ROSA LA SOLTERONA SE VA A CASAR.
Las
dos mujeres aceleran el paso, ambas caminan rápido como tratando de ganarle a
las horas el movimiento que solamente les pertenecen a ellas por el solo hecho de ser damas, y llegar a tiempo
al lugar pretendido.
Un
humo denso y transparente se desprende por la calle como si brotara de la
mismísima tierra cubriéndoles completamente las piernas, las dos mujeres doblan
la esquina haciéndolas desaparecer de mi vista, todavía estoy en la ventana, el
único respiradero que tiene esta buhardilla, a pesar de ser pequeña para
alguien que quiera rentarla, para mi es todo lo contrario, muy comodísima, aquí caben todas mis cosas
perfectamente, quizá porque vivo solo con mi perra noche oscura, me gusta tanto
este espacio que solamente al pensar que si algún día llego abandonarlo la
extrañaría muchísimo.
Claro que las conozco señor juez, una se
llama Marta, muy buena mujer por cierto, precisamente ayer me regaló unas
galletas de chocolate que ella misma había preparado a base de maní, como me
gustan, yo las coloque en la mesita de noche, por la tarde me olvidé de ellas
por completo, en la noche sirviéndome un vaso con leche me acordé de las
galletas, llevándome la mal sorpresa, la noche oscura se comió mis galletas.
Usted sabe que todos los animales son sabios, lo digo por mi perra, cuando yo
la llamo por su nombre sale enseguida de su escondrijo enrollando y
desenrollando la cola, que cosa con noche oscura. Dios me la cuide y me la
proteja
Perdóneme
por desviarme de este hecho bochornoso, pero lo que ocurre conmigo y esto me
pasa con mucha frecuencia es que cuando hablo mucho como ahora lo estoy
diciendo suelo salirme del tema, es decir de lo que se está conversando. Le
prometo que no me volverá a ocurrir. La otra se llama Rosa, Rosita la
solterona, la que no tuvo perro que le ladrara, o ninguno que le enjugara las
lagrimas el mismo quien pudo haberle sacado el moco por la nariz las veces que
quisiera, si son novios ¿o no? Tiene
todo el derecho de enamorarse. Para mi
entender tiene el derecho que tiene la humanidad entera. Usted sabe más que yo,
por la barba que usted tiene que las mujeres cuando tienen sus añitos, cuando
no buscan maridos por las primaveras cosidas al cuerpo se ponen insoportables
considerándose feas. Considerándose que se quedaron en el aparato y no hay
quien encienda el motor…¿Y por qué sonríe? Dígame el motivo de su sonrisa, ah…
ya sé…ya sé porque sonríe, no me diga que usted lo sabe mejor que yo, es por
eso que sonríe, ah picaron, pero por qué antes no se me ocurrió pensar eso de
usted…Qué cosa señor juez, qué cosa…De nuevo discúlpeme, a la lengua yo no le
pongo freno, Dios que pensará usted de mí. Discúlpeme no debí hablarme en la
forma como lo hice. Por un momento pensé que estaba platicando con mi amigo
Reinaldo, el mismo quien me obsequio la perra a la que puse por nombre noche
oscura dentro de una caja de cartón. No sé por qué le estoy diciendo todo esto.
Sé
que debo hablar del hecho concreto, fíjese que de nuevo me he vuelto a desviar
del hecho concreto como lo ha mencionado usted en varias ocasiones.
Si…
Como se lo comenté las dos mujeres salieron supongo que a la droguería para
comprarle al hijo la medicina, si el hijo de Marta porque la otra la pobre, ya
sabe usted…Recuerde que yo estaba mirándolo todo por la ventana contemplando la
lluvia…quién…Pero quién carrizo me mandó a mí a colocarme en ese momento a
observarla estúpidamente como si no las conociera por la ventana, pensándolo
bien es mi ventana tengo el derecho de permanecer allí parado todas las veces
que quiera porque es mía, aunque sea rentada pago por ella, puedo observar lo
que me pueda llamar la atención…Pero uno a veces se pone nostálgico viendo el
temporal caer, deslizarse por las
alcantarillas, sentir como los recuerdos acontecidos en épocas anteriores
zurcidos de paz y mucha prosperidad regresan, retornan sin desestimar
condiciones volviendo a posesionarse de nuestras mentes, por esas evocaciones
estúpidas e inverosímiles…por más que tratemos retroceder el tiempo es
imposible porque no podrán resucitar…si señor juez vuelvo al asunto que nos
acontece.
Después
que cruzaron la esquina, apareció en mal momento Evaristo Sotomayor, yo lo vi
con estos ojos que se han de comer los gusanos, cuando miraba por todas partes
aterrorizado por si alguien como yo lo estaría observando, y más cuando el
individuo se introducía el arma en un bolsillo de su chaqueta.
Evaristo
volvió a sacar el arma sin ninguna contemplación le disparó a Marta saliendo en
feroz carrera, yo lo vi. Que más prueba que la que le estoy diciendo. Rosa no
pudo darse cuenta de nada, si lo hubiera hecho estaría declarando como yo lo
que le estoy refutando. Arréstenlo metiéndolo en la cárcel, Marta fue una buena
mujer y su muerte no debe quedar impugne.
Evaristo Sotomayor me miraba con odio,
un odio extremadamente sangriento, sangriento en el sentido que ya me veía en
mi imaginación abaleado, tirado en el suelo como un perro y con la camisa
teñida de rojo, el rojo vivo el rojo mismo de la propia muerte, mi propia
sangre. Lo mire a la cara pero sin ningún miedo que develara el temor que poco
a poco iba recobrando fuerza en mí que pronto, muy pronto se apagaría
arrastrándome, lanzándome al desierto de la desesperación. Pero lo miraba aun
con desenfrenada insistencia. Esposado salió de la sala acompañado de dos
guardias uno en ambos lados. Imposible si quisiera escapar ya que la sala
estaba abarrotado de personas que conozco desde hace años, otras no, estas eran
la primera vez que yo las veía, de dónde salieron, no lo sé, nunca lo supe.
Ya
no hay más que decir o hacer así que Salí.
Por
el trayecto camino a casa por todos lados veía la fotografía de Evaristo
Sotomayor y a un lado la de Marta. No quise leer el titular, quería apartar por
todos los medios el pérfido pensamiento que desde ayer me ha mortificado no
desamparándome de día ni de noche. La avenida a pesar que era día miércoles
estaba muy concurrida, el transito un poco pesado.
Quiero
caminar sosegadamente sin ningún apuro, quiero disfrutar la tarde y así lo hice
yéndome a la plaza, me senté en un banco a contemplar los rostros de las
personas que caminaban cerca de mí, a los niños salir del colegio, a las
parejas quienes tomados de la mano se sonríen mutuamente, mostrando la
felicidad que se siente al estar el uno al lado del otro, otras parejas se
besan, otras sentadas en la grama platican miran a los lados y también como he
de suponer sonríen.
Las
horas han volado sin yo darme cuenta, al estar frente a la puerta de la casa
veo a Reinaldo sentado en un escalón de la estrecha escalera.
Ya
en la habitación, quitándome el suéter y colocándolo en el espaldar de una
silla me siento en la cama, Reinaldo ha sacado de la nevera un refresco
ofreciéndome gentilmente un trago, negué con la mano que no quería por los
momentos nada que fuera batido, que prepararía café para sentirme confortable,
ya que la tarde fue implacable, la infusión la compartiríamos con unas
galletas.
Me
levanté a prepararlo, y con la posible
tarea, la de encender la estufa, llenar la cafetera, ya con el brebaje dentro
voy hacia él.
Lo
denunciaste…¿Sabes lo que has hecho? ¿A lo que te has expuesto? Cavar tu propia
tumba, eso es lo que estúpidamente has hecho. ¿Por qué carajo lo hiciste? Te
has metido en un tremendo paquete muy gigante muy difícil de romper el envoltorio,
solamente a ti se te ocurre denunciar a un individuo que es sumamente
peligroso. Ese hombre te va a comer, no quedara satisfecho hasta no verte
muerto porque le has privado de la libertad. Qué cosa contigo Mateo destrozaste
tu vida, así de fácil.
Le
dieron diez años de prisión. Dije como tratando de apaciguarlo, de bajarle el
mal animo o quizá para aliviarme a mí mismo.
En
diez años. Continúo,- en diez años pueden suceder muchas cosas que tú y yo
desconocemos. Tienes el tiempo suficiente de buscarte por todos los medios otra
casa.
No,
qué digo no otra casa. Sentenció rápidamente,- yo te aconsejaría que te fueras
del país, no sé a Nueva York, Japón, o Europa. Piénsalo Mateo. Piénsalo. Afirmó
angustiadísimo.
La
cafetera comienza a silbar, apago la estufa, le ofrezco a Reinaldo una taza, me
la rechaza, alegando como es lógico que acaba de tomar refresco y que puede
hacerle daño al estomago, por el frío. Lo recalcó.
Aceptando
que la tomaría mas tarde que por momento unas galletas le caería a gloria.
Rey
disfruta de las galletas comiéndolas poco a poco, yo saboreo el café menos las
galletas que prefiero dejárselas a él.
En las afueras la lluvia vuelve hacer de
las suyas, cayendo con una furia tenaz y abrumadora avalancha, como el jinete que
maltrata con sobrado fanatismo al caballo que monta con la pretensión de ganar
la carrera, no importándole para nada el buen estado del animal, al ver el
hombre que está en la última curva, emplea con más dureza la fusta, ya conforme
porque todas las molestias dirigidas al alazán no fueron en ningún momento en
vano, resulta el único vencedor de la competencia, sonríe al público, los
reporteros le toman fotografías, en diferentes posiciones, apabullando de
caricias y de mimos al animal que acaba de darle la victoria.
Nuestra tertulia fue a mi parecer muy
larga, tanto así que ya eran casi las ocho de la noche, la lluvia aunque no
había terminado del todo, se mantenía con menor intensidad, momento que
Reinaldo supo aprovechar para irse prometiéndome que vendría mañana por la
tarde, entre tantas cosas que hablamos me aconsejó que yo no hablara más de la
cuenta, que si veía algo que bien pudiera perjudicarme que no lo contara, que
me lo tragara, para que de esta manera no me viera involucrado en problemas muy
semejante a este que pesa detrás de mi persona, como lo dice él, detrás de mi
persona.
Por
la ventana veo a Reinaldo saliendo de la casa, parecía un verdadero esquimal
con su capucha y con el impermeable que le quedaba un poco holgado, era experto
al igual que yo, ora trotando, ora saltando con mucha agilidad las lagunas de
agua que provenían de las adyacencias.
Cierro
la ventana, una ola de frio se hace sentir ahora dentro de la habitación,
rápidamente me pongo el suéter, me acuesto ajustando la almohada debajo de mi
cabeza para de esta manera poder descansar, y con los ojos abiertos contemplo
ensimismado el techo, llevo horas de horas en esta situación, pensando en lo
sucedido, en como sacó el arma Evaristo disparándole a sangre fría a Marta, en
la cara de terror que mostró que ella mostraba, en lo que me había dicho
Reinaldo, en fin en tantas cosas que ahora, por ser ahora no hubiera dicho,
como dice Reinaldo: uno nunca debe decir esta boca es mía siendo la nuestra que
sin querer se pone en peligro.
Una
rama acaba de rozar el cristal de la ventana esto como es lógico me impresiona enormemente,
pensando que Evaristo montado en una escalera trataba por todos los medios
colocarse por la ventana y vérselas conmigo. Me incorporo un poco, no hay
nadie, solamente veo la rama en un desequilibrio total, apareciendo y
desaparececiendo a través del cristal, movida por el pertinaz viento.
Mañana
bien temprano y aprovechando que es sábado me treparé al árbol y con la sierra cortaré la rama
intrusa.
Y
repasando lo que tendría que hacer
mañana temprano me quede dormido.
A la mañana siguiente con un sol a todo
dar, propicio para hacer infinidades de labores tales como: salir de viaje, ir
a la playa, salir de compras, trotar, hacer ejercicios al aire libre en fin ¿qué
puede hacerse en un día como hoy? Vaya usted a saber, solo la imaginación en
estos casos es lo que cuenta para realizar todo lo que se nos antoje.
Me
había levantado, desayunando rápidamente dos emparedados, alternándolos con jugo de
naranja, más tarde como era muy temprano me dio tiempo para prepararme una taza
de café. Luego sin perder más tiempo subí al árbol y con la sierra teniendo el
cuidado posible con el cable de la electricidad pude al fin cortar el vástago
que tantos problemas me había ocasionado cuando el mal tiempo reinaba o cuando
el viento hacia de las suyas, no debía esperar a que Reinaldo lo hiciera por mí,
muchas veces él se ofreció sin yo pedírselo a cortarla, pero el problema era mío
y de nadie más, por lo tanto a mi por ser el cabeza de la casa me correspondía
exclusivamente remediarlo.
Cuando
la rama cayó al suelo, ya decidido a bajar del techo por la escalera de metal.
Escucho a Rosa decirle a Octavio un ochentón quien le doblaba en años a la
pobre solterona, ella ni tonta que lo fuera debía avisparse, por lo pronto
aprovechar al viejo, buscar como yo me lo estoy imaginando así sea una estatua
aunque sea dañada por el tiempo es decir, agrietada porque a las autoridades de
turno no tienen o no les dio la gana de limpiarla o no se preocuparon nunca de
su mantenimiento, esto suele ocurrir en todas las plazas que existen en todos
los países, o simplemente obstruidas prosaicamente por la caca de cualquier ave
que se posa o duerme sobre ellas. Decirle sí a todo lo que el ochentón le decía
a Rosa la solterona.
Debe
mimarlo, abrazarlo, guiñarle aunque sea un ojo para que quede rendido a sus
pies, pero todo esto tiene que salir del corazón aunque sea de mentirita pero
debe demostrarse natural y no rayar en lo superficial. Dios lo que hacen
algunas mujeres para no quedarse en el aparato, quedando íngrimas y solas.
Bravo por ella, bravo por Rosa la solterona que se nos va a casar con velo y corona…¿Con
velo y corona? Lo dudo, lo dudo mucho porque ya está un poco vieja. No Rosa no
está para esas ridiculeces, yo que la conozco muy bien a pesar de lo loca que
es ella sabe darse su puesto, es decir siempre evita caer en lo ridículo.
Lo
que viene a continuación…Esto a mí no me causa risa porque estamos finalizando
el años sesenta y cuatro, donde lo romántico con palabras trilladas que muchos
conocemos solemos oír en cualquier sitio en donde hayan dos enamorados que se
quieren a muerte que han leído sopotocientos poemas románticos, como es el
caso, el caso que me compete el de Rosa y Octavio quienes leyeron los
suficientes poemas sentimentales para realzar las palabras que se mencionan a
continuación.
Octavio
me haces la mujer más feliz de la tierra, o mejor dicho de este condado, tu
amor que noto que es sincero también de parte mía es correspondido, desde que
llegaste a este lugar mis ojos se fijaron en ti de una manera única y tú sabes
que es así, no hay momentos ni siquiera uno solo que no deje de pensar en ti,
mi mundo lo llenas tú.
Yo
también digo lo mismo mi Julieta, mi Dulcinea del Toboso. Le responde él,- tus
ojos maravillosos, tu sonrisa me enloquece tanto que a veces enfermo de
delirio, y mi corazón, mi gran corazón ya no encuentra quietud, palpita al
verte, a veces siento miedo, mucho temor de hablarte en este estado porque
quizá corro con la mala suerte de que otros cercanos a mí lo vean tirado en el
piso y comiencen a reír deliberadamente…¿Quieres ser mi esposa?
Rosa
muy rápida como si fuese el propio torbellino responde: Claro que sí mi amor,
encantadísima. Sonríe abiertamente mostrando una buena dentadura que a Octavio
le fascina.
Un
beso llevado ligeramente por el abrazo se consume bajo la delicadeza de la
ternura y la verdadera pasión que se pone de manifiesto en los dos enamorados
que se miran fijamente a los ojos, no poniendo reparo en el sitio.
Permitiéndome
a sí mismo la visión de los dos tortolitos que hasta hace unos instantes se han
declarado su amor en la quietud de la tarde
con un sol cuya luz resplandeciente no
le hace ningún daño a quien está debajo del. Tal es la actitud que hasta se me
parece que ambos estuvieran parados encima de una roca al contacto del mar,
cuyas olas al temblar chocan incesantemente, mojándolos gran parte de sus
vestiduras, pero los dos enamorados están bien enamorados para darse cuenta de
eso y al juzgar por sus posiciones se sienten cómodos estando unidos cuerpo a
cuerpo.
Ya
separados y tomados de la mano salen de mi campo visual.
A los dos meses de haber acontecido lo
que acabo de declarar fue la fulminante boda, esto a mí particularmente me llenó
de una gran satisfacción porque a decir verdad los dos, no porque tenga
suficiente tiempo conociéndolos, ambos a mi parecer son excelentes personas.
En
ese mismo lapso supe también lo de Marta quien murió de un paro respiratorio.
Una noticia que me produjo un descontrol tremendo. Claro, cómo no va a morir,
si vio al hombre apuntándole con el arma.
Faltando dos semanas para salir de la
cárcel Evaristo Sotomayor me fui del condado. Reinaldo me ayudó a empacar lo
poco que tenia.
Me
fui lejos, bien lejos no menciono el país para que no llegue la información a
oídos de Evaristo y pueda cometer conmigo un segundo asesinato, tomaré muy en
cuenta la recomendación de Reinaldo que hay que mantener la boca cerrada para
evitar problemas.
Dude
mucho en salir de mi buhardilla, la abandonaría para siempre, ya no
volvería a verla jamás, era mi rincón favorito, el sitio más acogedor de la
casa la cual había escogido desde un principio para convertirla por así decirlo en mi hogar como lo comenté desde el principio
que ahora dejo por el temor loco de estar al asedio de un homicida que no está
ni estará tranquilo hasta no ponerme la mano encima para hacerme daño.
Esto
no me lo perdonaría nunca el de haberle robado diez años de su cochina vida,
pero se lo tenía merecido, todo aquel que mata debe de pagar. Al diablo con Evaristo Sotomayor, al diablo
con él.
Abandoné mi condado en compañía de mi
fiel y discreta noche oscura que siempre estará conmigo en los gratos y
fallidos momentos, en cuanto a Reinaldo nos escribiremos.
A medida que avanzo por la calzada mi
rostro en un gesto melancólico, hace que vuelva a observar la ventana de
cristal la cual cerré momentos antes de salir, se me salen las lagrimas al saber que hoy precisamente
hoy es el último momento que también la contemplo.
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