PAZ PARA EL
ALMA.
Sentado en el mismo banco dentro de esta
plaza, la misma que suelo frecuentar todos los santos días a esta hora de la
tarde, en la que suelo también no importando la circunstancia que pueda
enaltecerse, estoy cómodamente a todas
horas, disfrutándolas si se quiere al máximo, todas sí todas las que me sean
necesarias hasta ahora, espero que sean muchas o las únicas, las que son, las
que me hacen rechinar de alegría el corazón, inflando mi estado de ánimo,
elevándolo más allá llegando a las alturas del cielo…
Puedo
contar con las tardes infinidades de veces, las que quiero, las que procuro querer, a la hora que quiero y en
el momento que lo deseo.
El
tiempo se hace adorable y muy sugestivo,
tal como se toma un batido de fresa, el que siempre me ha gustado, y por qué no
decirlo, me trae momentos gratos de ensoñación, los cuales se pueden
experimentar una sola vez en la vida, o un humeante café, rico y estimulante,
mis hijas lo preparan con demasiado fervor, yo diría con demasiada delicia, en
eso se parece a mi esposa, mi difunta esposa que en paz descanse, la infusión
me alivia las asperezas de un mal rato que se asomó diligentemente en el
transcurso del día, si no existieran toda la humanidad sería feliz, todos
sonreiríamos.
El
paladar, el suyo o el mío, que se encuentra abanicando el estómago de los malos sabores
que alguna comida nos hizo producir la ansiedad, que es la causante de un
malestar huraño, que nos creó un mal momento.
Estar aquí es como estar en un santuario,
es lo máximo, la gloria perfecta, el
paraíso por decir algo, y con el aire fresco.
Sin asumir ninguna preocupación me siento a
mis anchas, reduciéndome el estrés.
Por decir algo le pongo a mí ser el pestillo
cerrando la tranquilidad, no le permito que salga así me esté sintiendo mal,
esto lo hago para no darle paso alguno a esas impaciencias malsanas que solo logran
preocupar y malgastar el cerebro, poniéndote la vida de cuadritos en un
cubierto, que no pretendes por nada del mundo ni siquiera acercarlo a la boca,
porque sabes que te puede hacer daño, pero tienes que hacerlo, es la ley de la vida,
la que es justa a los ojos de Dios y del
mundo entero, la que te enseñaron en casa tus padres, los maestros en el
colegio o la misma sociedad, o la aprendiste por costumbre, o aquellas las que
te hacen sentir súper mal provocándote terribles jaquecas, las cuales no te
permiten de alguna manera, ni conciliar
ese sueño deparador que tanto anhelas, originándote molestias en el cuerpo. A
veces, sin que me quede nada por dentro aunque no lo quiera dejo salir la
tranquilidad de lo más profundo de mi alma. Soy un ser humano como cualquiera.
Válgame Dios qué contradicción. Nos equivocamos así de simple, y aquel que no
lo haya hecho hasta el momento que arroje la piedra, yo no estoy al tanto en
donde pueda caer, simplemente estoy diciendo que la arroje.
Cansado,
agotado, porque sometes a tu organismo diariamente
a la rutina, a la prolongación continua
malsana de las labores a las que estamos burdamente sometidos, las que más
tarde serán convertidas en simples rutinas, porque si no trabajas no comes,
cuando se tiene a una familia hay que cumplir, como si estuviéramos pagando el
servicio militar, obedecer a todas las reglas impuestas por el estado, las responsabilidades
incesantes que no tiene control de cómo parar por un momento siquiera, nos
conformamos con decir: es la Ley de la vida y nada más. Somos todos los
responsables al escoger nuestro propio estilo de vida.
También utilizo este espacio de la plaza, un buen
logro alcanzado que yo mismo busqué siendo para mí, para todo aquel que le
sirve de esparcimiento un gran privilegio, también para todos aquellos que vivimos cerca, para menoscabar los pensamientos, rasgándolos hasta
lo más profundo de nuestras espíritu, esto
me hace sentir contento. Feliz es la palabra que se puede utilizar.
Porque antes de hacer las cosas lo
primordial es observar minuciosamente el lugar en donde uno se encuentra, tal
como me lo decían mis profesores, cuando estudiaba bachillerato, el poder sentarse con todo el placer del
mundo, no quitando para nada el ojo a todas aquellas veces que sean viables, no
importándote la frecuencia con que lo hagas, debemos observarlo todo, como si
fuéramos el lente de la cámara, con esto te das cuenta si hay a tu alrededor
personas nuevas o no, que por primera vez comienzan a visitar este precioso
rincón. Sea el lugar que sea.
Echo una mirada de vez en cuando al cielo
despejado, con estas nubes que me hacen recordar momentos agradables de mi vida
cuando estaba en Valencia, cuando tuve mi primer hijo, cuando escuché por vez
primera de sus labios el susurro dulce llamándome papá,
cuando coloqué junto con mi esposa el árbol de navidad en la sala adornándolo de
escarchas, bambalinas, hermoseándolo de diversas
figuras, no quedando conforme con lo que deseábamos, o cuando montado en el
techo, mi mujer aterrada me gritaba llena de pánico pensando perpleja que me iba a caer de nalgas al suelo, advirtiéndome
que tuviera cuidado cuando pretendiera fijar una teja que estaba suelta, la cual nos producía malestares y sin sabores cuando llovía torrencialmente, inundándonos
precisamente la sala, cuando tuvimos nuestro segundo hijo todo fue una gran
fiesta, una algarabía exorbitante que duró meses, después vino la tercera, muy
tranquila la niña, que no protesta, todo lo ve bien, muy fundamentosa, hasta
ahora ya con sus veinte años de edad, no le conozco pretendiente alguno, y si
lo tiene, lo tendrá bien oculto, porque nada sabemos al respecto, el cuarto,
que ahora está viviendo en suelo norteamericano es el que me da dolores de
cabeza.
O como ahora que veo a esas dos señoras que hilvanando a mano un
suéter como si castañetearan sus dedos, las
dos dejando su labor a un lado, me saludan gustosamente, tal vez me conocen de en alguna parte, pero lo que es lamentable que
a ellas no las recuerdo haberles visto en alguna parte , luego emprenden la
labor que tanto placer les causa.
Otras
carcajean por cualquier menudencia que
ahora refieren, que tal vez vieron o escucharon
de alguien, o ellas
mismas hicieron la invención la cual les produce diversión.
Otros
señores bien plantados como yo y bien
vestidos acordes con la moda, escuchan la radio atentamente, la radio que yo
también oigo en la comodidad de mi hogar, cuando no tengo nada que hacer, no en la plaza, bueno eso en nada me gusta… Bueno
cada quien con su gusto, además no le
hacen daño a nadie, pero se notan que se
divierten a lo grande, aguzando el oído para
estar al tanto de las noticias más resaltantes ocurridas en el país, y en el
mundo entero.
Más
allá, en la grama, veo a un par de jóvenes acostados, con las miradas
embelesadas al cielo, como si le estuvieran pidiendo consejos a papa Dios.
Todo está tranquilo, y por esta quietud, por
esta calma, por este equilibrio perfecto
lleno de una abundante firmeza, un sosiego divino, por esta paz espectacular, infinita que no tiene ninguna comparación
siento que recorre mi cuerpo entero embalsamándolo, yo bendigo a la Divina
providencia por haberme permitido la atracción de conocer este bendito lugar.
Las hojas de los árboles están en
profunda calma, no hay una corriente de aire, una brisa que las haga temblar, o
que las haga desprenderse de su gran lecho donde se sienten confortables en
donde se fundamentan también a sus anchas, evitando de esta forma ir a parar al
suelo para quedar tristes e indefensas, pisoteadas, y lanzadas al cesto
de la basura, todo me parece hermoso con las tonalidades que puedan percibirse en
los matices de los invariables colores, ensalzo
este momento y todos los tiempos que he de pasar aquí, no importándome si estoy
acompañado de un amigo conocido o no, que con su compañía triste o cálida me haga sentir agradable, impaciente o también
triste, prefiero una y mil veces esta
soledad emotiva. Este banco que ya considero mi amigo.
Porque conozco de sobra este lugar,
ya que vivo cerca, que es por
esta sencillísima razón y no hay otra,
las que deseo habitar todas las tardes solicitando a Dios
que sean las suficientes las que puedan complementar mi vida, las que me sean concebiblemente permitidas para estar como ahora, sentado en
este mismo banco, o en otro similar, siempre y cuando sea dentro de esta plaza,
( con la cual me identifico, como el carnet de filiación, con el mismo ambiente, con la misma gente, con
su raza, con su religión, con sus manías, con su estilo de vida, con su
orientación sexual, con sus diferentes puntos de vista) he ahí mi anhelo el de
estar todas las veces que quiero, venir hasta acá a la hora del día, la que más me conviene,
las que yo quiero en el momento que
quiero, el estar justamente sentado en este mismo lugar para estar a la
mira de todo lo que hermosamente se traslada ante mis ojos llevándome
mágicamente a otros tiempos a otros mundos,
quiero continuar evocándolos para
no salir nunca de ellos.
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