viernes, 10 de abril de 2020


                                              AGRADECIDA DE DIOS.


                                                                              
       Estoy sola en esta habitación, la oscuridad reina por doquier, no sé cuánto tiempo estaré aquí, todo depende de lo bien que pueda estar para que me den de alta lo más pronto posible. Mis hijos piensan que yo no sé lo que tengo, lo que poseo es aterrante, pero me lleno de fe y confianza,  y le pido a Dios insistentemente que me de las fuerzas necesarias para superar todo esto, sé que debo luchar por mis nietos, quiero verlos crecer, a penas son unos niños que no tienen conciencia de nada, que solamente saben decir papá y mamá. Desde que me dijeron que tenía cáncer, que el tumor a medida que avanzaban los años iba creciendo, sentía que la vida paulatinamente se iba apagando poco a poco. Al principio me sentí mal por no hallar qué hacer, pero los ángeles ayudadores siempre están por todas partes, en donde Dios pueda colocarlos, y yo corrí con la gracia de encontrar a uno, que digo a una, mi amiga Rosaura, ella me ha dado todo el aliento del universo, estando al pendiente de mí, llamándome por teléfono en cada momento por si necesito algo. Es como si fuera mi madre, aunque es menor que yo. Mis hijos se han portado también conmigo, llenándome de atenciones, trayéndome esto o aquello . No me quiero morir por la sencilla razón de que no he hecho el trabajo completo en mi vida. Sé que algo me falta, cada quien en este mundo conoce su vida y sabe si ha hecho algo considerable en su fructífera o desgraciada existencia. No soy la primera ni la última.
Sé que en estos casos las personas cuando pasan por lo que yo estoy atravesando recurren al suicidio, yo no lo permitiré, no me lo permito ante la ley de Dios porque soy una devota que cree y confía en El.
       Mis suplicas fueron escuchadas por El que todo lo puede, salí del hospital un día jueves, en casa fui recibida con bombos y platillos por mis hijos y mis nietos quienes me aguardaban en casa para hacerme una pequeña celebración de bienvenida. Aquello fue tan bonito para mí que nunca pude olvidar el hecho de que mis nietos al verme saltaran de alegría  corriendo por el jardín para encontrarse con su querida abuelita, como solían decirme cuando venían a casa y con los brazos abiertos me abrazaban como el oso, todos en tropel y al mismo tiempo. Que uno de mis hijos tuvo que gritarles para que me dejaran en paz y poder continuar con mi paso resuelto hasta la puerta de entrada ayudada por mi hijo  menor Julián el menor . Que se estaba tomando muy en serio el rol de lazarillo.
Déjalos que jueguen conmigo eso los hace sentirse felices como yo con solo verlos me hacen sentir bien.
       Cada día me sentía muy bien. Las terapias me eran muy favorables, mi cabeza la mantenía  completamente cubierta por una pañoleta de vistosos colores. Tanto en casa como cuando iba a realizarme las benditas irradiaciones. Aunque me producían fuertes dolores, debía por mi propio bien soportarlas pacientemente.
       Los días transcurrían velozmente como el viento y con ello las fuerzas acompañadas de la buena disposición se manteniendo a la par de mi organismo, los exámenes rutinarios que se han de practicar en estos casos estamparon resultados satisfactorios. Cada día estaba yo muy agradecida de Dios por la ayuda que me estaba prestando. Tenía conciencia que cuando una es agradecida de todo lo que se tiene, la confianza plena en el Soberano, y la seguridad en sí misma, Dios siempre está vigilante y socorriendo.
       El mantenerme en casa activa al pendiente con la ayuda de Rosaura,  en   todas las necesidades que todo hogar requiere a cada momento, me hacia olvidar de mi malestar, y esto según el médico era bueno y satisfactorio ya que me hacía elevar las defensas. Los dolores de cabeza se aliviaron, dormía perfectamente bien y sin ningún sobresalto. Mis hijos me visitaban diariamente, dejando a sus esposas en casa para vigilarme y ayudarme. Rosaura al ver que estaban a mi lado venía con poca frecuencia, según ella no quería inmiscuirse en nada que pudiera importunar la ayuda que ellos me brindaban por ser mi familia y que por derecho le correspondía, quería no obstaculizar las buenas intenciones que pudieran tener para conmigo, y más que venían desde lejos, la privacidad para con la familia es y seguirá siendo bendecida, afirmaba ella, cada vez que  la llamaba  por teléfono.
        Los niños hacían poco ruido, ellos estaban consientes de que debían obrar en silencio, eran muy considerados, esto me permitió pensar que sus padres habían hablado con antelación de mi situación, y se lo agradezco ya que el bullicio me molestaba un poco.
Mi salud según el médico estaba favorablemente excelente, y esto me llenaba de una gran placidez, mis oraciones estaban siendo oídas llegando directamente al cielo. Todas las tardes mi hijo menor me acompañaba al culto, nos sentábamos al lado de Rosaura quienes atentas escuchábamos el sermón del pastor, quien nos decía que debíamos ser agradecidos en la vida, que habíamos de hacer el bien sin importarnos quien recibía el favor.
       Diciembre llegó de una forma inesperada, y con el mi onomástico cumpleaños, mi marido Alberto llegó esta mañana de la Argentina para celebrar con nosotros las navidades, llevaba ya tres años trabajando en una compañía naviera, los primeros días fueron muy difíciles para mí, ya que no estaba a mi lado, lo extrañaba tanto, que muchas veces en medio de la oscuridad rozaba con mi mano el lado en donde él dormía. Y al no encontrarlo me daba perfecta cuenta que no estaba conmigo, que estaba fuera del alcance de mi brazo y de mi mano, lejos bien lejos de mi persona. Muchas veces quiso que fuera yo a la Argentina a pasar unos días con él, yo estaba entusiasmada con la idea de aceptar su proposición, pasar unos días con él. Pero la debilidad producida por mi enfermedad no me lo permitió.
Pero a Dios gracias esto pertenece al pasado, ahora me siento fuerte muy fuerte, con los deseos intensos de seguir viviendo por mi esposo, mis hijos y sobre todo mis nietos a quien quiero tanto. Me siento feliz y muy dichosa al verlos todos reunidos a mi alrededor, llenándome de mimos, arrumacos, nunca me sentí tan querida como ahora.
Ver el árbol de navidad me llena de ánimo, la grandeza por haber cumplido un año más de vida. Me siento como un héroe por haber derrotado las ligaduras que quieren por todos los medios postrarme en un lecho que siempre esquivo y no quiero permitírmelo, porque no me veo, ni siquiera en una cinta cinematográfica. Mis hijos elogiaban lo bien que me veía con aquel vestido vino tinto que a su padre me trajo esta vez del sur. El collar de perlas que me obsequió mi hijo mayor, junto con el par de sarcillos, Alberto afirmaba que me quedaba espléndidamente bien. Toda una hermosura!
Me siento bien, cada día conforme y mucho mejor.
Alberto y yo bailamos una melodía que solíamos zapatear cuando éramos  apenas unos adolescentes.
Era agradable ver a mis hijos y mis nietos reír de gozo al vernos danzar.
Ya en la noche brindábamos por un año más.
       La noche grisácea  con la luna en el centro nos invitó a salir haciéndonos sentar obligados por su candor en la grama, ambos alzamos nuestros cuellos para contemplar las estrellas que titilaban con mucha frecuencia, haciéndonos evocar momentos agradables, minutos pasados que jamás no podrán volver porque franquearon ya, y lo que avanza jamás regresa.
Cada casa del condado estaba adornada con luces de colores, aquello era sorprendente, alucinante, verse rodeado con muchas agudezas de diferentes colores. Allí sentados como dos enamorados nos acariciábamos y nos besábamos. Alberto estaba aguardando el momento para decirme que el próximo año trabajaría aquí en Venezuela, que había expuesto a la directiva de la empresa la necesidad de estar con su familia, ya que tenía ya demasiado tiempo, el tiempo suficiente fuera de casa y de su país, también había expuesto mi delicada enfermedad. Su manifestación sería tomada en cuenta, ya que Alberto era un eficiente trabajador, le ponía corazón a todo lo que se proponía. Raras veces se enfermaba, era de complexión fuerte, animada en todo, nunca se quejaba. La noticia de tenerlo de vuelta a casa, y cerca de mí me alegró mucho.
Una pertinaz lluvia nos hizo levantar de la grama, que tuvimos que levantarnos rápidamente y entrar a la casa.
Ya en nuestra habitación nos frotábamos con nuestras toallas el cuerpo, para evitar un resfriado.
       El médico me informó en presencia de mi esposo estando en su oficina, al revisar unos papeles, quizá serían los exámenes que momentos antes su enfermera le hizo llegar al entrar, y al cerrar la puerta la mujer, me expuso satisfactoriamente con cara sonriente que el tumor había desaparecido por completo. Yo me levanté del asiento y abrace a mi esposo demasiada contenta. Dándole las gracias al doctor me hizo hincapié al  señalarme que debía estar controlándome cada mes si era necesario, que no debía por ningún motivo descuidarme. Nunca yo me desatendí, al contrario tomé las medidas necesarias para hacerle frente como toda una guerrera a esta temible enfermedad.
Menos mal que el tumor cancerígeno se detectó a tiempo.
       Esa tarde fría fui a la iglesia para darle las gracias al que todo lo puede, nuestro señor Jesucristo. De regreso mi hijo menor y yo vimos a Rosaura un poco extraña sin saber qué hacer en la parada del bus. A sus pies estaba una maleta muy abultada, le pregunté curiosamente por el embalaje.
Amiga, mi hermana me acaba de echar de su casa y todo por culpa de su marido, el desgraciado tomó su dinero para tragárselo en aguardiente, al no hallarlo, el condenado le dijo que fui yo quien lo había tomado, que me había visto con sus propios ojos cuando los había cogido. Pero lo que me da muchísima tristeza es dejar mi empleo, tener que regresar a mi pueblo. 
En donde llevas como tú lo has dicho mucho tiempo y lo que te falta, que serán muchos, porque eres joven, y tienes una vida por delante… Le dije tomándole las manos cariñosamente,- pues mi amiga del alma, usted no se me va a ninguna parte, usted se viene ahora mismo conmigo a mi casa que desde hoy será la suya hasta que usted lo disponga.
En serio? Preguntó con divertida alegría.
Es en serio. Cuándo yo me he jugado contigo. Y en un caso como este jamás se debe hacer.
Ella se quedó muda con cara divertida.
Nunca. Le contesté. (A mi hijo),- Juan ayuda con la maleta. Este obedeció rápidamente.
Los tres cruzamos la vía con demasiada prisa llegando al instante al vehículo aparcado en un paraje. Juan se me parecía más y más a Alberto, siempre atento y obediente como su padre cumpliendo a cabalidad y sin protestas las ordenes que yo solía  mandarle. Juan era quien estaba al volante.
       Al llegar a casa se la presenté a mi marido, cada vez que yo me comunicaba con él por vía telefónica siempre le hablaba de ella.
       Los meses corrieron a toda prisa, y con ellos llegó el esperado día de la graduación de mi hijo menor Alfonso. La ceremonia de graduación se llevó a cabo en el teatro de la misma universidad donde cursaba sus estudios, un anfiteatro muy espacioso. El arreglo ornamental había quedado de maravilla, todo absolutamente todo, había quedado  bien dispuesto para la conmemoración.
Mi hijo se veía absolutamente satisfecho irradiando la alegría que jamás había visto en él, tal como si fuese una antorcha brillante en medio de la obscuridad. Alberto y yo también estábamos satisfechos al saber que nuestros seis hijos eran unos profesionales. Para recordar tan agradable ocasión los tres muy juntitos nos habíamos sacado varias fotos. Las cuales más adelante, Alberto y yo disfrutábamos juntos al observarlas en el álbum familiar.
       Rosaura nos trajo para sorpresa nuestra, un joven, para decirnos más adelante que era un pretendiente, en cierta ocasión cuando me ayudaba en deshuesar un pollo en la cocina me dio una noticia que me hizo sentir bien. Me dijo que eran novios, que se gustaban desde el primer día en que se vieron. Y aunque esto me huele a novela de folletín, le recalqué que estuviera segura de lo que estaba haciendo. Que no se fuera de la primera, porque un resbalón puede traer consecuencias graves. Pero la cosa no quedaba allí, Rosaura había llegado muy lejos, el muchacho la llevó a su casa para que conociera a sus padres, estos quedaron contentos con la muchacha.
La relación amorosa duró cuatro años, cuatro años en donde había discusiones, tristezas y alegrías. Alberto y yo nada decíamos al respecto ya que nosotros también habíamos pasado por esto.
       El día de la boda llegó. Y esto me hizo pensar que en la vida todo ocurre de prisa. A los dos días, Rosaura e Iván, nos abandonaron, yéndose al otro lado del condado. Aunque siempre estaba al pendiente de mí, cosa que le agradezco lo suficiente, yo le decía en son de gracia que cuando saliera embarazada de su primer hijo yo quedaría en el último peldaño de la escalera, Rosaura inquieta y nerviosa respondía alegando, que no, que ni siquiera yo pensara en eso, que nunca ocurriría porque yo era después de su madre muerta, la segunda mamá que Dios le había regalado. Rosaura era huérfana de padre y madre. Su mamá falleció de pulmonía cuando ella contaba apenas con siete años, luego su padre murió en un accidente de carro. Fue criada a golpes por su hermana mayor quien la maltrató haciéndole la vida de cuadritos.
Pobre hija mía, pobre Rosaura, siempre al pendiente de mí que para no dejarme sola, tuvo que trasladarse una vez más a casa a vivir para siempre junto a nosotros y con su esposo. Ya que la casa en donde ellos habitaban tuvo que ser demolida para convertirla en una plaza pública.
       Rosaura y su esposo ocupan la parte de arriba, mientras que Alberto y yo habitamos en la parte de abajo.
Somos una familia feliz.


                                                                           

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