A LA MADRE
A la que se levanta de su lecho para vigilar constantemente a
través de los cristales de la ventana al hijo que todavía no llega.
A la que tiene el suyo en prisión, sabiendo que es inocente,
ruega a Dios inalterablemente que pronto llegue a alcanzar la libertad. Confiando
que la justicia divina tarde o temprano resplandecerá.
A la que sufre por haber engendrado a un delincuente en potencia, no teniendo conmiseración con
nadie, y está en la calle asaltando y trasgrediendo.
A las que suelen trabajar de noche sirviendo en vasos rebosantes
la espuma ligera de la maldad. Ofreciendo sus cuerpos a cualquier hombre, a
sabiendas que la noche será larga, aunque se sientan asqueadas, algunas por
necesidad tienen que complacer a quienes buscan gozosos la fruición desmedida o
la buena compañía indemnizando el apetito violáceo. Ellas saben que sus niños solos han quedado en casa, en el
hogar mugriento, así persistirán estando en las cuatro paredes deslucidas y
solitarias. Todas las noches suficientes que nunca acabarán.
A la que trapea y desinfecta los pisos ajenos, por la
sencilla razón, no es su residencia así de simple.
A la que es madre y padre a la vez. La que vio un día salir
de su hogar al hombre quien le fecundó cuatro muchachos y hasta la fecha jamás
regresó, porque está con otra quien es la que satisface todos sus caprichos.
A la que barre desde tempranas horas del día las calles, avenida
de la gran ciudad embelleciéndolas con voluntad y atrevido amor.
A la que trabaja en los restaurantes atendiendo a cualquier comensal amanecido.
A la que dispone el orden y vigila nuestra integridad
poniendo su vida en riesgo.
A las secretarias, quienes cumplen una loable labor en las
empresas, oficinas, instituciones públicas absorbiendo de buena Liz el carácter
agridulce del jefe intolerable.
A las enfermeras quienes de buen modo nos toman la presión
arterial, suministrándonos con infinita paciencia los medicamentos, cuando el
médico está por llegar.
A la que trabajadora informal, que desde tempranas horas de
la mañana la vemos afanadas arreglando prudentemente su tarantín, disponiendo
de manera rápida, los periódicos, revistas, emboquillados, en fin las golosinas, los dulces que encanta a
grandes y chicos, y pare de contar, su
mirada se regocija y está puesta en el cielo, pidiéndole a Dios que hoy sea el
mejor día.
A la educadora, quien imparte la moral y la ética a los
hombres y mujeres quienes serán en el futuro los pilares fundamentales de la
nación.
A La que ha sido violada deliberadamente cuya cavilación
jamás podrá descansar, porque nunca llegará a conocer quién fue él que la
embarazó.
La que quiso ser madre y nunca lo pudo ser, complaciéndose considerablemente
en cuidar a los niños en un albergue que el gobierno le concedió.
A la estéril, que ha de conformarse por obligación adoptar y
seguir apadrinando hijos de padres que conoce,
estos con el correr de los años la considerarán como madre, y les
pedirán la bendición.
Jehová hoy te pido por ellas. Bendícelas en donde se encuentren,
tú más que nadie las conoces. Bendice sus pasos.
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