las pensaba con cabalidad para no desesperar después, si no fuera tomado las provisiones con la casa las necesarias que fueran posibles, ahora estarían sufriendo la calamidad, uno de ellos estaría muerto.

La arena que se levantaba, iba a parar demasiado veloz  a los cristales de las ventanas, golpeándolos y con una arrogancia pertinaz.

El cielo negro les hacía recordar a cada rato que esto sería para largo.

      La tempestad duró aproximadamente tres días. La arena sepultó el piso de la entrada.

      El sol con sus rayos luminosos trajo la dicha a la comunidad.

Las gaviotas en lo alto descendían en picada sobre el mar, sus graznidos eran alegres y dicharacheros.

      Una mañana estaba Horacio en la cocina preparándose un sándwich y con la taza de café humeante sobre la mesa y disponiéndose a desayunar se sorprendió al ver a su mujer parada en el umbral de la puerta muy alegre.

Horacio antes de que desayunes quiero decirte algo grandioso, algo que me acaba de suceder.

El se levantó dejando a medio morder el sándwich, y al estar  junto a ella.

Y bien dime lo que tengas que decirme.

Tengo un retraso.

Horacio sin entender absolutamente nada.

¿Qué tienes qué?

 Creo que estoy embarazada.

Horacio lleno de una infinita alegría rebosante en su corazón y en todo su cuerpo abrazó sin ninguna demora a la mujer, estaba entusiasmado por la buena nueva que acaba de concederle su mujer quien sonreía hasta más no poder…La cubría de besos, todos los besos que le fueran posibles y necesarios.

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